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PREMIO INTERNACIONAL DE RELATO PATRICIA SÁNCHEZ CUEVAS
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"COSTANTE" no quiere siesta por Juan Carlos Rodríguez Suarez
(3ª Parte)
Querido amigo lector:
Antes de seguir adelante con este relato, asegúrese de que leyó y recuerda (aunque sea vagamente) la primera y segunda parte de “Costante”. Si no es así no siga leyendo pues no entenderá gran cosa. No le será difícil encontrarlas si cree que merecen la pena. Tampoco le recomiendo que siga leyendo si conoce las dos partes anteriores y lo que busca es un desenlace. Ni yo mismo sé cuando llegará y las prisas, … ¡Ay las prisas!. Lo que sí me permito recomendarle, si ansiosamente busca el final de la historia, es que hable con su pareja cuanto antes, pues de ser cierto que:
es posible que en sus relaciones íntimas le pase lo mismo y quiera usted también llegar al final cuanto antes. Y tenga por seguro que eso, a quien tenga al lado, le producirá bastante más desasosiego que a usted conocer el final de la vida de “Costante”. A pesar de lo anterior, si decide continuar espero que “Costante” no le defraude.
XV
Una vez en el Destacamento no se lo tomaron con prisas pero tampoco pensaron en algo sofisticado. Martínez simplemente desapareció un rato y los demás esperaron algún gesto de Silva. Silva tardó algo en resolver. Babeaba sólo de pensar en el gusto que se iba a dar y no tenía prisa. Disfrutaba más con la espera que lo que iba a disfrutar con el festín porque el chico no aguantaría mucho. Al cabo le dijo al chaval, que estaba en un rincón al lado de un viejo perchero: -Mira hijo, esto va a ser lo que va a ser. Así que cuanto antes mejor. Tú sabes lo que queremos que nos digas y nosotros sabemos que nos lo vas a decir …, así que cuanto antes mejor. Además, como mi amigo –refiriéndose a Lucas- no sabe hablar, es mejor que me lo digas a mí porque él usa otro lenguaje. El chico ni se inmutó. Ni siquiera le miró. Tampoco le plantó cara. Simplemente como si no hubiera oído nada. Silva prosiguió: - Bien. No tengo ganas de templar gaitas con otro paletito – se dio la vuelta pasándose los dedos por la barbilla haciéndose el pensativo y concluyó: A esas alturas, Lucas ya se había quedado en mangas de camisa y se había remangado. Se acercó al chico. Se puso delante de él y cruzo la mano izquierda hacia el lado derecho de su cintura girándose un poco en la búsqueda de la posición. Aguantó unos instantes que se hicieron largos y definitivamente, cuando el muchacho miró de reojo a ver por dónde le venía, le soltó el hostión de izquierda a derecha y de abajo arriba. Cuarenta y cinco grados de latitud norte y cuarenta y cinco de longitud oeste. La quijada de Constante-hijo estalló como si le hubiera caído un rayo. Se dio contra el perchero que se fue al carajo y el muchacho de cuerpo entero se fue dando trompazos a tomar por culo quedándose en el suelo unos cuantos metros más atrás. Y eso no había hecho más que empezar. Silva se acercó. Puso las botas cerca de los morros del chico y le dijo. -¿Dónde está tu padre? El chico tampoco se inmutó. Silva se retiró parsimonioso. El tiempo se estiraba y se estiraba mientras las leves lenguas de fuego de las lámparas de petróleo tiritaban de miedo iluminando la estancia. Lucas se acercó y, con una mano, lo cogió por los pelos. Lo puso de pie. Esperó un poco. Y esperó otro poco a ver si el chico le miraba y efectivamente lo miró. Se cruzaron sus miradas, se las aguantaron y…, Constante-hijo haciendo gala de la sangre que llevaba dentro, con un supremo esfuerzo porque tenía la cara reventada, … le escupió en los hocicos al picoleto. Lucas no se molestó en quitarse las babas. Aguantó el tirón y, cruzando la derecha hacia la izquierda, le soltó otro revés con la diestra en dirección noroeste. El resultado parecido al de antes. Sólo varió el hecho de que ya no hubo descaso para que Silva volviera a preguntar. Los tres o cuatro guardias que había allí, incluido Silva, fueron dejando la sala mientas que Lucas se quedaba para ensañarse con el chico. A Telvina la habían sujetado algunos vecinos para que no se fuera detrás de los guardias cuando se llevaban al chico pero a duras penas habían podido sujetarla en casa. Se volvía loca pensando lo que le podía pasar a su hijo. Cuando ya se había hecho de noche entre tres guardias llevaron al chaval a su casa. Lo que brotó de su madre al verlo, ya nos lo avanzó el Príncipe del XIX:
Ella descompuesta no tenía ojos para odiarlos. Sólo quería ver si el chico por lo menos respiraba. La cara irreconocible. Los vecinos más allegados no perdían ripio del asunto y en cuanto se fueron los guardias se acercaron por la casa de la familia. El chaval era un monstruo. Algunos vecinos al verle se echaban para atrás. Al principio casi no se le reconocía. Casi no tenía conocimiento. No abría los ojos. No hablaba. Poco a poco la madre fue limpiándole la sangre. Los vecinos traían agua fría de la fuente y poco a poco parecía que recobraba la consciencia aunque seguía sin hablar. La madre le preguntaba si estaba mejor pero le pedía que no hablara. Al poco rato le pareció que podía al menos asentir pero estaba absorto anidando odio. Tardó un rato largo en darse cuenta que o consolaba a su madre o ésta podía reventar y al cabo asintió al preguntarle ella si estaba mejor. Al fin soltó con un hilo de voz: - Madre, no les he dicho nada Sólo antes de medianoche empezaron a irse algunos vecinos a sus casas algo más tranquilos. Telvina se iba relajando y aunque muy preocupada se sentaba de vez en cuando. Aurelio se acercó al chico. Le cogió la mano y: - dímelo. El chico, susurrando y sabedor que en ese instante en la vida de Lucas comenzaba la cuenta atrás, le dijo al oído: - Dile a mi padre que ha sido un tal Lucas
XVI
Tras varias semanas en las que “Costante” no tenía sosiego -aquello había que pararlo cómo fuera- por fin llegó una noche en la que se acostó pronto, todavía de día, y se levantó más pronto, algo después de la medianoche. Pero durmió bien. Todo estaba cuadrado y bien cuadrado. Eso le aliviaba las tensiones. Era una noche de luna despejada y la siguiente lo sería también. Repasó los fundamentos y concluyó que todo iba como debía: estaba seguro de sí mismo, mantenía la calma y confiaba en la suerte. Al afilado de la navaja le había puesto más sentimiento que Rod Stewart al Still the same y tras sacar el pelo al filo, se afeitó el vello del antebrazo para comprobar que hacía su trabajo sin miramientos y allí por donde pasaba dejaba el terreno más limpio que la patena. Cogió una zamarra, se calzó las madreñas y se fue acercando con cuidado a los alrededores del pueblo al puro estilo Pérez del Pulgar:
Al mediodía incluso comió algo y se dio una cabezadilla ya al lado de las casas, pero bien agazapado. Cuando el sol se ponía ya veía desde su posición los movimientos de guardias y paisanos alrededor de la Casa-Destacamento. Los paisanos habían matado unos días antes a dos corzos supuestamente de un escopetazo furtivo y comentaron a los guardias que cuando los prepararan se lo regalarían. No era cierto. Disparo si hubo. Para que se oyera. Pero lo que realmente mataron fueron dos cabras que una vez despellejadas y preparadas eran imposibles de distinguir de un corzo para un guardia. Los guardia estaban eufóricos, iban a darse un festín de corzo, y los paisanos vendieron veladamente la idea de que aquello era con la intención de aliviar tensiones, así que para que no se preocuparan por nada, varios hombres del pueblo les hicieron llegar al destacamento, unos días antes, algunos tablones, mesas y hierros para que pudieran asar la carne y beber a gusto. Y así, los vecinos, mientras metían los enseres hacían el debido “reconocimiento”. Fueron cuatro hombres de confianza de “Costante” los que llevaron las cosas al Destacamento y esos mismos los que acercaron el corzo supuesto, morcillas y chorizos el día señalado por la tarde. Hicieron tres rondas para meterlo todo, incluido algún utensilio como un pequeño hacha para que trocearan bien los huesos del animal. Eran Ovidio, Vicentín, Porfirio y Aurelio. Pero en la tercera ronda, Aurelio parecía Aurelio pero no era Aurelio. Se cambió las ropas con “Costante” y el que entró era éste. Y se quedó allí porque no había entrado para meter utensilios, sino para quedarse un rato. Después de las primeras rondas los amigos le habían descrito a “Costante” cómo era y cómo estaba el Destacamento por dentro. Y el catre dónde dormía cada guardia. Así que a “Costante” le resultó facilísimo meterse debajo del que buscaba y quedarse allí toda la tarde. Cualquiera de nosotros estaría algo incómodo pero, acostumbrado a dormir en el monte, aquellas tablas para el espinazo de “Constante” eran un lujo. Y no digamos el techo. Además llevó algo de comida y una botelluca de agua en un zurroncillo para que no le sonaran las tripas en un mal momento, así que mientras los guardias se daban el festín dentro y fuera de la casa, él esperaba su momento. Y para sus adentros, silencio. Sólo silencio. Todo lo de alrededor que no tuviera que ver con la operación le resultaba plenamente ajeno. Lo del festín de los guardias, tiene poco que contar pues ya se imaginan ustedes que consistió en lo básico: comer y beber hasta no poder más. Pero por si acaso, algunos mozos del pueblo pasaban por allí de vez en cuando a animar y a ver que todo llevaba el camino previsto no fuera a ser que por cualquier motivo los de la benemérita no se regaran lo suficiente. En especial un tal Lucas Manjón al que le arrimaron a última hora una botella de orujo que mezclado con el vino y la sidra debía poner al morlaco en suerte. La suerte acompañó. El tal Lucas iba bien cargado como la mayoría, e incluso algo más; y poco a poco con la andorga bien llena y repletos de vino y sidra fueron cayendo en sus viejos colchones de lana mientras “Costante” debajo del catre de Lucas volvía a recordar las palabras de Luciana e interpretaba una o otra vez el silencio a la espera de tocar la única nota que tenía que tocar aquella noche. En el aire, el espíritu de Lorca:
Pasadas una o dos horas de la medianoche habían caído todos. Los ronquidos parecían de oso. Por los pequeños ventanucos entraba la claridad de la luna llena en una noche despejada. No era mucha pero suficiente. A “Costante” le brilló la pupila y … se movió. Fuera de aquella casa también había gente despierta que había de hacer su labor de brega. Aurelio, Ovidio y Vicentín llevaron por separado varios perros que se odiaban a las cercanías del Destacamento y se ocuparon de que formaran una trifulca cerca del corral de la casa; algo que no parecía artificial porque ocurría una noche si y otra también aunque a aquella discusión canina los del pueblo le habían puesto día, hora y lugar. Y también habían acordado con “Costante” que cuando Aurelio estuviera cerca de la fuente del reguerón ulularía tres veces. Dos juntas y la tercera más larga y separada. Así que “Costante”, al oirlo, calculó lo que tardarían y antes de que los perros empezaran a ladrar ya había sacado el brazo de debajo del catre de Lucas. Echó la mano al bolsillo y cogió la de Taramundi con la mano diestra. Fue arrastrándose boca arriba milímetro a milímetro con un hombro y luego con el otro muy despacio apoyando bien los talones en el suelo y, después, clavando el codo izquierdo en el suelo levantó la cabeza por encima de la línea del colchón a ver la postura de Lucas. Era buena. El pescuezo lo tenía descubierto e incluso algo destapado por el calor humano y por lo modorro que se había puesto. Buscó la posición. Planeó con la mirada alrededor. Hincó una rodilla en el suelo y apoyó la mano zurda cerca de la cabeza del inocente. Respiró profundo, pensó lo justo -no demasiado- y se arrancó en la faena con la mano diestra. El filo de la navaja planeó acariciando, como una pluma letal, el cuello de Lucas dejando una muesca limpia en el sitio adecuado. Una muesca quirúrgica, pequeña, corta, breve. Algo más que un aguijonazo pero cortando de parte a parte la yugular. Había que haber desangrado muchos cerdos para hacerlo tan suave, tan preciso. Tan letal. Por si la cosa no salía limpia del todo, “Costante” se había preparado para sujetarle la cabeza, tapándole la boca hasta que se le fuera la olla por la pérdida de sangre. No fue necesario. Lucas como cualquier otro que viviera en ese territorio estaba hecho al acoso de pulgas, chinches, tábanos y demás. Incluso estando despierto y sereno no se habría inmutado más de lo habitual o en el mejor de los casos se habría dado un manotazo, pero en su estado ni se enteró. Súbitamente calentó las sábanas, la almohada, el colchón y todo lo que le rodeaba con la sangre que le salía a borbotones y que ni el mejor médico de “Jiustón” habría logrado parar. Y así, dulcemente y disfrutando, …pasó a mejor vida. Además agradecido porque lo hizo de la misma forma que muchos grillados intentan quitársela, y que en tantos casos no lo consiguen: mamándose y cortándose las venas. Y a él en cambio se lo dieron resuelto. Así que: ¡hale, hale! ¡Bien borrachito y con un tajo de nada en la madre de las venas! ¡Arreando! “Costante” se regocijó unos instantes con la escena mientras levemente los reflejos de la luz de la luna salían de su diente de oro dentro de unos labios entreabiertos por una mueca de sonrisa-asco. Se limpió con parsimonia la navaja en la pernera del pantalón y se la metió en el bolsillo derecho, a mano, por si había que darle algún otro trabajo imprevisto. No importaba que hubiera restos de sangre en su ropa: la policía científica no iba a ir por allí suponiendo que ya estuviera inventada. Escrutó el suelo hasta la escalera para no tropezar con algún trasto o ropa de los muchos que habían dejado por allí tirados y despacio, de espaldas, se bajó a la planta inferior, levantó el tablón que hacía de cerrojo y se dio a la fuga después de la tocata. ¡Saludos, va por ustedes y ahí queda eso señores! pensó… Que una cosa es que haya que cerrar un ojo para llevarnos bien y otra es que ustedes pretendan que cerremos los dos, aquí en nuestras tierras y con nuestros hijos. Y el asunto era lo bastante sucio como para esperar a que lo hubiera resuelto directamente el chaval que aunque ya era mozo, al fin y al cabo “nunca se debe guardar vino joven en odres viejos”, y “Constante” ya no hacía casi nada para sí mismo sino para los suyos pues estaba en la segunda etapa de la vida, según el cantar:
Y así se volvió a su escondite tras dos o tres horas de lento caminar -para qué iba a correr- y, tras meterse una cena opípara a base de buena cecina, algo de caldo de berzas que tenía de hacía un par de días y vaciar en buena medida un pellejo de vino, durmió como un oso. Ese día podía dormir bien. Durante unos cuantos días después también. Al menos hasta que los guardias se aclararan o creyeran que se habían aclarado.
XVII
El despertar en el Destacamento fue de los que acompañan a uno el resto de la vida. Claro que eso le ocurría a los que estaban aún con ella. Los guardias se fueron desperezando y al principio cada uno iba a lo suyo, con su dolor de cabeza y tal. Pero no tardó mucho en que se oyera a uno de los más novatos una exclamación: – ¡Hostias! – y quedarse pasmado mirando en una dirección. Al momento todos se fijaron y realmente quedaron petrificados cuando vieron un enorme charco de sangre descolgándose desde la cama de Lucas al suelo, y regando abundantemente éste último además de la cama. Cuando Martínez llegó requerido a voces por los demás tuvo dificultades para asimilar lo que veía. Unos instantes quedó con la mente difusa. Peor que los demás porque se suponía que él era el primero que tenía que reaccionar, hacer algo, lo que fuera pero algo. Lo de quedarse impávido era poco resolutivo y no daba buena impresión. Pero ¿qué iba a hacer el hombre para dar buena impresión si le costaba trabajo mantenerse de pie? Realmente no le habían preparado para algo parecido. El silencio se apoderó de aquella sala-habitación. Cada uno más o menos iba haciendo sus cábalas mientras Martínez intentaba poner algo de raciocinio en lo que se haría a continuación. Todos hacían sus cábalas efectivamente. Todos hacían sus cábalas pero alguno hacía más que cábalas, porque a D. Antonio Silva Carreirizo, Suboficial del Destacamento de …bla, bla, bla,…, aparte de lo que se le pasaba por la cabeza, se le había demudado la cara y la color; y la sangre se le había ido casi como a Lucas. La debía tener toda en los pies pues estaba blanco como una sábana. D. Antonio lo tenía claro-claro. Los demás también el que más y el que menos, pero D. Antonio empezó a oír de cerca, de muy pero que muy cerca, clarines y timbales. El tercio había cambiado y, o se interrumpía la corrida por causa grave o Lucas no era el último que saldría a corretear por aquel coso. La situación era acojonante sobre todo -y sobre el papel- para Martínez. Un Destacamento de guardias armados hasta los dientes para coger desertores y rojos, en una aldea miserable y aparece uno hecho fiambre con un tajo en el pescuezo en su cama estando todos borrachos como cubas… O sea, la de Dios. ¿y, si había sido un suicidio? Allí no se movía un alma. No se hablaba, no se respiraba, …, ¡ni se miraban!. Fuera en cambio se oía el tintineo de los cencerros de los animales y las voces de los paisanos que desde el amanecer llevaban un día como otro cualquiera. No obstante a la mayoría de los paisanos – a los que no sabían del asunto- les extrañaba que en una casa tan pequeña estuvieran los guardias sin salir hasta tan tarde por muy resacosos que anduvieran. En cambio, Aurelio, Vicentín y demás, sabían bien de qué se trataba: “Costante” antes de irse les había dejado dos palos paralelos sobre una piedra, que según habían acordado querían decir que todo había salido según el plan, que gracias por el potaje que le habrían dejado en el escondite y que buenas noches. Al fin, Martínez empezó a resolver tras pensar en los innumerables inconvenientes que tendría informar oficialmente de aquello. Si lo comunicaba habría una investigación. Suponiendo que hubiera colado como suicidio: problemas. Que si por qué se suicida un guardia, que si ese método era muy extraño, interrogatorios a los compañeros, …, muy complicado. Y de lo contrario estaba claro que alguien había violado la supuesta seguridad del destacamento por lo que las justificaciones serían imposibles. Así que decidió que en el informe constaría que Lucas había desaparecido en el monte. Que se había ido de reconocimiento con otros compañeros perdiendo en algún momento el contacto y que nunca más se supo. Se podría haber despeñado y su cadáver imposible de localizar o haber tenido un accidente y acabar como pasto de osos, buitres y lobos. Raro pero digerible, sobre todo si mandaban a alguna pareja de compañeros a comprobar datos pues con sólo darles una vuelta por los alrededores se darían cuenta de que perderse con niebla o de noche realmente era muy fácil En los siguientes días procedieron a hacer desaparecer el cadáver de forma más bien poco aseada, todo sea dicho, pero lograron hacerlo sin alboroto, cosa que tiene cierto mérito. Hubiera sido un auténtico espectáculo sacarlo de la casa y que los paisanos hubieran descubierto la maniobra: La Benemérita intentando deshacerse del cadáver de uno de los suyos. “Cosas veredes amigo Sancho”. Así que lo consiguieron a costa de que el humo que salía por la chimenea durante unos días oliera raro y de que a más de uno, allí dentro, no le llegara la camisa al cuello al ver el percal. Y la versión oficial fue la que fue, aunque para ello hubo que concienciar convenientemente a todo el grupo y asegurarse de que nadie metería la pata. Ya se supondrán ustedes, y suponen bien, que los medios de concienciación no eran estrictamente democráticos. Pero la versión interna era otra; Un día, a media tarde, Martínez llamó a Silva y, a solas, le habló tratándole de usted para darle boato a la conversación que en si lo merecía. –D. Antonio –hizo un largo silencio- usted sabe de qué quiero hablar.
–Mire D. Antonio. Yo no sé nada ni quiero saberlo. Haga lo que quiera pero no espere que le ayude ni que saque la cara por usted. Si consigue lo que quiere mejor y yo me alegraría por el Cuerpo, – hizo una pequeña pausa y prosiguió con aire pensativo -No tanto por Lucas que estaba loco perdido. Y si no lo consigue, nunca diré en ningún sitio que sabía nada de esto ni, por supuesto, que he hablado con usted al respecto. Realmente sólo quería saber si estaba convencido de que había sido él y si pensaba hacer algo o no. Esto último también lo entendería. Silva en realidad no las tenía todas consigo. Por un lado tenía unas ganas indomables de ajustar cuentas con el paleto prófugo y de dejar al Cuerpo en buen lugar, así como de dejarse asimismo en buen lugar delante de sus compañeros ya que de momento “Costante” los había dejado en ridículo ante sí mismos y sin autoridad ninguna en el pueblo. Pero por otro lado tenía miedo. Un miedo al que sabía que iba a vencer de cara a los demás, pero miedo al fin y al cabo y que en su fuero interno no dominaba. ¿Quién le aseguraba que en el último momento, en la suerte suprema, no le iba a temblar el pulso?
XVIII
“Costante” tras esos primeros días después de la escabechina en los que estuvo tranquilo, comenzó en cambio a estar entre rabioso y depresivo. A ratos eufórico y a ratos despreciándose a si mismo. El asesino que llevaba dentro había vuelto a oler la sangre de otro hombre y eso no era bueno. Cuando un asesino huele sangre, recuerda. Y cuando recuerda, malo. Por otro lado el padre de familia que también llevaba dentro no le dejaba sosiego. Había matado a un hombre. A otro hombre. Pero ya no era como antañazo en África, un asunto profesional. Ahora había sido con toda su alma y ahora tenía hijos y se habrían enterado. ¿Qué pensarían?. ¿Qué les dirían sus amigos en futuras discusiones? ¡Tu padre es un criminal! Si al menos estuviera allí, con ellos, para explicárselo. Para explicarles que la diferencia entre ser un soldado de élite condecorado por matar enemigos o ser un ser un simple asesino por “motivos particulares”, sólo depende de las circunstancias y que esa diferencia pasa porque previamente a uno le hayan dado el oportuno “certificado” para matar. Y que por esas circunstancias y ese certificado la sociedad te condena o te condecora, te repudia o te rinde honores aunque el personaje que pueda estar en ambas situaciones sea exactamente el mismo. ¡Si estuviera allí abajo en el valle! En una de aquellas casitas que en los días despejados podía escrutar con sus chimeneas escupiendo el humo de las “chariegas”, con las cubiertas de pizarra y los muros de piedra; y en cuyo interior las familias viven, ríen, comen, cuidas sus crías, lloran, … incluso algunos mueren. Pero mueren junto a otros seres queridos y no como él que se sentía un muerto en vida. ¡…Y esos días tan largos…! ¡…Y esas noches tan...! Entre silencio y silencio le machacaban la mente “las cincuenta y dos palabras” del “volver a casa” que Luciana había compuesto cuando estaban en Río Muni. Aquellas cincuenta y dos palabras que, de joven, le ponían un nudo en la garganta al recordarle allí, en otro continente, tan lejos, lo que añoraba su casa. Y en cambio ahora que estaba tan cerca, tan cerca pero tan lejos, le anudaban, no la garganta sino el alma entera.
¿Qué habría sido de Luciana? ¿Cómo podía imaginar el pobre “Costante” que, casi un siglo después, ese medio centenar de vocablos serían cantados en estadios y auditorios por todo el mundo, por deportistas, políticos y españoles de toda índole, al son del Himno Nacional Español y que Luciana, como consecuencia de eso, se había hecho tan famosa como un torero mientras ustedes empezaban a conocer con estas líneas algo de la vida de aquellos primitivos del siglo veinte? Silva entretanto se devanaba los sesos pensando en cómo hacer salir a “Costante” del monte. En cómo ponerle un cebo, y pensaba y repasaba cada hecho de los acontecidos, cada gesto, cada palabra, cada movimiento, pero después de lo de Lucas … Un día, de pronto, se le vinieron a la cabeza las palabras de “Costante”: “Yo a lo único que temo es a las malas lenguas”. “…Las malas lenguas, las malas lenguas…”, se repetía Silva una y otra vez. E hilvanando una historia con otra fue tejiendo su tela de araña esperando que la mosca quedara atrapada en ella. Una posibilidad era buscarle las cosquillas metiéndose con la cría. Con Dorinda. Pero Silva quería acabar con su enemigo, no acabar de pasto para las fieras. Así que midió mejor y se buscó otro plan con las malas lenguas. Como era lógico los guardias tenían entre los paisanos gente afín a la que ir le filtrando la información y poco a poco se fue corriendo por el pueblo la semilla que Silva malvadamente había plantado. Se empezó a correr la voz de que Dorinda no era hija de “Costante” sino del argentino. De aquel cuñado al que denominaban el argentino que, aunque nacido en el pueblo, había emigrado hacía muchos años a la Argentina y que ocasionalmente volvía por allí. Había sido un amor muy temprano de “Telvina”, pero que con los años se había convertido en una escapada mental; un juego pero que no enturbiaba su relación con “Constante”. Nadie sabía muy bien lo que había habido entre ellos. Sólo se sabía, eso sí, que de muy pequeños habían tenido algo, pero luego, él cruzó el Atlántico y sobre el papel ahí había quedado todo. Esto no era del todo cierto, y es que cada vez que volvía de allende los mares algo había. Nadie lo sabía pero algo había. La gente bajo cuerda comentaba, y es que el argentino venía de fuera, embaucador, molón, moderno, con otros aires, otro acento, otros modos y en los circunloquios, el silencio en los ojos parlotea más que la lengua en la boca. Y esa semilla se estaba corriendo por el pueblo ahora, precisamente ahora que el argentino, estaba nuevamente a punto de llegar, de volver al pueblo, totalmente fuera de juego y sin saber nada de todas estas historias. Él, que pensaba que iban a ser unas simples vacaciones donde presumir un poco de lo bien que le iba la vida junto a la Pampa y en cambio podía acabar más “arrastrao” que las vocales del Cacho Castaña cuando le pedía otra al maestro Goyeneche:
Y mientras la tela de araña de Silva y la próxima visita del argentino se iban urdiendo, en la noche del ocho de septiembre del cuarenta y ocho, “Costante” en el catre, tras acostarse ya de madrugada y después de apagar la lámpara de petróleo pero sin aún conciliar el sueño, pensaba en su familia, en Fernando Poo, en Luciana y en otras cosas. Y le pareció que algo húmedo le corría por el gaznate. Y es que los hombres como él, los que huelen a bravo y miran gacho; los de andar de perro y mano de hierro; los que tiran de riñones en vez de marcar tableta de chocolate en los abdominales; esos hombres en ocasiones sienten la gorja más húmeda y no encuentran otro desahogo aunque acusen el estoque de lo puta que puede llegar a ser la vida. Ni ese estoque consigue que corran por el rostro las lágrimas de quienes no han llorado nunca; aunque ellos sí noten que se les anega el pescuezo sin saber lo que les pasa y sin descomponer el gesto ni enmendar la figura. Son hombres que se lo rumian como lo que son. Son hombres que no necesitan tatuajes porque ya tienen suficientes surcos en el pellejo. Son hombres de los de “andar hasta caer” en cuyo “manual de instrucciones” no pone que los surcos de la cara se hayan inventado para que evacuen por ellos los desechos de llantos y lamentaciones. Las lágrimas, como la bilis, “pa´ los adentros”, por los surcos de las entrañas, no por la cara. Cada cosa por su sitio, pues:
Y eso que, frisando la cincuentena, cuando los años ya no se cuentan sino que se descuentan, cuando el columpio no va de ida sino de vuelta, cuando ya no se quiere atizar el fuego sino que no se apaguen las brasas, cuando no se quiere avanzar sino mantener la posición, …ya supondrán ustedes que eso debe ser jodidillo.
© Juan Carlos Rodríguez Suárez
>>> "Costante" No quiere siesta (Primera Parte) >>> "Costante" No quiere siesta (Cuarta Parte) >>> "Costante" No quiere siesta (Quinta Parte)
© Ilustración Pedro Díaz Del Castillo |