P   R   O   S   A

I I I

 

L I M A M      B O I C H A

EL MAR

 

...el niño pidió a su padre:
- ¡ Ayudame a mirar ¡
Eduardo Galeano. El libro de los abrazos



- Papá —preguntó Budda—
¿ Por qué el agua sólo llega hasta aquí ?
- El agua la retiene Dios, para que el mundo no se inunde- respondió el padre.
- Y ¿ Por qué hace tanto ruido ? —volvió a preguntar el niño.
- Porque está bravo —fue la escueta respuesta del padre.

Budda, quedó un rato pensativo, con la duda en la punta de la lengua, hasta que otra interrogante se deslizó por sus labios, como sin querer:

- ¿ Qué le han hecho para que esté furioso ?

Su padre sonrió por tantas preguntas, como un racimo que no acaba, y levantó a Budda por los sobacos, lo lanzó al aire, y en fracción de un segundo, volvió a agarrarlo con un abrazo. La interrogante del niño quedó en el aire, y se esparció, abandonada en su intrínseca desolación.

Fue por culpa de otra desolación, más grave y profunda, que el padre de Budda, decidió llevar su hijo, que a penas tenía seis años, a la ciudad, para ver por primera vez el mar. En la casa donde se hospedaron, el hijo de la familia, un año o dos mayor que Budda, le explicó que el mar era agua. Mucha agua. Agua azul y blanca. Esa agua , que decía el niño, no era igual a la que había en el depósito, que está en el patio de la casa, ni era la misma, que él ha visto en los pozos del desierto. ¿ Cómo puede ser azul y blanca ? —se preguntó Budda—. El otro niño buscó su pequeña pizarra escolar, y con una tiza le dibujó unas lineas mezcladas en forma de ondas.

- Estas son olas, le dijo- El mar es olas, muchas olas. Olas grandes. Altas. Más altas que tu padre y que el mio. Más altas que todos los hombres. Budda seguía sin entender. Como referencia sólo tenía la Badía, el lugar de pasto y nomadeo. Allí cuando cae la lluvia y se forman los charcos, a veces su padre y los otros hombres recogen agua para el frig (campamento). Con la ilustración del dibujo, el otro niño sólo logró despertar, todavía más, la curiosidad en Budda, y dejó de hablarle del tema, y se alegró mucho aquella tarde cuando lo vio, por fin, junto a su padre, partir hacia el mar.

Era una tarde soleada. Transparente y hermosa. Y un aire fresco y puro lo envolvía todo. La brisa del océano, la mezcla de intensos y suaves aromas, el olor del pescado, ese amasijo embriagó a Budda y le proporcionó una sensación de inefable felicidad.

Y vio el mar. Enorme. Infinito. Majestuosamente azul. Vio las olas. Las blancas espumas. Las barcas de los pescadores. Vio hombres sentados sobre neumáticos, que flotaban sobre el agua. Otros remando, peleándose palos en mano contra la furia de las olas. Vio pescadores retirar de una barca cientos de peces. Peces que tiraban sobre la arena, mientras son despojados de la vida, danzaban en medio de su última agonía. Budda soltó la mano de su padre, corrió hasta cansarse. Se detuvo y miró las olas que llegaban y volvían irritadas. Observó a Dios intentando detenerlas. El Dios de su mente, era una de aquellos pescadores, que iban recogiendo su cosecha, "su pasto", desamparado en la orilla. Lo imaginó con las manos extendidas, haciendo un esfuerzo inmortal, para no dejar que las olas pasaran más allá de la orilla. Vio una mujer, que sacaba azúcar de un pañuelo y lo esparcía sobre el mar. Budda se acodó en la arena para observarla. Se parecía tanto a su madre en la serenidad de los gestos, en la manera de inclinarse... Vio la misma sonrisa. El brillo de sus ojos. La misma voz. Y cada vez que él lloraba, ella sacaba el pañuelo que guardaba en el baúl grande de la jaima, y le colocaba un poco de azúcar en la mano, para tranquilizarlo, y una caricia que le proporcionaba enormes seguridades.

Budda despertó, engañado por la nostalgia, en el mar de otra lejana tierra.

 

L I M A M      B O I C H A

Limam Boicha. Podía haber nacido en un año hermoso, con nombre poético, por ejemplo: "El Año de la lluvia de estrellas" o "El Año del parto de abejas". Pero no, ese privilegio, sólo le correspondió a mis antepasados, padres, y dos de mis hermanos. Alguien, se le ocurrió abortar la nomenclatura de los años, según nuestra mitología, la mitología saharaui. Por tanto, cuando despunté del vientre de mi madre, los años ya eran cifras, tristes cifras, y me estamparon: 1973. No sé el día, ni el mes. Según mi madre, fue en julio o agosto. El acontecimiento ocurrió accidentalmente en la ciudad mauritana de Atar. Digo accidentalmente, porque mi madre, estando enferma, fue del Sáhara a esos famosos oasis para reponerse. Y allí nací, en una choza africana, bajo una enorme sombra protectora de palmeras, cargadas de apetitosos dátiles. Pero la serenidad de los oasis de Adrar duró muy poco, al igual que la paz en la Badía. Nadie de la familia se percató, de que ella venía. De que se arrastró en silencio como una sonámbula semilla, y sin previo aviso irrumpió, la guerra. No era una guerra extraña y lejana. Era la "nuestra", y había que sobrevivir de cualquier manera. La guerra contra Marruecos y Mauritania. Con ella sobrevino el difícil éxodo, y esa larga estación de exilio, que todavía dura.

Ya no tenía importancia, para mi familia, que el otoño sea una estación ambigua o mediocre, o que la lluvia de ese otoño, "Puede mojar el cuerno de una gacela, y el otro, ni siquiera tocarlo". Ya no tenía importancia, que los vientos del sur, son augurio de lluvia. Las nubes, el pasto, ya no tenían importancia. Ahora, sólo importaba huir, buscar refugio y sobrevivir.

El largo exilio resultó para mí, y los de mi generación, una sucesión de estaciones, para estudiar y formarnos.

Para mi padre, y los demás hombres, el combate, las batallas, y para mi madre, y las demás mujeres, levantar del milagro del adobe, escuelas y hospitales. Mi primera estación fue un internado, el "9 de junio". Volvíamos al finalizar el curso escolar a ver la familia. Con las enormes carencias de los primeros años, los veranos de la Hamada, eran de una crueldad insólita. No había -como ahora- "Vacaciones en paz". Nuestras vacaciones, eran en estado de guerra. La amenaza de los bombardeos marroquiés, era siempre una noticia inminente. Con nueve años me marché con un grupo de alrededor de quinientos niños y niñas a Cuba para estudiar. Era el año 1982. Cuba fue una estación agradable y hermosa, llena de energía y bondad y pecados. Allí contemplé por vez primera, montañas pobladas de árboles, me adentré y conocí los bosques, las selvas vírgenes. Vislumbré una infinidad de vivos colores, y probé sabrosas frutas extrañas. Descubrí la exuberante belleza de la caribeña.

El caribe y el desierto, esa extraña, dulce e inusual mezcla, es el fuego que corre ya por mis venas. Después de doce años, me licencié en Periodismo, en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba. Y retorné al Sahara, a los Campamentos de Refugiados, en el sur de Argelia. El cambio fue brusco, impactante. Pero me impactó más, la rutina diaria, conocer mi familia, y ese raro sentimiento de encontrarme forastero en mi propio hogar. Me costó meses recuperar los años de incomunicación, de ausencia.

Como licenciado aporté mi granito de arena, mi ilusión al proyecto común. Trabajé varios años en la Radio Nacional Saharaui, hasta que decidí que podía ser más útil, a mi familia y a mi pueblo estando en España. Actualmente resido y trabajo en Barcelona, y el Sahara está más presente que nunca en mi corazón. Entre mis ojos revoltea la anhelada esperanza, de que la próxima estación sea, el mar de nuestra auténtica frontera.

 

BAHIA M. H. AWAH   <INICIO>   MARIBEL LACAVE