I N V I E R N O
AL CALOR DE UNA HOGUERA
El calor específico es una propiedad intensiva de la materia que en el caso de los libros se rige más por lo que contienen que por su composición química. Hay clásicos con un calor específico tan bajo que tan solo con el hálito de la respiración podrían prenderse entre nuestras manos aunque sus páginas tuvieran la misma naturaleza que el hielo o la indiferencia, y en cambio otros, acaso libros relacionados con la pecunia o la religión, no hay quien consiga prenderles fuego aunque estén escritos en algo tan liviano e incendiario como el papel biblia. Nada guarda tanta relación entre si como la literatura y la combustión. Por eso en este invierno, de recortes y manguerazos que asola Europa, deberíamos empezar a memorizar aquellas obras que por su excelencia puedan acabar, más temprano que tarde, en manos del bombero Guy Montang, al que Bradbury puso en su ya insustituible Fahrenheint 451, a quemar libros para apagar toda aquella mente inquieta. Tome el lector por tanto un buen libro, siéntese frente a un fuego acogedor y lea pacientemente antes de que el calor específico de la estulticia, de la desfachatez y del oxímoron en boca de los políticos pueda llegar a convertirlos en una estatua de sal o de hielo, lo que sería aún más grave.
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