|
|
PORTADA :: EL HILO :: LOS MONOGRÁFICOS |
![]()
![]() |
m3cv01·inicio |
|
Tres Tiempos
I
Juan Manuel Navas rechazó los domingos hace mucho tiempo. Quien lo conoce no le ha visto descansar nunca, detenerse en el vacío sino para apreciar aún más el vértigo, y tiene por imposible su imagen tirado en un sillón, sin más espectáculo que el techo y la tarde por delante. Quienes lo conocen, los muy notables lectores de esta revista entre ellos, saben que pocas cosas le agradan tanto como emprender proyectos irrealizables, para los que se concede un plazo imposible, y, con esa mala leche que puede llegar a tener, llevarlos a cabo en el tiempo previsto. Editor, crítico, pensador, poeta en lecturas públicas y revistas, Navas ha llegado al libro porque en él el libro era inevitable, resultado de un proceso de continua reinvención de sí mismo, buceador de sus propias disonancias vitales, incapaz de resguardarse en estratagemas. Quien conoce a Juan Manuel Navas no lo ha visto nunca escribir. El cáncer de las mariposas recorre sus poemas de los últimos años, aunque tan transformados que es necesario recurrir al título para entrever el poema que guardamos en la memoria o en cualquier otra hemeroteca, porque el trabajo de Navas con sus textos no es el de pulimento, reducción o puesta al día para adaptarse a no se sabe qué condiciones de aceptabilidad. Navas ha vuelto a respirar el aire que sus hojas contienen; y ha continuado con el proceso de entropía que, en conciencia, no puede detenerse por más imprenta con que pretenda encadenarlo. Por eso su aliento el es del luchador en mitad de un asalto, bronco e incesante, un aliento como un aullido largo de quien genera la destrucción de aquello que, inmóvil, podría ser hermoso; una destrucción larvada en su interior, pero irresistible; tal vez necesaria y, por ello, terrible. Nadie ha visto escribir a Navas, pero quienes lo conocen sospechan que se ha arrancado los poemas de la piel, demasiado cercana al mundo como para no saberlo caótico y ardiente. Juan Manuel Navas, como muy bien pudo haber escrito Peter Straub, nos ha dicho que los dragones no existen para llevarnos, a continuación, a su guarida. Y en la guarida, él, mostrándonos las crisálidas del presente. Sin escribir.
Hay tormentas interminables; tempestades
más grandes que las cordilleras en que se originan, vientos que
hacen saber, al dar en el rostro de los que miran al Oeste con tanta melancolía
como desengaño, que han llegado para permanecer, para hacer vibrar
los cristales constantemente, para arrojar sobre la ciudad las hojas de
todos los bosques que han encontrado, como si arrojaran cien millones
de memorias. Decía Schopenhauer que sólo el arte puede mostrar
la realidad de los objetos, su sustancia, fuera del proceso causal, que
es lo que nuestra experiencia puede percibir. Y puede que tuviera razón,
que tan sólo la percepción de lo imperceptible nos permita
imaginar el lugar en el que estamos. El escritor nada hace con las palabras.
Hace las palabras. Los vientos que nos azotan con la memoria nunca son
imaginarios si son escritos. Son las carcajadas y las lágrimas
que nos asaltan cuando miramos al Oeste.
III
Juan Manuel Navas David Torres Mahmud Darwix
LOVAT
|
|
| índice |
m3yu01·fin |
![]() |
m3cv02·inicio |
|
Ian
McEwan
David Torres
|
|
| índice |
m3yu02·fin |
![]() |
m3cv03·inicio |
|
Toby Litt Detrás de la portada más fea que cabe imaginar -un murciélago catapultado del humo que brota de una pistola- verán a un tipo calvo, feo, de unos treinta y tantos, que está envejeciendo mal. Olviden al tipo. Olviden la portada. Pasen los primeros diálogos y desemboquen en la descripción del proyectil penetrando en la piel a cámara lenta, bajo el delirio espléndido de una prosa a mitad de camino entre la balística y la medicina forense. Si la novela ha muerto, me imagino que éstas deben de ser -una vez más- sus honras fúnebres. Formidable la espiral del relato y la maestría en el diseño de los personajes, malignos bufones en un teatro de marionetas. Lástima que al final, Litt haya cambiado las manoplas por la cámara de cine, y haya pensado más en el brillante desenlace de la película a la que sin duda dará pie, que en el desarrollo lógico de una novela que iba camino de hacerle sombra al mismo Martin Amis. David Torres
|
|
| índice |
m3yu03·fin |
![]() |
m4cv01·inicio |
|
Tres Tiempos
más
I ¿Cuál es la música de un poema? No debería temer las respuestas sino las preguntas, como me dicen a veces tantos y tantos espectros como rondan por esta pantalla; y puede que no les falte razón, pues no sé ni siquiera si la pregunta que abre este texto la he hecho yo. Por si a alguien le consuela, o le interesa, eventualidad harto más improbable, tampoco sé la respuesta. Un colegial de otros tiempos y otros colegios levantaría la mano y recitaría, debidamente puesto en pie al lado de su pupitre : "el ritmo del verso, uniforme a lo largo del poema o debidamente combinado con otros ritmos hasta lograr una cadencia significativa". Un diez en el cuaderno de notas, una sonrisa de satisfacción y una voz del maestro recordándole a Rodríguez que así es como hay que estudiar. Vale. No seré yo quien le discuta al escolar, futuro número uno de su promoción, la exacta y brillante respuesta. Muy a menudo me he maravillado ante la capacidad de ciertos poetas para lograr una fuga o un stretto sin más armas que la distancia entre acentos, para hacer que las palabras impresas respiren y hagan respirar a quien las lee, llegando, si es preciso, a provocar un grito que el lector no estaba dispuesto a dar. Así se lo he hecho saber a quien, desdichado, ha pasado su ratón por esta parte de la revista, y no me desdigo ni pienso desdecirme en mucho tiempo. Pero he de confesar que últimamente me da un poco de miedo el ritmo de los poemas, y creo intuir la razón si pienso que un poco de delirio, o mucho, es necesario para vivir a medida que nos imponen un delirio ajeno y ordenado, lo que, dicho así, suena demagógico, quizás porque pretende serlo. Precisamente, José Luis García Martín, en reseña del libro Sin miedo ni esperanza, de Luis Alberto de Cuenca (El cultural, 9-1-2003) habla del "informe verso libre", mostrando su preferencia, con el tono inquisitorial tan habitual en él, por los metros más clásicos. Y es dicha informidad la que hace del verso libre, al menos para mí, algo necesario. Cada vez más, siento el poema, cada poema, como inacabado, como un intento fallido de localizar algo oculto, que puede ser trivial o terrible, alegre o indiferente. Y es esa búsqueda, condenada de antemano al fracaso, la que da sentido al poema, como el tópico viaje a Ítaca de Kavafis. Así, el que lee es partícipe de un trabajo que es su mismo trabajo de todos los días: desentrañar lo que la realidad le depara. Por supuesto que el verso tiene música, pero quizás no sea la que de antemano se ha decidido para él. Quizás no lo sea ya. El ritmo versal está sometido a un proceso histórico, cuestión evidente, y no parece que el momento actual sea el más idóneo para obcecarse en las normas, cuyo resurgimiento en los últimos veinte años puede haberse debido a una necesidad de recuperar para la poesía un orden, una forma de ser propia que parecía haberse diluido a finales de los setenta; no quiero pecar de simplista, pero me atrevo a decir que el ritmo clásico en el verso se corresponde con el pensamiento posmoderno, y dicha forma de pensar no ofrece ahora ninguna solución a la situación que ella misma ha creado. El verso libre, el verso extraño a sí mismo, se halla en los resquicios que el verso deja; el verso libre, el verso no sometido a construcción (lo que no quiere decir que carezca de estructura, sino que su estructura es parte de su enigma), extrae su música de la violencia con que la sintaxis es tratada, del valor, completamente nuevo, que el silencio tiene en su desarrollo. Pero todo esto no es
más que una forma de pensar, ni mejor ni peor que otras. Una forma
de pensar que cree que no se puede hacer de la realidad una retórica.
II
En 2001 nos regaló Manuel Rivas
un diamante negro al que el tiempo, y las circunstancias, no ha hecho
más que tallar descubriendo nuevas luces en cada faceta; luces
ásperas y puede que crueles, que no iluminan el esperado paisaje
gallego, a medio camino entre la niebla y la piedra, entre la melancolía,
lo oculto y una cierta socarronería atroz; un paisaje al que nadie,
con la posible excepción de Manoel Antonio, había logrado
escapar. Porque a veces el paisaje es la maldición de una tierra,
Rivas ha escrito para mostrar una tierra siempre a destiempo del tiempo
que le hubiera correspondido. En La mano del emigrante no hay lugar para
la morriña ni para el consuelo de una taza de vino áspero
y turbio; lo hay para los expulsados de sí mismos, para los que
han alzado una casa en la frontera, para los que han hecho de la frontera
su casa. No sólo los emigrantes, sombras paseando por Londres,
cenizas sin voluntad desparramadas por una tierra, la suya, que no reconocen,
o los marineros que sobrevivieron al naufragio en cualquier parte el mundo
para descubrir que la tierra no es firme, que la tierra puede también
matar, que los capitostes del puerto de Vigo, tomo el dato del libro,
son capaces de organizar una cena mientras que una tempestad hunde un
barco frente a las islas Cíes; para descubrir que aún no
son nadie a este lado de la rompiente. No sólo ellos. Puede que
todos los gallegos, encerrados en un paisaje que les duele tanto como
les alberga, que, quizás les ha obligado a aceptar el albergue
del dolor, vivan en las fronteras de sus propias vidas, fuera del tiempo
que les hubiera correspondido, incluso ahora, que son todos náufragos
en una tierra que no ha esquivado el escollo de sus eternos capitostes.
III
Ya hemos reseñado números de El laberinto de Ariadna, pliego poético que edita la asociación cultural el mismo nombre en Castelldefels, hermanos por el nombre, y por la intención, de esta revista por la que ahora pasea el audaz lector. Nos ha llegado ahora el número 4, con el que nos entregan un poco de calor para un invierno tan desesperanzado como el que nos ha tocado vivir este año, que, si alguien no lo remedia, nos va a doler sobremanera durante mucho tiempo. Nueve poemas de nueve poetas, breves, mínimos, muestras de nueve intimidades que por un momento son nuestras, como lo es el aroma de un cigarro que olemos al doblar una esquina y que, por un momento, nos hace detenernos y olvidarnos de que vamos, fatalmente, a alguna parte, a una hora que casi nunca deseamos. El laberinto de Ariadna se lee casi como el prospecto de una medicina, un segundo antes de que la píldora mitigue el dolor, o como el manual de instrucciones de un aparato que nos ayudará a permanecer un poco más por aquí; lectura lenta, palabra por palabra, casi adivinación del sendero que recorremos en el crepúsculo. Hace falta mucho valor para publicar un poema en una revista, pues tal acción supone entregar el texto a cambio de perder el propio nombre en el nombre de la misma. Vayan aquí los nombres de los nueve poetas como acto de agradecimiento: Concha García, José Bretones Salinas, Àngels Cardona, Araceli Palma-Grís, Felipe Sérvulo, Maite León, José Costero, José Ángel Cilleruelo y Marta Cwielong. La dirección de correo es laberintodeariadna@hotmail.com, y la página web http://ariadna.sitio.net/. Al otro lado nos están prometiendo que el invierno ha de pasar, y puede que también pase este año mientras nos detenemos en una esquina, en ese otro laberinto que nos despoja a cambio de un poema o de un aroma nuevo.
LOVAT
|
|
| índice |
m3yu01·fin |
![]() |
m3cv03·inicio |
|
Director: Román Piña En el nº 41 de "La Bolsa de
Pipas" hay que destacar la entrevista de Román Piña
a David Torres, Finalista del Premio Nadal 2003 con la novela "El
gran silencio", y en la que David ocupa toda la portada con su presencia.
A propósito de ello, hace un par de meses, con motivo del aniversario
de Ariadna, David subió al escenario y al entrar en materia masculló
entre dientes, pues no estoy tan gordo. Quien subscribe no
está últimamente en posición de opinar en materia
de mantecas, pero Torres, de un tiempo a esta parte está que se
sale. Se sálió con Nanga Parbat, se sale con El
Gran silencio, como se salió hace unos días al hacer
de Cinesias en la comedia de Aristófánes: Lisístrata
(un alegato intemporal contra la guerra, cualquier guerra, la preventiva
contra Iraq como la del Peloponeso), en fin, lo que se dice salido de
verdad. Antonio Polo
|
|
| índice |
m3yu03·fin |
<|página anterior| ---------- |3 de 3 páginas|>