UNA OLA ALTA,

tan alta
como un acantilado.
Eso les pareció al principio.
Se alzó en el horizonte
casi blanco
de aquel amanecer.
Pocos se detuvieron en el muelle,
un traspié
en la uniformidad
de un día laborable.

Al mediodía, muchos se agolpaban en el paseo.
El extraño fenómeno
les tenía cautivos.
Al mediodía, la ola era una auténtica muralla,
pero aquellos curiosos
sólo apostaban dónde rompería:
Va a ser inolvidable,
se animaban entre ellos.

Es lo más,
chillaban dos dragg queen
sobre altas plataformas.


 





Parecía una fiesta. Vendedores,
saltimbanquis y músicos
salieron de sentinas o tinglados;
incluso un adivino
al que nadie escuchó.

La tarde trajo un viento
sin nubes
que salía del vientre
de la inmensa ola.
Muchos escaparon,
buscaron a los suyos
y tomaron la ruta al interior.
Pocos permanecieron asombrados.

Se acercaba en silencio,
majestuosa.
Después se empezaría
a oír la ira del agua
como un solo de oboe
que convocase a todos los timbales.
Y finalmente, la ola
que llegaba en silencio.

 

 

 

 

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