P   R   O   S   A

I V

 

M A R I B E L     L A C A V E

EL ÚLTIMO ESPEJISMO

 

Esa mañana, padre, subiste a la azotea de casa, como venías haciendo todas las mañanas durante los últimos veinte años. Con paso inseguro llegaste hasta la vieja manta tendida a la sombra y te sentaste en ella con gran dificultad. Te vi intentar encender el brasero y me dispuse a prepararte la primera tetera del día. Del bolsillo central de tu darrah sacaste tus viejos prismáticos -único vestigio de tu paso por las tropas nómadas españolas- y los dirigiste hacia el horizonte. Yo te miraba ensimismada hasta que el borboteo de la tetera me hizo volver a la realidad. Vertí en ella el azúcar y la hierbabuena, y la volví a acercar a las brasas.

Tú seguías escudriñando el este, siempre el este. Por ahí llegarán, repetías. Sabías que una mañana cualquiera avanzarían a través del desierto hasta nuestra vieja ciudad de El Aaiúm, y entonces tú estarías esperando en la azotea para ser el primero en divisar la nube de arena que levantarían sus sandalias. Bajarías, entonces, y avisarías a madre para que preparara tus blancas ropas no estrenadas que esperaban en el fondo del baúl; te perfumarías con el frasco de olor que Brahim te trajo hace años de Francia y harías que nosotras, las muchachas de la casa, nos bañáramos, peináramos nuestras trenzas con aceite de clavo y vistiéramos nuestras más hermosas mehlfas. Luego, toda la familia saldría a la puerta principal para recibir a mis hermanos que volverían a la patria.

Como una obra de teatro ensayada una y mil veces, repasabas continuamente todos los movimientos, todas las palabras a pronunciar, todos los aromas a oler. Vivíamos todos esperando ese momento.

-Padre, cuéntame otra vez, de mis hermanos

Te acariciaste la larga barba blanca, tomaste un sorbo del vaso que te acababa de pasar, y con la mirada perdida, volviste a contarme la historia:

- Recuerdo aquella mañana de noviembre, año mil nueve setenta y cinco, como si la estuviese viviendo de nuevo. Cuando desperté, noté en el aire un presagio que lo envolvía todo. Me acerqué a la ventana y vi pasar una multitud de extraños que portaban desconocidas banderas. Tu madre y yo cerramos con sigilo todos los postigos y nos dirigimos al patio de atrás. Ahmedu, nuestro vecino, nos informó:
-Lo que todos temíamos ha sucedido. España se ha retirado de nuestro territorio cobardemente, en silencio, dejándonos solos ante el avance del ejército marroquí. Entraron de noche, vecino, como los ladrones, y están arrasando todo lo que encuentran a su paso.

Ahmedu nos contó también que cientos de personas habían muerto ya y muchas otras estaban siendo conducidas a las cárceles del norte. Pero yo, hija, sonreía, pensando en tus tres hermanos que una semana antes habían emprendido el largo camino del desierto como otros miles de jóvenes. Antes de partir, Rahal, tu hermano mayor, me dijo estas palabras:

- Volveremos, padre. Volveremos para vivir con dignidad en la tierra de tus padres y de los padres de tus padres. Quizás no sea pronto, quizás las pequeñas Galia y Layla hayan olvidado los juegos infantiles para entonces; pero te prometo que cuando tu final se acerque, reposarás en una patria libre, como lo hicieron todas las generaciones que te precedieron y tú, padre, desde la azotea de esta casa, nos verás llegar victoriosos portando nuestra querida bandera.

En ese momento, no pudiste evitar una lágrima que secaste con disimulo para que yo no la viera. Muchos años habían pasado desde esa historia. Muchos fueron los amigos y familiares que desaparecieron desde entonces, muchos otros los que quedaron en el camino. Pero tú, seguías subiendo cada mañana a la azotea para otear el horizonte, algunas veces incluso antes del primer rezo. A veces, tus ancianos ojos te jugaban malas pasadas, y nos llamabas a gritos cuando creías ver ondulantes banderas donde sólo había nubes y alguna que otra gacela saltarina.

Nunca pudimos hacerte desistir de este ritual, ni siquiera yo, la niña de tus ojos. Cuando la epidemia de cólera te rozó y tus piernas dejaron, por un tiempo, de sostenerte, atendimos tus ruegos y te instalamos un toldo y una colchoneta en la azotea para que el amanecer te encontrara despierto y en tu puesto de observación.
Recuerdo que, a veces, venían algunos amigos a visitarte y tú me pedías que les preparara el té. Así nos enterábamos de lo que ellos habían oído en una radio llena de interferencias: que había habido una nueva declaración en la ONU, que se estaba preparando un referéndum de autodeterminación, que nuestros hermanos isleños seguían saliendo a las calles de Canarias para exigir la retirada del ejército marroquí, que los queridos muchachos del Frente Polisario habían conseguido una nueva victoria militar...

Pero esa mañana, tras beber tu primer vaso de té, amargo y fuerte, como la vida, te llevaste la mano al corazón y te oí hablar con Alá en voz alta:

- Dios justo, misericordioso, aún no puedo obedecerte y reunirme contigo en el paraíso. Sabes que he de esperar a mis hijos que llegarán pronto portando las banderas de mi querida patria. Sólo entonces habrá valido la pena tanta ausencia y tanto dolor.

Pálido y tembloroso, te apoyaste en el alféizar y volviste, por última vez, la mirada al horizonte. En silencio, me levanté y me puse a tu lado. A lo lejos, un vehículo avanzaba levantando una gran columna de arena.

- ¡Al fin llegan! ¡Han llegado! Pequeña Layla, avisa a tu madre y a Galia, hay que prepararlo todo.

Entre todas preparamos tus galas, mientras tú te apoyabas vacilante en mi hombro. Te vestimos, te perfumamos y te ayudamos a salir de la casa. Con los ojos llenos de un llanto, no disimulado esta vez, abriste los brazos para recibir, uno a uno, a tus tres hijos, que llegaban, como tú habías pronosticado, con las cabezas encanecidas pero ansiosas las miradas. Sin decir palabra alguna te abrazaste a quien creías Rahal, tu primogénito, y le diste tu bendición justo antes de caer hacia atrás.

El oficial marroquí y sus dos ayudantes, se quedaron atónitos, mirándote en el suelo sin comprender. Tus ojos seguían abiertos al cielo de la tarde y una sonrisa de felicidad te llenaba el rostro sin vida.

- Se trata de una inspección rutinaria, venimos a hacer un registro...

No nos molestamos en contestar, ni siquiera les miramos. Entre todas te alzamos y te entramos en casa. Esa misma noche salimos clandestinamente, llevándote a lomos de nuestro viejo camello.

Caminamos muchas millas desierto adentro. Avanzamos sin descansar durante varios días hasta que divisamos un puesto militar en el que ondeaba la bandera saharaui. Con ternura de pájaro, arrullado como un bebé, te depositamos en la arena. Habíamos llegado a territorio liberado, donde tu alma podría, al fin, descansar en paz.

Hoy he vuelto a este lugar a reencontrarme contigo, pero ahora sé que esos tres montículos sin nombre junto a los que enterramos tu cuerpo, guardan los restos de mis queridos hermanos, caídos el mismo día, padre, de su salida de El Aaiúm, hace ya más de veinte años.

 

M A R I B E L     L A C A V E

 

LIMAM BOICHA   <INICIO