CONCURSO :: MpA 1997-1999 :: APENAS RECORDAMOS:: LA ESPERA :: CUADERNO DE VIAJES :: BRIAN ENO

INDICE   MUSICA PARA AEROPUERTOS


APENAS RECORDAMOS
II

por
Rafael Pérez Castells

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El 
viajero despierto

El olor de los aeropuertos
A veces el gusto no es mío
El tacto también cuenta
El sonido de los lugares
Visiones del viajero
Final
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EL OLOR DE LOS AEROPUERTOS

"Cada aeropuerto tiene su olor o su mezcla de olores. Lo mismo ocurre con las personas, cada una huele diferente: a tabaco y a Givenchi, a sudor y a Kouros, o a cualquier otra mezcla abigarrada. Pero siempre hay unos pocos olores que destacan e identifican, por ejemplo, a un aeropuerto. Si se cierran los ojos, se puede oler en los rincones de la memoria. Es un ejercicio difícil porque hay que oler hacia adentro, aunque con un poco de práctica se convierte en algo tan sencillo como recordar un rostro.

...el aeropuerto de Kimpo en Seúl. Huele a ajo, sin disfraces ni frituras: a diente de ajo. Los coreanos usan el ajo como ustedes los ibéricos las aceitunas, por eso Corea huele a ajo desde que se pisa el finger hasta que, en un acto de defensa propia, te comes media docena de dientes, de ajo por supuesto. No se trata de un acto de locura, sino de la única forma que conozco para dejar fuera de combate a la pituitaria, y poder comportarme de manera civilizada durante la estancia. Incluso en Corea se considera de poca educación retirar el rostro cuando se saluda a la gente y, de peor, que te de una arcada cuando te sonríen. Corea nunca será tierra de vampiros, al menos eso ganan.

El aeropuerto de Ciudad de México huele a maíz, pero a diferencia de Corea, en México no te desprendes del olor. Lo invade todo: las catedrales, los pedestales de los gobernantes, los zócalos donde se extienden las mantas multicolores con cualquier cosa que la mano pueda hacer con el metal, la madera o las plumas de un pájaro. Supongo que si pudiera comerme un quintal de mazorcas, dejaría de oler; para siempre, me temo. La mayoría de la gente convivimos sin problemas con la dulzura del olor a maíz, pero se dan casos agudos en los que al visitante le resulta tan empalagoso, que adquiere una perpetua cara de asco. Se les distingue fácilmente porque siempre llevan la nariz arrugada y los labios fruncidos. 

Al llegar a Madrid distingo el olor de Barajas: fritanga, que es el término con que ustedes designan al aceite de oliva frito. Quizá me contagie de la exageración propia de los españoles pero, si cierro los ojos, en vez de las tiendas Duty Free podría estar rodeado de los bares de Tirso de Molina. Los españoles gustan rebozar y freír casi todo - a ser posible en aceite de oliva - y en algunos bares son tan tradicionales que siguen usando el aceite con el que frieron sus padres, por eso las calles conservan olores de rancio abolengo. 

Heathrow is different. En este aeropuerto no huele a comida - menos mal -: este aeropuerto huele a moqueta. Londres, todo el Reino Unido, huele a moqueta. Es como si los británicos poseyeran la función fotosintética y no se alimentaran de cosa sólida. Luego, más tarde, se comprende. En fin, con su moqueta se lo coman. 

Acabo de llegar de Narita. Allí, en su aeropuerto, todo es perfecto, limpio, exacto, práctico, esterilizado, pero aunque parezca que el olor es imposible, olfateando con perspicacia, se descubre la soja y el sake. La soja es una planta milagrosa que sirve lo mismo para un dulce, que para hacer aceite o tofu o yuba o tantas cosas de nombres hermosos. A la soja se le añade mostaza, wasabi o se la usa de condimento en sopas y salsas. Si la soja es la sangre del Japón, el sake es su refugio, porque a pesar de su belleza, comprobará que vivir en Japón es duro y a sus gentes les gusta buscar la compañía de una botella caliente de vino de arroz".

Los científicos clasificarán los olores de los cientos de aeropuertos que florecen sobre la superficie del planeta, y establecerán la relación del olor con el carácter de los habitantes de cada país. Pero mi viajero insistía en que se debe olvidar las clasificaciones y dejarse guiar por la intuición de los sentidos. El olor podía delatar a un pueblo descuidado, anárquico, aburrido o exquisito, y también enseñarnos que lo que en un sitio huele mal, en otro es una delicatessen y que estas diferencias no son meras anécdotas, porque se extienden a todos los ámbitos de la vida. 

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