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Las agujas

Aeropuerto Benito Juárez, Ciudad de México (México)
18:00:00 (-6 GMT, 31.10.00)


Tengo 63 años. Jamás había viajado en avión. Cualquiera puede imaginarse el terror que siento al pensar en el momento del despegue. Si hasta me da miedo subir por las escaleras eléctricas en el metro y en las tiendas...

Me acerco, desorientada, al mostrador de la aerolínea. La gente me reclama que no me haya formado en la fila. Está bien, ya, ya entendí. No me importa. Soy primeriza. Qué más da que se me note. Cuando era más joven, me preocupaba mucho lo que la gente pensara de mí. Ahora ya no.

Cuando llega mi turno, pongo mi maleta floreada sobre la báscula. Apenas 5 kilos. Una vez completados los trámites, pregunto varias veces antes de encontrar la puerta que me toca. La sección internacional del aeropuerto. ¡La sección internacional! Un señor canoso, muy atractivo, hace pasar mi bolsa por el detector. Se escucha una alarma. Un perro comienza a ladrar. El señor abre mi bolsa y encuentra mis agujas de tejer, con la chambrita para mi primer bisnieto ensartada en ellas. Amablemente, me devuelve la bolsa y me desea buen viaje. Yo sonrío, halagada, y le doy las gracias.

Antes de llegar a la sala de espera, me detengo en las tiendas duty free, de las que tanto había oído hablar, y que nunca creí llegar a ver con mis propios ojos. Todo es demasiado caro, pero me alegra al menos poder entrar en una.

Me dirijo a la sala de espera. Nunca había visto tan de cerca los aviones. Son más pequeños de lo que había imaginado. Un hermoso avión japonés acaba de aterrizar. Lo contemplo, azorada.

Ha llegado la hora de abordar. Camino por el pasillo, con el corazón latiéndome muy fuerte. Ya estoy dentro del avión.

Me siento y me coloco el cinturón de seguridad. Tengo que cubrirme la boca para disimular una sonrisa al acordarme del escándalo que armaron mis nietos cuando les dije que me iba a gastar en el viaje los ahorros de toda una vida de trabajo secretarial. Me miro las manos, los dedos un poco deformes por la artritis. Espero que a Fernando no le desagraden.

No debieron enseñarme a usar la computadora. No debieron. Lo difícil fue aprender a conectarme al Internet, que al principio me pareció tan aburrido. Pero después... Una vez más, me cubro la boca con la mano, preguntándome si Fernando será como en la foto. Lo sabré cuando llegue a Medellín. Confío en que allá me vuelva a funcionar el truco de las agujas...

El avión está despegando. Siento un hueco en el estómago cuando nos elevamos. También me siento feliz. Y esto es sólo el principio.

 

Josefina Pacheco

 

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