PREMIO INTERNACIONAL DE RELATO PATRICIA SÁNCHEZ CUEVAS

PRESENTACION · CONTACTO



 

 

"COSTANTE" no quiere siesta

por Juan Carlos Rodríguez Suarez


(5ª y última Parte)

 

 

Recordará mi apreciado lector, si conoce a “Costante”, que en nuestro último encuentro ¡allá por dos mil diez!, “El Argentino” había ido de visita.

Pero..., él, que iba bien atusadito con su perfume ultramarino y saboreando las mieles de que Telvina se encontrara “muy sola”, se topó con algo bien distinto a...

Se encontró como el visitante visitado.

Y, además de marcarle el plan -por pasarse de listo-, le espetaron un “hueles a bujarrón” que le dejó los pies tan clavados al suelo como los de Morante en esos estatuarios que paralizan tiempo. Así que, entregadito como un gocho en San Martín, ni siquiera osó a levantar la cabeza desde allí hasta su casa. ¡Y eso que arreaba navaja al cinto!

Un favor. “Costante” le dijo “tú me vas a hacer un favor”. Así sin preguntar. En frío y en corto. ¡Joder, estas cosas así, …, es que sientan fatal!

Un favor. ¡Cagüenla! ¿Quién me mandaría a mi…? ¡…Y con las familias y todo el pueblo en el tinglao…!

Pero de momento -¡y vaya usted a saber!- el tiempo sólo ha sido detenido por algunos Maestros. Mientras, una de las pocas verdades absolutas es que las cosas pasan. Así que haría usted bien, de no conocer a “Costante”, en irse poniendo al día para no venir luego con los llantos y las lamentaciones de los que llegan tarde al olvidar que no siempre el viento es a favor. Porque..., el viento, a veces,…, no pregunta.

Si por el contrario, partió calibrando las desventuras y recuerda con frescor, sería muy gratificante para mí que al finalizar su encuentro de este año con “Costante” pudiera usted, sin miramiento, maquillar al Grammy de Jerez de la Frontera con un…  

“Valió la pena conocerte,
valió la pena, disfrutarte;
trocar la paz del algunos días,
por este sin vivir “Costante”. 

Pues así, de alguna forma, nos procuraríamos tanto usted como yo, algún distanciamiento preventivo para no ser catalogados como transeúntes del “Callejón del Bobo” por ser de esos que leen mucho pero se les luce poco.

 

   

I

 

Tampoco tenía “El argentino” mucho tiempo para enredar con el asunto. Desaparecer del pueblo no podía. Ya había sido advertido por si le daban tentaciones. Y seguir las instrucciones..., es que daba pánico. Pero no seguirlas suponía ir a visitar a Lucas, allá arriba..., así que sólo le quedaba la vía del pánico. Sabiendo, además, que el plan de negocio sólo era la penitencia por pasarse por el arco del triunfo varios de Los Diez Mandamientos y no, para luego cobrarse los servicios. Que ya quedó bien claro, aunque él no levantara la cabeza:

—“No olvides. “Costante” no paga traidores”.

Así que empezó a rondar por la casa-cuartel para ver cómo podía hablar con el Oficial. El Oficial Martínez. ¿Recuerdan... ...un baranda honesto y trabajador aunque “ pelín engolao ”?

Muy cumplidor y funcionarial, Martínez gustaba de tener todo en regla, al menos de cara a la galería. Sobre todo los papeles en regla, ¡eso si!. Ahí si que no le pillaban. Era un buen precursor de esto tan de moda actualmente: buena imagen y poca eficacia. Trabajador como les dije pero no resolutivo. Administrativo. Buenas palabritas. Ordenadito. Impermeable a los problemas, Casi perfecto para sus superiores. Allá donde estaba Martínez lo más seguro es que no se solucionara nada pero los problemas no subían hacía arriba y los partes de información estaban plagados de: “ Sin incidencias a consignar ”.

O sea, un promocionable.

Pero, claro, ... ..., ¡es que allí faltaba uno!

Y “El Argentino” tenía que hablar con el jefe. Y en una aldea tan pequeña y en una Casa-cuartel igual de pequeña que el resto de las casas, hablar con Martínez a solas sin que se enteraran los demás no era fácil. Y, si solicitaba hablar con él ... ¡para qué queríamos más!. ¡Comidilla de vecindonas con inciertos resultados!

No sabía cómo hacerlo. Se dejaba ver con la escusa del cigarrito o para echar algún vasín, pero..., no. No cuajaban un rato a solas. Si coincidían era con más gente — tampoco es que Martínez se diera mucho a la charleta de poco provecho— y si se veían solos, Martínez ahuecaba el ala buscando distancias. Como que no le trascendía mucho las aventureras charlotadas del “Argentino”.

Así y todo, y a pesar de que los papeles iban plagados de “ sin incidencias a consignar ”, Martínez tenía un turroncito de calibre encima de la mesa. Allí estaban apartados del mundo y la única conexión con la Comandancia eran sus papeles. Lo que allí ponía iba a Misa.

Pero, ¡coño,... ..., es que allí faltaba uno. Desde que Lucas Manjón había subido a las alturas faltaba uno. Y eso así no podía aguantar mucho tiempo. Y el tiempo corría en contra. Y vamos a ver..., ..., el asunto se había solucionado ... de momento, si nadie escarbaba mucho, aprovechando las distancias con la Comandancia, la buena reputación de Martínez ..., ... pero ¡coño!, si venían mal dadas con visitas de jefes, interrogatorios y renuncios o contradicciones, ...¿... y dónde estaba el fiambre...? ¿... y quién lo había “ pasaportao ”? ¿ ... y por qué se fue él solo a hacer una ronda ... ¿ ... y cómo vamos a contar la verdad...? ¡Que un paisano se ha metido en la Casa-cuartel y ha mandado a uno de los nuestros al futuro! ¡Uf! ¡Siendo nosotros la Benemérita! ¿Y si contamos un cuento! ¿Y qué cuento? ¿Y si sale mal el cuento? ¿y si cantaba por acción u omisión alguno del destacamento? ¿O un soplo de los paisanos? ... ¿... y mandar a todo el destacamento a peinar el monte?... ... Eso si se que sería una estampita guapa. Los paisanos sí que se iban a descojonar y lo más seguro es que al regreso faltara alguno más...

¡Cómo iba a estar Martínez para charletas por las esquinas! Un responsable de Destacamento que pierde un hombre así..., en la España de los cuarenta. ¡Que mala pinta!.

Y se devanaba los sesos dándole vueltas al asunto. Había que cerrar aquello como fuera. Entre su engolamiento habitual y este negocio, andaba como abducido. Lo retrató, Robustiano, uno de los suyos —en un “ internós y sin que salga de aquí ”—, cuando “El Argentino”, buscando su objetivo entre “ vasín” y “vasín” , se dejó caer:

—Y ¿a éste que le pasa? ¿ya no quiere hablar con nadie?

Y contestó Robustiano:

—¡No, qué va!, no es que no quiera hablar. Es que, a ver, ... ..., es que está complicao... Es que, ... , ha perdido un hombre ..., ponte en su lugar. Es que, ... ..., Es que, ... ..., Es que ... ...,

Y añadió vacilón:

—Antes, cuando veía un rayo pensaba que Dios le estaba haciendo una foto. Y ahora piensa que son los fogonazos del pelotón de fusilamiento. ¡je, je!. ...Y claro..., ... ..., no es lo mismo.

 

II

 

 

No pasaron muchos días más. “El Argentino” no aguantaba. Y Martínez no aguantaba.

Y “El Argentino” lo consiguió. Con mucho tino. En un cruce entre intrascendente y cotidiano en las cercanías de la Casa-cuartel, entre algún chascarrillo y alguna conversación inútil, le pasó un papelillo.

Tengo algo que le interesa. Tenemos que hablar. Solos ”.

Y Martínez buscó el momento. La escusa fue un encargo —mentira pocha— que había recibido de la Comandancia para enviar algo a Buenos Aires. Le venía bien la opinión de alguien que conociera la ciudad. El caso es que todos se lo tragaron y allí en la sala que Martínez usaba para sus papeles se vieron un rato, acompañados de un montón de planos ficticios que había puesto para despistar.

Y tras los educados “buenos días, buenos días, cómo estamos, pues tirando ya ve, no sabe usted el favor que me hace, bueno faltaría más, para lo que haga falta, pase, pase, por aquí por favor, quiere algo calentito, un café, no gracias acabo de tomar, ...”:

— Cierre la puerta, hágame el favor.

Martínez estaba de uniforme. Pipa al cinto. En esa situación, el guripa no quería confianzas. ¡No sea que pinten bastos!. “El Argentino” entró abrigado con una especie de poncho que arreaba para chulear de hombre de mundo. Hacía frío. Y una neblina persistente que lo ponía todo húmedo. Martínez hizo ademán de alargar una silla al visitante y ponerse él otra al lado pero prefirió pasar tras la mesa que usaba como despacho dejándola entre ambos. Algo de tierra de por medio y frente a frente. Nunca se sabe.

—Usted dirá.

—¿Tenemos prisa?

—Ninguna. Yo, ninguna.

—Vale, vale. No, ...es que me da la impresión de verle como con prisa y no quisiera yo ...

—En absoluto. Por Dios. Es mi forma de ser. Bueno, ..., algo expectante sí que estoy, si le digo la verdad.

—Pues, ..., verá Señor ..., ..., yo como usted sabe, pues nací aquí, en esta aldea hace ya una buena pila de años.

Martínez hierático.

—Y, ..., bueno, como esto da de sí lo que usted ve, pues decidí en su día recorrer mundo y ..., al día de hoy, ..., pues no me quejo. No me puedo quejar. Así que he venido de vacaciones. No sé si a reflexionar sobre si me retiro o no, si lo hago dentro de poco...; y si vuelvo a vivir aquí o no.

Martínez hierático.

—Y, ..., el caso es que al llegar pues me he encontrado un panorama que, la verdad, pues en fin, ..., usted ya sabe.

Martínez hierático.

—Y, así, ..., sin comerlo ni beberlo... pues me he enterado de que, bueno, ..., pues usted probablemente tenga un buen problema, , ...y, bueno, ..., quiero decir que el problema lo tiene todo el pueblo, y si yo pudiera ser de ayuda ..., pues ..., en fin...

Martínez hierático.

Ante esa pasividad inquietante “El Argentino” apoyo los codos en la mesa, juntó los pies, se llevó las manos a los lados de los carrillos frotándolos hacía abajo a la vez que inspiraba profundo y cuando abría la boca para reanudar el habla con el sudorcillo que empezando a aflorar por la frente, Martínez le interrumpió:

—Me parece que el problema lo tiene usted.

¡Anda, jódele al Martínez! Ahora chulillo.

Pero es que sin ser vidente, al argentino se le veían las cartas.

—Déjese de cuentos. Vaya al asunto — inquirió.

Así que el recién llegado de la Pampa le contó el rollito. Entero. Incluido lo que le había dicho “Costante” en la visita personalizada.

Y ... :

—Lo que me cuenta de los rumores de Telvina con usted, lo del pasado, lo de la niña..., lo que yo ya sabía de Silva con “Costante” allá en la infancia de uno y la juventud del otro, lo que Silva va intentando sembrar por ahí, esperando a ver si este “Costante” pica o se aviene a una solución razonable, ..., todo eso..., medio me lo sabía.

Y añadió, tras un silencio:

—Si quiere que le diga la verdad, ni por lo más remoto, nunca pensé, nunca podía pensar que en un sitio con tan poca gente y con una misión como la que aquí tenemos los Guardias, fuera a tener un problema de este calibre. Esto ..., ...esto es una barrabasada plena. Para nada. Realmente para nada. Todo por unos odios, unas rencillas, ... Una mierda. Todo esto es una mierda. Pero, ..., sabe ..., ¿sabe qué le digo?. Así de momento y luego concretaremos, pero de momento le digo que, a mí la mierda no me va a salpicar y antes me llevo por delante lo que haga falta. ¡A medio pueblo si hace falta!

Y, seguro que como ya habrá descubierto usted, avezado lector, e incluso echaba en falta hasta ahora en un Guardia Civil de la época, añadió:

—¡Por mis cojones!

(No sea cruel, apreciado lector. Reconozco, que la frase era más previsible que la fuerza de la gravedad, pero le pido que valore los años que llevo conteniendo este inevitable momento.)

Quedaron ambos un rato en silencio. Un buen rato. Martínez se puso en pie. Dio un rodeo por la habitación. Alguien picó la puerta y sin preguntar gritó un déjenme ahora en paz, coño . Luego se sentó otra vez. Resopló. “Tengo que pensarlo”— dijo. Apoyaba el codo en la mesa y la cara en la mano. Miró al techo. Luego, miró al argentino frunciendo la frente con cara de “ si lo sé no vengo ”. ¡Otro con que si lo sé no vengo!. Y, ya con gesto de que no había mucha alternativa y casi sólo por desahogo:

—Pero, yo, ..., ..., yo es que no puedo entender..., es que ..., ¿este tal “Costante” está loco?.

Puso mirada de incredulidad y añadió:

—Si, ..., si yo le he visto algunas veces. Antes de este asunto lo tengo visto con otros del pueblo, en el chigre, y por ahí, y ..., bueno ..., pues no sé, ..., pues parecía uno más, ... ¿no? ..., así como serio. Si..., con pinta de trabajador, de pocas chichas, de pocas palabras, pero parecía buen amigo de los suyos, así como de confianza..., uno más, ...

“El Argentino” quedó también pensativo. Dejó correr las palabras. Y se le vino a la mente la visita personalizada. Aquel olor a fiera, a almizcle. Empezó a dejar traspasar el pánico. Los ojos de quien había tenido una visión. Los ojos de quien no podía distinguir si aquello era un sueño o una realidad. Los ojos del que se siente observado. De quien nota que el cuello de la camisa está demasiado apretado. Tan apretado que Martínez empezaba a notar que el cuello del uniforme de pronto también estaba apretado. Empezaba también a sentirse observado. ¡Qué tontería! ¿Cómo iba a sentirse observado? Miró al armario. ¿No estaría el tal “Costante” dentro de aquel armario viejo y desvencijado? No sería esto una trampa. No una trampa no, pero ..., empezó a notar el no se qué. Y a ver la sonrisa que le había dibujado con palabras de terror “El Argentino”. Esa sonrisa de lado. Ese gesto. Con el diente de oro. No parecía ...

Murmulló por lo bajo, casi ente dientes:

—La gente se mata por política, por dinero, por celos, ...Estamos locos. Todos locos. Y aquí, ..., donde no hay libros, ni ideas, ni dinero, ni..., ... , ni miseria, porque por no haber no hay ni miseria... ¡coño, que para comer sí que tienen y bien! ..., aquí se odia por que sí. Aquí se mata por odio. Lo necesitan, lo crean, lo huelen. Se odian entre ellos, odian al pueblo de al lado, y ... , eso que entre ellos ... , el caso es que entre ellos ... , ..., pues bueno, ..., pero eso de que vengamos de fuera a decirles o a cambiarles ..., ... Yo, nunca tal vi. Son pocos pero odian tanto ...

Y concluyó ese tramo un poco más alto:

—Y, …si fueran menos… odiarían más.

Tras un reposo, refiriéndose a “Costante”, y ya con menos seguridad, casi sin seguridad dejó caer:

—... No..., ...no sé..., ... hay algo que se me escapa, algo que no acabo de alcanzar ... con esa media sonrisa, afable, seca... pero afable, que ponía cuando veía a los suyos, cuando estaba compartiendo, ..., ..., no sé, ..., no acabo de alcanzar ... , ...

Y “El Argentino” primero asintió. Con dudas.

—Ya..., si..., pero ..., Señor Martínez, es que ...

Y luego se abrió:

—... Esa sonrisa..., cuando da de malas..., hiela el Misterio.

Aquella tarde, cuando “El Argentino se fue, y tras pensar un rato, Martínez empezó a rellenar el impreso para solicitar a la Comandancia otro destino, allá fuera en las Indias.

 

 

III

 

 

 

De pronto sin saber el motivo, a “Costante” se le venía, veinte años después aquel soniquete a la cabeza.

Otra vez el soniquete.

Desde que había mostrado el plan al argentino y se había vuelto al monte, “Costante” sabía que no podía pasar mucho tiempo sin que el asunto se zanjara. A un lado o a otro. Y que todo aquello podía acabar en una tromba como aquellos montes no habían visto hacía siglos, pero y a pesar de ello, no podía durar mucho. Y ahora, veinte años después volvía a sonarle el soniquete de Barlovento.

Barlovento, era un bubi tamaño armario que había trabajado con “Costante” cerca de Santa Isabel en Fernando Poo. Nunca fueron amigos. Ni enemigos. Trabajaban, cobraban y nada más. Tenía unas manos grandes y negras como un sombrero de copa y le decían Barlovento porque cuando había negocios siempre le gustaba “ ir por delante con el viento en la cara” .

Pero Barlovento, entre los camaradas, tenía por su carácter que ir ajustando muchos tornillos y todos sabían que cuando alguno le buscaba las cosquillas con razón o sin ella, Barlovento no se achantaba y no paraba hasta dejar las cosas en su sitio. Y como hablar no sabía muy bien porque no había nacido ni pacido en ningún lugar determinado, pues... todo lo arreglaba igual. Y mientras que llegaba el momento del arreglo, para ir poniendo en suerte al morlaco al que se la había jurado, se dejaba caer al lado suyo en cualquier situación propicia, y si era con testigos mejor, canturreándole aquel soniquete que luego habrá oído alguno de ustedes en la garganta de la Reina Carioca:

“Eu só quero saber em qual rua minha vida vai encostar na tua”

Eso sí, quítenle ustedes los tintes románticos. Porque, mientras que uno hace cola para coger el rancho en un cuartel, que un Barlovento con ganas de morder le susurre esto por detrás provocando mientras hinca el codo, pues hace que desaparezcan los brotes tiernos que pudiera tener la frase en otro contexto. Sobre todo si Barlovento te mira con los ojos desorbitados llenos de venitas rojas y unos piños —los que quedaban— de variada coloración que nunca supieron lo que era la armonía.

Pero el asunto es que habían pasado... ¡tantos años!..., veinte lo menos..., ...y ahora, ...ahora de nuevo..., a estas alturas, a “Costante” se le venía a la mente una y otra vez aquel soniquete machacón. “Yo solo quiero saber en qué calle mi vida se va cruzar con la tuya”.

Eran los tambores de guerra. Cuando la única solución es la guerra, ya sólo hay que prepararse para la guerra. Y los ritos son importantes. Los gestos de guerra, las pinturas de guerra, las músicas de guerra. Sólo la guerra. El grito de guerra: “Eu só quero saber em qual rua minha vida vai encostar na tua”. “Yo solo quiero saber en qué calle mi vida se va cruzar con la tuya”.

Tanto era así que “Costante” había mandado incluso un emisario argentino para que le dijera al jefe de la tribu lo que había de hacer. Cuales eran sus condiciones para presentar batalla. “ Esto es así y no hay más que hablar. O esto, o un día se va a prender enterita la Casa-cuartel con todos ustedes dentro y luego que vengan a investigar ”.

Y el jefe de la tribu había entendido el mensaje y se lo había hecho llegar a Silva que era el otro guerrero. Y Silva no tenía más remedio que aceptar porque él había sido parte creadora del problema, porque le había pedido a Martínez que le dejara solucionarlo a él solito, porque él no iba a rehuir ese desafío, porque no iba a involucrar a otros compañeros en un asunto que se le había ido de las manos, porque le habían dicho que era un arreglo entre iguales, un cara a cara, un entre tú y yo, porque era La Autoridad, porque era un tipo valiente, porque tenía que demostrar a los otros que era Don Antonio Silva Carreirizo, Suboficial del Destacamento de la Guardia Civil en el Río de Rengos de Cangas del Narcea, y ... , claro está ... , ¡por sus cojones!, eso... , ¡por sus cojones!

“Eu só quero saber em qual rua minha vida vai encostar na tua”

Zumbaban los oídos.

“Yo solo quiero saber en que calle mi vida se va cruzar con la tuya”.

Una y otra vez.

“Yo solo quiero saber en que calle mi vida se va cruzar con la tuya”.

Y cuando alguien sabe que se va a ir a la guerra, lo que hace es prepararse y despedirse. Por orden. Cada cosa a su tiempo y sin prisas, que... los lobos sólo corren cuando cazan. Primero y además de las viandas usuales que como es de suponer andaban muy al día, se esmeró en desempolvar, poner a punto y echarse al zurrón un precioso Smith & Wesson modelo 10, de los que fueron rebautizados como S&W Victoria . Un 38 de acción doble, cañón de cuatro pulgadas y tambor de seis cartuchos que, durante su paso por las Tropas Nómadas del Sáhara, “ cogió prestado” a un pobre incauto que ya no le podría dar uso nunca más. No estaba en el plan darle trabajo al chisme pero desde su regreso de África era la única vez que cabía la posibilidad de usarlo para algo más que para pasar un rato. Seis cartuchos, con suerte, significaban seis guardias. Eso le daba poder y libertad, como nunca antes había sentido, ahora que no tenía nada que perder. Quien no tiene qué perder no teme. Quien no teme es libre. Incluso en matemáticas no tener nada que perder, no tener nada en el resto, mejora siempre el resultado de las operaciones. Además, el juguetito encima, dado el cariz que iban cogiendo los acontecimientos, ayudaba a aplicar alguno de los principios de Martín Fierro —que, a buen seguro, algún distraído lector agradecerá repasemos juntos más adelante ya que, el día que en el cole nos hablaron del personaje, no todos estábamos en perfecto estado de forma— . Luego, con el sigilo propio, pensó en bajar al pueblo a despedirse; o sea lo segundo.

 

— — — o O o — — —

 

Telvina regresaba afanosa de recoger berzas y tomates de una huerta cercana y se cruzó con “Sanfliz” que era el tonto del pueblo aunque él se sentía más bien un oráculo. Alguien nocivo para la convivencia, entre destructivo, gafe, desintegrador, niñato e irascible; cuyos complejos y envidias le impedían disfrutar de la vida. Sujetos, por cierto, que no resultan nada extraños y son fácilmente detectables pues al ser su único objetivo encabronar al resto —seguro que usted conoce varios—, siempre triunfan. Algo que hasta ahora se podía echar de menos en esta historia porque no hay pueblo sin tonto o familia sin payasín. A pesar de ello, este tonto no llegaba a la categoría del tonto del dicho: “ un tonto jode un pueblo ”.

No. “Sanfliz” sólo era un fantasioso gil. Siempre impostado y colorao , entre malicioso y gilipollón, no decía más que bobadas con afán de destacar en no se sabía qué. Aunque dando a entender que quería hacer “ méritos” para ser uno más, lo que realmente hacía era el ridículo.

Nadie contaba con él en el asunto que nos ocupa porque, además de una personalidad de veleta, no había nacido allí. Había llegado a la comarca hacía relativamente poco y provenía de un pueblo del límite del concejo que daba origen a su mote. Además era pariente lejano de un vecino que también era de poco fiar. Por todo ello, se le conocía poco. Y lo poco era bastante.

Así que, como suele hacerse con estos “ bichitos ”, Telvina despreció un gesto que atisbó en su cara al cruzarse. Pensó que sería una bobada propia, quién sabe, si de alguna alegría que llevaba de más, cosa que le ponía muy pesadito si era en exceso y nervioso si lo echaba en falta.

Telvina fue a levantar el picaporte y notó —cobrando sentido el gesto del tonto—, que algo había por allí. Abrió la puerta. Miró alrededor, respiró hondo, recorrió la casa y llegó a la habitación.

Allí estaba. De pie. Mirando por la ventana. Nada. Mirando nada porque había una niebla espesa que, dejándolo todo blanco, le había ayudado bastante a mantenerse oculto en su acercamiento hasta la casa.

Sin palabras. Ella dejó el cesto y se acercó. Se abrazaron largo. Luego “Costante” la separó algo para verla mejor. Estaba como nunca. ¡Tan guapa!. Y ella le inquirió con la mirada un “ dame tus ganas ”.

Tuvieron suerte. Nadie les interrumpió. Y, como los silencios hablan más que las palabras, ustedes ya entienden lo que aconteció entre este párrafo y el siguiente.

Al cabo hubieron de resolver. “Costante” sabía que aquella podía ser la última vez que se vieran. A ella no le dijo nada. Pero Telvina también lo supo.

Difícil mantener la figura cuando las palabras estorban.

En la cabeza de “Costante”:

Sueño con el pasado que añoro,
el tiempo viejo que lloro
y que nunca volverá.

En la cabeza de Telvina:

Con qué tristeza miramos
al amor que se nos va.
Es un pedazo del alma
que se arranca sin piedad.

Y en aquel cuarto una tristeza, ¡tan grande!... Como la de Candice Bergen cuando oye de labios de Connery, haciendo de Ahmed al—Raisuli, aquello de:

“Nos veremos cuando seamos dos nubes doradas en el cielo”.

Con la diferencia de que allí no había un Roosevelt al que recurrir.

“Costante” salió del cuarto. Se encaminó para irse. Él delante. Ella detrás.

Ya en la puerta del corral, donde podía salir sin ser visto, “Costante” abrió el picaporte. Despacio. Casi era de noche. Se dio la vuelta y la miró. “ Espérame ” dijeron sus ojos. “ No me faltes ”, los de Telvina.

 

 

IV

 

 

Aún era de noche.

Silva ya estaba listo.

El plan que “Costante” había propuesto a Martínez para zanjar aquello, usando al argentino como tonto útil, iba a arrancar.

En la Casa-cuartel sólo Martínez lo conocía. Fuera de la Casa-cuartel, casi todos los hombres y algunas mujeres.

Silva se había pertrechado bien de comida y ropa. Al cinto pistola y munición. Mosquetón en ristre.

Silva y Martínez no se despidieron como cuando uno va a una misión. Se miraron. Uno con cara de “a ver si termina esto” y el otro con cara de “a ver cómo termina esto”.

Silva abrió la puerta de la Casa-cuartel y salió despacio.

Ahora se intuía que empezaba a clarear. Nada más que se intuía porque la niebla de los últimos días estaba esa mañana espesa como una crema de calabacín.

Silva puso proa hacia el sendero que subía a Las Brañas.

Las Brañas son pequeños poblachos que cada aldea tiene en el monte para encerrar al ganado que vive en la sierra durante gran parte del año. Cada vecino de la aldea tiene en La Braña una cabaña con establo, con una parte en la que el pastor puede quedarse a dormir o a cocinar incluso durante varios días si la nieve u otro contratiempo impiden volver a casa en el día. Son cabañas de piedra y pizarra pero con muros cuya anchura tiene la envergadura de un hombre. También puede haber algún hórreo donde guardan algo de grano para el ganado o carne para ellos mismos. En este caso, La Braña estaba formada por no más de veinte techos entre cabañas, establos y hórreos.

Desde la aldea hasta La Braña, media jornada andando. Tres leguas, pongamos a ojo. ¿Y pendiente?. ¡Vaya que si pendiente!. Un Anglirú para cabras: sitúese el amigo lector.

Y la legua, eso sí, depende de quien sea el andarín.

Si todo iba en orden, Silva debería llegar a mediodía.

El sendero iba del pueblo a La Braña. Silva nunca lo había recorrido entero y nunca había estado arriba, pero le habían dicho que no tenía pérdida.

Al principio, desde el arranque del pueblo y hasta las últimas fincas de labor era un sendero ancho por el que transitaban carros de bueyes. Era hasta donde él conocía.

Pensó que todo sería igual. Más o menos.

Pasados los prados, así como las tierras de trigo y centeno, la vía se iba complicando. El sendero se iba cerrando. Robles, castaños, abedules, cerezos, nogales, matas, árgomas de una infinita variedad de verdes, iban comiéndose el sendero. Asimismo, pasada la zona de labor se empezaba a empinar con saña. Florecían las piedras por todo él y, en la mayor parte del recorrido, además mojadas de la cantidad de aguas que rebrotaba de un arroyuelo a otro y de una fuente a otra.

Un sendero le decían los vecinos pero que, en gran parte había que intuirlo porque se difuminaba con el monte… Casi todo de piedra, sólo practicable por cabras, paisanos o alimañas y empinado como la madre que lo parió. Sorteando pinchos de todos los tamaños y colores, con unas botas de goma que con las piedras mojadas resbalaban aquí y allí, el jodido mosquetón a cuestas y una puta niebla que no dejaba ver ni el aliento ..., y ¡así le habían dicho que una media jornada...!. Menos mal que al menos la niebla no permitía que las moscas se le metieran a uno en los “ güevos” , que ya era lo que faltaba… ¿O no? O esto…, ¿sólo era el principio?.

Sólo era el principio del principio. A la media hora, Silva que había salido bien pertrechado de abrigo, como les dije, sudaba hasta por las pestañas. Menos mal que había agua por todos lados pero..., se cansaba. El pobrecito —inconvenientes de la vida mansurrona—, se cansaba. ¡y le habían dicho que una media jornada! Se quitaba algo de ropa. Una jodienda porque con el mosquetón en una mano, la zamarra en la otra, la comida donde se podía…

Si paraba a descansar, se quedaba frío. Había que volver a abrigarse. Si andaba sudaba como una iguana en el Yucatán, ... si no se espabilaba la media jornada se iba a convertir en dos días, ..., ...

Y la niebla. La puta niebla que todo lo mojaba. Y se mezclaba el sudor y chorreaban juntos desde los cuernos hasta el hocico.

Paraba. Cuando no podía más, paraba. De vez en cuando, paraba. Pensaba si todo eso merecía la pena. Ahora. Ahora pensaba si merecía la pena. Aquello parecía la subida al Gólgota . ¿El Gólgota?..., vaya premonición. Bah! ... , tonterías, supersticiones. D emasiado tarde para pensar en el Gólgota y en las cosas del Altísimo mientras la mezcla de agua y sudor empezaba a chorrear pantalón abajo por dentro de las botas.

¿Y si no llegaba? ¿Y si la fuerzas le faltaban? ¿Si se echaba el día y luego la noche?

Volvía a apretar el paso. Y sudaba. Y los pies se recocían. Pinchaban dentro de las botas. E iban con el chof chof del agua. Y si paraba se quedaban tiesos como un iceberg.

¿Y si se perdía? Porque ese era el sendero..., o, ¿habría alguna bifurcación y se despistaría?. ¿Ya se habría despistado o sería más adelante?

Imposible que se despistara. Él no lo sabía, pero imposible. Cada recodo del camino, cada piedra, cualquier árgoma hablaba. Cualquiera era un libro abierto para los paisanos. Lo que a él le llevaba una hora de un recodo al siguiente riachuelo, a los paisanos les llevaba menos de la mitad subiendo por los atajos a costa, eso sí, casi de trepar como cabras por las paredes.

¿Los paisanos?. ¿Qué paisanos?.

Los paisanos no dejaron a “Costante” solo. Aquello era de todos y todos “ cuidaban ” de que Silva no se saliera del trayecto. No habían llegado hasta aquí para que todo se fuera al carajo.

Silva no sabía. Silva ni intuía. Iba obsesionado, ciego con su mosquetón y su tricornio, a resolver.

Pero detrás de la niebla, entre avellanos y sardones, entre helechos altos como caballos, junto a las árgomas de florinas amarillas, su caminar agónico estaba siendo escrutado con miradas de águila harpía por hombres y mujeres, opacos a los ojos de los forasteros que se iban pasando a su manera las agonías del discurrir del paseo de D. Antonio. ¡Senderismo que dicen ustedes ahora!. Si Silva se hubiera salido del sendero, cualquier paisano haría como que pasaba por allí en su labor diaria y le hubiera encaminado. No se podía perder. No se iba a perder ni cuando debido a la altura los árboles empezaban a desaparecer y sólo quedaba monte y niebla. Niebla y monte. Y un Guardia. Rara estampa ¿verdad? La línea que separa el monte de la niebla quebrándose sólo por la figura difusa de un Guardia que, más que recortarse, se difuminaba, se difuminaba, …, se iba difuminando...

 

 

V

 

 

 

La niebla no levantó ni iba a levantar. Sin esperarlo Silva, tirando como podía del cuerpo y después de haber parado un poco a comer algo que llevaba encima, levantó los ojos y pareció intuir una pared de piedra vieja, húmeda y con musgo por abajo.

Paró.

Avanzó despacio. Volvió a parar. Parecía una casa. Una cabaña. Una cabaña de las que le habían dicho. Se acercó algo más. Unos cencerros sonaron detrás de la cabaña. Ya los había oído hacía un rato desde lejos. No les prestó importancia. Allí sonaban de vez en cuando. El ganado andaba suelto y era relativamente normal. Porque, los cencerros que sonaban, ¿serían de las vacas, no?

Calcular el tiempo era complicado porque no se veía el sol. Se veía aún la claridad del día pero, al no poder ver la posición del sol por el nublo, no sabía muy bien si era mediodía o...

El caso es que, a él le parecía que había tardado mucho más en llegar de lo que le habían dicho. Mucho más. Pero, ¿qué más daba?. Si no podía con su alma. Si no se tenía de pie.

Y eso que, además de lo que había comido, aún le quedaba algo de lo que llevaba, pero, ..., es que no podía más.

Y ahora, ¿Qué? ¿Ahora que el púgil anda grogui por el cuadrilátero quién tira la toalla?. ¿Quién le pone a pelear? ¿…Y ahora qué, D. Antonio?

Pues de momento nada. Un frío del carajo. Lo único claro que había allí, era que hacía un frío del carajo. Lo nítido era que tras la soba, la ropa chorreaba entra la niebla y el sudor, el frío helaba los ojos y los pies, encharcadas las botas de una sopita helada de agua y sudor frío, parecían muñones. Allí arriba, no había nada más que una niebla que impedía verse uno a sí mismo y algunos cencerros que sonaban sin orden. Nada más que unas cabañas de piedra cerradas que parecían puestas allí por encanto.

Nada más y... , nada menos.

Repasó con mucho cuidado las dos primeras cabañas por fuera pero perdió tanto interés en el resto cuando vio que una tercera estaba entreabierta.

No es que perdiera interés, es que confirmó que estaba entregado cuando pareció apreciar que salía calor de ella.

Se acercó. No se oía nada. Nada, nada. Sólo algún inquietante cencerro. No había moscas. No volaban los pájaros. No se veía a dos cuartas de la nariz. Diría que le hubieran puesto un capuchón blanco en la cabeza.

¿Miedo?. Pues, no. Tampoco. Era una misión. Un trabajo. Además, ¡qué coño!: “ Un hombre vive veinte mil días. Malo será que toque morir hoy”.

Otra vez algún cencerro. Otra vez de rato en rato. Algo más lejos y más de vez en cuando.

Al poco..., muy de vez en cuando.

¡Qué sorna! Cualquiera diría que tocaban a muerto.

Silva estaba muy próximo a la puerta entreabierta de la cabaña. Dentro había calor. Sin duda. Se notaba más y más. La puerta de madera, con más años que la luna, estaba entreabierta. Una cuarta entreabierta.

La empujó levemente con la punta del mosquetón. Y ¿a qué tanta precaución?, si en definitiva, allí estaba más vendido que un Santo Cristo en Jueves Santo.

Sería deformación. Profesional, que dirían ustedes. Eso..., deformación profesional.

¡Joder!, y dentro estaba encendida la lumbre.

Metió primero la punta del cañón, abrió algo más, miró atrás, volvió a mirar al frente, se veía toda la habitación, no había nada ni nadie, abrió la puerta hasta el tope confirmando que no había nada detrás y resolvió bajar el cañón y entrar sin tanto miramiento. Al fin, y con algo de retraso, efectivamente estaba entregado. Allí estaba entregado. Le habían puesto un cebo, había picado y estaba entregado.

Sólo faltaba esclarecer cuánto de entregado. Y la penitencia. Y si la penitencia la pagaba él sólo o se llevaba a alguno más por delante.

Dispuesto a llevarse más por delante sí que estaba, claro que si, a los que fueran, pero..., a ver qué cartas salían. Porque de momento el que repartía juego allí no estaba.

Repasó bien aquella estancia de la cabaña. Relativamente acogedora pero pequeña. Con un catre para dormir, una hoguera y poco más. Lo que necesita un pastor para hacer noche. Los establos y el resto de dependencias tenían entrada desde fuera.

Se dispuso a esperar. Vigilando la puerta..., ¿estaba todo vigilado?. Parecía que... “ ... , me siento en el suelo, con la espalda contra la pared, ..., y a esperar ”. Y, ¿vigilar?, ¿vigilar qué?, porque aquello estaba ya muy vigilado. Tenía pinta de estar más que vigilado.

Además, le habían dicho que aquello era un entre tú y yo, un cara a cara, un de hombre a hombre... , así que llegado ese punto no había otra opción. Esperar que se repartiera juego y que saliera bien.

Aquello estaba puesto para que esperara. Fuera de la cabaña estaría mucho más indefenso, todito chorreando como un niño que se cae al río, y con un frío y un tembleque..., y allí al menos estaba caliente. Y con la espalda cubierta. Esto último, en esas condiciones no significaba mucho, pero algo es algo. Para un guardia, tener la espalda cubierta..., ¡oye!, al menos que no se diga...

Y así se dispuso.

Vigilante.

 

 

 

VI

 

 

 

Vigilante.

Se quitó las botas al menos para secar los pies.

Muy vigilante.

Sentado en el suelo —ponerse en el catre daba algo de pudor—, con la espalda apoyada en la pared, frente a la puerta, calentito, y muy pero que muy vigilante..., el fuego empezaba a hacer efectos.

Y muy vigilante, muy vigilante, ...

Le fue entrando la modorrilla.

Como, ¡para que no le entrara!

Y...

Vigilante, vigilante…, …

Se durmió.

Como un niño.

Se durmió como un niño pequeño.

Y es que, ahora sí amigo lector, el día que en el colegio le hablaron de Martín Fierro, también debió estar dormido o en bajo estado de forma :

Las armas son necesarias
mas “naide” sabe cuando.
Así que, “llevalas” al modo
que al sacarlas sea matando.

 

— — — o O o — — —

 

Y así pasó el pobre Silva, de este modo tan poco heroico, para lo que él ansiaba, de ver el todo blanco de la niebla de Las Brañas a ver el todo azulito del cielo.

Así fue el pobre Silva a hacerle al Sr. Manjón, ¿recuerdan?, la última visita. La definitiva.

Y así, mi fiel y expectante lector, va a tener usted que enfrentarse, a una deformación, otra más, que llevamos en nuestras vidas.

Llegada esta parte del relato, usted ya está echando de menos al héroe. Entre los libros de historia y “ jólibu ”, nos hemos acostumbrado en demasía al héroe.

Y es que, en esta sociedad es más cierto que nunca que “ El que no cree en Dios acaba creyendo en otra cosa ”. Necesitamos al héroe incluso aunque nos pongan negro sobre blanco que “ El Héroe ” nos provoca Síndrome de Estocolmo. No es extraño. Nos hemos acostumbrado.

Del Cid a Los Héroes del Silencio, pasando por Al Pacino, Teresa de Calcuta o Emiliano Zapata. Hacen falta héroes.

Y, probablemente está usted pensando en un duelo de hombre a hombre, cara a cara y con proporcionalidad de medios, — bonito y moderno concepto este de la proporcionalidad—. Pero esa palabreja, …“ proporcionalidad”… , fíjese, tiene dieciséis letras. ¿No son demasiadas letras para un “Constante” que perdió la “ ene”, quedándose sólo en “Costante”, y nunca se enteró?.

Seamos por tanto precavidos porque a esa situación había llegado Silva pensando lo mismo y perdiendo toda prudencia, tentado —y seguro que engañado— con un “no vamos a meter a todo el pueblo en un asunto entre ambos. Resolvámoslo como los hombres. Entre tú y yo”.

Y ahora..., ahora que estaba entregadito se aferraba a esas palabras. Porque lo contrario sería una trampa. Una emboscada. ¿Una emboscada?.

Pero yo…, yo amigo lector, …nunca le dije que en este pueblo hubiera héroes. Es más, le dije que por estos lugares, desde los Romanos, que lo hicieron muy de perfil, no había vuelto a pasar la civilización. Por no pasar, no había pasado ni la guerra, ¿recuerdan?. Ni los Reyes Magos. Y…, ¿si los Reyes Magos, que son magos, no habían pasado…?, reflexione unos segundos mi curioso lector, ¿…cómo iban a pasar los héroes...?.

Y, ¿Costante” un héroe?.

“Costante” a esa palabra era más insensible que los pies de Juanito Oiarzabal a un paseíto por el Retiro.

Y yo, pues mire…, tampoco me considero capaz de convencerle de que allí había héroes ni nada que se le pareciera. Y, a fuer de ser sincero, creo que incluso usted agradecerá que se lo diga tal cual. Por derecho.

Y así las cosas, …las cosas…, sucedieron como sucedieron…

 

 

VII

 

 

Exactamente igual que llevan sucediendo desde la noche de los tiempos.

En cualquier tiempo, lugar o circunstancia es de aplicación ...

… el corrido
de la traición insensata
que acabó con el caudillo
don Emiliano Zapata.

Según el cual, los héroes y la proporcionalidad de medios concuerdan regular:

Salieron de Tepalcingo
con rumbo hacia Chinameca.
Zapata iba con Guajardo
por crer qu´era hombre de veras.

. . . . . . . . .

Entraba el Héroe a la hacienda
y una descarga lo hirió.
En lugar de saludarlo
esa tropa lo mató.

. . . . . . . . .

Así quebró, en la emboscada
de Jesús María Guajardo,
el gran General Zapata
qu'era un apóstol honrado.

 

Y como “Costante” aquel día no sentía curiosidad alguna por conocer donde quedaba su San Juan Chinameca ni siquiera por saber si aquel era el último de los veinte mil días que vive un hombre ..., pues, al igual que ocurría con los Magos de Oriente, este año, a los héroes se les volvería a echar de menos en aquellas tierras.

Mal día parar quebrar, Don Antonio.

Don Antonio Silva Carreirizo, Suboficial del Destacamento de la Guardia Civil en el Río de Rengos de Cangas del Narcea.

Título largo y …hueco como casi todos los títulos largos. Pero con título y todo, D. Antonio había dado con un mal día para quebrar.

Los ojos azules, la buena planta y el bigotillo no resuelven en estos casos.

Tierras inhóspitas.

Gentes inhóspitas.

Niebla que atosiga.

Frío enfermizo.

Y agua. Agua por todas partes.

Cruda postal para que a uno le tuerzan gacho.

Unos dedos, como cañerías de doce, rodearon la inopinada y somnolienta gorja del pico . Tres por un lado. El pulgar del otro.

Una tenaza de uñas, negras como la noche y dirigidas por tendones de mulo, abrasó el tubo de respirar del pistolo.

Uñas negras que atravesaban por ambos lados el blanquito pellejo, rodeaban con precisión de sacerdote azteca la nuez, los tendoncillos, el mondongo y las pipas del pescuezo.

Conocidas uñas negras que buscaban reunirse bien “ pa´los adentros ” y cegar aquel cabrón respiradero al ceñirse como llave de fontanero el gaznate de Don Antonio provocando que, entre flemas, chorrearan abondo las sanguinolencias.

Y apretando.

Y de qué manera.

Mientras unos insensibles ojos fríos de piraña hacían tiempo.

Ojos que esperaban. Sólo esperaban. Nada más que esperaban.

Bien cierto. Mal día para quebrar.

Una atenta, templada y veterana mano zurda entretanto esposó la muñeca diestra de D. Antonio en su último intento por llegar al fusco.

Ni fusco ni Hostias.

Todo funciona igual.

Si son inamovibles, dos manos definen un muerto igual que dos puntos definen una recta.

Inamovibles. Como los cimientos de Keops.

Ya les dije que, en ocasiones no hay margen para el error. Hoy era una de esas. El error hubiera supuesto acabar en San Juan Chinameca.

Y no.

Así que, … najelando. Highway to heaven para el pistolo y, los demás a lo nuestro.

Y, de Nanclares al Puerto

se corrió bien el asunto:

 

Mucho jari p´a un pistolo,

que yo bien me lo barrunto.

 

Alardeando el kíe trece

y tomándonos por punto,

 

en perdiendo la distancia,

de baranda por el mundo,

 

sentirás no ir a tu blondy

p´a brindar con los difuntos.

 

No les cuento detalles. No les quiero contar detalles.

A estas alturas, no me gustaría quedar como un grosero entrando en detalles que,..., pues mire usted,..., es que pueden resultar muy desagradables.

Simplifico.

Con excepción de las manos invasoras, allí se movía todo. ¿Lo del pataleo?,..., pues ya lo suponen. Y lo de los gruñidos y gorjeos de los estertores. Y,…, que llegado un extremo los ojos se salen de las órbitas, pues,…, es que es muy desagradable y no quisiera yo.... ¡Pero es que se salen, eh!.

Que…, cuando el tubo de respirar te lo aprietan dejándolo con menos abertura que la boca de una chirla y el fresquillo avanza menos que las patas de gallo en la jeró del Ramoncín ,…, vaya que si se salen los ojos de las órbitas. ¡Y se ponen rojos!

Si, si..., rojos, rojos.

Como si fueran a reventar. Y es que…, claro…, es que van a reventar. Porque ..., oigan ..., al ojo ..., salir ..., lo que se dice salir de la órbita ..., pues no le gusta nada. Es que no se encuentra. No es lo suyo.

¡Y más cosas!. Que es que no quiero resultar desagradable. Pero de todo. Es que los cuerpos llegados estos casos se tensan, se tensan, se tensan, y luego se relajan, se relajan, se relajan..., y, ..., en fin, ..., que no quiero resultar ...

¡Mira, mira tú, vaya forma de irse p´arriba, D. Antonio!.

Al carajo la proporcionalidad de medios, la pena revisable, el buen comportamiento, la escasez de pruebas, los derechos del reo y todo el elenco de retóricas que fueron creando los ganapanes del ropón desde el ojo por ojo hasta hoy y que, en general, tanto retuercen los compañones al sentido común.

Lo único, eso sí, que aquí casaba con los tiempos que vivimos en la actualidad era la ecología..., porque ciertamente, ecológico había sido todo. Muy ecológico. En plena naturaleza..., senderismo y orientación incluidos..., con los cencerros al fondo..., nada de fuego ni pólvora..., nada de gasolina ni humos..., restos biológicos de todas las épocas en las uñas, más negras que el pecado, que apretaban las pipas del pescuezo... Hasta una tesis. Se podría hacer hasta una tesis sobre la relevancia de la ecología en el asunto..., en papel reciclado, of course .

 

 

VIII

 

 

A partir de aquí la intensidad de los acontecimientos fue relajándose como los centros del pobre Silva.

No fue fácil pero era la única salida. Que todo se fuera relajando.

Y olvidando.

El tiempo, que al principio comentábamos pasa muy deprisa, boga a favor en esto del olvido.

No así en el caso del perdón.

Lo del perdón..., eso va en otro registro.

Los vecinos sabían lo que había pasado. Algunos, muy pocos, estuvieron muy cerca de D. Antonio durante la despedida por si algo se torcía. Uno de ellos incluso, se quedó después, con “Costante” en la cabaña, amañando los detalles. Cenaron juntos y compartieron. Sin hablar. Compartieron sin hablar porque para compartir no es necesario hablar. A veces ni recomendable.

El día que Silva salió del pueblo Martínez había estado pendiente por si oía algún lejanísimo disparo. Hubiera sido una señal, pero..., fue rebajando las expectativas a medida que pasó el día. Al día siguiente ya no tenía expectativas. Los días posteriores a la marcha de Silva fueron muy raros. El día que partió no se vio a nadie por el pueblo. Durante algunos días más hubo un extraño silencio. Un silencio agrio y oblicuo. Tenía algo de alegre pero mucho de expectante y temeroso por la reacción de los Guardias.

Entre los Guardias, aparte de Martínez, no se sabía exactamente quien estaba al corriente de los acontecimientos. Puede que ninguno. A Martínez no le interesaba que ninguno tuviera opinión. La suya era la única válida oficialmente y si se contrastaba era mejor contrastarla contra el desconocimiento que contra otras.

Nunca se supo la versión oficial. Nunca se conocieron los partes del “ picoleto—jefe ” al respecto. Trascendió poco más que el hecho de que Silva debido a diferencias personales había abandonado su puesto de noche para ajustar cuentas y nunca volvió. Nunca se supo.

Al cabo de una semana, al salir de la Casa-cuartel, sobre el mediodía, Martínez vio a “Costante”. No estaba cerca pero tampoco muy lejos. Sentado al borde del camino sobre una linde de piedra compartiendo con algunos paisanos. Seco. Estaba seco. Con menos carne que el mango de la espumadera. Sostenía una hierbecilla a un lado de la boca y casi no hablaba. Escuchaba aunque de vez en cuando sonreía simétrico. Con una sonrisa plena y afable bien distinta de la sonrisilla de lado que ...

Los guardias, antes de salir, habían avisado a Martínez de que andaba por allí. “ Nada ”, les había contestado cuando preguntaron qué hacían. Nada. Eso era lo hablado. Martínez no se dirigió a “Costante”. Él no se dirigió a Martínez. ¿Y el resto?. El resto a lo suyo. Como si nada. A lo suyo. “El Argentino” se dejaba ver. Paseaba ocioso, vergonzoso y aliviado. “Sanfliz” decía alguna bobada. Y en casa, Telvina, feliz mientras preparaba el pote, canturreaba un “ valió la pena …” , que en este caso, sí se diría que venía escrito por el Grammy de Jerez.

No pasó mucho tiempo. Al cabo de uno o dos años aproximadamente la Comandancia decidió que aquel era un “ destacamento prescindible ” y los guardias fueron destinados a otros lugares. Martínez incluso antes, siendo relevado por otro jovencillo…, que no joven.

Digo esto, porque siendo ambos términos referidos a la edad temprana, es bien sabido que, mientras los últimos gustan de escuchar y aprender, los primeros vienen ya sabidos aunque en su mayoría confundan un anacoluto con un elixir para la higiene bucal y apuesten a que un coseno es alguien que va junto al seno como el copiloto junto al… Estos jovencillos son una especie en continua evolución habiendo desarrollado en la actualidad, los de la última hornada, rasgos ya muy preocupantes: Creen que les ha tocado vivir la madre de todas las crisis porque no se ocuparon de leer lo de las vacas gordas y flacas; reniegan de lo injusta que es la sociedad con su generación sin reparar interesadamente en que nunca antes el personal había comido la sopa boba hasta la cuarentena, como hacen ellos, con los trigéminos apesebrados y calentitos en casa de los papás; quieren obtener de su mente más energía de la que se le suministró —lo que supondría sacar más de lo que se metió— atentando contra la física cuántica y hasta la sexual; consideran que en su “ todo incluido ” han de figurar las descargas de la red “ gratis total ” para disfrutar, incluso en el ocio, a costa del sudor y talento ajeno abaratando a conveniencia palabras como libertad, cultura o igualdad; creen que tienen derecho a todo porque confunden tener derecho con tener posibilidades; consideran que el Estado ha de mandar un helicóptero personalizado a sacarlos de la nieve porque cuando papá les explicaba cómo se ponían las cadenas no se quitaron los auriculares; toman como una afrenta el que sólo se tenga derecho a lo que uno suda; buscan el botón en el serrucho porque serrar cansa mucho; conocen sólo la ley de Murphy porque las Leyes del Cálculo de Estructuras Generadas a partir de Paraboloides Hiperbólicos también cansan mucho; … y eso…, se cansan..., sobre todo se cansan… Se cansan mucho. Y…, los pobres, es de comprender, ...lo pasan fatal. Por eso y hasta que la Ciencia dé respuesta a lo que parece un extraño gen transmutado, el marketing que siempre va por delante, ha ideado un aparato que saldrá al mercado bajo la denominación “ Rasqui—Balls” —ustedes ya entienden— y que alivia notablemente los procesos agudos de este novedoso cansancio.

Así que, ciertamente el Guardia jovencillo que, amén de enchufado, era un buen precursor de estos especímenes, nunca se enteró de nada yéndose de aquel pueblín con la clausura del Cuartelillo, convencido de que podría toda su vida cruzar el río con el escorpión a cuestas como la rana de la fábula. Ya se encargó el tiempo de explicarle…

Y ahora…, …ahora, …no se me venga abajo, apreciado lector. Antes de que me pregunte le voy a dar la respuesta. Si alguna vez le muerde la curiosidad, si viaja a tierras asturianas y ronda por el actual Parque Natural de las Fuentes del Narcea y siente el no se qué , no se arredre. Pare en cualquier aldea del recorrido. Busque algún paisano viejo. Cuanto más viejo mejor. Y si lleva boina hasta las cejas o pañuelo a la cabeza al ser mujer, y cayado porque ya no pueda andar, mejor. Y pregúntele si hubo por allí, en los años cuarenta del siglo veinte un destacamento de la Guardia Civil. Deje que le cuenten y finalmente pregunte si es cierto que los Guardias cogieron un lobeco —lobezno dicen ustedes— recién nacido del monte y lo que les aconteció con el tiempo cuando quisieron amaestrarlo. Verá como amaestrar al lobo fue como intentar amaestrar a “Costante”. Y es que el lobo por los alrededores del Narcea..., no es guay, no espera que el Vellocino venga solito a ofrecerle la gorja. Sonríe simétrico, pleno y afable cuando goza de buena compaña, ..., pero si el negocio se tuerce ... asoma el diente de oro y..., ¡...también una sonrisilla...!

Así se entiende mejor la Historia. Así se entiende mejor que haya huella de fenicios, cartagineses, romanos, árabes, judíos y franceses por toda la Península Ibérica. ¿Por toda?... No. Por toda no.

Porque entre Pajares y Fisterra hay mucha humedad, hay mucha niebla, llueve, hace frío, no hay más que senderos empinados que se difuminan entre árgomas, pinchos, alimañas…, …y someter, lo que se dice someter a la gente, …, es que “ ye cumplicao” . Por algo “ Llamas del Mouro” tiene el nombre que tiene. O sea, llamas y moros. ¿Relacionan?. Eso es…, los moros..., que fueron a enredar por la zona, y en ese pueblo los paisanos les dieron caza y, bueno ya se imaginan, ...a los que tuvieron suerte,..., los pasaron un poquitín por la lumbre.

Si…, si …, ya sé…, se come bien…, si …, es gente afable …, si …, sonrientes …, si…, pero…, con los viajantes. Sonrientes con los viajantes.

Ahora bien, si los visitantes van como Pizarro a Cajamarca la sonrisa cambia. Ya no es melosa y el eje de simetría se lo comen. Se tuerce y como les dije, …, esa sonrisilla, cuando da de malas, hiela el Misterio. Y entonces acontece, que lo de cruzar El Puertu de regreso para contar las aventuras como Pizarro volvió a España, se torna complejo porque algo tiene El Puertu que, ..., ...de regreso ..., no es tan fácil de subir. Y a los lobos, —que se lo saben— les da la sonrisilla…, …y dejan ver el diente de oro…, … mientras lo van afilando.

La Historia es Historia, no casualidad.

 

 

 

— — — o O o — — —

 

Y así, apreciado lector, hasta aquí hemos llegado.

¡Tanto tiempo para desmenuzar estos aconteceres!.

Celebraría, eso sí, tras la travesía de estos años, no haberle defraudado en el arribo.

Embarcar, para mi, fue sorpresa, partir una satisfacción, la travesía una aventura y, arribar con dignidad reconozco que me ha traído cierto alivio no exento de un enorme placer.

Como no podía ser de otra manera, quiero que la aportación que, en mis posibilidades, haya podido hacer en estos años con mi “Costante” sea a la Memoria de Patricia con un beso para sus hijos y para toda la familia. Fue un honor.

Conste también, mi agradecimiento a Manuel por haberme incluido, desde el embarque, entre la tripulación de este bergantín, y al que no digo nada más porque los tipos como Manolo y como yo, no nos decimos cositas.

Por último, y si me lo permiten, me gustaría dedicar la serie de “Costante”:

A Sonia. Mi mujer. Con el deseo de que “cuando seamos dos nubes doradas en el cielo”, ella pueda entonar lo que canturreaba Telvina, mientras preparaba el pote:

 

Valió la pena conocerte,

valió la pena enamorarte,

trocar la paz de algunos días,

por este sin vivir “Costante”.

 

Como hasta entonces, si todo va en orden, falta mucho tiempo...

es por eso Amor Mío que te pido,

al ser el dolor y la alegría
la esencia permanente de la vida,

si llego a ... ... ... ... ...”.

  

Y dejo con intención los puntos suspensivos para que ella, Sonia, complete de memoria los cinco vocablos que faltan de ese verso pues, siendo nuclearmente inquietantes, es su viva voz la que siempre les removerá los cimientos. De paso, también para que ustedes, si no recuerdan esta composición y se mueren de “interés”, busquen cómo completarla conociendo un poco más a Don Héctor que fue quién me la prestó. Algo en lo que no tendrán gran dificultad con la infinita ayuda de las nuevas tecnologías.


De igual modo, se la dedico a Natalia y Cristina. Mis, ya grandes, bebés. Para que sigan, toda su vida, creciendo como arbolitos bien rectitos. Tan guapas por dentro como por fuera. Y con un “pair”, mucho P.A.I.R:

 

P.A.I.R: Perseverancia, Alegría, Independencia y Responsabilidad.

Nada más. Y, ..., ¡nada menos!

Se lo dedico asimismo a Aurelio y Amparo. Mis padres.

Y, cómo no, a usted, mi apreciado lector. Se la dedico a usted por haberme dado cuartel estos años en la confianza, sorprendente para mi, de que pasar por las líneas de este relato podía serle más productivo que rebozarse contra un estéril —en el mejor de los casos— rectángulo plagado de “terelus recauchutadas” sin aseo en las lenguas o de “million—dollar babies” pataleando una pelota.

Por ello, por estarle sinceramente agradecido y por ser éste un sentir de natural recíproco, le voy a sugerir que en vez de separarnos con el lúgubre y espeso aire de las despedidas lo hagamos —sin diente de oro, esta vez— con una sentida, afable y simétrica sonrisa. Si..., pero..., como las propuestas en vacío no son de tener en cuenta, no lo digo a humo de pajas. No. Lo digo con una sonrisa concreta. Más bien con una “Smile”. Si, eso, una “Smile”. Exactamente con la “Smile” de Rod Stewart. Yo ya la estoy oyendo. Póngasela usted y verá como...

Y es que, la música y los libros son dos de las tres cosas que hacen a uno más libre.

La tercera..., un Smith & Wesson.

  

 

Mis respetos y hasta siempre.

 

© Juan Carlos Rodríguez Suárez

 

>>> "Costante" No quiere siesta (Primera Parte)

>>> "Costante" No quiere siesta (Segunda Parte)

>>> "Costante" No quiere siesta (Tercera Parte)

>>> "Costante" No quiere siesta (Cuarta Parte)

 

Arriba

Patrocina: copsa     Grupo Copsa                                                                                  Realización: Ariadna-rc.comariadna—rc.com