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Esa mañana,
padre, subiste a la azotea de casa, como venías haciendo
todas las mañanas durante los últimos veinte
años. Con paso inseguro llegaste hasta la vieja manta
tendida a la sombra y te sentaste en ella con gran dificultad.
Te vi intentar encender el brasero y me dispuse a prepararte
la primera tetera del día. Del bolsillo central de
tu darrah sacaste tus viejos prismáticos -único
vestigio de tu paso por las tropas nómadas españolas-
y los dirigiste hacia el horizonte. Yo te miraba ensimismada
hasta que el borboteo de la tetera me hizo volver a la realidad.
Vertí en ella el azúcar y la hierbabuena,
y la volví a acercar a las brasas.
Tú seguías escudriñando el este, siempre
el este. Por ahí llegarán, repetías.
Sabías que una mañana cualquiera avanzarían
a través del desierto hasta nuestra vieja ciudad
de El Aaiúm, y entonces tú estarías
esperando en la azotea para ser el primero en divisar la
nube de arena que levantarían sus sandalias. Bajarías,
entonces, y avisarías a madre para que preparara
tus blancas ropas no estrenadas que esperaban en el fondo
del baúl; te perfumarías con el frasco de
olor que Brahim te trajo hace años de Francia y harías
que nosotras, las muchachas de la casa, nos bañáramos,
peináramos nuestras trenzas con aceite de clavo y
vistiéramos nuestras más hermosas mehlfas.
Luego, toda la familia saldría a la puerta principal
para recibir a mis hermanos que volverían a la patria.
Como una obra de teatro ensayada una y mil veces, repasabas
continuamente todos los movimientos, todas las palabras
a pronunciar, todos los aromas a oler. Vivíamos todos
esperando ese momento.
-Padre, cuéntame otra vez, de mis hermanos
Te acariciaste la larga barba blanca, tomaste un sorbo del
vaso que te acababa de pasar, y con la mirada perdida, volviste
a contarme la historia:
- Recuerdo aquella mañana de noviembre, año
mil nueve setenta y cinco, como si la estuviese viviendo
de nuevo. Cuando desperté, noté en el aire
un presagio que lo envolvía todo. Me acerqué
a la ventana y vi pasar una multitud de extraños
que portaban desconocidas banderas. Tu madre y yo cerramos
con sigilo todos los postigos y nos dirigimos al patio de
atrás. Ahmedu, nuestro vecino, nos informó:
-Lo que todos temíamos ha sucedido. España
se ha retirado de nuestro territorio cobardemente, en silencio,
dejándonos solos ante el avance del ejército
marroquí. Entraron de noche, vecino, como los ladrones,
y están arrasando todo lo que encuentran a su paso.
Ahmedu nos contó también que cientos de personas
habían muerto ya y muchas otras estaban siendo conducidas
a las cárceles del norte. Pero yo, hija, sonreía,
pensando en tus tres hermanos que una semana antes habían
emprendido el largo camino del desierto como otros miles
de jóvenes. Antes de partir, Rahal, tu hermano mayor,
me dijo estas palabras:
- Volveremos, padre. Volveremos para vivir con dignidad
en la tierra de tus padres y de los padres de tus padres.
Quizás no sea pronto, quizás las pequeñas
Galia y Layla hayan olvidado los juegos infantiles para
entonces; pero te prometo que cuando tu final se acerque,
reposarás en una patria libre, como lo hicieron todas
las generaciones que te precedieron y tú, padre,
desde la azotea de esta casa, nos verás llegar victoriosos
portando nuestra querida bandera.
En ese momento, no pudiste evitar una lágrima que
secaste con disimulo para que yo no la viera. Muchos años
habían pasado desde esa historia. Muchos fueron los
amigos y familiares que desaparecieron desde entonces, muchos
otros los que quedaron en el camino. Pero tú, seguías
subiendo cada mañana a la azotea para otear el horizonte,
algunas veces incluso antes del primer rezo. A veces, tus
ancianos ojos te jugaban malas pasadas, y nos llamabas a
gritos cuando creías ver ondulantes banderas donde
sólo había nubes y alguna que otra gacela
saltarina.
Nunca pudimos hacerte desistir de este ritual, ni siquiera
yo, la niña de tus ojos. Cuando la epidemia de cólera
te rozó y tus piernas dejaron, por un tiempo, de
sostenerte, atendimos tus ruegos y te instalamos un toldo
y una colchoneta en la azotea para que el amanecer te encontrara
despierto y en tu puesto de observación.
Recuerdo que, a veces, venían algunos amigos a visitarte
y tú me pedías que les preparara el té.
Así nos enterábamos de lo que ellos habían
oído en una radio llena de interferencias: que había
habido una nueva declaración en la ONU, que se estaba
preparando un referéndum de autodeterminación,
que nuestros hermanos isleños seguían saliendo
a las calles de Canarias para exigir la retirada del ejército
marroquí, que los queridos muchachos del Frente Polisario
habían conseguido una nueva victoria militar...
Pero esa mañana, tras beber tu primer vaso de té,
amargo y fuerte, como la vida, te llevaste la mano al corazón
y te oí hablar con Alá en voz alta:
- Dios justo, misericordioso, aún no puedo obedecerte
y reunirme contigo en el paraíso. Sabes que he de
esperar a mis hijos que llegarán pronto portando
las banderas de mi querida patria. Sólo entonces
habrá valido la pena tanta ausencia y tanto dolor.
Pálido y tembloroso, te apoyaste en el alféizar
y volviste, por última vez, la mirada al horizonte.
En silencio, me levanté y me puse a tu lado. A lo
lejos, un vehículo avanzaba levantando una gran columna
de arena.
- ¡Al fin llegan! ¡Han llegado! Pequeña
Layla, avisa a tu madre y a Galia, hay que prepararlo todo.
Entre todas preparamos tus galas, mientras tú te
apoyabas vacilante en mi hombro. Te vestimos, te perfumamos
y te ayudamos a salir de la casa. Con los ojos llenos de
un llanto, no disimulado esta vez, abriste los brazos para
recibir, uno a uno, a tus tres hijos, que llegaban, como
tú habías pronosticado, con las cabezas encanecidas
pero ansiosas las miradas. Sin decir palabra alguna te abrazaste
a quien creías Rahal, tu primogénito, y le
diste tu bendición justo antes de caer hacia atrás.
El oficial marroquí y sus dos ayudantes, se quedaron
atónitos, mirándote en el suelo sin comprender.
Tus ojos seguían abiertos al cielo de la tarde y
una sonrisa de felicidad te llenaba el rostro sin vida.
- Se trata de una inspección rutinaria, venimos a
hacer un registro...
No nos molestamos en contestar, ni siquiera les miramos.
Entre todas te alzamos y te entramos en casa. Esa misma
noche salimos clandestinamente, llevándote a lomos
de nuestro viejo camello.
Caminamos muchas millas desierto adentro. Avanzamos sin
descansar durante varios días hasta que divisamos
un puesto militar en el que ondeaba la bandera saharaui.
Con ternura de pájaro, arrullado como un bebé,
te depositamos en la arena. Habíamos llegado a territorio
liberado, donde tu alma podría, al fin, descansar
en paz.
Hoy he vuelto a este lugar a reencontrarme contigo, pero
ahora sé que esos tres montículos sin nombre
junto a los que enterramos tu cuerpo, guardan los restos
de mis queridos hermanos, caídos el mismo día,
padre, de su salida de El Aaiúm, hace ya más
de veinte años.
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