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Aeropuerto José Martí, La Habana (Cuba) (I)
Aeropuerto Ignacio Agramonte, Camagüey (Cuba) (I)

Aeropuerto José Martí, La Habana (Cuba) (II)
Aeropuerto Ignacio Agramonte, Camagüey (Cuba) (II)

 
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El ticket transcendental

Aeropuerto Ignacio Agramonte, Camagüey (Cuba)
19:00:00 (-5 GMT, 31.10.00)

Ya sabía yo que aquello no era casual. Algún oculto significado trascendental se escondía detrás, algo que tenía que ver con mi vida (pasada, presente y futura) y yo no acertaba a descifrar. Aquello era aquello: las listas de espera.

Por entonces, y durante muchos años, viajaba con frecuencia por mi cuenta de Camagüey a La Habana y viceversa. Viajar -y por autobús- no es viajar, sino intentarlo.

De Camagüey a La Habana era una cosa. Cogías un ticket en la ventanilla (después de hacer una cola, naturalmente) y te disponías a esperar. Esperar no era esperar, sino ESPERAR. Te podía tocar el número 584 de la letra P, lo que quería decir que tenían primero que pasar todas las letras posteriores y anteriores a la P y las 583 personas que me precedían. O sea, que un viaje de 8 horas metido en aquellos Hitachi o Mitsubishi, refrigerados hasta la tiritona y cuyo control de frío/calor no podía ser regulado por alguna extraña razón que nunca llegué ni llegaré a comprender -lo que provocaba, además del temblor parkisionano de todo el cuerpo, continuas protestas y discusiones entre pasajeros y conductores-, podía fácilmente convertirse en una odisea de 24. O de lo contrario, resucitaba de pronto uno de esos viejos autobuses norteamericanos de los años 50, un Greyhound que ya había perdido su aire acondicionado, pero contaba con ventanillas que podían abrirse y cerrarse según el capricho y el calor de cada cual. Pero, de cualquier forma, uno seguía ahí, intentando e intentando, porque, a pesar de todo, había que vivir. En el fondo daba una cierta compensación que en este traslado desde las profundidades provincianas sólo tenía que esperar por esos artefactos que me llevaran a un solo destino: ¡la capital!

De La Habana a Camagüey era otra cosa. Otra cosa más complicada, porque para poder ir acercándome al punto de partida inicial tenía que coger tickets para Santa Clara, Ciego de Ávila o Camagüey, y, si me tocaba alguno de los dos primeros lugares, tenía que volver a hacer la cola y su ticket correspondiente hacia mi destino final. Todo esto se complicaba enormemente cuando los tickets no los daban en ventanilla, sino que tenía que pedir la vez en las tres colas al mismo tiempo, vigilarlas, pasarme de una a otra, pedirle al de atrás que por favor me guardara el sitio, y si nos tocaba hacer la fila sentados en bancos y butacas, teníamos que ir moviéndonos según entregaban los anhelados tickets, lo que implicaba únicamente el movimiento en sí, sino que a su vez era en realidad una especie de deslizamiento muy pegado al cuerpo anterior con el único propósito de evitar que alguien se colara, cosa hartamente frecuente.

Pero lo terrible, lo terrible y verdaderamente sospechoso de trascendencia, era cuando ya se acercaba finalmente el número de mi ticket, llamaban a ventanillas -bien por megafonía o a puro grito-, y yo corría y corría, mataba si era preciso, para escuchar atento a la compañera o al compañero de turno y contestar con la mayor rapidez del mundo al escuchar mi número, ya que un minuto de silencio podía significar comenzar todo de nuevo. Muchas veces, muchas, muchas veces, después de no sé cuántas horas de espera, la lectura de los agraciados se detenía justo en el número anterior al mío. ¿Debo agregar algún comentario?

Y todo esto me viene a la mente porque ahora, después de 20 años, he regresado a Cuba y me vuelvo ¡volando! -nunca mejor dicho- a España, y por los altavoces anuncian que se ha producido una tormenta solar que ha bloqueado todas las comunicaciones y es imposible volar, y yo en el fondo me pregunto: ¿pero es que acaso han existido o existen comunicaciones aquí? Por supuesto, estando en el aeropuerto, salidas internacionales, sería muy impropio para el recuerdo de los turistas repetir aquella historia de los tickets y la posibilidad del viaje que se detenía ante mis ojos, pero yo sabía que aquello no era gratuito, que aquello quería decir y decirme algo. No sé si creerme lo de la tormenta solar, no sé si creerme nada: ¿es el fin del mundo? Eso del sol, ¿quiere decir que nos vamos a achicharrar todos? Y a mí me sorprende de este lado, precisamente: está claro que no se puede escapar al destino.

David Lago

 

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