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INDICE   MUSICA PARA AEROPUERTOS

 

II Concurso literario 
ARIADNA de poesía y relato 
"Música para Aeropuertos "

 

Angel Maldonado Acevedo
MENCIÓN ESPECIAL
Categoría Poesía 

 

Vuelo 422

El vuelo 422 con destino a Nueva York 
ilustra la rutina de los últimos cincuenta años.
Un país ha volado sobre los vientos y las cifras.
Una sangre ha saltado sobre las palabras.
Un puente de incomprensiones y osadías
más alto que el puente de Brooklyn.
Un río de nostalgia más ancho que el East River.
El vuelo 422 de hoy, 14 de septiembre,
resume toda una historia, plasma desencuentros y rupturas.
El ánimo de encontrarse traza un hilo que a su vez engendra un laberinto
por donde desandan reunidas las penas y las alegrías.
Sólo basta mirar el río de equipajes, la geometría barroca de quien sale deprisa:
el directorio de las etiquetas: Harmony Street, West road, 114 and 2nd,
la caneca del ron criollo, el adobo de yerbas aromáticas, la Biblia en Español autografiada por Yiye Avila
y camisetas con la bandera puertorriqueña:
"I love Puerto Rico" y "Boquerón me encanta", "Soy de aquí como el coquí";
los libros del muchacho que regresa a Brown University con densos recuerdos del verano en cada pulgada de su piel, mirada de satisfacción escondida detrás de la Ray Ban.
Prisa, prisa, prisa sobre las lozas pulidas del terminal.
El vuelo 422 con destino a Nueva York
no es diferente al de otros días:
marca las mismas filas, las mismas muchachas simpáticas repasan la rutina
de examinar los tickets y pesar los equipajes: "have a nice trip",
"Thanks for travelling in American".
En el vuelo 422 también va María
como hace veinte o veinticinco años.
Casi arrastra a un niño de tres o cuatro años, mientras el otro, unos años mayor, salta entre las filas de viajeros diciendo "hurry up I wanna beat Home, I wanna see my pictures". Y María que empuja las maletas con su pierna izquierda le dice: "quédate quieto condenao, Keep quiet".
Es un medio incidente que unos ríen y la mayoría ignora como si nunca hubiera ocurrido.
La fila avanza y los primeros pasajeros ya se encuentran camino a la salida.
La terminal se va llenando de voces, de gente apresurada que circulan entre amables maleteros, choferes de taxi, parientes que se despiden y abrazan, lloran y le piden a Dios por un buen viaje.
Mientras tanto María, como hace quince o veinte años, aparentando indiferencia camina hacia la salida tratando de alcanzar a Pete y Vance, que corren desbocados por los pasillos: "es el primer viaje de ellos you know a nuestra tierra".

Pete y Vance cruzan la salida y entran por el túnel al avión. "At what time do we eat", pregunta Hance. María responde ya mismo: "Keep quiet muchachito de Dios".

María entra al túnel. Ya no puede mirar hacia atrás. Ahora Lucas, el hermano que la trajo al aeropuerto debe estar saliendo de regreso a Altos de Caná, la vieja debe estar a esta hora preparando su arroz con habichuelas coloradas y tostones de plátanos frescos.
Son apenas imágenes del día de ayer que pasan por la mente de María que acostumbrada a no herirse trata de olvidar, al mismo tiempo que recuerda que a esta hora José debe estar saliendo hacia el Kennedy Airport desde su casa en Bridgeport, Connecticut.
Son apenas tres horas con cincuenta minutos
Pero para María es un tiempo interminable
entrada al laberinto que ha tejido y destejido inmemorialmente
junto a los días de ambas orillas, una red de caminos que se ha hecho familiar
que le han enseñado a ser dura, a ser animada y vertical, a morderse los labios y sentir que su sangre flota en vuelo más alto sobre el tiempo y sobre todas las orillas, 
recorriendo grutas insospechadas de amores y desamores, que la hacen inventar día a día su reconciliación con la esperanza, con la vida.
Todo eso ocurre mientras el vuelo 422 surca los aires
Sobre las aguas del Oceáno Atlántico los niños Pete y Vance reclaman: "Mami when do we eat?", y ella dice con la certeza de la costumbre
"ya mismo, ya mismo" y el capitán anuncia tiempo bueno en la costa Este mientras la noche comienza a apretarse sobre el vacío: 
en lo que María teje y desteje su laberinto cuya salida está a poco más de tres horas de distancia, hilando hacia atrás o hacia delante, hacia un espacio azul y claro
donde la noche también debe estar tejiendo
todas las formas del olvido.

© Angel Maldonado Acevedo

 

 

II Concurso literario 
ARIADNA de poesía y relato 
"Música para Aeropuertos "

 

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