Ya sabía yo que aquello no era
casual. Algún oculto significado trascendental se escondía detrás,
algo que tenía que ver con mi vida (pasada, presente y futura) y yo
no acertaba a descifrar. Aquello era aquello: las listas de espera.
Por entonces, y durante muchos años,
viajaba con frecuencia por mi cuenta de Camagüey a La Habana y
viceversa. Viajar -y por autobús- no es viajar, sino intentarlo.
De Camagüey a La Habana era una
cosa. Cogías un ticket en la ventanilla (después de hacer una cola,
naturalmente) y te disponías a esperar. Esperar no era esperar, sino
ESPERAR. Te podía tocar el número 584 de la letra P, lo que quería
decir que tenían primero que pasar todas las letras posteriores y
anteriores a la P y las 583 personas que me precedían. O sea, que un
viaje de 8 horas metido en aquellos Hitachi o Mitsubishi, refrigerados
hasta la tiritona y cuyo control de frío/calor no podía ser regulado
por alguna extraña razón que nunca llegué ni llegaré a comprender
-lo que provocaba, además del temblor parkisionano de todo el cuerpo,
continuas protestas y discusiones entre pasajeros y conductores-,
podía fácilmente convertirse en una odisea de 24. O de lo contrario,
resucitaba de pronto uno de esos viejos autobuses norteamericanos de
los años 50, un Greyhound que ya había perdido su aire
acondicionado, pero contaba con ventanillas que podían abrirse y
cerrarse según el capricho y el calor de cada cual. Pero, de
cualquier forma, uno seguía ahí, intentando e intentando, porque, a
pesar de todo, había que vivir. En el fondo daba una cierta
compensación que en este traslado desde las profundidades
provincianas sólo tenía que esperar por esos artefactos que me
llevaran a un solo destino: ¡la capital!
De La Habana a Camagüey era otra
cosa. Otra cosa más complicada, porque para poder ir acercándome al
punto de partida inicial tenía que coger tickets para Santa Clara,
Ciego de Ávila o Camagüey, y, si me tocaba alguno de los dos
primeros lugares, tenía que volver a hacer la cola y su ticket
correspondiente hacia mi destino final. Todo esto se complicaba
enormemente cuando los tickets no los daban en ventanilla, sino que
tenía que pedir la vez en las tres colas al mismo tiempo, vigilarlas,
pasarme de una a otra, pedirle al de atrás que por favor me guardara
el sitio, y si nos tocaba hacer la fila sentados en bancos y butacas,
teníamos que ir moviéndonos según entregaban los anhelados tickets,
lo que implicaba únicamente el movimiento en sí, sino que a su vez
era en realidad una especie de deslizamiento muy pegado al cuerpo
anterior con el único propósito de evitar que alguien se colara,
cosa hartamente frecuente.
Pero lo terrible, lo terrible y
verdaderamente sospechoso de trascendencia, era cuando ya se acercaba
finalmente el número de mi ticket, llamaban a ventanillas -bien por
megafonía o a puro grito-, y yo corría y corría, mataba si era
preciso, para escuchar atento a la compañera o al compañero de turno
y contestar con la mayor rapidez del mundo al escuchar mi número, ya
que un minuto de silencio podía significar comenzar todo de nuevo.
Muchas veces, muchas, muchas veces, después de no sé cuántas horas
de espera, la lectura de los agraciados se detenía justo en el
número anterior al mío. ¿Debo agregar algún comentario?
Y todo esto me viene a la mente
porque ahora, después de 20 años, he regresado a Cuba y me vuelvo
¡volando! -nunca mejor dicho- a España, y por los altavoces anuncian
que se ha producido una tormenta solar que ha bloqueado todas
las comunicaciones y es imposible volar, y yo en el fondo me
pregunto: ¿pero es que acaso han existido o existen comunicaciones
aquí? Por supuesto, estando en el aeropuerto, salidas
internacionales, sería muy impropio para el recuerdo de los turistas
repetir aquella historia de los tickets y la posibilidad del viaje que
se detenía ante mis ojos, pero yo sabía que aquello no era gratuito,
que aquello quería decir y decirme algo. No sé si creerme lo de la
tormenta solar, no sé si creerme nada: ¿es el fin del mundo? Eso del
sol, ¿quiere decir que nos vamos a achicharrar todos? Y a mí me
sorprende de este lado, precisamente: está claro que no se puede
escapar al destino.
David Lago