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Aeropuerto de Casablanca (Marruecos)
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Polvos en la arena

Aeropuerto de Casablanca (Marruecos)
00:00:00 (0 GMT, 01.11.00)


Djami, el muchacho que le llevaba las maletas, se encendía por momentos ante su enorme contoneo, y en un arranque poético le dio por figurarse que aquella mujer era una palmera mecida íntimamente por el siroco. Lo era. Aparentemente ajena a la impresión que producía en el muchacho (un Dorian Lee inédito, de tan sólo 17 años) Black Noise repasaba su última intervención en Polvos en la arena, en la que era firme, doblemente profanada por una pareja de bereberes (Randall Stockton y Nils Hughes) que la habían tomado por una suerte de súbito espejismo.

La palmera y el portaequipajes atravesaban un largo pasillo iluminado por potentes reflectores violetas, lo que daban a la escena un sabor equívoco, de producción barata. A ambos lados se adivinaban las pistas solitarias y jalonadas de lucecitas rojas que pretendían emular las luces de los aeropuertos. Entonces Black Noise, que se retocaba lascivamente los labios, instruida por un equívoco espejito que poseía la insólita cualidad de proyectar las fantasías sexuales de las personas más cercanas, se detuvo y esperó a que el muchacho se pusiera a su altura para cruzar con él una mirada de estruendoso fuego. Curtida en mil batallas semejantes, Black dejó caer la barra de labios, y el muchacho, solícito, fantaseador, se apresuró a agacharse y devolvérsela a su dueña que dejaba de ser una palmera para convertirse en una bellísima hurí. También ella se agachó y allí, nueva, torrencialmente coincidieron sus miradas y sus dedos. A lo lejos, sobre la pista, un avión maniobraba con lentitud, aproximándose a aquellos dos cuerpos brutalmente incendiados por la luz.

-Qué ha sido eso, preguntó ella desde el suelo, cubriéndose instintivamente el pecho.
- Joder... -acertó a responder un perplejo y vacío Djami, que había atribuido a la confusión del orgasmo, la gran bola amarilla que se había echado velozmente sobre ellos, arrastrándolos.

Refirió entonces lo que a esas alturas sólo una perpleja Black Noise ignoraba (el guión era realmente espantoso, pero por trabajar con un pedazo de mujer como Black hubiera firmado hasta el compartirla con un orangután). Desde hacía una semana los diarios no paraban de comentar aquel fenómeno misterioso y atroz: en Kenitra el sol se había tragado a varios pescadores que se encontraban en un espigón ante la mirada atónita e incrédula de otros cientos de pescadores domingueros; en Nador ocurrió lo mismo con un autobús de transporte escolar (el hecho fue visto y denunciado por un taxista); ayer mismo, y muy cerca del lugar donde rodaban; en la aldea de Bwihrat, el sol había entrado en una curtiduría tragándose a más de diez empleados, y aunque los había que pensaban que detrás de todo aquello se escondían sombrías operaciones de limpieza sindical, un crédulo Dorian Lee no pudo ahogar su estremecimiento. Black, abstraída también por el pavor, con un resto de semen rodándole débilmente por la barbilla, trataba de encontrar la pista de la que habían desaparecido súbitamente el avión y las lucecitas rojas.

- ¿Lo has visto?, ¿lo has visto? -preguntó Black apuntando al vacío.
- Un poco más de feeling, coño, que así no acabamos.

El trío trataba entonces de ajustar sus movimientos, pero Black, en el centro, regia y doblemente empalada, no podía dejar de discurrir en el avión desaparecido, en el aeropuerto desierto, devorado por aquella inmensa bola amarilla, que surgida de la oscuridad parecía que se le hubiera quedado en el cuerpo. Las palabras del director la sacaron de su aturdimiento y concentrándose en su papel de espejismo, trató de gemir con convicción ante los audaces bereberes (en realidad Randall y Hughes) que ahora, acompasados, redoblaban sus achuchones. Al fondo, tras la gran duna amarilla, le pareció entrever el sol que reposaba majestuosamente sobre el horizonte.

Fue un instante tan sólo. Djami esquivó con dificultad a quienes, horrorizados, corrían en dirección contraria, mientras veía alejarse a Black Noise a través de la multitud, como si fuera más que un espejismo, una pesadilla. Entonces, Black Noise, cerró la polvera y siguió caminando, ya sola, por la terminal desierta, mientras los altavoces anunciaban el suceso. Instantes más tarde es otra la puerta la que se abría ante su paso, pero ella, indiferente, se abandona como si nada hubiese ocurrido a su espiritoso y febril movimiento de caderas ante el coro de taxistas (Nils entre ellos) que esperaba despreocupadamente (el guión era horrible, ya se lo adelanté) a la salida.

-Treinta dirjam hotel, susurró precisamente Nils.

Y tras las tórridas escenas del taxi, aparecieron las letras. Dorian Lee as Djami. ¡Ahí!, ya para siempre.

 

Manuel Moya

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