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PORTADA :: EL HILO :: LOS MONOGRÁFICOS |
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El hombre siempre
por Pablo
Mora
Siempre se nos ha dicho: La hora más oscura es la que precede al alba. Cuando la noche se vuelve más negra es cuando mejor pueden verse las estrellas. Nunca se pone más oscuro que cuando va a amanecer. Lo cierto es que un año muere, otro nace. El hombre, entre los años, en busca de la luz, de su luz, corre, va regresa, viene. El círculo perpetuo de la vida y la muerte. Uno y diverso, de perfil, sobre sus sombras, acaba el hombre, empieza, palpitando entre su sangre, llega; naciendo, renaciendo, melodía in crescendo, su locura, su fe, sus osadías lo acosan.
Poseso de su angustia, uno, uno más en el concierto, el hombre cavila, proyecta; enervante se sostiene, avanza, se defiende; desenfunda la paz contra la guerra. Hombro a hombro, codo a codo, enarbola los sueños de los árboles, la lluvia seminal de su plantío, el centro genital de su coraje, el canto forestal de sus costumbres. Camina noche, sueño, vida. Amanece en horizonte, desplegado. Estrena año, madrugada, aliento, tendido en la playa de su antigua pena.
Frente al largo espesor de su quejido, se reconoce, salta, se levanta; se sorprende, vivifica y lanza, enhiesto, sonreído. Relumbra, se decide, se esperanza, se reúne; finca su alborozo, su alegría o fija en el tiempo sus oídos. Arde de furia en la trinchera, eleva sus puños mal herido, cuenta salud, aire, olvido, quitándole la cara al miedo.
Cara a cara, se encuentra, dialoga en alto con las horas. Canta, se desborda, multiplica, de nuevo cuenta. A pecho descubierto, ofrece cuerpo, vida, alma y suerte. Aloja su rabia luminosa en las esquinas. Sostiene la mirada de los árboles. Bendice los salmos de las sombras, los imponentes secretos de la niebla, la silenciosa castidad de los cordones, mientras avienta duro el corazón del sueño.
En furia cordial se descontenta ante el hierro, el cemento, la grasa o la tormenta; la tarde, el fragor, el desespero; asido a su hermana gota jornalera, al pan que se esconde en los aleros. Lluvia tras lluvia, el suburbio se subleva. Llueve la grieta, la pobreza, el adobe llueve. Hambrientas, se arrinconan las miradas, se arropan furentes las tristezas; se persignan a gritos los silencios. De repente, estalla, se desata la lluvia entre los sueños y arrasa, intensa, choza, caserío, vereda, ahorro, sementera.
El hombre siempre, siempre el tiempo. Todo
pasa. Todo queda. Irrepetible, el instante perpetúa el camino, algo intemporal
que el hombre saborea antes de que pase. La eternidad, deseo de que un instante
eterno sea: presente sea, futuro sea. Presente como el mar, como el mar que
no se arruga, no cambia, no pasa. Como el mar, presente el hombre siempre. Niño
ayer, infante, camino de la vida o de la mar. Desmenuzando las horas de su vida:
luz, sombra, sangre, trigo, repulsión, dulzura. Detrás de todo
el mar como un caballo desbocado, siempre galopando el mar. El mar irrumpe,
bueno para el trabajo y la batalla. El hombre entre la mar, en esta hora de
soledad marina, activa aguas puras. De nuevo existe, canta, sueña, cree.
Desde los manantiales del olivo, locura al cinto, en lucha con su pena, andando,
andando, andando, andando, andando.
Pablo Mora
moraleja@telcel.net.ve
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Soñando
por Pilar
Salas Tapia
I
Cerrada se presenta la noche, oscura como ninguna.
Hoy están vagas las estrellas y no se exhiben en la ventana terrenal para que desde aquí abajo pueda observarlas.
Revueltos andan los nimbos y han querido velar a la luna con su manto ceniciento. Esta noche se presenta mística, como los sueños de los que gozaré y todavía no puedo vislumbrar.
Desasosiego de cerrar los ojos y arrastrarme a ese decorado desconocido por el que hoy voy a transitar como cada noche. Estos sueños extraños que me llevan de aquí para allá, en estos éxodos que me despiertan cansada y obsoleta.
No he cambiado sábanas y serán las mismas de ayer y las mismas de la noche anterior. Espero no hayan quedado resquicios de quimeras pasadas.
Ayer eran los dientes los que se me caían, anteayer creí navegar en un barco a la deriva y chocar con una ola gigante que arrastraba mi cuerpo a la orilla de una playa abundada de moscas y esta misma noche era la muerte la que se avecinaba.
Sigue oliendo la almohada al nuevo champú de manzana, seguro ese aroma habrá espantado los malos aires que me trajeron estas noches recorridas.
No aguantaré despierta para poder así caer en un profundo sueño que sólo me lleve al letargo pasajero hasta el nuevo día. Ese estado de coma que cuna mi cuerpo y ansío para el descanso corpóreo y espiritual.
Caeré ofuscada y me costará dormir, entonces aparecerán ellos, con sus ornamentaciones insólitas, con gentes desconocidas, amigas y enemigas, vendrán de nuevo como cada noche a hacerme compañía. Quisiera no recibirlos pero no me da tiempo a obstruir la puerta mental y dejarlos fuera.
¿Será esta noche como las demás?. ¿Vendrán hoy también con fuerza lóbregos pasajes para llevarme?.
Me esfuerzo por soñar con mis anhelos, ilusiones y esperanzas, pero pueden más conmigo los que vienen sin avisarme.
Adivino que es el subconsciente quien es más fuerte. Intuyo que es él quien manda, el que tiene en su poder la decisión de los sueños que tengo.
Esta noche tan cerrada dejaré las ventanas abiertas, esperando el aire tormentoso se lleve cualquier mal presagio soñador.
Deseando sean esta noche los sueños cuentos con final feliz, historias imaginarias con un subconsciente más ameno y amigo mío.
©Pilar Salas Tapia.
-Octubre/2002-
Pilar Salas Tapia, tiene 27 años y es de la provincia
de Teruel. Se gana la vida dirigiendo un gabinete empresarial, ademas de cursar
estudios de psicología en la UNED y de no cesar en esta afición
tan necesaria de escribir. Escribe sobre todo relatos y poemas, ademas de tener
un par de proyectos de novela corta.
Han publicado algunos de sus trabajos en la Revista de Escritura Creativa NITECUENTO,
en la Revista Voces, en la Revista de Cultura Almiar, o en lugares como Panfleto
Negro, Divague, La Tertulia en Mizar, el Gato de Hank, o en la Revista Oxigen
por nombrar algunos.
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Al principio duele
un poco
Por Antonio
Paniagua
Que un hombre que se supone es un profesional y que le iba a sacar con higiene
y sin dolor una muela no llevase una bata blanca en seguida le dio muy mala
espina. Ciertamente, le habían engañado. Si por lo menos le hubiera
dicho: "no va a notar nada, al principio puede que le duela un poco, pero
en un santiamén se sentirá como en la gloria y agradecerá
haber pasado por este doloroso trance", casi hubiera sentido simpatía
por él. Pero qué va. Le trató como a un borrego, sin exagerar
nada. Una vez que traspasó el umbral de la sala de torturas -para qué
utilizar eufemismos, estaba aterrorizado-lo primero que hizo ese hombre indigno
fue lanzar un denuesto. Todas las personas, alguna vez, tienen un mal día.
Pero tampoco es cuestión de pagarlo con el primero que se cruza en el
camino. Pues a este animal, porque era una verdadera mole, su torso parecía
esculpido en piedra, no se le ocurrió otra cosa que despotricar contra
diestro y siniestro, que si ya estaba harto de quitar dientes, que si el trabajo
se le acumulaba, que qué había hecho para merecer un castigo así.
Si no hubiera estado tan asustado, el pobre hombre le hubiera contestado que
no se quejara, que otros pasaban más penalidades, pero cualquiera se
atrevía a rebatir a esa fiera. Comprobó con dolor que allí
la anestesia no existía. O la consideraban un lujo innecesario o ese
bruto pensaba dormirlo con no se sabe qué. Las dos cosas a la vez. Creyó
desmayarse. El muy criminal le sujetó la mandíbula con sus manazas
y le introdujo sin conmiseración un instrumento metálico. Sin
el menor cuidado, sin ninguna delicadeza, movió a derecha a izquierda
las tenazas, hasta que, como el que arranca un clavo, extrajo de su boca la
dichosa pieza dental. Sintió morir. Después vino el desvanecimiento
y se le nubló la vista. Contra toda lógica, experimentó
un sentimiento de gratitud hacia el verdugo. Al fin y al cabo, ya había
pasado todo. El energúmeno dejó la muela, con una hebra sanguinolenta
en su raíz, dentro de un recipiente metálico. Alguien después
vendría a limpiar el material para enviarlo a Berlín. Allí
se fundiría con cientos de muelas para formar lingotes de oro con la
cruz gamada impresa en la base.
Antonio Paniagua
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En la Celda
por Antonio
Redondo Andújar
Celda de aislamiento. Una cama, una pequeña ventana y una puerta de hierro. No hay nada escrito en las paredes, sumamente blancas. El reo está de pie, inmóvil, pensativo. Mira hacia la ventana y un instante después cierra los ojos, heridos por la luz que a esa hora penetra, mortecina, en la celda. Se oye el ruido violento y metálico de dos o tres cerrojos. Alguien abre la puerta lentamente. No entra nadie, pero la puerta permanece abierta. El reo se ha sentado en la cama y la mira intrigado. Se levanta, se acerca, retrocede. Vuelve a sentarse. Llora. Se levanta de nuevo y se queda de pie, casi un minuto, inmóvil. Vuelve a mirar de nuevo la ventana, poco después la puerta y, con paso decidido, abandona la celda.
El corredor
El corredor tiene clara conciencia de ser el
corredor más rápido que existe. Su deseo, su misión es
correr, si es posible más rápido, cada día más rápido.
Al principio miraba, con asombro, el paisaje, pero ya no lo mira, sólo
corre cegado por este pensamiento: "he de llegar a meta", aunque haga
mucho tiempo, ya demasiado tiempo, que la cruzó sin ser consciente de
ello.
La ascensión
Una joven lo lleva de la mano mientras suben la intrincada escalera. Él se sitúa siempre, durante la ascensión, uno o dos peldaños por debajo de ella. A esa corta distancia contempla con placer, mas sin lascivia, las formas que insinúa su escueto camisón y, todavía más, la delicada piel que muestra abiertamente. Siente, en ese momento, algo similar a la ternura. El recorrido, por ello, se le hace gratamente largo. Una vez arriba, consigue abrir, con dificultad, una puerta de hierro y acceden a una sala verdaderamente horrible: totalmente cuadrada, sin mueble alguno, toda ella de hormigón armado, como un búnker. Se sientan en sendos bloques rectangulares, igualmente de hormigón, muy separados uno del otro. Y transcurrido cierto tiempo, se miran, extrañados y tensos, porque aquello que debía suceder, fuese lo que fuese, no ha sucedido.
Antonio Redondo Andújar
arandujar@eresmas.com
Antonio Redondo Andújar: Nace en Almonacid de
la Sierra (Zaragoza) en 1966. Desde 1988 reside en Barcelona, y es licenciado
en Filosofía.
Obras publicadas:
"Fantasmagorías entre poemas de amor que no deben ser cantados"
(Premio "Isabel de Portugal" de poesía en su VI convocatoria.
Institución Fernando el Católico. Zaragoza. 1991).
"Tríptico doloroso y otros relatos" (IFC. Zaragoza. 1993).
"Nicodemo -tragedia-" (Las palabras del pararrayos. Barcelona. 1996;
Manuscritos.com. 2001).
"Memoria de la soledad arrebatada" (Puente de la Aurora. Málaga.
1997).
"Fragmentos de una oda" (P.O.E.M.A.S. Valladolid. 1998; El fantasma
de la glorieta. 2002).
"Sin historia" (Vinalia bolsillo. León. 1999).
"Canción del peregrino". (En el libro "Poemas 1999".
Ayuntamiento de Zaragoza. 1999).
"Paráfrasis de "La idea" -una lectura de Frans Masereel-"
(Iralka. Irún. 1999).
"Telegramas" (En el libro "Poemas 2000". Ayuntamiento de
Zaragoza. 2000).
"Fábulas humanas" (Manuscritos.com. 2001)
"Fragmentos de invierno" (Cuadernos del mar de Alborán. Málaga.
2002).
"Once poemas" (El fantasma de la glorieta. 2002).
"Residuo despiadado" (Portal de poesía. 2002).
"Estampas infantiles" (El viejo faro. 2002).
"Drama sin nombre" (Revista literaria Baquiana. 2002).
Ha publicado, asimismo, numerosos poemas y cuentos en diferentes revistas digitales e impresas.
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La persecución
de Armelio por los ángeles
por Yvette
García
"En el paraíso no llueve. Las nubes son un gran tapiz que sirve de suelo y todo gotea de los pies hacia abajo, pero también puedes caer de tus pies hacia arriba. Encima de tu cabeza queda un gran espacio que algunos llaman firmamento, otros infinito. ¡Qué descabellado el intentar hacer del cielo un trazo fronterizo, con un arriba y un abajo y en medio de todo la casa de Dios y sus criaturas! Lo mejor que tienen esos sitios es que uno no sabe si son una garganta de profundidades o una sábana colgada sobre toro recinto. No caes, ni vuelas: gravitas diferente y eso es todo. El espacio que aquí llaman infinito se llena un día -o una noche, hay que contar con las rotaciones, eso sí-, y ese debe ser el día que mueres y te vas a viajar sin tu cuerpo pesado entre las nubes, posándote en ellas y dándole envidia a los pájaros. Mientras, en el mismo instante, puedes bajar con todo el peso incalculable del haber existido a fecundar algún rincón, a comenzar un peregrinaje sin dimensiones ¿queda un fondito? El infinito se llena, se acerca, no está vacío de gente, ni repleto de espuma. Vean ustedes..."
Armelio miró el fogón y las caras impasibles de los presentes y luego continuó.
"Me asombro cuando lo veo representado en las pinturas como un oscuro laberinto, cuando en realidad no hay luz ni sombra. Desde allá se ven los caminos arados por los pies de los hombres, la Parada del Limbo y las rutas con piedras engañosas del Infierno, mas puede verse también toda la oscuridad que nadie ha imaginado. Si Dante viajó en algún momento por allá, probablemente cruzó otros senderos que me fueron vedados o que me negué a mi mismo, o que no me dejó encontrar ese Señor, el Tiempo, o porque no le di Tiempo al Tiempo. Sabe Dios si le interesa esta dialéctica, yo sólo sé que no sé nada, como dice el último San Pedro -hubo muchos-, que sepan ustedes no los retiran cuando están ciegos sino cuando no pueden olfatear el alma, también huele a café desde su asiento, Amigo mío el conserje del Paraíso, muy conversador."
"Sí, porque aquí estamos de paso. Aquí o allá estamos de paso y uno no puede andar contando veces. Siempre será distinto, peculiar y único, un nunca irrepetible, un siempre nuevo. Yo he sido lombriz y presidente y si quieren hasta amante de la Virgen María ¿No van a colar? La generosidad es bien recompensada en todas partes, porque es una cualidad tan rara... Y es como les digo: la gente está hecha de cuatro partes de agua, entonces para regresar sus fantasmas deben ser llovidos, poco a poco, así reencarnan sin estropearse. Y lo que queda por allá es una materia fina, liviana como algodón. Cuando uno es humilde, mire usted, regresa discretamente, procura ser agua condensada capaz de mezclarse con la lluvia y pasar frente a los ojos de los intrusos y de los científicos como vulgares cúmulos o nubarrones de ciclón. Así, en ese caer, es como el barro vuelve al barro. Esto me lo confesó un ángel con frenillo, muy inteligente, que perdí de vista porque se llovió en un río famoso y sucio allá en Europa. Esa materia ligera, que queda allá y se confunde con el cielo nublado, es la consistencia de los ángeles. Claro, hasta el día que les da por regresar con mucha prisa. Cuando esto ocurre, entonces con el apuro nacen los tifones y las fuertes precipitaciones y los ángeles corren el riesgo de convertirse en cualquier cosa, hasta en una taza, o una hoja de tabaco que luego te fumas sin saber que estás volviendo humo a un ángel, expidiéndolo demasiado rápido al cielo de donde llegó hace poquito tiempo. Es por eso que como ven yo fumo despacio..."
Armelio respiró y paseó la vista por la taza vacía y las caras sin sorpresa. Posó sus ojos discretamente en el cenicero para ver si quedaba algo fumable dentro. Fue militar antes de ser un sujeto que ha perdido todas sus facultades mentales, como reza en su baja de las fuerzas armadas. Cuando le preguntas cómo le va, te responde torciendo un poco la boca, "amarrado". Lo observas delirar con tan poca cosa: un café gratis y un cabo robado ingenuamente, y te dices que es cierto. Posiblemente si todo este humo no le entrara en los pulmones podría perfectamente despegar y recomenzar su exploración del universo. Desprenderse y volar, quiero decir "gravitar distinto". Nada absurdo si, mirándolo bien, notamos que su carne tiene el color que puede dársele a la transparencia y la cordura que exhibimos los demás, es la única medida que resta para saber hasta dónde está loco.
Yvette Guevara.Licenciada en Teatro y Dramaturgia, ISA, Instituto
Superior de Arte de La Habana, Cuba.
Madre y a(l)ma de casa, Nació en Remedios, al doblar de Macondo, un 14
de julio de 1968, en el reinado de Las Indias, Indialand para los americanos,
el Aula Eterna para los Europeos, el vestigio de Parricidio para los españoles,
la Isla Andentro para los que tienen un extraño sentido de pertenencia.
Los poemas enviados pertenecen al libro: "La Ínsula de Elpis",
varado en las editoriales por causas ajenas al deseo y próximas al mercado.
Y los cuentos y relatos a un libro de más de ocho años de factura,
que es como saldo de deudas y se títula : "Cuentos desde el traspatio".
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La claúsula
por Antonio
Polo
Hay un hombre que está muerto y aún no lo sabe. Un anciano me
ha dicho que en realidad se trata de un anuncio de seguros. Al verlo, balanceándose
en un árbol del Paseo de la Castellana, no puedo sino sentir un extraño
alivio. Después de todo, repartir bombonas de butano no es tan duro como
pasar la jornada colgado de una acacia. Al menos yo puedo conversar con la gente,
y a veces, incluso consigo algunas propinas.
Hoy he madrugado mucho. He ido caminando hasta la oficina de Correos. Es fácil imaginar la caminata: desde el barrio de Hortaleza hasta el mismísimo centro de Madrid. Cuando llegué estaba sudando, sin embargo, al cabo de dos minutos de hacer cola frente a la ventanilla de giros, he comenzado a experimentar una sensación tan desagradable bajo la fría bóveda de ese Palacio que he tenido que salir por un momento al exterior, solo con la intención de recuperarme bajo el sol de la mañana, solo para deshacerme de la tiritona que apenas me permitía continuar de pie. Dos minutos solamente. El tiempo suficiente para que de nuevo, otro anciano que también había madrugado tanto como yo, me confirmara que aquel hombre que se balanceaba por el cuello en una acacia del Paseo de la Castellana, no estaba anunciando ninguna póliza de seguros sino que estaba muerto de verdad, desde hacía seis horas. Muerto sin que nadie prestara la más mínima atención a su morbosa presencia, ni a la letra minúscula con la que, sin duda, estarían escritas las cláusulas de su insignificante historia.
ANTONIO POLO. San Fernando (Cádiz) 1957. Especialista de Laboratorio
Químico, desarrolla su actividad como Agente Comercial o tal vez como
Viajante de Comercio (a la manera de Arthur Miller). Aunque su vida transcurre
entre química, libros y aeropuertos, su proyecto ARIADNA - Revista Cultural
navega por Internet desde 1997. "Quince líneas" Ed. Tusquets,
"Lavapiés" Ed. Ópera Prima; "Todas las voces, una
voz" Ed. UNED; colaborador en varias revistas literarias "Cuadernos
del matemático", "Luces y Sombras", "Nitecuento",
"Tranvía", etc. Finalista en varios premios literarios: Certamen
de Cuentos Canal de Isabel II, Villa de Pasaia 2000, Encuentro entre Dos Mundos,
Narrativa Géminis, Villa Constitución, Certamen Narrativa Nitecuento,
P. Poesía Internacional El Yantar de Pedraza, etc.
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La mujer del sexo
de oro
por Raúl
Ortega Alfonso.
En mi pueblo nadie se baña. Está prohibido bañarse en mi
pueblo. En mi pueblo estamos orgullosos de ser unos cochinos. Las grandes mansiones
de mi pueblo no tienen baño. En mi pueblo es condenado a muerte a todo
el que atrapen bañándose. También son condecorados aquello
que mueren sin bañarse a lo largo de sus vidas, siguiendo la tradición
de sus antepasados; los mismos que fueron arrinconados sobre estas piedras donde
sólo crecían el salitre y la espina; los mismos que construyeron
las primeras casas y el primer ataúd Stradivarius (orgullo nacional),
mientras chupaban el vientre de las moscas posadas en sus bocas resecas.
En aquella época el páis fue gobernado por la fiebre de exportar lo que no teníamos. Y nuestros pocos ríos fueron a parar a los desiertos para bañar a los camellos durante el tan lamentable recorrido por las arenas. Los que se negaron -los mismos-, los que no estuvieron de acuerdo, fueron tachados de insensibles-egoístas y deportados al confín de la Isla.
Durante la discriminada expulsión, entre porrazos y empujones de las autoridades, pudieron llevar de contrabando un poco de agua depositada en el sexo de una bellísima mujer que se bañaba en el preciso momento en que era desalojada con su familia. Larga y llena de peligros resultó la peregrinación hasta el inhóspito lugar donde hoy se levanta mi pueblo. La hermosa joven fue transportada, desnuda, sobre una parihuela para evitar que se derramara el tan preciado líquido, mientras abrían a machetazo limpio el improvisado camino. El padre -abuelo de mi madre-, hombre tozudo, indomable y muy celosos de las tradiciones familiares, dispuso que la muchacha fuera tendida en lo alto de una roca sin derecho a incorporarse, y cuando los sobrevivientes terminaban agotados de levantar las primeras columnas de lo que sería mi pueblo, corrían desesperados a lamer el sexo de la salvadora mujer que, orgullosa de poder contribuir a perpetuar la dignidad de la familia, se cortaba el vientre con el filo de las piedras, durante las cortas madrugadas del descanso. Al amanecer, su sexo rebosaba nuevamente de la divina sustancia que reparaba el hambre y la fatiga.
Justo al año murió la Mujer del Sexo de oro, como la llamaron; justo al año, cavando la fosa para prodigarle santa sepultura, encontraron el único manantial de la comarca y justo al año, el pueblo se empinaba en la prosperidad, apuntalado por el comercio de los ataúdes Stradivarius, que con tanta calidad y demanda fabricaban los habitantes, que justo ese día lloraron y juraron, en honor a la mujer que les salvó la vida, no bañarse jamás.
Raúl Ortega Alfonso.
"La mujer del sexo de oro" es un relato del libro del autor cubano
residente en México "La mujer se mueve y es redonda".
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Fabián
Césped
por Luis
Martínez
"Pobre hombre, ¿qué le llevaría al suicidio?"
"Pregunta con demasiadas respuestas," contestó encendiendo
un cigarrillo el detective.
"Quiere usted decir," aclaró el asistente, "demasiadas
respuestas que prueban la disonancia de mi pregunta."
"Creo que su pregunta le pertenece a un familiar, a un amigo, no a un
profesional; eso es todo."
"Sus palabras a veces me preocupan, detective."
El cuerpo de Fabián Césped, el joven de treinta y uno que se
quitó la vida en un apartamento del este de la ciudad, nadie lo reclamó.
Lo enterraron en el cementerio del sur después de la autopsia y la
investigación policíaca.
"Olvide el caso de Césped, mi querido asistente; la falta de vida
no es cuestión del uniformado."
"Lamento contradecirle, pero la falta de vida es cuestión de todos."
"Su moralidad es de primera," comentó burlonamente el detective,
"pero usted olvida que Césped se quitó la vida. Creo que
ni usted ni Dios pueden quitarle el derecho a la vida, o en este caso, a la
muerte, al próximo Césped."
Fabián era oficinista. Los vecinos cuentan que una de esas mujeres
de calle le visitaba periódicamente, y que le gustaba caminar las mudas
horas de la noche. En la oficina cuentan que nunca llegó tarde, que
hablaba poco y que nunca, en sus seis años de empleo, se había
ausentado. "Una persona eficiente...responsable," había comentado
a la prensa su supervisora.
"Aquí tiene la información que me pidió, asistente."
"Gracias. Su acto honra su uniforme, y honra, sobretodo, el uniforme
del hombre, del ser humano."
El policía, un tanto confuso, contestó:
"No exagere. Sólo cumplo con mi deber."
En el café Las tres cuentan que Fabián fumaba, tomaba su café
sin azúcar, leía el periódico y un libro de bolsillo
de un tal Robert Walser, y de vez en cuando pedía a la chica que atendía
que pusiese en la radio una pieza de Bach. "Una vez," contó
la chica, "le vi urdir un pensamiento en una servilleta. Recuerdo la
ocasión," añadió melancólicamente, "porque
la olvidó y yo tuve la suerte de tomarla y conservarla"-
Desperté con la sensación de que había sido un sueño,
una pesadilla que nos juega la noche cuando busca imponerse. Espiré
profundo, como si hubiese escapado las zarpas de la propia muerte. Sin pretender
olvidar que raramente soñaba, expiré una y otra vez mientras
preparaba el café.
Y me senté frente a la vieja ventana de siempre; y entre sorbos de
café, mientras acariciaba la lluvia que bañaba las calles de
mi ciudad, pensé en lo que me había pasado. El viaje de la lluvia
escarchada me transportó a aquellas escenas de vida, de muerte.
"¡Yo no tuve que ver con su muerte!-si es lo que quiere saber,
asistente.
¿Puedo irme?"
"Hágame el favor de sentarse, Magdalena. Sé que usted visitaba
a Fabián periódicamente y conozco su línea de trabajo.
Sólo quiero que me cuente un poco de él."
"Pero, ¿qué le puedo contar, asistente? Le confieso que
a Fabián no le gustaría si compartiese con usted algún
dato de él o de nosotros. No me pida que le falte respeto a su memoria."
"Veo que no me he equivocado. Usted le conoció un tanto; su tono
me confiesa que hasta le importó su muerte. ¿Las flores en la
tumba, eran suyas, no?" "¿Es un delito? ¿Una mujer
de la calle no puede llorar por un ser humano?
¿No puede darse el lujo de gritar: '¡He perdido a un ser querido!'?"
En el puerto que frecuentaba, un anciano cuenta que a Fabián le hubiese
gustado pasarse unos largos meses en el mar verde, azul. Lo sabe, nos dice,
porque Fabián no miraba el mar; el Atlántico lo miraba a él,
le susurraba su sinfonía. A horas de puesta de sol, su alta sombra
descansaba entre sus rocas de ayer, de hoy.
"¿Por qué no llega a casa y se acuesta, mi querido asistente?
Veo que echó de menos mi consejo. No olvide que Césped se mató."
"Tal detalle nos impide arrestarle," añadió mordazmente,
saliendo de la oficina.
El informe policíaco dice que Césped se quitó la vida
con un revolver arcaico. Una de sus balas agujeró su joven corazón;
la autopsia lo confirma. Aunque las razones no se conocen, el detective señala
que no hay duda que fue suicidio. El asistente añade que Fabián
murió vislumbrando las primeras luces del día.
"No pensé que fuese usted hombre de tragos, mi querido asistente.
Gracias por la invitación."
"Lo invité porque quiero contarle algunas cosas de Fabián."
"Lo sospechaba."
El bar olía a vacío, a silencio; quizás porque era martes.
En la vieja tele el partido pasaba sin audiencia.
"Usted me va a excusar, detective, pero he reescrito su informe."
"¿No me diga que pudo arrestarle?"
"Su humor a veces me asusta," contestó el asistente saboreando
su trago.
"Si mal no recuerdo, usted no sufre de la presión." "Bueno,
lo que quería comunicarle es que después de mi investigación,
comparto su conclusión: Fabián Césped se suicidó."
"Los efectos del licor, maravillosos. ¿No cree?"
"Pero no estoy de acuerdo con su razón, con la supuesta falta
de vida de Fabián. Por esta razón rescribí el informe."
"¡Y qué ha de importar mi razón, o la de usted! Para
el uniforme, en este caso, las razones están de más."
"¡Pero no para el ser humano, para el que vive!"
La puerta del bar anunció la llegada de los borrachos de siempre. El
cantinero ni les hizo caso; éste continuó leyendo su periódico.
Uno de ellos divisó el tocadiscos y registró su bolsillo; el
otro pasó al baño escandalosamente. El reloj en la pared marcaba
las once menos diez.
"Mi querido asistente," comentó el detective después
de haber encendido su tercer cigarrillo, "¿quiere usted decir
que Césped se mató porque quería vivir?"
"Sí-aunque le suene increíble y hasta desatino."
"En este caso, su suicidio es alarmante."
"Ahora regreso," añadió levantándose de la
silla, "creo que ambos necesitamos otro whiskey."
"Comparto su opinión, detective. Mas tráigase una botella;
total, dudo que esta fría noche de octubre cerremos los ojos."
"...a lluvia postergada, " hubiese añadido Fabián,
pensaba Magdalena mientras observaba por décima vez el farolito de
la calle, mientras la vida sin ungüento recorría la ciudad. Sí,
la noche a lluvia postergada hedía, Fabián me hubiese comunicado.
Luis Martínez
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Una
chica muy fea
por Francisco
Rodríguez Criado
Ligué una vez con una chica muy fea. No sé como ocurrió Bueno, sí lo sé recuerdo que vino hasta mí y me dijo: "Llevo un tiempo observándote, creo que me gustas. Soy fea, y algo intelectual, por eso no gusto a los hombres, supongo. Aun así, me atrevo a pedirte que pases la noche conmigo Podríamos pasear y hablar de libros".
Salimos de aquella agobiante discoteca de ninfas presumidas y nos dirigimos hacia el paseo marítimo, su brazo aferrado al mío.
Habló con entusiasmo del realismo mágico de García Márquez, del mundo absurdo de Beckett, del monólogo interior de Ulises, del existencialismo ateo de Heidegger. Yo le conté que me gustaban las tostadas con mermelada de fresa, los cómics eróticos y las carreras de caballos. Después de mirar a todos lados y comprobar que nadie nos espiaba, le chivé la receta de la tarta de manzana; e hice un truco de magia con un pañuelo. Sonrió y aplaudió.
Continuó hablando: de la teoría de la relatividad, del psicoanálisis de Freud, de la revolución de las telecomunicaciones, algo también sobre la lucha de sexos.
Para que no molestara el ruido de las olas, paramos el tiempo; y, mirándome a los ojos, me besó. Fue un beso sencillo, con sabor a mar: el beso de una chica muy fea.
Cogidos de la mano nos echamos a andar de nuevo, ahora callados.
En un pequeño hotel alquilamos una habitación con una ventana que daba a la vida. Nos duchamos juntos y, borrachos de caricias, nos fuimos a la cama. Como hacía algo de frío, nos arropamos con el calor del deseo.
Su cuerpo, escurridizo como la verdadera felicidad, se derritió entre mis manos.
El cálido ulular de una sirena lejana llegaba hasta nosotros en un susurro cansino.
¿Le importaría si fumaba? Me dijo que lo hiciese, no había problema.
-¿Es la primera vez que
estás con un marinero?
-Es la primera vez que estoy con un hombre -respondió.
Reíamos si alguien contaba algo gracioso, nos echábamos a llorar si era algo triste.
Atenazándome con sus brazos, me oprimió contra su pecho, con vigor: puros músculos de soledad.
-No vuelvas a decir que eres
fea: eres la mujer más hermosa del mundo, ¿me oyes?
-¡Calla! -se rió irónicamente, y me dio un beso en la
frente.
Nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente me desperté temprano, ella ya se había ido.
Errabundo, paseé por el centro: mi barco no zarpaba hasta bien avanzada la tarde.
Jamás he visto una chica tan fea fea, fea de verdad. Pero, aunque hace años de aquello y no he vuelto a pisar la ciudad, sigo esperándola: he aprendido algunos trucos de magia que quisiera enseñarle...
Francisco José Rodríguez
Criado nació en Cáceres en 1967. Con dos novelas inéditas
en el cajón, algunos de sus cuentos han sido premiados o han resultado
finalistas en diversos certámenes literarios. Artículos, poemas
y cuentos suyos han visto la luz en revistas y periódicos de España
y México. La Editora Regional de Extremadura ha editado recientemente
su primer libro de relatos, Sopa de pescado, bien recibido por lectores y
críticos, al que le ha seguido Los Bustamante, una familia del siglo
XX, del Departamento de Publicaciones de la Diputación de Badajoz.
Con predilección por los ambientes urbanos y los personajes solitarios,
el azar, el desamor, el sexo o el absurdo son algunos de sus temas preferidos,
abordados generalmente con humor y melancolía. Ahora está escribiendo
un diario donde combina reflexiones con vivencias cotidianas.
Desde agosto de 1998 mantiene una web sobre el mundo de las letras en la red:
http://perso.wanadoo.es/morrisvan, que le sirve como laboratorio literario
y como lugar de encuentro con otros autores del momento.
morris-van@wanadoo.es
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Moriencia
por Domingo
López
Yo estaba fumando y contemplando las nubes procesionales, sin nada que hacer, como siempre, cuando escuché los golpes y supe, ansioso, que Eugenia de las Mercedes estaba de vuelta. Discurrí, cerrando la ventana porque ella odiaba las corrientes de aire, que no podía ser nadie más ya que no teníamos amigos, ni vecinos, ni conocidos y además, la gente de bien no anda llamando por ahí pateando las puertas ajenas como estaba haciendo mi mujer que, y esto era lo más importante, si no había tocado el timbre quejumbroso debía ser porque tendría las manos ocupadas, lo que quería decir, al fin, que traía unos bultos de provisiones. Antes de abrir escondí un par de cigarrillos en un desgarrón disimulado del forro del butacón y sonreí al recordar cómo algunos bichos, las hormigas creo, hacen una cosa similar, más o menos con la misma intención. Cuestión de supervivencia personal, pensé, poniéndome apresuradamente los pantalones y la habitual camisa, floreada como la que le ví en la tele al Alberti. No tenía ganas de oírla tacharme de acariciapelotas. Los golpes continuaron y dije, animoso, ¡voy!, pero no fui sino que me lancé raudo hacia el cuarto de baño para peinarme un poco y arrancarme las legañas segregadas esa noche. La verdad es que tenía bastante barba. Y ojeras y tal vez, mal sabor de boca. Le eché el aliento, todo el que pude, al espejo y al rebotar lo olí. Dibujé, con un dedo, en el vaho pegado la palabra NO e iba salir del cuarto de cuando me volví y le añadí a la O unos ojos y pelos hirsutos y también una mueca. Al instante me arrepentí de no haberle hecho una sonrisa. El subconsciente manda, volví a pensar y manoteé una hoja de los periódicos apilados, que teníamos provisoriamente para utilizarlas en el acto que sigue normalmente al ineludible menester de evacuar, y la pasé por el espejo y, de camino, por el lavabo, quitando así las pruebas que determinaban el carácter alopécico de mi ya bastante esquilmado cuero cabelludo. Y entonces de pronto, oí el timbre. Me detuve enmedio del pasillo sin adornos y sonreí, vil, imaginándola que lo tocaba con la nariz, hundiendo el pulsador con ella. Me acordé de los timbres de pega que vendían en las tiendas de artículos de broma, con su agujerito casi invisible por donde salía el pincho que se afanaba por llegar hasta el hueso del dedo inocente y osado. Sonó de nuevo. Dibujé mentalmente, grotesca, la cara, las lágrimas y, con sangre y todo, la nariz como un tomate o desinflada. Menos mal que la puerta de enfrente no tiene mirilla y menos aún inquilinos, pensé, algo aturdido y con el pomo ya en la mano que lo hacía girar.
-Lástima, creí
que te habías ahorcado, dijo mi señora esposa, entrando sin
nada, contorneándose, con los brazos en alto y las manos revolviendo
o enredándose el pelo casi gris, imitando, supuse triste, a la actriz
esa que cantaba, tan buena moza.
-Chillé voy -dije, parapoco, mirando cómo fingía quitarse
los guantes que no llevaba.
Yo no me había movido, por lo que pude mirarme en el espejo de la entrada o hall para cerciorarme de que no tenía cara de ponerme inminentemente a llorar, para que mi pena corroborara o fuera testigo accidental de la acertada suposición cinematográfica.
-"Voy siempre cantando
a los mercaos con una flor en el pelo colorao"...-tarareó, cantó,
dándome la espalda y absolutamente todo su teatro.
-¿No has traído nada?, pregunté, estafermo.
-¡¡ Chaaaan !! -dijo únicamente, onomatopeyando la acción
orquestal del fin barato de su escena, perniabierta, quieta, con el cuerpo
girado hacía mí, extendidos los brazos, con las manos como si
fueran a besarlas, mirándome con asco, aburrimiento o fastidio.
-Supongo que...-y me faltó fuerzas, ganas de seguir, digamos, viviendo.
-En el almacén de Carlos me colgaron el The end, qué emoción,
se acabó lo de fiar. Ya sé que esperabas que trajera, por lo
menos, como los escarabajos peloteros, un garbanzo de tres o cuatro mil kilos,
pero no pasa nada, no te aflijas cielito lindo, algo conseguí...sabroso...¡sabor!...¡chacachá!...y
cerré por un instante los ojos y estoy seguro que añoró
tener unas maracas y la piel cobriza y las tetas medio afuera o asomando del
todo.
-Pero si no has traído ni la cesta -dije casi con un hilo de voz.
-La doné. La doné a una gente pobre que necesitaba algo adonde
meter a su nene. "El niño no tenía cuna pa dormí,
ea, ea, ea, que yo lo vi "...- cantó riéndose, terminando
por fin su pose para desplomarse sobre el butacón roto y lanzar los
zapatos al aire.
-Vas a partir algo -dije, por decir alguna cosa o para que la vida siguiera,
sin motivo porque la habitación, la salita como al principio emocionantemente
le decíamos, sólo había dos sillas, una mesa coja, el
susodicho butacón y nuestra foto de boda pegada a la humedad de la
pared, con chinchetas.
-¿Sabes qué tenemos de primer plato hoy? Adivina adivinanza...
Que lo adivine Rita o la alimaña que me roe la panza, pensé,
encogiéndome de hombros, recordando de paso el nombre de la actriz
que, creo, había imitado, mirándome nuevamente, abrumado esta
vez, en el espejo con manchas extrañas, como de moho.
- Mojo...mejor dicho, degustaremos unos tiernísimos excrementos, variados,
eso sí. Los tengo aquí, en una bolsita que igualmente encontré.
Día de suerte que tuvo una. Pero no pongas esa cara, no pienses mal
que era nueva y estaba limpia. Ni siquiera la abrieron, fíjate bien.
Expiraré, pensar que algún día expiraré, me dije, sostenido por la mañana como la bolsa que colgando de dos dedos me mostraba.
-Y es hasta de un Economato,
no veas qué detalle o qué gracia, según. Leí...ECO...ECO...económico,
pensé, astuto, masajeando el pomo ya amigo, mirando cómo vaciaba
el contenido sobre la mesa, notando cómo mis ojos pretendían
salirse sin éxito de sus cuencas al ver lo que veían.
-No creas que son todas de perros. Me parece que, por lo menos dos, son de
gatos o gatas. Pobres, se les debió caer de tanto aguantar buscando
tierra. Porquería de asfalto. Hay dos de gente, inconfundibles, como
las nuestras y el resto, pues de perros o vete a saber.
No era una alucinación porque incluso desde donde yo estaba, junto a la puerta, las olía. Encima de la mesa de nuestra casa había, las conté fascinado, ocho mierdas de diversas tonalidades y similares formas. Parecían desear juntarse, taparse unas a otras de vergüenza, desaparecer, volver de inmediato a sus respectivos anos.
-Y no hay que tener ni dinero ni imaginación para adivinar con qué salsa se pueden preparar ¿ Qué te parece, cariñín?
Debo estar muriendo, pensé
con placidez, envuelto en un sopor extraño, agarrado a la protuberancia
suave y metálica, sudada de la puerta. Ella sonreía, la veía
enmarcada por la ventana, veía su boca moviéndose, abriéndose
y cerrándose. Debe estar hablando y no la oigo, volví a pensar
y esta vez me tocó sonreír también a mí, angelical
ya. Se fue y apareció con una cazuela. Seguía sin oírla
pero comprendí, por los gestos que hacía, que nos íbamos
a chupar los dedos, los veinte. Corrió feliz a la cocina. En el espejo
veía la puerta entornada tras de mí, su color caoba, lisa. Se
ajustaba perfectamente a mis proporciones físicas. Incluso estoy ya
en el ataúd, me dije, enseñándome los dientes para ver
si, por casualidad, los tenía como el Drácula. Y muy lentamente,
sin consciencia, fenecido seguramente, fui abriendo la puerta, la tapa del
féretro acogedor y miré por última vez la habitación.
Lancé un beso mustio y alado hacia la cocina y haciéndome lo
mejor que supe o pude el vivo, el muerto, salí, entré, cerré,
solté por mí por fin las cuerdas, soltando el pomo.
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