Ya hace
mucho rato que llegué al aeropuerto de Pudahuel, porque no tenía
nada más que hacer en Santiago, sino esperar la salida de mi avión.
Por eso me vine como a las cinco de la tarde, a pesar que mi avión se
suponía despegar a las 21:00 horas. Me compro unas revistas y me
quedo en el bar, me dije, total está bien frío afuera y no me queda
plata que gastar. Y me vine. Ahora son las doce de la noche y también
ya hace rato que dijeron por el altoparlante que debido a no sé qué,
porque no entendí bien lo que dijeron, mi avión no partiría hasta
nuevo aviso.
Me
acomodé entonces en uno de estos bancos, a decir verdad en tres de
ellos, porque así puedo estar acostado y estirar las piernas mientras
leo. Cada cierto rato me paro a tomar un café, pero no muy seguido,
pues tengo miedo de que me quiten el lugar.
El
aeropuerto ha comenzado a llenarse de gente que también espera,
Parece un hormiguero de personas que se instalan a esperar. Se está
poniendo como cuando muestran en la tele que hay huelga en los
aeropuertos. Y empiezo a sospechar que tal vez la espera va a ser para
largo. No sé.
Fui dos
o tres veces a preguntar al módulo de atención de la línea aérea,
pero me dijeron que sólo tenía que tener paciencia. Lo que no es una
de mis virtudes. La última vez había gente no muy contenta en el
mesón que reclamaba por la tardanza. Yo me fui porque sé que en
estos casos no hay nada que hacer, es inútil. Lo increíble es que
aún no tengo claro el porque de la demora. Son las doce y media de la
noche, todos los vuelos han sido definitivamente cancelados y los
hoteles de alrededor deben estar todos copados. Ya me leí todas las
revistas y los diarios del día, además que no me quedan ganas de
leer. Si tan sólo pudiera dormir. Pero no puedo. Un grupo de jóvenes
extranjeros se han sacado los zapatos y se están comiendo unos
sandwich. Una niñita de no más de tres años la revuelve y revuelve
y tiene a mucha gente media loca. ¿ A qué hora terminará esta
cuestión? Donde mi hermano me van a estar esperando, aunque de seguro
les avisarán que el vuelo tiene un atraso. Cosa normal.
Son las
una de la mañana y esto no da para más. La gente se impacienta, se
mueve, desespera y reclama. Uno por ahí saca una pistola y amenaza.
Rápidamente se llena de policías y el escándalo es formidable. El
tipo dispara al aire, quiere que su avión despegue al instante, dice
que no puede esperar. Está como loco. Los ojos le brillan. Toda la
gente esta ahora en silencio esperando qué va a pasar. Una espera
dentro de otra espera. Un verdadero paréntesis. Porque nadie se
acuerda ahora de su viaje o de su avión. La situación es lo
suficientemente estresante para acaparar toda nuestra atención. El
hombre es reducido finalmente por la policía. Y cada uno vuelve a su
lugar. A todo esto casi va a amanecer. Al fondo del pasillo se ven
atravesar algunas aeromozas tirando sus carritos con rueda. Yo reviso
mi equipaje por si acaso.
Es el
dos de noviembre del 2000. Yo ya debería estar allá.
Ernesto
Langer