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PREMIO INTERNACIONAL DE RELATO PATRICIA SÁNCHEZ CUEVAS
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"COSTANTE" no quiere siesta por Juan Carlos Rodríguez Suarez
(2ª Parte)
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Y a partir de ahí, a apechugar con lo que viniera. ¿Qué venía? Pues casi de todo. De momento en medio del tumulto entre guardias y paisanos se escabulló como pudo, desapareció entre las sombras de la noche que no eran pocas y mediada la misma acabó durmiendo en las brañas al calor de los caballos. Durmiendo o algo que se le parecía porque los ánimos no estaban para historias. Inmediatamente después del hostíón que se llevó el guripa, en el pueblo hubo algo de movimiento. Los picos intentaron sonsacar a los paisanos donde se podía esconder “Costante”, pero el monte es muy grande para cualquier novato y de noche infinito, así que se fueron a recomponer en la medida de lo posible el roto a su colega y avisaron a los aldeanos de que en breve se iban a ir “arreglando las cosas”. En los siguiente días se sucedieron algunos movimientos e interrogatorios en el pueblo con la intención de averiguar algo sobre por donde podían empezar a buscar al amigo, pero los paisanos la verdad es que lo tenían fácil ya que el fugitivo podía estar en cualquier sitio a cualquier hora y eso los guardias sabían que era cierto. Además acontecía otra particularidad, y era que no se podía –ni debía— comentar a la superioridad el tema porque el honor de Silva le obligaba a solucionarlo él mismo y por su cuenta, pero no de forma “oficial”, y además el honor del “Cuerpo” no permitía a Martínez dar parte a sus jefes de que un paleto le había reventado la quijada a uno de los suyos delante del resto de la población —¡qué espectáculo tan poco memorable para la Benemérita!—. Hubo entre esos “acercamientos informativos”, alguno particularizado hacía la familia de “Costante”, con la que, antes o después, él tendría que comunicarse. Pero la seguridad del éxito del asunto era tan grande que los de verde se lo tomaron en plan de sin prisa pero sin pausa. Consideraban que sólo eran cuestión de tiempo. Una vez pasados los primeros impulsos iniciales del “dejarme sólo que lo mato” se convirtió en una especie de asunto extraoficial que había que resolver para no quedar como pringaos para ellos mismos, entre los compañeros, y para parecer algo serio de cara a los paisanos. Silva y Lucas Manjón habían salido a dar una vuelta por el pueblo. Haciendo que iban a buscar agua a la fuente del Reguerón y de paso para ver si podían sacar algo de esa información. En su prepotencia y exceso de confianza se encontraron con su primer acercamiento a la realidad. Vieron cerca del reguero, comiendo algo, a Belarmino de “Casa Fontes”. Belarmino era un peculiar y buen paisano con un acontecimiento a sus espaldas muy sonado. Fue cuando se metió, porque llovía, dentro de un ataúd que estaba en la era a la espera de que lo introdujeran en la casa de un difunto para desempeñar su función. Como Belarmino tenía que esperar para dar el pésame y no se quería mojar, se metió dentro del ataúd a dormir la siesta y al rato levantó la tapa para preguntar si ya había descampado. El salto desde la tapia de la era –al ver que del ataúd salía un hombre preguntando algo— de los numerosos recién llegados para el luctuoso hecho fue muy celebrado en toda la comarca por el gran número de tullidos que en los días siguientes se iban curando como podían. Aparte de este suceso jocoso, Belarmino era hombre de gran molicie, vago como las chicharras, pero buen hombre, temeroso de los guardias y bebedor, con lo cual cogiéndolo en un momento subido de tono podía cantar o, al menos, contar algo interesante. — Buenas tardes. — Buenas tardes nos dé Dios, señores. — ¿Qué comiendo algo? — Un poco de jamón ¿si gustan? — No gracias. Aunque apetece; que aquí lo tienen ustedes todo bueno: el jamón, el pan, la cecina, los chorizos… — Bueno sí, pero mejor el jamón, la cecina y los quesos que el chorizo y la morcilla. — Bueno, eso irá en gustos ¿no? — Usted verá, pero mi padre siempre decía que “la carne en calceta, para el que la meta”. Los guardias se miraron con un arqueo de cejas que venía a ser un ¡joder con el paleto! y continuaron a lo suyo. — Bueno y ¿hay mucho trabajo en estas fechas? —Hay bastante en cualquier fecha si uno quiere o puede, pero yo aunque quiero no puedo gran cosa. — ¿Y eso? — Pues no puedo coger pesos. Dijéronme los médicos que tengo muy mal las verticales. Lo que los médicos le dijeron era que tenía mal eran las vértebras cervicales pero para Belarmino eso eran palabras muy complejas. — ¡Qué se le va a hacer entonces! A veces es mejor trabajar menos. A nosotros cuando nos preparan para esta profesión nos dicen que hay que trabajar poco y bien. Entonces Belarmino les soltó la primera andanada. — Pues ustedes no van mal. Al menos cumplen la primera parte. A los guardias ya les entró la gracia bastante torcida pero como tenían que hacer amigos tragaron el sapo y prosiguieron. — ¿Qué?, ¿ayer hubo fiesta al otro lado de las montañas, no? — Eso es. —¿Cuándo vinisteis? — Llegamos a casa amaneciendo. — ¿Unos cuántos kilómetros para volver, no? — Si. Aquí estamos acostumbrados. Acaba la fiesta y aunque sea con algo de vino acuestas, volvemos a casa en vez de quedarnos a dormir en casa de algún vecino. — ¿Y no os perdéis? Belarmino hizo una mueca de descojone y el guardia no contestó. — ¿Y andáis con esas madreñas por el monte? — Mucho mejor que vosotros con esas botas. Con las madreñas el pie no suda, no entra la humedad, no entra el frío al ir separadas del suelo, en verano no dan calor… pero como no le veo muy convencido si quiere un día le echo una carrera. — Un día probamos – pero lo dijo sin ningún convencimiento y prosiguió. — ¿Y que tal en la fiesta? — De mujeres lo de siempre. Para mi nada. —¿Habría otras cosas? — Bueno. Peleas tampoco. Y por lo demás, pescadilla. Los guardias no entendieron y exclamaron: —¿pescadilla? — Si, que no llegó a merluza quiero decirles. Ahora ya lo entendieron y rieron sorprendidos por la ironía aunque algo jodidos de que el paleto se hiciera el gracioso. Intercambiaron algún asunto intrascendente, el tiempo y tal, y fueron al grano dejándose caer con aquello de que sería bueno para él que les diera alguna pista sobre cómo encontrar a “Costante” y que nadie nunca se enteraría del soplo. Llegaron incluso a insinuar si había que pagar algo. Belarmino inició la faena con el capote de las grandes ocasiones y sin rodeos dijo: — No se confundan señores. No se empeñen en buscar a “Costante” muy lejos, ni muy cerca. Nadie les dirá nada porque todos somos “Constante”. —Antes o después algo o alguien le delatará. —Dijo Silva. —Prueben – escurrió Belarmino entre dientes desafiante. —Pues lo encontraremos nosotros. —Imposible, aunque lo tengan delante de sus narices, que ustedes lo vean. Porque aquí… —y se paró un momento. Se gustó así mismo y con un toque parecido a Cifuentes de Burning cuando decía lo de “que hace una chica como tú en un sitio como este”, espetó a los guardias entre quedo y vacilón: — … el monte somos nosotros y … Y estoqueó sentenciador: — …“Costante” es el paisaje.
XI Casi todos los malos profesores de música, se afanan por enseñar rápidamente a su alumnos el do—re—mi, los pentagramas y demás. “Constante” de música no tenía ni idea porque lo más cerca que había visto un instrumento musical eran las gaitas cuando había algo de fiesta en la aldea. Pero se había quedado con algo que le llamó la atención de una chica de servicio en África cuando lo de Río Muni. Era una muchacha que limpiaba la casa de un capitán, era novia de un compañero y que era aficionada y con talento para la música por lo que “Costante” había podido deducir. Esta mujer era Luciana, de Alicante, más concretamente de un pueblo al que denominaban Petrel. Con “Costante” no tenía nada que ver. Aunque limpiaba casas por vayan ustedes a saber qué, resultaba algo educada, como si fuera de buena familia. Muy morena, buenos modales, algo de formación musical de las bandas de su tierra pero sobre todo con cabeza para lo de la fusa y la semifusa. Siempre repetía aquello de que la vida debe ser un banco con cuatro patas: salud, trabajo, amor y saber. “Es un banco de cuatro patas que con tres se sostiene pero es menos estable, y con dos simplemente no es un banco”. Y respecto a la pata que nombraba en último lugar decía que una parte muy importante del saber era la música por lo que tenía de actuación y de silencio, de compaginación con otros, de actuación en solitario, de inicio y de fin, de medida, de armonía, de bondad para el espíritu, de calma, de tragedia… Y ciertamente la música y la armonía las llevaba en su cuerpo, en su andar, en la forma de colocarse los puños da la blusa, en todo. Sus movimientos tenían más sexy que el “Still the same” en boca de Rod Stewart. Y Luciana siempre comentaba a Constante que un instrumento lo tocaba cualquiera –a éste le parecía imposible para él— pero lo más difícil era la creación. Sacar algo de la nada. Se hicieron amigos. Al principio más por las diferencias que por los asuntos en común. Luego como suele pasar las diferencias sólo son formales y tenían más en común de lo que se podía prever. Aunque ya estarán ustedes cavilando, nunca “Costante” pensó en que se la podía ventilar porque la veía demasiado fina para él. ¡Cómo a una chica así le iba a gustar un hombre como “Costante”!. Y además era la novia de su amigo. Sacar algo de la nada. “Constante le daba vueltas de vez en cuando a aquella frase. Sacar algo de la nada. ¡qué difícil debía ser!. Debía ser como sacar un yugo de un tronco de haya, se decía. Pero ¡qué coño! Sería mucho más difícil porque el que creaba la primera música ¿dónde tenía el tronco? ¿dónde estaba su haya? ¡Qué difícil! Y compartiendo y compartiendo, Luciana siempre concluía que la nota más importante de la música, la que primero hay que enseñar, la que primero hay que escuchar, la que soporta todas las demás, la que hay que aprender a valorar antes que el do-re-mi y los pentagramas… y, la que cualquiera sabe tocar es…, el silencio. — Por qué crees que hablo más contigo que con otros –le decía Luciana. — Y yo que sé. — Pues porque te conozco mejor que a otros que me cuentan más cosas. — Si te cuento poco, poco me conocerás. — No te creas. — No te entiendo. — Con la gente hay que hacer como con los instrumentos. Hay que oírla cuando calla. Siempre hay que empezar por los silencios. La gente habla más con lo que calla que con lo que dice. Lo mayoría de lo que decimos es para engañar o para engañarnos y los que más tienen que decir o no hablan o hablan mucho diciendo nada para resguardan lo que llevan dentro. — Sigo sin entenderte pero me parece bien lo que dices. — Cuando alguien quiere crear música, no hay que afanarse en tocar las teclas. Hay que entrar en el silencio con las notas y formar parte de él. Descomponerlo poco a poco. Quererlo con nuestros sonidos. Hacer que los sonidos que tocamos formen parte de él. — Será así. —Cuando se quiere crear una música hay que empezar escuchando el silencio. Y esas palabras de Luciana martilleaban casi treinta años después la cabeza de “Costante” ahora que estaba sólo en el monte porque algo le decía que ahora que pensaba que su vida había entrado en una serenidad placentera se le había torcido y le iba a obligar a tocar una nueva música. Aquello que barruntaba tenía pinta de que iba a ser una sinfonía. Para él la sinfonía del fin del mundo.
XII Pascones también era otro elemento Antes o después se tenía que encontrar con él. Le llamaban así por ser de “Casa Pascones” de otra aldea de la comarca. Este figura era el cabecilla de los que se habían echado al monte por motivos políticos. O más bien por motivos vitales porque realmente nadie sabía muy bien sus ideas suponiendo que tuviera alguna. Pascones y sus colegas malvivían en el monte bajando a robar a los vecinos y en alguna ocasión tuvieron algún altercado incluso con algún muerto por lo que darles caza era el fin fundamental de los guardias, aunque con la dedicación que le echaban realmente era imposible que los cogieran. De hecho unos cuantos años después a Pascones le machacaron la cabeza unos primos suyos lejanos que habían bajado a la Villa a vender chotos y al regresar después de dos días de camino, se encontraron con él que, con un par, les estaba esperando a la parte alta del sendero y les pidió pistola en mano los monises. Pero en el monte todos se necesitaban y Pascones y Constante no estaban en disposición de tocarse las narices el uno al otro. Los dos sabían que se podían ayudar o hacer daño y los auténticos enemigos de ambos eran los de verde. Los primeros días pasaron ayudándose mutuamente pero la cabeza de “Costante” era un caldero hirviendo. Por un lado arrepintiéndose de lo que había hecho. ¡Qué forma de complicarse la vida¡ ¿No hubiera sido más práctico humillar un poco y dejarse llevar?. Por otro lado, ¿qué coño? ¿por qué iba a tener que aguantar aquellos aires de unos pintamonas que no eran nadie sin el uniforme y mucho menos las vejaciones de un chulángano barato con complejos varios? Se planteaba entregarse. Vivir toda la vida allí en esas condiciones era impensable. Pero entregarse significaba cualquier cosa. A los picos lo mismo se les iba la mano y él tenía hijos que se quedarían huérfanos en el mejor de los casos o con un padre imposibilitado en el otro caso. ¿Qué hacer?. Otra vez volvía a imponerse el silencio y las palabras de Luciana retumbaban en su cabeza.
XIII No le resultaba a “Costante” difícil merodear por las cercanías de la aldea. Él era el paisaje y a los guardias, las pocas veces que salían a dar una vuelta, se les veía más que a un espantapájaros en medio de un sembrado. En su ingenuidad también intentaron también localizar a “Costante” por medio de alguna incursión en el monte. Claro que aquello si que era de chiste. Un hombre auténticamente de campo cuando llueve va con gorrilla, sombrero, paraguas, o mojándose el pelo. En el monte tan importante como la vista o el olfato es el oído. Y con capuchones para la lluvia no se oye por el roce de éstos en la cabeza, ni se ve por los laterales. Cuando alguien va con capuchón es excursionista como mucho o dominguero como poco. Eso es lo que pensaba “Constante” cuando veía a los guardias subir con las armas, las botas y los capuchones a buscarle: “excursionistas como mucho o guardias como poco”. A pesar de eso tampoco quería tentar a la suerte y de momento aunque había olisqueado ceca de la aldea, la mayor parte del tiempo la pasaba en el monte. Cuando se acercaba a algún camino era porque había visto a alguien de confianza y era para charlar o traer y llevar información o algo de comida. La línea de contactos la estableció a través de gente de su confianza en la que los principales eran Nadalina de Casa Vicente, Porfirio de Casa Simón, Placer de Casa Ximones, Vicentín de Casa Roque, Sol de Casa Mayo, Amparo de Casa Xuanín y Aurelio de Casa Chaguín. Estos dos últimos como consecuencia de aquella relación acabaron casándose por lo visto y marcharon años después a buscar mejor vida a Madrid donde medio siglo más tarde dejaban a sus nietos y biznietos boquiabiertos con historias como esta y con caras de no creérselas del todo. Y ¡claro, que eran difíciles de creer!, sobre todo para los biznietos que nacidos en la época de los teléfonos portátiles escuchan absortos eso de que los recados iban por los montes de boca en boca y de fiesta en fiesta. Ahora resultaba que a lo que los abuelos llamaban recados era a lo que ellos llamaban mensajes. ¡Qué finos y qué cosas! Y “Costante” aprovechaba los múltiples trasiegos de ganado, hoja, estiércol o el desfondado de los pozos en el riego de los prados de los vecinos para que éstos le dieran algo de comida que le había hecho Telvina, para escuchar los consejos que cada uno le daba respecto a lo que debía hacer o para saber que su familia estaba bien. Esto último era lo que realmente le importaba. Lo único que le importaba. Si no fuera por su familia no estaría en esa situación. Habría resuelto el asunto con Silva de hombre a hombre y habría pasado lo que tuviera que pasar. ¿Qué mas daba? Pero con una familia de por medio y sobre todo con una hija a medio criar, aquella era una guerra desigual, aunque las reflexiones de este tipo daban igual a estas alturas. Lo que realmente había que hacer era resolver. Había que hacer algo. ¿O no? Mejor el silencio. La voz de Luciana sonaba de nuevo y ante la duda mejor el silencio y esperar. Esperar mientras atizaba la hoguera de noche para no quedarse helado, esperar mientras veía pasar el sol en algunos días despejados del invierno, esperar mientras que salía al paso de algún paisano que le ayudara con algo de comida –los de confianza llevaban siempre más ración porque aparecería “Costante” por algún sitio—, esperar mientras que se descojonaba viendo desde arriba a cuatro guardias que salían a dar vueltas por el monte buscándole a él o a Pascones y los suyos y daban tiros para que en el pueblo creyeran que habían vista a alguno –como si los paletos fueran gilipollas y se lo creyeran—. Esperar, esperar y esperar. Silencio, silencio y silencio. Pero los silencios no eran absolutos. ¡Ojalá! Y es que eran silencios para afuera pero ¿cómo podía haber silencios dentro con lo que él estaba viviendo? Y en ese run—run interior iba maquinando cómo se iba a romper el silencio, o mejor dicho cómo le iban a romper el silencio. Alguien iba a dar tres golpes de batuta y si los toques de batuta iban a ser lo que se temía, lo que el run—run le decía, casi lo único que los guardias podían hacer, entonces él tendría que entonar el Nesum Dorma. Y la forma de terminar el silencio de “Constante se la dieron los guardias resuelta. “Si uno aguanta y no toca seguro que llega otro y lo hace”. Y así fue.
XIV
Telvina volvía a casa de la huerta con una cesta de berzas al hombro. Desde lejos vio la puerta entreabierta y ya le pareció raro. En invierno la puerta abierta… Cuando se fue acercando oyó algún sollozo de Dorinda y rápidamente se dio cuenta de que había visita. Dejó caer la cesta y salió corriendo. Pero la visita ya se había ido. Según le contó Dorinda, los guardias llamaron a la puerta y preguntaron por el hijo mayor que también se llamaba Constante. Le preguntaron vagamente que por dónde podían encontrar a su padre –sabían perfectamente que no les diría nada concreto— y antes de que diera muchos rodeos le dijeron que les acompañara a la Casa—Destacamento. Se quiso hacer el remolón –sabía lo que se le esperaba—, pero le sacudieron una hostia de aperitivo, lo sujetaron entre dos y se lo llevaron.
© Juan Carlos Rodríguez Suárez
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© Ilustración Pedro Díaz Del Castillo |