LA ESTÉTICA DEL MISTERI
D'ELX
por Milagros Román
Silencio. Como una cascada, la voz del Angel surge misteriosa y eterna...
Como un chorro fresco apaciguando calores de su propio estío, devorando emociones que
despiertan a los primeros síntomas de la fiebre agosteña.
Es un canto de salutación, pausado, hermoso, de altísima tesitura... Una aguda voz que
se muestra sobrecogedora, imponiendo al aire su silencio y desplegando cadencias
armoniosas para conectar al mundo a la gran Divinidad...
La
percepción de la belleza es un alto don de los humanos, y nosotros somos humanos. Se
puede hablar del nacimiento de una nueva estética, de nuevos gustos estéticos en las
representaciones escénicas o en el arte en general, que no es más que dejar y volver a
tomar las preferencias de un modo cíclico.
En el mundo del teatro, el montaje de una obra, perteneciente o no, al
género clásico, ha de pasar la obligada prueba de una remodelación en su presentación,
fresca, nueva, distinta a como se había concebido hasta ahora; realización que tiende
hoy en día, a ponerse al servicio de la esencialidad de lo que se representa, haciéndola
si cabe, más pura, desprovista de cualquier artificio que haga desviar la atención del
espectador.
En la danza, la evolución del espacio escénico, así como en el
teatro tiende a ser, o más bien a hacer suponer que es ilimitado, que nada tiene
principio ni fin, que lo que ocurre ante nuestros ojos es una contemplación intemporal
del momento representado o del movimiento.
Algo así
ocurre en la representación del Misterio dElx. Sus valores estéticos que se
remontan al medioevo, gozan de plena actualidad en cuanto a gustos se refiere. Esa
plasticidad de las bellas imágenes que se suceden apenas iniciada la representación, nos
acoge, nos envuelve, nos introduce de lleno en una auténtico viaje hacia la hermosura
intemporal, a las sensaciones puras y bellas que nos hacen gozar precisamente, de esa
intemporalidad.
Escuchad, observad, ante un silencio inmensurable, que se hace más
patente al recoger como base sonora el murmullo popular, la voz del infante que encarna a
María, y es lanzada al espacio a través de un canto monódico, tierno entristecido y
dulce, entonando su lamento emocionado por la muerte que presiente cercana y el deseo de
poder reunir a los apóstoles en torno a ella como en una llamada ansiosa a la Humanidad.
La belleza del canto se prolonga en la imagen perfilada de la Virgen, recortada en el
espacio indefinido del templo que ya no es templo, es, y se ha convertido para el
espectador, en espacio etéreo, mágico, sublime, aurísono, inmenso, enclavado en la gran
burbuja de ese continente cósmido intemporal. No existe el Tiempo... Ya no existe el
Tiempo... Existe la Belleza; un dominio de creernos poseídos por su estética y que hoy,
más que nunca, está de actualidad, pues la belleza del espectáculo del Misterio de
Elche coincide plenamente con el gusto estético actual que tiende a unir en un mismo
evento artístico, poesía, (texto en cuartetas, escrito en valenciano antiguo llamado
lemosin) música, (cántos monodicos y polifónicos) la interpretación
gestual expresiva procedente de las anotaciones en la consueta original, por los distintos
maestros de capilla que la han dirigido, y la belleza plástica envolvente y arrolladora
de todo ello. Unas preferencias devoradoras de imágenes que funden, no confunden,
sensaciones físicas, como es el ferviente deseo de vivirlo con nuestra presencia, en la
contemplación de una joya musical del Siglo XIII (reconocida por la Unesco como
Patrimonio de la Humanidad), y las religiosas, que derivan de la fe temporal y colectiva
de un pueblo hacia su Patrona; mezcladas ambas sin lugar al desorden.
A pesar de la tradición viva de ser repetido año tras año cada 15 de Agosto, el
Misterio de Elche, lejos de saciarnos, existe en el corazón de los ilicitanos en una
llamada a la recuperación o reivindicación de encontrarnos con aquella sensación
perdida, o tal vez, olvidada por la ausencia física o lejanía, y poder decir como aquel
gran poeta Kavafis: Vuelve a mí, amada sensación, retorna y tómame... y la
sensación nos obedece y con ella se acrecienta cada año, el deseo de vivir el Misterio,
o revivirlo, de recrearnos en él...
Silencio otra vez. Se abre el
cielo y una lluvia de oropeles inicia lentamente su llegada hasta el suelo de forma
cándida y serena, en racimo inigualable de brillantes y silenciosos reflejos. ... Y como
un rayo divino, anuncian la bajada de los ángeles, entre bellísimas cadencias que llenan
el aire de armonías... No podía ser más imaginativa la tramoya que obliga a nuestra
mirada a pasearla entre el Cielo, hacia ese espacio aéreo creado y recreado por la
imaginación: una gran lona tensada en la concavidad de la cúpula de la Basílica, por la
que bajaran en una complicada y singular tramoya el Araceli y la Granada, aparatos aéreos
concebidos originariamente en la época del Barroco, que harán descender cuidadosamente a
los ángeles hasta el Cadafal (*).
Otra vez, acude a la cita nuestra evocada sensación, y
otra vez, el Tiempo se olvida que pertenece al límite de lo real, ofreciéndonos como un
regalo, la intemporalidad. Otra vez, belleza física, servida de la mano de una fuerte y
segura sensación espiritual.
Doce hombres... doce apóstoles, Marías, ángeles y judíos, reunidos
en torno al Cadafal*, protegen, resguardan, velan el cuerpo de María...
Ella va a morir. Reclinada ante el lecho, recibe a los discípulos de
su Hijo. ¡Qué pureza de modales!... El espectáculo no podía ser más bello... Como en
una danza, evolucionarán éstos a su alrededor entonando salmos y motetes en perfectos
encadenamientos coreográficos que desarrollan, a su vez, movimientos escénicos dentro de
un espacio ilimitado: no se ciñen simplemente al Cadafal*; éste es una prolongación de
lo que la imaginación te obliga a creer ampliamente y te lo ofrece confirmando lo que con
ella se sobreentiende.
Sus siluetas, las siluetas de los cuerpos postrados en adoración,
perfiladas en el armónico conjunto, es bellísima, y el sentimiento de sus cánticos se
prolonga entre los brazos alargados, mostrándose al mundo en actitud de entrega,
haciéndo patente la fuerza, la gran fuerza expresiva y rotunda de las manos que intentan,
en apoteosis final, despedir el cuerpo de la Virgen Asumta ya, a los Cielos... Mil dedos
alargados que prolongan, conservan, atraen, entregan al amor derramado en perfecta
comunión con María y que siendo Dogma de Fe, el Drama de su Muerte y Asunción, nos
obliga a pensar en la aparición física ante la Virgen, de los apóstoles venidos desde
distintos lugares como hecho milagroso, sin embargo, quisiera recrearme en la idea a la
que me he referido antes, de la intemporalidad e inconcreción física, para ponerse al
servicio de la Belleza.
Danzad, danzad a través del Tiempo contemplando en Elche el Drama
Sacro-lírico del Misterio. Danzad, tomando como compañero al pueblo; al pueblo llano que
lo protege y lo representa, sencillamente... al pueblo.
(*)
Cadafal: plataforma de madera, situado en el crucero del templo donde se escenifica el
Misterio.
Ilustraciones de Milagros Román
Milagros Román
(miroma@ctv.es)