CONCURSO :: MpA 1997-1999 :: APENAS RECORDAMOS:: LA ESPERA :: CUADERNO DE VIAJES :: BRIAN ENO

INDICE   MUSICA PARA AEROPUERTOS


APENAS RECORDAMOS
VI

por
Rafael Pérez Castells

·
·
·
·

El 
viajero despierto

El olor de los aeropuertos
A veces el gusto no es mío
El tacto también cuenta
El sonido de los lugares
Visiones del viajero
Final
·
·
·
·

VISIONES DEL VIAJERO

 

"Los recuerdos se ven, algunas veces son imágenes borrosas o incorpóreas, pero siempre son figuraciones aderezadas con las especias de los otros sentidos. No todos vemos igual, los hay miopes, astigmáticos, hipermétropes, daltónicos y tuertos. Los ciegos no están incluidos en este grupo, es obvio, no ven con los ojos: utilizan los otros sentidos y ven un mundo diferente al que yo conozco, más pequeño y más profundo. Los que tenemos este obeso sentido, que ocupa la mayor parte de las sensaciones que recordamos, no sólo no vemos igual, tampoco vemos lo mismo cuando miramos; de ahí que insista en la subjetividad de todas mis apreciaciones. Esto que le estoy contando es un juego, un juego que me ha servido para aprender a diferenciar lo que trae cada sentido y también para no dejar que la vista se convierta en el centro de una fiesta, a la que también otros fueron invitados. Pero ahora sólo tenemos ojos para ver y de las visiones hablamos.

Kimpo llama la atención por los trajes militares que le dan cierto aire de cuartel, después en la ciudad o incluso al regresar al aeropuerto, se les olvida, porque la baraúnda de Seúl y de los mercados de Pusan han llenado de imágenes la retina. Corea no es un país para visitar en invierno. Los campos se agostan y las hierbas adquieren un color de paja sucia, las nevadas son frecuentes y el frío cortante - incluso a pleno sol da la impresión de que hemos olvidado el abrigo -. La nieve puede incrementar el caos hasta niveles que ni siquiera las teorías más modernas consideran analizables. Y no digamos en su capital, un constante atasco en el que al conductor no le queda más remedio que contar cuántos bloques idénticos - numerados como si pretendieran facilitar el trabajo a los misiles de sus hermanos del norte - faltan para llegar a su destino. Corea es país para las estaciones cálidas. El color sucio se transforma en verde, los árboles florecen y en las fiestas populares las mujeres se visten de arco iris. Durante esos meses Corea es más amable y despierta pasiones más cálidas que las mencionadas hasta ahora. 

En Ciudad de México se agradece un día claro, sin contaminación que agrise el horizonte como si de una maldición bíblica se tratara. Lo normal es que en esta ciudad el cielo se olvide pronto y la atención se fije en el abigarramiento que bajo él florece en cualquier sitio. Uno bueno puede ser un cruce de avenidas: mejor que una butaca de patio en el Bellas Artes. Allí podrá aprender más que en un congreso de sociología: los guardias haciendo el egipcio y aceptando unos pesos - no se sabe muy bien por qué causa -; la variada fauna de automóviles recompuestos tantas veces que ya parecen mutantes; la pobreza que aunque en otros lugares será más brutal, llega hasta aquí en forma de niño descalzo que le pide un peso; la lujuria del poderoso conduciendo carros que parecen de otra película más lujosa. En esta ciudad el contraste no admite disculpas, porque es inmenso en diferencias y en números. Sin embargo, en un día claro las sierras y los volcanes que circundan la ciudad llaman a internarse en un país bravo y salvaje, donde todavía se puede morir de sed si no se tiene cantimplora, o llorar de emoción al ver los cerros extendiéndose hasta el horizonte desde una de sus cimas.

El problema de la erudición es la síntesis. Los que viven en un país y gustan conocer sus rincones son una variedad de erudito vagabundo que ha perdido la capacidad para resumir lo que ha visto por sus tierras, seguramente por conocerlas tanto. Por esa incapacidad, ustedes negarían muchos detalles de sus costumbres que al extranjero sorprenden o, en cualquier caso, pasarían sobre ellos de puntillas. Le hablaré sólo de Madrid, ciudad que, creo, conoce. Hay muchas posibilidades de que en lugar destacado, en mi primer viaje, quedara la imagen de la juerga incesante desfilando bajo el balcón de mi habitación durante la noche. Me había alojado en una pensión de la calle Huertas. A las tres de la mañana la gente entraba y salía de los numerosos bares con estruendo; nadie parecía dispuesto a irse a la cama. Pasé la noche observándolo todo desde la barandilla insomne de mi balcón. Madrid es una noche, durante el día es una ciudad incómoda, de la que muchos huyen así termina la jornada. De noche ustedes son una procesión que huye de la soledad de los cuartos y busca compañía en las terrazas, en los bares, o simplemente se pasea pensando lo raros que son los otros. Y, ¡pobres los que intenten dormir¡

En cierta forma Londres es uno de mis lugares de referencia - y siempre que paso un domingo en esta ciudad, intento acercarme a la city. Cruzo Hyde Park y me detengo un momento en una esquina famosa y bien conocida por los turistas: la Speaker´s Corner; pero no me gustan los sitios turísticos y salgo del parque y en contra del fluir de la gente, que cada vez es menos numerosa, entro en el barrio de las finanzas; allí trabaja lo más escogido, lo más entregado, lo más ambicioso y seguramente lo más aburrido de Londres. Los domingos no hay nadie, si no llueve, arreglan sus jardines, ordenados por alguna ley geométrica, o juegan al cricket en la verde campiña. El domingo la city son edificios dormidos; a pocos londinenses les gusta visitar el lugar, van a trabajar o a comprar acciones, por eso los días festivos las calles del barrio parecen cauces secos. Después, en metro, me dirijo a la estación Victoria con tiempo suficiente para tomarme un sándwich de colores. Algunas tardes, en Windsor, empujo una barca con su pértiga por las mansas aguas del Támesis. Oculto entre las ramas de un sauce que buscan la humedad del río, pienso que aquellas tierras tienen la placidez de los ancianos aburridos de contar su larga historia.

Tokio está surcado de canales: muchos de ellos ocultos. En la vida cotidiana se ven sólo unos pocos, los más están en las traseras de los edificios o bajo las calles. Se puede ir en barco desde Asakusa a los jardines de Hamarikyu - allí, la paciencia resignada del jardinero glosa el alma del Japón - o incluso más allá, a las islas de la bahía. La ciudad muestra sus tobillos a los navegantes de los canales. Hay más tapias grises que muelles ajardinados, porque hasta hace poco sus aguas eran fétidas y malsanas, y a nadie se le hubiera ocurrido abrir ventanas a las alcantarillas. Los jardines de Hamarikyu glosan el alma, y el metro es el purgatorio donde ese alma pena el pecado del desarrollo. Los japoneses pasan más de dos meses al año dentro de un vagón, casi siempre dormidos. En las horas punta, el metro es un hervidero organizado, las multitudes que se encuentran en las estaciones, se dirigen hacia las decenas de andenes, cruzándose en un flujo imparable. Todo cambia en los andenes, las multitudes se aplacan y forman ordenadamente entre líneas amarillas pintadas en el suelo. Parece que la colmena funciona sin represión, fruto de la libertad individual; en Japón las imágenes parecen nítidas y parecen contar cosas sencillas; pero sólo parecen. 

La vista es el último de los cinco sentidos en este guión que probablemente concibió mi viajero. Es el último y quizá el más poderoso, aunque sus imágenes se vuelvan borrosas, se deformen de tanto recordarlas. No ocurre lo mismo con los otros sentidos, tan sutiles que el recuerdo sólo permite atrapar su principio, pero sin tiempo para cambiar sus matices.

 

<|----- ver anterior ----- [6 de 7] ----- ver siguiente -----|>

 

VOLVER A INDICE MUSICA PARA AEROPUERTOS 

    seis   invierno  uno

PORTADA :: EL HILO :: MÚSICA PARA AEROPUERTOS : EL LABERINTO