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Es tan corto el amor y tan largo el olvido
porAmparo Baliño Molina

  

El día es cálido, quizás excesivo para la fecha. La gente deambula despacio por los caminos de tierra del Retiro. Lúa llega al lago y, apoyada en la barandilla, contempla las oscuras aguas. Recuerda aquellas meriendas de niña en las amplias escalinatas cuando, con la excusa de dar de comer a los peces, iba dejando caer, miguita a miguita, parte del detestable bocadillo de queso con membrillo o, peor aún, de mortadela, con los que la alimentaron en su infancia.

Busca un banco a la sombra y saca su libreta de notas.

Durante unos minutos permanece absorta en el tema de su novela.

Hace una pausa y levanta los ojos. Deja vagar su mirada por entre las hojas de los árboles. El viento las mece ligeramente y los juegos de luces hacen variar los matices de sus tonalidades verdes. La vegetación está en pleno apogeo como corresponde a la estación: la primavera. Y como todos los años por esa época, vuelve a sentenciar que las primaveras son odiosas. Unas más que otras pero, sin duda, todas malas.
Fue en primavera cuando vivió la más cruel de las traiciones; cuando le asestaron la más terrible de las puñaladas. Desde entonces ya nada habia vuelto a ser igual.

Fue un diez de abril, lo recuerda perfectamente.

Llevaba desde el día uno en Barcelona y volvía a Madrid pletórica, entusiasmada, borracha por el éxito de su última novela. Con el ego inflado y la piel erizada, necesitada de caricias y de sexo; amor sin barreras, pasión desenfrenada.

Compró un vino especial en el aeropuerto mientras esperaba la salida del puente aéreo, y un perfume especial con el que se roció generosamente en el ascensor de casa.

Abrió con cuidado la puerta de la vivienda; quería darle una sorpresa. No le llamó desde la entrada, como otras veces, ni se anunció con el acostumbrado “ya he llegado”.

 Confirmó que él estaba en casa, ya que sus llaves se hallaban en el cuenco de la entrada donde ambos las depositaban.

Antes de abrir la puerta del dormitorio podía haber intuido lo que iba a encontrar; solo con que se hubiese parado un momento a calibrar las señales que fue recibiendo desde que entró en el piso: el pasillo a oscuras; el baño encendido con la puerta entornada que dejaba entrever algunas prendas de ropa abandonadas descuidadamente aquí y allá; y unos tenues ruidos, extraños ruidos, que llegaban del dormitorio.

Sigilosamente empujó la puerta. Se congeló bajo el quicio. La luz de la mesilla mantenía la habitación en ligera penumbra, por lo que no pudo rehuir la escena. Él estaba allí, en la cama; pero no estaba solo. Una negra despampanante le montaba; se agitaba sobre él casi convulsivamente. Él tenía los ojos cerrados, pero debió percibirla porque, en pleno éxtasis, los abrió y la miró directamente a la cara. Nunca le había visto tan desencajado, quizás porque nunca le había visto follar con otra o porque, cuando lo hacía con ella, no le veía desde esa perspectiva.

La información entró de golpe en su mente pero tardó en procesarla. Él también tardó en reaccionar; estaba en pleno orgasmo, el choque debió de ser brutal. Su cara pasó abruptamente del placer al desconcierto.

La negra siguió a la suyo todavía unos segundos.

Lúa ahogó un grito que sonó como un aullido, como un lamento felino, y se transformó en algo cercano al sollozo. La botella de vino cayó al suelo.

El ruido resultó atronador para los oídos de los fornicadores, para Lúa apenas un sordo rumor.

Él se quitó a la hembra de encima. Ella se giró y, al verla en la puerta, levantó las cejas en muda pregunta.

Y el que interrogó fue él.

—¿Qué haces aquí?

Estas palabras hicieron todavía más daño; contestó automáticamente y a trompicones. —Esta, es, mi casa.

—Ya. Cla… claro, quiero decir que... –tartamudeó él, mientras se incorporaba.

Quedaron frente a frente. Él con el cuerpo desnudo, ella con el alma herida al descubierto.

Pero el dolor más profundo llegó más tarde, cuando caminaba sin rumbo fijo por las calles.

La noche era cálida, de primavera. ¡Maldita primavera!

Primero emprendió una loca carrera hacia la plaza de Quevedo y luego siguió corriendo hacia el parque Santander. Solo al llegar a la verja —cuando dos corredores de verdad, de los de chándal y zapatillas de deporte, la adelantaron— se detuvo jadeante. Recorrió a cámara lenta unos metros más y se dejó caer en el césped. No le llegaba el oxígeno a los pulmones, menos aún a la cabeza. Estaba como anestesiada. No conseguía hilar dos pensamientos seguidos. Solo podía verlos a ellos dos en su cama, follando como animales. La negra despampanante y la mueca de él en esa cara antes tan familiar y ahora tan ajena.

Posó los ojos en sus pies y vio la sangre. Pequeños fragmentos de cristales de la botella de vino habían saltado clavándose en su piel. Pero no dolía; esas heridas no dolían.

Luego anduvo horas por las calles del barrio.

El teléfono no paraba de sonar en su bolsillo, sentía cómo vibraba pero no tenía fuerzas para apagarlo. No quería ver su nombre en la pantalla porque, intuía que verlo, era como remover el estilete en la puñalada recién asestada.

Y el dolor se fue instalando.

La traición era la peor de las ofensas.

Pero ¿y el azar? Si ella no hubiese vuelto esa tarde… Si le hubiese llamado para decirle que volvía… Ya nada tenía remedio. El mal estaba hecho.

Ahora solo quedaba recoger sus cachitos. Recomponerse como pudiera.

No volvió a casa. Se marcho unos días fuera de la ciudad.

Él no paró de llamar. Ella no le cogió el teléfono.

Regresó una semana más tarde. Recogió las pertenencias de él y le mandó un mensaje:

“Tienes tu equipaje hecho, puedes venir a buscarlo. No quiero verte. No quiero ver tu cara que ya no reconozco. No quiero que me llames. Olvídate de mí. Yo ya te he olvidado.”

Luego cogió de nuevo su bolsa de viaje y se mudó un par de días a casa de una amiga, para no topárselo. Al tercero volvió. Sus cosas, las de él, ya no estaban. Solo una nota en la entrada, en el bol de las llaves:

“Espero que un día puedas perdonarme. No sé qué me pasó, no tengo disculpa...”

No siguió leyendo; la rompió en mil pedazos, tantos como él había roto su corazón.

Durante meses, cada noche al acostarse, hacía un ejercicio de visualización. Le veía solo, derrotado, llorando su pérdida, echándola de menos, arrepintiéndose... Y esta imagen la consolaba.

Bastante tiempo después supo, por un amigo común, que la situación en la que se encontraba era muy similar a la que ella le había augurado. Su venganza se había cumplido, pero ya no le importaba.

Cada año, por las mismas fechas, despotrica contra la maldita primavera que, con sus primeros brotes, le hace revivir el daño infligido por la traición, y espera ansiosa la estación en la que se suicidan las hojas al sentirse amarillas; porque es tan corto el amor y tan largo el olvido....

Sacudiéndose tan sombríos pensamientos, Lúa guarda su libreta de notas –ahora llena de garabatos inspirados por el subconsciente— y levantándose del banco echa a andar con determinación. ¿Acaso es ella una de aquellas hojas mecidas por el viento?

 

 

A todos vosotros

H o m e n a j e  a  Pablo  N e r u d a

 

60ariadna