El jardín de las delicias
por Benjamín Ortega
I
En el primer paso se deslumbra la pupila al divisar el mundo. Sin embargo, poco dura la paz. Poco dura la admiración de este jardín tan verde y apetecible. Puedes entrar, a la par de la curiosidad como tantos otros; todos en un punto llegan a preguntarse: ¿qué es lo que me espera?, ¿por qué no salir a explorar? Todo es tangible, la paradoja de la carne no es un sueño. Los jazmines de oro, las paredes de plata, la celeste laguna de las ilusiones, parece hecha a la medida. El engañoso augurio del reloj, el sendero colorido, que guía los corazones. La fuente eterna de las almas libres. Eso es elemento, eso es materia, eso es esencia.
II
Los años pasan sin que nadie se dé cuenta, ¿qué hiciste, oh, solitario, con todo lo que te fue dado? ¿Dónde te llevó tu naturaleza, oh, exploradora? Todo se mezcla, el fruto prohibido se transforma en mármol, rueda por los campos y se pudre sin cesar, a través del barro. El silencio se hace pájaro y los vicios son parte del ambiente. Fruto rojo, agua turbia, pasto verde, cielo gris. Juego sucio, beso álgido, canto disconforme, ¿en qué momento perdimos la armonía? ¿Será que los seres sólo buscan el poder? En fin. Esto somos ahora. Sencillas liebres que saltan por las trampas el tiempo. Fruto rojo, agua turbia, pasto verde, desierto amarillo y futuro negro…
III
Anda, vamos, eres digno de pasar. Estás ad portas de la vida. Estás en manos de la muerte. En ti está ese despertar, pero….ah, ya es muy tarde. La libertad se hizo vieja. El coraje no está ensillando su caballo. La oscuridad se ve prometedora, pero es sombría. La locura, ya no es una locura sutil. Anda, vamos, fíjate en la sangre mundana. Está hecha de esto, de dolor, de polvo, de penumbra. De un vacío tan hondo como el universo. Este, sin duda, es el jardín, el jardín de las delicias.