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INDICE   MUSICA PARA AEROPUERTOS

 

 

 

LA ESPERA 
por
Alvaro Muñoz Robledano con fotografías de Belén San Emeterio Martín

Dígame, señor. Otro whisky, con hielo, en vaso ancho. Sí señor, perfectamente. Ahora mismo se lo traigo. Ha llegado hace dos horas; ni siquiera traía una cartera de mano. No se crea que no me he fijado en usted cuando se ha parado en la puerta, indeciso, como si aún no fuera el momento, y se ha escurrido hasta la mesa del rincón, y se ha sentado mirando a un lado y a otro, incómodo, planchándose la corbata, aflojándose y apretándose el nudo hasta que ha quedado a su gusto. No; a su gusto no; usted ha estado aflojándose y apretándose el nudo de la corbata hasta que ha quedado como el de los hombres que lo rodeaban; porque desde que ha llegado no ha hecho otra cosa más que fijarse en los que pasan por el bar y reproducir sus gestos, su manera de sentarse, el modo de mirar la pantalla de información y después su reloj, sólo que usted no buscaba ningún vuelo en particular. Luego ha sacado su puro, grande, de capa clara, muy suave, muy fresco, y lo ha inspeccionado para comprobar que no se había roto por ningún lado, y un estuche de cerillas de un restaurante, sin usar, pero algo ajado, como si llevase guardado mucho tiempo en una cartera, a salvo de cualquier roce que pudiera estropear el rascador. Me ha pedido el primer whisky y ha encendido el puro mal, de un modo insuficiente, echando el humo hacia el suelo, hacia sí mismo, porque creo que le da vergüenza el humo de su puro, que le da vergüenza el cuello gastado de su camisa y el calzado que nada tiene que ver con su traje; y le da vergüenza su periódico, y mirar la pantalla de información para nada, porque usted no va a coger ningún avión; no ha facturado su equipaje, no dejará el cigarro a medio fumar y el vaso de whisky intacto, no tiene ninguna tarjeta de embarque en el bolsillo de su chaqueta, no va a llamar para avisar del retraso en el despegue. Usted, señor, no va a viajar; volverá a casa en el autobús en el que vino, cenará y no explicará a su mujer donde pasó la tarde, porque nunca le dirá a su mujer ni a nadie que ha estado jugando a ser uno de los que se marchan. Yo tampoco soy uno de ellos, y puede que quisiera serlo; por eso lo he reconocido; y por lo mal que fuma el cigarro, y por el ridículo nudo de la corbata.

Su whisky, señor. Sí, eso es, setecientas. Gracias, señor.

 

 

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