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    doce verano

PORTADA :: EL HILO :: EL LABERINTO

 

Todas la claves y el símbolo 

VersO

especial poesía cubana

¤ extraños en la ciudad ¤
¤ onírica última función ¤
por
Odette Alonso
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¤ para alejar la vejez de una mujer ¤
¤ la vieja historia de los puentes ¤
¤ vigía de la mujer que duerme ¤
por Raúl Ortega Alfonso

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¤ dead man walking ¤
¤ santa maría dei carmini ¤
por David Lago

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¤ span dormido ¤
¤ fuerza bruta, barriles ¤
por Jesús J. Barquet
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¤ el río ¤
¤ wee-auk-end ¤
por O.T. Socas
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¤ diferencia ¤
¤ nombre ¤
por Antonio Desquirón
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¤ ciudad ¤
¤ elegía sin flor ¤
por William Navarrete
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¤ ánima ¤
¤ sexagenario¤
por José Kozer
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¤ nocturno bajo la lluvia ¤
¤ sin nombre ¤
¤ la habana 1989 ¤
por Omar López Montenegro
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 ¤ de mis males ¤
por Saskia Sánchez de Agüero
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¤ música de ron ¤
por Raúl Ibarra Parladé
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especial prosa cubana

Los contextos culinarios en Paradiso
por Yamilet García Zamora

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El baño de mi hermano
por Raúl Ortega Alfonso
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Una ampolla de arena turbia
por Rolando H. Morelli

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Ciclones
por Rosa Elvira Peláez
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Todo el afán de Yoel Mesa Falcón
por Félix Luis Viera

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  prosa Septiembre

Arrebato
por Alfredo Lope Echazarreta

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Mi vieja amiga soledad
por Rosa Chover Taberner

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Mañana al mediodía
por Antonio Desquirón Oliva

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El corsario
por Nicasio Urbina

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reseñas y artículos

LOS PUERTOS ABOLIDOS
David Foronda Alvaro
SALEN LAS NAVES
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Wilfredo Mujica
CANTOS AURORALES
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Anne Michaels
EL PESO DE LAS NARANJAS & MINER'S POND
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José Luis Jover
LA CARA QUE A MÍ ME VEN
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POESÍA ANDALUZA EN LIBERTAD 
(UNA APROXIMACIÓN ANTOLÓGICA A LOS POETAS ANDALUCES DEL ÚLTIMO CUARTO DE SIGLO)
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María Luz Escuín
EMPLEO TERRENAL
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Felipe Hernández
EDÉN
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Román Piña Valls
UN TURISTA, UN MUERTO
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Milagros Román
LA ESTÉTICA DEL MISTERI D'ELX
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Antonio Polo
LA MAR DE MÚSICAS
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LOS PUERTOS ABOLIDOS

David Foronda Alvaro
SALEN LAS NAVES
Madrid. POeta de Cabra. 2001

 

"La poesía no da respuestas, hace preguntas"
Pavel Antolovsky

Abro el libro. Un hombre está a punto de gritar, pero calla de nuevo, porque de algún modo presiente que ese grito cien veces abortado es parte del mar que contempla. Está sentado en una de esas tabernas imposibles que siempre hemos deseado, que siempre hemos necesitado; una de esas tabernas que nunca llegan a cerrarse, en las que no se está completamente a salvo, sino en el alcohol y en la mañana interminable, peligros que el hombre conoce, como conoce la separación y el encuentro, y el primer minuto de cualquier viaje, ese momento tan extraño en que aún no se ha perdido de vista el lugar de partida y el cuerpo aún no siente lo inevitable; luego vendrán las horas y la luz cambiante, la lluvia o el calor que ahoga y detiene la mirada, pero ese primer minuto es el del hombre sentado en la taberna. Tal vez está a punto de marcharse, o quizás se ha ido quien poco antes estaba junto a él, cuando el libro cerrado y la música indecisa de los vecinos. La taberna debería estar en un puerto, pero los puertos fueron abolidos en el momento en que terminó la Historia; no nos queda ni siquiera su lenguaje de petates sucios y agua aceitosa lamiendo los escalones del muelle. Puertos abolidos y mares cerrados como la memoria. El hombre sentado se sabe testigo de tal aniquilación, pero no claudica. Su lentitud es la del resistente, su congoja tiene algo que ver con los marineros que nunca conoció.

Cierro el libro. David Foronda sigue leyendo el mar.

 

Álvaro Muñoz Robledano

 

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Wilfredo Mujica
CANTOS AURORALES
RADIO 3. Madrid, Ediciones Nueva Era, 2001

 

Suele ocurrir que la circunstancia del poema pesa demasiado en el poeta, y que a éste le cuesta deshacerse de ella, y busca, del modo que sea, hacerla patente, resaltarla, pensando que si sabemos del dolor en que el poema se gestó entraremos en él. Preso político en Perú durante diez años, como si cualquier preso no lo fuera por motivos políticos, y más en el Perú de las últimas décadas, Mujica escribió el libro en prisión, clandestinamente, y fue distribuido de modo restringido, consiguiendo, a pesar de ello, una buena acogida en los círculos literarios de por allá. Libro oscuro, homenaje al dolor vallejiano y a la ternura gramatical de Vallejo, en el que Mujica se mira para encontrar el reflejo del niño que ambos siguen siendo. Libro urgente, hecho de ráfagas cada vez que lo claro se muestra, tal y como es, absurdo. Poemas de aliento entrecortado, indeciso, puede que algo faltos de desarrollo, teniendo en cuenta el poderoso germen que en ellos hay. Pero verdaderos y precisos, como un disparo en estas frentes que ya se nos han dormido demasiado.

 

LOVAT

 

 

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Anne Michaels
EL PESO DE LAS NARANJAS & MINER'S POND
TRADUCCIÓN DE JAIME PRIEDE
Madrid, Barteby Editores

 

Alguna reseña ha comparado a Anne Michaels con Leonard Cohen, y no me parece comparación descabellada, lo que resulta curioso si tenemos en cuenta la diferencia de edad y la coincidencia de nacionalidad. Puede que estemos en camino de hallar una manera de ser canadiense, si es que se puede ser algo y, lo que a mí me parece un tanto ridículo, ser de alguna parte. En cualquier caso, el curioso puede visitar la obra de otros hijos del arce como Margaret Atwood o Irving Layton y sacar conclusiones, si es que le apetece hacerme caso.
Este libro, dos en realidad, está surcado de necesidades: la de olvidar el yo y ser en cualquier momento otra persona, en otro tiempo, dotado de un nombre que no reconoceremos sino cuando el poema termine, como si cada intimidad fuera, y acaso sea así, la intimidad de cualquiera, como si las pesadillas, y acaso sea así, pudieran darse como se da un cigarrillo al desconocido que lo pide por la calle. Anne Michaels es Ajmatova, Kepler, Karen Blixen, pero también es gente de la que no habríamos oído hablar si ella no hubiera decidido rehacerla, quizás alzarla de nada para su poema, para terminar dando un paseo, ¿Anne Michaels por fin?, en coche, por una de esas desoladas e interminables carreteras canadienses en las que siempre se nos antoja el invierno.

La otra necesidad, obsesión, es la imagen, la constante entrada de lo pictórico en el texto, la pelea entre los signos y los iconos, entre la expresión y el retrato; y da la impresión que a la poeta no le satisface la capacidad de transformación, de introspección, que su oficio le da frente a la pincelada que elige un rasgo o al objetivo de una cámara que puede, por sí solo, definir toda una realidad. Esas son las dos necesidades que atraviesan el libro: necesidad de decidir sobre la existencia y sobre la expresión, y ambas decisiones, lo sabemos hace ya tiempo, son imposibles.

Al no ser edición bilingüe no puedo juzgar el trabajo del traductor, pero presumo que ha sido arduo, en un texto sintácticamente muy brusco, en el que las proposiciones nominales aparecen por sorpresa, violentamente, rompiendo la lectura en un juego de perspectivas para el que no debiéramos despreciar la palabra "cubista".

 

LOVAT

 

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José Luis Jover
LA CARA QUE A MÍ ME VEN
Madrid, Huerga y Fierro, 2001

 

No volví a saber nada de José Luis Jover después de En el Grabado, uno de esos libros míticos, extraordinarios, cuya lectura, veintidós años después, me roba unas cuantas horas cada cierto tiempo, consciente de que nunca se agotará. Más que una antología, así subtitula su libro, Jover ha preparado una amalgama de textos breves, casi aforismos, en los que se interroga, con no poca ironía, sobre el oficio de poeta en este principio de milenio, fin del anterior, en este país poético de nuestros pecados. Cuajado de homenajes misteriosos, casi herméticos, y pequeñas piezas, aunque plenamente poemas, en las que está el pulso prodigioso que tanta veces he visitado, termina el libro con cinco poemas visuales extraordinarios, como una última carcajada que deslumbra por su inteligencia. Impagable el texto que a modo de cita abre el libro, y que Jover ha extraído de un estudio sobre la poesía española actual. Puedo imaginar la perplejidad y el regocijo con el que habrá encontrado su nombre seguido de tales calificativos. Un libro bienhumorado y sereno, que me hace preguntarme qué ha ocurrido en todo este tiempo, al menos para mí, de silencio.

 

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POESÍA ANDALUZA EN LIBERTAD 
(UNA APROXIMACIÓN ANTOLÓGICA A LOS POETAS ANDALUCES DEL ÚLTIMO CUARTO DE SIGLO)
EDICIÓN DE ANTONIO GARCÍA VELASCO, 
FRANCISCO MORALES LOMAS, JOSÉ SARRIA CUEVAS 
Y ALBERTO TORÉS GARCÍA
Málaga, Corona del Sur, 2001

 

Supongo que los inquisidores que aún nos quedan no tardarán en mostrar su disgusto, tan exquisito, en cuanto tengan en sus impolutas y justicieras manos el libro que ahora nos ocupa. Pero no debe molestarnos; al fin y al cabo no hacen sino cumplir con su trabajo, y desde hace casi dos siglos no ajustician a los reos, aunque sospecho que no precisamente por falta de ganas. Fuera de tan selecto grupo, no podemos sino alegrarnos por la tarea que los editores han llevado a cabo, no sólo por la reunión de nombres tan dispares y tan absurdamente enfrentados durante demasiado tiempo , sino por la coherencia que recorre todo el libro, que se convierte en un ensayo perfectamente articulado sobre la pertinencia de la poesía en un momento histórico concreto, devolviendo al poema, no sólo a los aquí recogidos, sino a cualquiera que pueda venirnos a la memoria, su carácter de signo, pleno de significados y opuesto a aquello a lo que se enfrenta: los demás poemas, su propio autor, todo aquello que no es poema, todo lo que lo es sin declararlo... en esta dialéctica, necesaria si de verdad nos la estamos jugando en esto, no falta la crítica hacia los que han preferido acomodarse a las circunstancias y convertir el poema en un divertimento de salón para las autoridades de turno, responsables de una poesía cada vez más bastarda en las intenciones y más pobre en los logros; los que han pasado de ser escritores a ser escribientes, según la terminología de Barthes.

No es lo mismo ser de nadie que no ser de nadie; a la poesía le corresponde lo primero. Abrir un libro es abrir el vacío, un objeto hecho de palabras que son a su vez objetos, en tanto en cuanto reales, pues ahora, en el poema, lo son. Esa es la pelea, no la de los ismos, ni la de las revistas, ni la de los jurados. Cada poeta escribe como buenamente puede; cada lector busca sus poemas sin excluir ninguno. Esta antología es algo más que una reunión; es un verdadero manifiesto de resistencia. Esto es lo que no entenderán los inquisidores, pero no podemos reprochárselo; de algo tienen que vivir.

Ésta es la nómina de los poetas antologados: Juana Castro, Juan Cobos Wilkins, David Delfín, Rosa Díaz, Francisco Domene, Mercedes Escolano, Domingo F. Faílde, Miguel Florián, Manuel Gahete, Álvaro García, Pablo García Casado, Luis García Montero, José García Pérez, José María Molina Molina Caballero, Esther Morillas, Manuel Moya, Isabel Pérez Montalbán, Ana María Romero Yebra, Ana Rossetti, Francisco Ruiz Noguera, José Antonio Sáez, Javier Salvago, José Antonio Sánchez Espinel, María Sanz, Juan José Téllez Rubio, Fernando de Villena

 

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María Luz Escuín
EMPLEO TERRENAL
Madrid, Devenir, 2001

 

Las palabras no son perfectas, ni pueden serlo. Cada una de sus acepciones las contamina de modo irresoluble, las mancha de tangibilidad. Ahora lo sabemos, si es que no lo supimos siempre. Por eso, cada intento de profundizar en el sentido de las palabras, y no es la poesía sino realización en la historia de la palabra como objeto, se tiñe de ironía, de complicidad con el imposible propuesto. Este tinte es el que colorea el libro de María Luz Escuín. Realidad fragmentada al extremo, más allá de la metáfora, diseccionada en sintagmas más y más agramaticales, donde no cabe la lógica sino la necesidad del adjetivo o del verso contemplativo o violentamente erótico. Porque tengo éste por un libro erótico de tan corpóreo, corporeidad conseguida tras la última vuelta de deconstrucción, cuando se consigue la realidad de nuevo, pero consciente, patente, deseable. Un logro magnífico, un libro que nos asalta por sorpresa en el lugar que creíamos ocupar firmemente. Ahora sabemos que ese lugar tiembla, presa de la entropía.

 

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Felipe Hernández
EDÉN
Barcelona, Seix Barral, 2000

 

En la literatura española actual no abundan, más bien al contrario, las obras de imaginación razonada. Recuerdos infantiles sí, los que ustedes quieran, así como remedos de novelas policíacas, autobiografías más o menos encubiertas de jóvenes imberbes y crónicas de la guerra civil y hasta de la posguerra. Por eso, un libro como "Edén" (Seix Barral, 2000), de Felipe Hernández, es excepcional en muchos sentidos, tanto por la perfección técnica de su factura como por la filiación a cierta disciplina narrativa que en nuestra novela más bien brilla por su ausencia. En cierto modo, "Edén" es heredera o hermana de cierta literatura europea cuyos nombres más destacados serían Thomas Bernahrd y Canetti, pero también planean sobre ella la gran sombra de Kafka y las pesadillas oficinescas de Melville.

El mundo de "Edén" es una urbe multirracial y multilingüe, una ciudad caótica e inmensa cuya configuración cambia a tal velocidad que hace imposible levantar un plano. El único punto de referencia, verdadero centro de la civilización, es una Torre de dimensiones colosales cuya construcción abarca generaciones enteras de arquitectos y cuyo origen y cuyo fin se desconocen. Decelis, el actual arquitecto, ha encontrado un extraño volumen que podría contener el secreto de la Torre, es decir, la razón y el sentido de todo, pero el libro se halla escrito en un idioma desconocido. Un traductor eventual, miope y apocado, es el encargado de descifrarlo. "Edén" arranca con una escena en apariencia anodina: el intérprete que pierde sus gafas al asomarse a una ventana abierta. A partir de ahí, de la odisea burocrática del empleado por recuperar sus gafas, se van encadenando una escena tras otra en una maquinaria de precisión que funciona, a la vez, con la delicadeza de una flor que se abre y con la frialdad de una trituradora.

El talento narrativo de Hernández ha eludido el principal obstáculo que se presentaba en una trama como ésta: la alegoría. En "Edén", el lector atento percibirá un aire de pesadilla kafkiana presentes también, por ejemplo, en "El palacio de los sueños" de Kadaré o en las "Memorias encontradas en una bañera" de Stanislaw Lem, pero también en "Brazil", la película de Terry Gilliam, o incluso en "La construcción de la torre de Babel", un cuadro de Brueghel el Viejo varios siglos más antiguo. No en vano, Hernández abre la novela con un pasaje del Génesis, aquél que habla de la confusión de las lenguas.

Kafka, Melville, Kadaré y Lem no son malas credenciales, desde luego, pero eso no significa en ningún caso que "Edén" sea deudora de esos nombres; más bien revela un aire de familia. Como si sus autores hubieran soñado la misma pesadilla en distintos lugares y en distintas épocas. Del mismo modo que existen el sueño arquetípico de volar o de caminar desnudo, existe la pesadilla horrible de la ciudad futura, la antiutopía, el "mundo feliz" que soñaron también, cada uno a su manera, Orwell y Huxley. He ahí lo terrible. Esas obras se parecen no porque se copien unas a otras, sino más bien porque retratan con exacta precisión un mundo aterrador, intemporal, inhumano; una inmensa metrópoli donde los hombres serán reducidos a nombres y a papeles; un futuro perfecto que está por llegar o que es ya, quizá, el nuestro.

 

David Torres. 

 

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Román Piña Valls
UN TURISTA, UN MUERTO
Calima, 1999

 

Imagino que todo habitante de un paraíso habrá pensado seriamente en desembarazarse de los parásitos que intentan colarse en él. Si el paraíso, encima, es una isla en tiempos edénica (léase Mallorca), los parásitos son turistas, (preferentemente ingleses y alemanes) y los métodos de limpieza son la pesca con arpón y la caza con fusil, entonces la cosa, aparte de sonar a xenofobia, puede entenderse como un llamamiento a las armas para devolver su pureza al castigado litoral mallorquín. Por suerte, de momento, la cosa se queda en novela, una novela de título inequívocamente provocador, "Un turista, un muerto" (Calima editorial), con la que su autor, Román Piña Valls, apuntala una original trayectoria literaria. Si su primera novela, "Las ingles celestes", era ante todo una efusión de lirismo, una obra contemplativa y meditativa centrada en el universo de la pasión, "Un turista, un muerto" es ante todo un ejercicio de demencia controlada, un sabio artefacto narrativo donde la constante propuesta de la violencia, la provocación y el humor viene apoyada en una feliz invención: la de su personaje principal y narrador, Nofre Pou, un redactor de periódico de provincias, romántico, insensato y cínico, que gasta su tiempo contemplando una y otra vez sus películas de cine mudo y dedicando emotivos obituarios a las actrices muertas. De las muchas imágenes desplegadas para subrayar la impotencia del protagonista destaca su reluciente Renault Ondine, una antigualla incapaz incluso de abollar la trasera de una bicicleta en una de sus fantasías homicidas proyectadas en la tenebrosa redacción de sucesos, donde Pou se ha "casado, como los legionarios de otros tiempos, con la muerte, pero con la muerte de los demás". Entre bromas y veras, Pou pasa amarga revista a su mundo y al tiempo que le ha tocado vivir, mientras una procesión de personajes peregrinos (un joven aprendiz de guionista metido a locutor de radio, un alcoholizado profesor de instituto empeñado en enamorarse de sus alumnas más jóvenes) forman el contrapunto a su descarriada voz.

Piña Valls ha eludido los dos principales obstáculos que se le presentaban ante un proyecto como éste: caminar derecho sobre un tenue hilo de equilibrista, evitando los precipicios gemelos de la compasión y la parodia; y conseguir, gracias a la obsesiva presencia de la primera persona y a los sutiles mecanismos de la autocrítica, que sus caracteres no parezcan marionetas ni muñecos en manos de un inepto titiritero. El humor negro, la reflexión ácida, la nostalgia de la felicidad, el anhelo de una pureza imposible, bailan una emotiva y divertida danza en esta novela donde nada es lo que parece y desde luego muy poco parece lo que es, sobre todo cuando la furia y la violencia inicial de la novela se van diluyendo en una ira incierta y melancólica, hasta cerrarse en una elegía bellísima, un réquiem prometido y diferido desde que el narrador alcanza a adivinar que aquel paraíso perdido estaba solamente en su infancia.

 

Yog Soggoth

 

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m3yu05·inicio

 

LA ESTÉTICA DEL MISTERI D'ELX
por Milagros Román

 

Silencio. Como una cascada, la voz del Angel surge misteriosa y eterna... Como un chorro fresco apaciguando calores de su propio estío, devorando emociones que despiertan a los primeros síntomas de la fiebre agosteña.
Es un canto de salutación, pausado, hermoso, de altísima tesitura... Una aguda voz que se muestra sobrecogedora, imponiendo al aire su silencio y desplegando cadencias armoniosas para conectar al mundo a la gran Divinidad...

 

El ángel en la granada (Mercedes Román)La percepción de la belleza es un alto don de los humanos, y nosotros somos humanos. Se puede hablar del nacimiento de una nueva estética, de nuevos gustos estéticos en las representaciones escénicas o en el arte en general, que no es más que dejar y volver a tomar las preferencias de un modo cíclico.
    En el mundo del teatro, el montaje de una obra, perteneciente o no, al género clásico, ha de pasar la obligada prueba de una remodelación en su presentación, fresca, nueva, distinta a como se había concebido hasta ahora; realización que tiende hoy en día, a ponerse al servicio de la esencialidad de lo que se representa, haciéndola si cabe, más pura, desprovista de cualquier artificio que haga desviar la atención del espectador.
    En la danza, la evolución del espacio escénico, así como en el teatro tiende a ser, o más bien a hacer suponer que es ilimitado, que nada tiene principio ni fin, que lo que ocurre ante nuestros ojos es una contemplación intemporal del momento representado o del movimiento.
   Araceli y apostoles (Milagros Román)Algo así ocurre en la representación del Misterio d’Elx. Sus valores estéticos que se remontan al medioevo, gozan de plena actualidad en cuanto a gustos se refiere. Esa plasticidad de las bellas imágenes que se suceden apenas iniciada la representación, nos acoge, nos envuelve, nos introduce de lleno en una auténtico viaje hacia la hermosura intemporal, a las sensaciones puras y bellas que nos hacen gozar precisamente, de esa intemporalidad.
    Escuchad, observad, ante un silencio inmensurable, que se hace más patente al recoger como base sonora el murmullo popular, la voz del infante que encarna a María, y es lanzada al espacio a través de un canto monódico, tierno entristecido y dulce, entonando su lamento emocionado por la muerte que presiente cercana y el deseo de poder reunir a los apóstoles en torno a ella como en una llamada ansiosa a la Humanidad. La belleza del canto se prolonga en la imagen perfilada de la Virgen, recortada en el espacio indefinido del templo que ya no es templo, es, y se ha convertido para el espectador, en espacio etéreo, mágico, sublime, aurísono, inmenso, enclavado en la gran burbuja de ese continente cósmido intemporal. No existe el Tiempo... Ya no existe el Tiempo... Existe la Belleza; un dominio de creernos poseídos por su estética y que hoy, más que nunca, está de actualidad, pues la belleza del espectáculo del Misterio de Elche coincide plenamente con el gusto estético actual que tiende a unir en un mismo evento artístico, poesía, (texto en cuartetas, escrito en valenciano antiguo llamado “lemosin”) música, (cántos monodicos y polifónicos) la interpretación gestual expresiva procedente de las anotaciones en la consueta original, por los distintos maestros de capilla que la han dirigido, y la belleza plástica envolvente y arrolladora de todo ello. Unas preferencias devoradoras de imágenes que funden, no confunden, sensaciones físicas, como es el ferviente deseo de vivirlo con nuestra presencia, en la contemplación de una joya musical del Siglo XIII (reconocida por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad), y las religiosas, que derivan de la fe temporal y colectiva de un pueblo hacia su Patrona; mezcladas ambas sin lugar al desorden.
A pesar de la tradición viva de ser repetido año tras año cada 15 de Agosto, el Misterio de Elche, lejos de saciarnos, existe en el corazón de los ilicitanos en una llamada a la recuperación o reivindicación de encontrarnos con aquella sensación perdida, o tal vez, olvidada por la ausencia física o lejanía, y poder decir como aquel gran poeta Kavafis: “Vuelve a mí, amada sensación, retorna y tómame”... y la sensación nos obedece y con ella se acrecienta cada año, el deseo de vivir el Misterio, o revivirlo, de recrearnos en él...Coronación de la Virgen (Milagros Román)

        Silencio otra vez. Se abre el cielo y una lluvia de oropeles inicia lentamente su llegada hasta el suelo de forma cándida y serena, en racimo inigualable de brillantes y silenciosos reflejos. ... Y como un rayo divino, anuncian la bajada de los ángeles, entre bellísimas cadencias que llenan el aire de armonías... No podía ser más imaginativa la tramoya que obliga a nuestra mirada a pasearla entre el Cielo, hacia ese espacio aéreo creado y recreado por la imaginación: una gran lona tensada en la concavidad de la cúpula de la Basílica, por la que bajaran en una complicada y singular tramoya el Araceli y la Granada, aparatos aéreos concebidos originariamente en la época del Barroco, que harán descender cuidadosamente a los ángeles hasta el Cadafal (*).

    Otra vez, acude a la cita nuestra evocada sensación, y otra vez, el Tiempo se olvida que pertenece al límite de lo real, ofreciéndonos como un regalo, la intemporalidad. Otra vez, belleza física, servida de la mano de una fuerte y segura sensación espiritual.
    Doce hombres... doce apóstoles, Marías, ángeles y judíos, reunidos en torno al Cadafal*, protegen, resguardan, velan el cuerpo de María...
    Ella va a morir. Reclinada ante el lecho, recibe a los discípulos de su Hijo. ¡Qué pureza de modales!... El espectáculo no podía ser más bello... Como en una danza, evolucionarán éstos a su alrededor entonando salmos y motetes en perfectos encadenamientos coreográficos que desarrollan, a su vez, movimientos escénicos dentro de un espacio ilimitado: no se ciñen simplemente al Cadafal*; éste es una prolongación de lo que la imaginación te obliga a creer ampliamente y te lo ofrece confirmando lo que con ella se sobreentiende.
    Sus siluetas, las siluetas de los cuerpos postrados en adoración, perfiladas en el armónico conjunto, es bellísima, y el sentimiento de sus cánticos se prolonga entre los brazos alargados, mostrándose al mundo en actitud de entrega, haciéndo patente la fuerza, la gran fuerza expresiva y rotunda de las manos que intentan, en apoteosis final, despedir el cuerpo de la Virgen Asumta ya, a los Cielos... Mil dedos alargados que prolongan, conservan, atraen, entregan al amor derramado en perfecta comunión con María y que siendo Dogma de Fe, el Drama de su Muerte y Asunción, nos obliga a pensar en la aparición física ante la Virgen, de los apóstoles venidos desde distintos lugares como hecho milagroso, sin embargo, quisiera recrearme en la idea a la que me he referido antes, de la intemporalidad e inconcreción física, para ponerse al servicio de la Belleza.
    Danzad, danzad a través del Tiempo contemplando en Elche el Drama Sacro-lírico del Misterio. Danzad, tomando como compañero al pueblo; al pueblo llano que lo protege y lo representa, sencillamente... al pueblo.

(*) Cadafal: plataforma de madera, situado en el crucero del templo donde se escenifica el Misterio.

Ilustraciones de Milagros Román

Milagros Román
(miroma@ctv.es)

 

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LA MAR DE MÚSICAS
por Antonio Polo
Parque Torres
Patio de Armas del Parque de Artillería
Cartagena (Murcia)
14-30 de Julio 2001

 

¿Por qué uno de los torneos de ajedrez más importante del mundo se celebra en Linares? ¿Acaso Jaén guarda alguna relación con la India, país en donde nació este deporte? ¿O es que sencillamente se ha pretendido agasajar al rey Alfonso X el Sabio por su origen hispano, o por una más que improbable inspiración ante las glaucas manchas del olivar andaluz cuando reglamentó su juego en las famosas Cántigas? Y a qué se debe -por poner otro ejemplo- que Donostia albergue, no uno sino dos acontecimientos culturales de primera magnitud como son los Festivales de Cine y de Jazz de San Sebastián, y a cuyas convocatorias acude lo más granado de la profesión. Es por ello que mi sorpresa fue mayúscula cuando, hace ahora siete años, supe por primera vez que un festival de las características del de "La Mar de Músicas" se celebraba en Cartagena. Ahora solo sé que cada año éste Festival se ha ido haciendo más importante, más notorio, casi algo imprescindible. Y es que cualquiera que haya tenido el privilegio de subir caminando por las revueltas del Parque Torres de Cartagena hasta el auditorio en donde se celebra el Festival, y siempre que se haya dejado envolver por la brisa y otras músicas posibles -allá casi por la medianoche- sabe exactamente de qué estoy hablando.

El festival en esta ocasión acogía a Mali como país invitado, pero no se equivoquen, a Cartagena este año también han venido turcos de origen armenio-anatolio, como Arto Tunçboyaciyan & The Armenia Navy Band y que en un arrebato de inspiración -el percusionista Tunçboyaciyan- se marcó un sólo de cacerola (pero de cacerola de sopa de Mafalda) de 10 minutos de duración hasta lograr que el Patio de Armas se viniera abajo; el ugandés Geoffrey Oryema (hijo de un ministro asesinado en 1977 del dictador Idi Amín) al que se le ha llegado a comparar con Leonard Cohen por su voz impactante, como impactante es oírlo cantar en atcholi (su idioma natal) o contemplar a este sexagenario moverse por el auditorio; el malinés Habib Koité que llegó a levantar al público de sus asientos cuando interpretaba Ma Ya, y al que acompañaban los balofonistas Keletigui Diabaté y Mahammadou Koné; el también malinés Abdoulaye Diabaté que dirigió espléndidamente por primera vez en España el espectáculo llamado Male Dambe Foly (La dignidad de Mali) y la sinfonía Bambara, cuya música que arranca de los "griots" (vienen a ser algo así como los guardianes de la memoria) y al que acompañó también la esplendorosa voz de Fatoumata Koné (la reina de las canciones mandingas); la brasileña Fernanda Abreu cuyo compromiso intelectual, su voz y sus raíces elevaron si cabe aún más la altura espléndida del auditorio; la española Estrella Morente cuya confirmación no habría podido elegir mejor marco; el drum'n'bas arábigo del tunecino Smadj, y así fueron pasando a lo largo de los quince días que ha durado el festival Phillip Glass & Foday Musa Suso, Teófilo Chantre, Rokia Traoré, Andrea Marquee, Bebel Gilberto, Taj Mahal y Talvin Singh, hasta que llegó el Comandante y mando parar. El "Rey León" (Óscar Emilio León Dionisia que así es como se llama este venezolano) puso broche final a La Mar de Músicas pasadas las dos de la madrugada. Óscar D'León que cambió hace treinta años el taxi por la salsa, estuvo acompañado por dos espléndidos vocalistas (Vladimir Lozano y Arnedo Silva), y créanme si les digo que de allí no se movía nadie (falso: allí se movía todo el mundo), se movían suavemente las palmeras de la avenida del Puerto, la cantante Lucrecia y su prominencia de ocho meses y la arrasadora presencia del Comandante León. Entonces sí que llegó el final.

Suponemos que en ese instante a Francisco Martín (director del Festival) lo abandonarían definitivamente los nervios y sudores que deben acompañar a un acontecimiento de tal magnitud, y solo entonces -suponemos- empezaría a saborear las muchas felicitaciones que a lo largo del mes habrá ido recibiendo. A la felicidad también de La Mar de Músicas, de las revueltas hasta coronar el auditorio del Parque Torres, del público, cuyos pies no han podido quedar un momento quietos, habría que añadir la delicadeza que ha brillado hasta en los más mínimos detalles, como el protagonizado por el dueño de un restaurante de Cartagena que incluyó en su menú (en honor a Mali al ser país invitado) algunas de las recetas más sobresalientes de la cocina malinesa: Estofado de elefante, evidentemente se trata de carne de buey porque a ver quién es el guapo que encuentra falda de paquidermo en Cartagena a mediados de julio; Gacela en salsa de arándanos (no entramos en detalles sobre el exacto origen de la carne) y finalmente, como guinda a la actuación del mismísimo Óscar León en la clausura del Festival, un postre que -como no podía ser de otra manera- se conoce en Mali como Muerte por Chocolate.

Sin embargo, La Mar de Músicas convocará nuevamente el próximo julio a sus ya 58.000 espectadores (7.000 más que el festival de Jazz de San Sebastián) y Cartagena será otra vez la protagonista exclusiva de la edición: Cartagena de Murcia (España), pero también las otras Cartagenas del mundo: la de Túnez (Cartago), Colombia, Panamá, Jamaica y la Cartagena del Perú. Sin duda, un grandioso acontecimiento. Lo único que podría empañarlo sería la celebración del Festival en otro lugar distinto del Parque Torres, y de eso puede que se encargue el ilustrísimo arquitecto Rafael Moneo si definitivamente se inician las obras de acondicionamiento del Teatro Romano. A fin de cuentas, quién puede con el oneroso peso de la Historia.

 

Antonio Polo

 

 

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