CONCURSO :: MpA 1997-1999 :: APENAS RECORDAMOS:: LA ESPERA :: CUADERNO DE VIAJES :: BRIAN ENO

INDICE   MUSICA PARA AEROPUERTOS


APENAS RECORDAMOS
V

por
Rafael Pérez Castells

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El 
viajero despierto

El olor de los aeropuertos
A veces el gusto no es mío
El tacto también cuenta
El sonido de los lugares
Visiones del viajero
Final
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EL SONIDO DE LOS LUGARES

 

"El koto es una guitarra para gente pacífica, silente y sedada o con ganas de que la seden. Lo escuchará en los hoteles de Japón. Mejor en los riokanes que son fondas para viajeros pero en japonés, es decir más cuidadas y más cómodas. Algunos riokanes son pequeños palacios donde tras cualquier biombo esperamos encontrar a una princesa de pasos cortos y con el aspecto de una amante sumisa a los gustos de su señor. La percusión del koto es distante, sus notas aisladas recorren los pasillos de perfecta geometría y espartano diseño; son notas precisas que definen el espacio, igual que lo definen los escasos objetos que adornan sus salones. Cuando oigo vibrar una sola de su cuerdas, sé que el té verde está caliente, que estoy aquí, en Japón, y me dispongo a beber de mi taza. Entonces me vienen a la memoria los sonidos de otros lugares…

…el sonido de Inglaterra. Allí no es la música lo que recuerdo - aquella música la oí en mi juventud pero en otra ciudad -, recuerdo su representación y el ruido del vidrio afinado por el contenido desigual de las jarras. También las voces enfrascadas en conversaciones blandas, punteadas de risas contenidas: el sonido de un pub antes de empezar un directo. En los Midlands, ese sonido es igual al alma inglesa, joven cuando canta y vieja al hablar. La canción suele sonar bien y es que cantar "lo de ahora" en inglés parece más fácil que en otras lenguas. La letra habla de sexo, libertad, drogas, amor, automóviles suicidas, mientras que los parroquianos, todos personas ya hechas, hablan de la fábrica, del Liverpool y acompañan el ritmo con un leve movimiento - cosas de los cambios del alma -.

El sonido de su tierra no es fácil de describir. Creo que, ante tamaña demostración de algarabía, es difícil decidirse. Hay españas que suenan a cigarras, restregando sus espinosas patas incansables, el mediterráneo es así en verano. Hay otras españas de pandereta, - en el buen sentido, no se ofenda - y que se pone a bailar por las esquinas sin recato o que canta con voces desgarradas. Pero quizá el sonido que más me sorprendió fue el silencio de la grandes extensiones, casi deshabitadas, que todavía quedan en su patria. Aunque he visitado otros lugares silenciosos, donde no estaba presente el ronroneo del Hombre, su disfrute no tenía el contrapunto del bullicio de sus ciudades. 

Bullicio, esa es la palabra, en el Zócalo un sábado por la tarde. El bullicio es un color abigarrado, como lo son todas las ciudades de México, y en aquella plaza - aunque habría que inventar un sinónimo para describir un pueblo sin edificios - están todos los colores. En la sinfonía del bullicio se destacan el viento, la cuerda y la percusión. O lo que es lo mismo, las bocinas, el zumbar de las muchedumbres y los tambores de los indios. No es un parque de atracciones, es la vida misma condensada en unas pocas hectáreas y aunque eso ocurre en otras partes - recuerdo sitios con bicicletas y gentes comiendo arroz en pequeños carromatos -, en México el bullicio no es únicamente movimiento, es manifestación de vida que se extiende prolífica, dicen que hacia el norte. 

Incluso en Seúl, donde millones de nuevos conductores aprenden a conducir en un gran atasco, se encuentran lugares tranquilos, donde la música de cuerda nos sitúa en Oriente. Pero éste es un país con prisas para hacerse rico, para tener lo mismo que América o su amado Japón, y está olvidando su sonido. En Corea se puede escuchar música de sirenas, al ritmo de los abanicos multicolor de las bellas bailarinas de Pusan, pero en mi recuerdo hay otros sonidos familiares que se imponen, traviesos: el pedo y el regüeldo. Olvide la procacidad de mis palabras y busque la gracia del asunto: no hay muchos países donde pueda deleitarse con un buen regüeldo en la mesa, sin ofender a los comensales." 

Otra vez cinco ejemplos y una misma moraleja que, en las idas y venidas de la conversación, afloraba en los labios de mi viajero: lo que en un sitio huele mal, aunque en otro no sea una delicatessen, puede ser tan natural, como de hecho lo es el soplar del viento. 

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