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    diez y seis verano

PORTADA :: EL HILO ::  EL LABERINTO

 

Todas la claves y el símbolo 

VersO

 

habitación 215
sueño con cuchillos
por Eduardo García

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la mujer descalza
por Jesús Urceloy

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plenitud/país poético en rochester
por José Luis Rey

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un hombre afila un cuchillo
por Takamura Kotaro Traducción de Jesús Urceloy y Rafael Pérez Castells

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aníbal núñez siente la traición y jura
por Luis Felipe Comendador

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en desbandada
por José Luis Morante

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el cáncer de las mariposas
por Juan Manuel Navas

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caracol/enfermero benítez
por Alejandro Méndez

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y yo ¿qué?/no te engañes
por Rafael Pérez Castells

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No sé qué hacer con él
por Álvaro Muñoz Robledano

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delirio del nonato
por Pablo Sánchez Herrero
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surge mi luna
por Ignacio Argüelles
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Mil puños, mil brazos
por Fernando Olszanski

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Monólogos de los románticos perdidos
por Julio San Francisco

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María
por Yvette Guevara

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Amadís de Gaula
por Antonio Polo

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Antelación
por David Torres

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Árbol de nubes
por Pedro Díaz Del Castillo

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Fedra en las playas dormidas
por Arturo Borra
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De género tonto
por Antonio Paniagua
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SALINGER EN LA PICOTA
por David Torres

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LETra.electróniCA.uno.cero
revistas.tres.electrónicas
por Pedro Díaz Del Castillo

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LAS BACTERIAS DE ALTAMIRA
por David Torres

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LA BOLSA DE PIPAS
Revista Literaria bimensual.
Mayo de 2002. Nº 33

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EL LABERINTO DE ARIADNA
Pliego de poesía. Publicación Trimestral.
Nº 2. Primavera de 2002

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POLLOS EN PELOTA
por David Torres

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Juan Goytisolo, un apunte
por Ignacio Arguelles

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m2gh34·inicio

 

habitación 215
por Eduardo García



La habitación 215
da a un vasto territorio sin fronteras.
Quién lo iba a decir, con esos cuadros
tan fúnebres que manchan las paredes,
arrugas en la cama, el polvo y esa luz
hostil, de sanatorio, cegadora.
Y sin embargo entramos y de pronto,
en virtud de qué magia yo no sé,
los reducidos límites del cuarto
se desplazan, rebosan, van más lejos,
qué alegría, qué sol, qué hábito de espumas,
qué atareada multitud, qué vértigo:

el joven funcionario que se afeita, dispuesto a incorporarse a su destino,
los niños que se asoman al balcón, temblando de impaciencia: los
            bañadores puestos y el mar en la mirada,
dos ancianos se dan las buenas noches con ternura sencilla y con verdad,
los jóvenes amantes que desnudan en su propio temblor el eco de otra piel,
el viajante que insomne repasa la jornada: cuando cierra los ojos  puede               entrar a hurtadillas al cuarto de sus hijos, vela su sueño en plena               soledad...

Todo ocurre a la vez, todo convoca,
afán, gesto, designio y fiebre súbita,
nos hermana en un tiempo simultáneo:
la dicha de ser hombre entre los hombres,
la dicha de estar vivo y ser uno con todos,
entre la muchedumbre una mirada,
respirando la vida en este cuarto,
entre los blancos muros abatidos,
más allá de la puerta y el letrero:
habitación 215.




sueño con cuchillos


Camino por un bosque de cuchillos.
Sus mangos enterrados
levantan la amenaza del acero,
sus filos apuntando hacia mi vida.
Avanzo con cautela, sin saber
adónde me dirijo. El aire borra
a mi espalda mi rastro, lo confunde.
Al eco de mis pasos
se vuelven los cuchillos hacia mí,
girasoles de sombra agazapada...

Despierto. Abro los ojos. Todo en orden:
el vaso en la mesilla, tu cuerpo junto al mío,
la casa en calma. Es el amanecer.
Vuelvo a cerrar los ojos, miro adentro:

Un bosque de cuchillos me contempla.
No es el bosque del sueño. Tiene una luz más honda
y conoce mi nombre y su penumbra.
Sus filos brotan hacia mí, el clamor
del acero:

                la angustia de los días
transcurridos a ciegas por un túnel
en la lenta tortura del reloj,
el pavor de las noches
aguardando el gemido de un teléfono:
noticias de una vida
suspendida entre luz y oscuridad.

Y de pronto el silencio.
Se reflejan mis ojos en sus hojas.
Suena el teléfono:
                    Saltan
sobre mí.

 

Eduardo García (Sao Paulo, 1965)

 

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m2gh35·fin

 

m2gh34·inicio

 

la mujer descalza
por Jesús Urceloy

Para Juan Manuel Navas.



Un río ha entrado en la ciudad.

Un río profundo y caudaloso, inmisericorde y sucio ha entrado en la ciudad:
lo ha hecho desde el Sur, en dirección contraria,
desde la casa de una mujer descalza que vive en las afueras,
desde los barrios altos hasta el bajo Norte de las casas del Rey,
hasta los apartamentos de los taxidermistas,
hasta las cuevas de los jubilados.

Ha entrado sin pedir permiso, ignorando el edicto del alcalde
que prohibe –expresamente- la humedad, la ignorancia, la pobreza:
sin consultar el orden natural del día a día,
sin importarle una huelga de actores que estaba colapsando el mes de
                junio,
sin importarle una carrera doméstica y el baile regional de algunos
                periodistas,
sin importarle que la mujer descalza hubiera salido a contemplar zapatos
                y puestas de sol.

Ciego, perverso y solo ha entrado en la ciudad.

Mientras, la mujer descalza ha comprado unas botas negras de ante
                viejo y las contempla en la calle columpiadas ante el sol,
las mira con el amor de los violentos,
ese amor del que aprieta el cuchillo ajeno en su propia garganta y ayuda
                a degollar mientras insulta,
ese amor pequeño que esconden las niñas en las muñecas sin ojos,
que nunca se hace adulto amor,
que atraviesa el reloj de la primera comunión de los niños y ensarta a
                los padres masculinos y pudientes.

Así mira esta mujer sus botas nuevas mientras el río avanza.

Al principio los reporteros de los hospitales le preguntaron al río la
                procedencia del sueño, si se soñaba más allá de la muerte de
                los otros.
Pero era un río innecesario, y los ríos de esta naturaleza sólo responden
                con el abrazo del hambre.
Más tarde llegaron los cronistas de las iglesias y preguntaron por el
                origen de la palabra "origen" hasta que el agua sucia les cubrió
                con el amparo de los sin techo.
Al final, casi a la tarde última, llegaron los corresponsales de las
                lavanderías y afirmaron ante el río su hambre de carne joven
                con el trofeo alado de los epitafios y la gloria.

Esta vez, sin embargo, el río ascendió lentamente para así ahogarlos con
                dulzura.

La mujer bajó la cabeza mientras todos dormían.
Bajó la cabeza ante los que velan a los muertos y beben del santo óleo
                de las televisiones:
su cabeza hasta la turbia necesidad del desencanto.
Bajó los ojos ante el río, que apartaba sus dedos simples de los de la
                mujer cuando esta intentaba un paso.
Que cubría el prudente millón de muertos para que toda ciudad respire.

La mujer descalza que abraza unas botas de ante viejo está apedreando
                la zapatería.
¿No la veis? ¿Acaso no veis que está apedreando la zapatería?

¿Qué hacen los muertos que no salen a flotar?
¿Qué hacen todas las mujeres del mundo que no salen a apedrear las
                zapaterías?

Jesús Urceloy, (Madrid, 1964)

 

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m2gh35·fin

 

m2gh34·inicio

plenitud
por José Luis Rey

 

 

Cuando murieron los poetas ingleses y franceses 
la rosa florecía.
Cuando murieron los húmedos poetas alemanes
la rosa florecía. 
Cuando murió Montale y el cielo se llenó de diamantes asmáticos
la rosa florecía.
La rosa florecía
cuando murió también Whitman el núbil. 
Verde siempre el vestido de este aire. 
Yo vivo con la rosa que no muere.

país poético en rochester

 

Cuando la tierra sea poesía 
volaremos despiertos por detrás de las nubes
habrá una estrella en todos los tejados
y veremos las cosas que hasta entonces no vimos
la luna rubia baña los hoteles 
hay una fiesta en el ático muchachas con los ojos de cerveza 
bailar con ellas mientras se hunde el mundo 
en la violeta claridad de junio
con monedas de espuma saltando en el bolsillo deseando llegar 
y contar la aventura a los amigos mirad este es el cielo
os haré un mapa con palabras verdes 
aquí está la verdad aquí está la belleza cuidado con el bosque 
seguid este camino para entrar en el oro
aquí está la ciudad donde es imposible morir 
comprad su luz famosa 
llamando a las ventanas llegar tarde después 
nuestra vida empapada por la lluvia naranja 
ya lo veis ya lo veis 
os dije que podíamos cantar 
y entraremos cansados de volar 
en una casa llena de manzanas 
donde todo es muy lento y el mar aún no ha nacido
todo eso será cuando vivamos
cuando la tierra sea poesía 

 

José Luis Rey (Puente Genil, 1973)

 

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m2gh35·fin

 

m2gh34·inicio

 

un hombre afila un cuchillo
por Takamura Kotaro


Traducción de Jesús Urceloy y Rafael Pérez Castells

 

En silencio se está afilando un cuchillo.
Aunque el sol se hunde ya, aunque ha caído la noche, se está afilando             un cuchillo.
Las dos hojas firmemente sujetas, renovada el agua que enfría la hoja,           el cuchillo vuelve a ser afilado.
¿Para qué estará destinado en la tierra?
Como si ni siquiera supiera eso,
concentrando la intensidad del momento bajo las cejas,
detrás de las hojas verdes, el hombre afila un cuchillo.
Poco a poco se rasgan sus mangas,
su bigote se vuelve blanco.
¿Resentimiento? ¿Necesidad? ¿Vacío?
Este hombre es incansable
¿Estará persiguiendo el enésimo grado?

 

Takamura Kotaro (1883-1956)

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m2gh35·fin

 

 

m2gh34·inicio

 

aníbal núñez siente la traición y jura
por Luis Felipe Comendador


 

No voy a matar más de lo que puedo
porque de verme dios estoy cansado.
Quizás me ahogue despacio en vino añado
en un rincón de bar tranquilo y quedo.

No voy a matar más a lo corsario,
porque el brazo cansa y duele el dedo
de tanto disparar. Y ser Quevedo
me gusta mucho más que ser sicario.

El miedo que te ofrezco está en mi boca
porque hoy cambio las balas por palabras
que no saben de amigos ni banderas.

No voy a matar más, aunque no es poca
la amenaza de herirte. No me abras
porque sé que otro tiene tus caderas.

 

Luis Felipe Comendador (Béjar, 1957)

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m2gh35·fin

 

m2gh34·inicio

en desbandada
por José Luis Morante

 

Y quien personifica el sinsentido
de las escaramuzas ilusorias
que dormitan conmigo
es ese miliciano en desbandada,
oculto en la penumbra de un túnel vegetal.
  Sus ojos apagados
tallan al enemigo en el punto de mira.
Una lesiva angustia lo encadena,
desvanece y anula su venganza
y hay una transición en cuesta
desde la contundencia hacia el desánimo
porque el temblor facial
que percibe en el otro
es el reverso de su propio miedo,
su imagen invertida.

En cada pérdida soy un desertor.
El frío deja inerme;
parece el uniforme porosa desnudez.
Presagia la mañana un largo exilio.

 


José Luis Morante

 

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m2gh35·fin

 

m2gh34·inicio

el cáncer de las mariposas
por Juan Manuel Navas

 

       
uno

En los palacios de lo temprano y lo que está a punto para caer en las
        manos equivocadas, resuenan los abrazos de los aprendices y todas
        sus cocinas preparan fiestas a las que nadie ha sido invitado.

Hay muchachas blancas reinventando la lluvia en los soportales del miedo
        y del voto, que sacuden de sus cuerpos las piernas, las mejillas.

El desconcierto de los que pasan por el camino ardiente de la tarde.

La música vencida.

Es difícil la búsqueda y el encuentro cuando los minerales se han
        adueñado de todas las haciendas, cuando no hay más acordes en los
        salones abandonados.

Las muchachas blancas tocan la lluvia reunida en sus bocas, dispuestas
        siempre a aprender la cocina sin voto de sus madres, de sus madres.





dos

El esmalte, las persianas, el esmalte rojo y cansado sobre el cáliz, la tarde abierta, el perro, las canciones conocidas suenan, la casa o las ventanas, la ceniza, la luz de la ceniza dejada por los ausentes, los abrigos vacíos, la calma, el vaso, la sombra rota del vaso, lo limpio, y lo seco, la entrada imposible, los invitados vestidos en caliente alteración de lo húmedo, las
puertas, la hija del relojero, los abrigos repletos de espuma, el sacerdote, la fuente de azúcar, la calma, los deseos, nosotros, la despedida.




tres

Por la misericordia morirán los deudores de lo respirado, y más que la
         gratitud o todos los nombres de mujer, recordarán en el último grito la
         absolución que afloja sus tendones.

De sus felices portadores, a hombros de sus fuertes e inquebrantables
         amigos, verán renacer el sentido de lo justo y nunca más se
         preguntarán qué azar deshizo su camino para ser festín sobre las
         bandejas que nos llegan, manchadas de agua y sal, de especias con
         cuya indigestión más valdría no ahuyentar los besos de las hijas, los
         labios de las hijas de quien nos hospeda y honra.

Por el deseo verás tú mismo si esperas cómo crece tu deuda hacia el
         estertor y la gula, agradecerás que los vestidos se descompongan en
         el tiempo designado para el lavado de manos y otros utensilios más
         duros, más apropiados para cortar el viento y sus postres.





cuatro

Dos veces al menos volvieron a servir la carne muerta sobre los platos.

Las delicadas comisuras de los labios se abrieron, estirando hasta el dolor
        su blanda piel de aniversario.

El soldado desconocido se persigna y sospecha, no sin razón, de su vecino
        de mesa. Ha creído oír que la destrucción es una forma del deseo,
        materia de discusión en seminarios y tabernas.

Piel de animal de agosto, piel detrás de las orejas, piel tostada y untada
        con la grasa de los altos robles que han sido talados, por favor, que
        alguien me pase la sal o el brazo por los hombros, pero el soldado
        desconocido observa con perplejidad, cada vez más visible, la carne
        muerta de sus antepasados servida en frío.

En finísimas lonchas dos veces al menos.




cinco

Hay unos pocos invitados, y ahora que puedo oler su miedo sé que siempre        pertenecieron a la estirpe de los que son convidados, hay unos que se
      han apartado casi a escondidas y escuchan su propio discurso con
      recelo.

Se tocan los huesos unos a otros como si fueran violines de plástico
      perfecto. Añoran la casa de los abrigos recientes, y se olisquean el culo
      con el miedo de las niñas a los enanos de generosa inclinación por lo
      húmedo.

Y si apagáramos de pronto todas las luces, el préstamo y la cacería, la sed
      y los inventarios equivocados, sabéis bien que hundirían su reputación,
      donde el desprestigio no es más que la noche calurosa de los autos de
      fe, eso sí, perdida.

Busquemos ahora un sinónimo de manjar y reunamos de buen grado a los
       ausentes por muerte natural y por la otra, para prevenir del cáncer a las
       mariposas jóvenes.


 

seis

Las pequeñas manzanas rojas que los amantes abandonan encima de una         mesa bien preparada, olvidando la promesa de su carne.

El sabor siempre inacabado y las nueces casi amargas, rotas en todas las         direcciones del tiempo, el olor de la escarcha disuelta en los postres.

Todos los que dan cuenta del tedio, del paso silencioso del deterioro por la         piel, aún intacta, de los amantes.



 

Juan Manuel Navas

 

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m2gh35·fin

 

m2gh34·inicio

 

caracol
por Alejandro Méndez

 

 

Un caracol,

enterrado
en la arena,

insiste
sobre
su propia
forma.

Se apropia
para sí,

del contorno
impreciso del
mar.

 

enfermero benítez

 

El enfermero Benítez
elige
sus víctimas:

jóvenes deportistas
de los suburbios,

que a modo
de retablos vivientes

despliegan

enormes superficies
baldías,

perfectas

para el aguijón pictórico
de Benítez

que devuelve la gentileza
en forma de tatuaje
" in extremis ".

Su dispensa
final:

colgar
las prendas íntimas
de los muertos
cual móviles
infantiles.


Alejandro Méndez (Buenos Aires, 1965)

 

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m2gh35·fin

 

m2gh34·inicio

y yo ¿qué?
por Rafael Pérez Castells

 

Y yo ¿qué?
O es que acaso abducieron mi cuerpo
y sólo queda el pene y la lengua;
la serpiente y la lanza.
Para ti se agostaron los trigos.
las aguas se cubrieron de aceite y espuma.

Y yo ¿qué?
O es que acaso te debo la espera,
permitir que en mis campos construyas alambradas,
que en mi agua viertas la amargura.

¡Nada de eso!
Voy a sembrar un bosque imposible en mi vientre
y en mi espalda abriré cataratas.
Voy a buscar la bestia que habite esa selva.

 

no te engañes



No te engañes
El amor es posible.

Aunque sólo te encuentres
hombres de hierro
con pieles erizadas
de púas y clavos.

El amor es posible.

Aunque todos los brotes
aparezcan marchitos
y solamente quede
humedad en las lágrimas.

No te engañes.

El que tú no lo sientas
nada cambia.
Hay testigos que afirman
haber enloquecido.


Rafael Pérez Castells (Madrid, 1955)

 

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m2gh35·fin

 

m2gh34·inicio

No sé qué hacer con él
por Álvaro Muñoz Robledano

 

Hoy he despertado entre astillas, como en aquellos cuartos de pensión
             de tantas otras veces.
La espalda dolorida como una pregunta, como un error trabado en vanos
             y puertas.
He despertado como si despertara, como si abriera los ojos y encendiera
             la luz.
Las uñas han roto la piel como un velo rasgado por un arco de violín.
La mañana ha siseado de larvas y cenizas, de grifos, de respiración.
He despertado cuando no se me esperaba, como en aquellos cuartos de
             pensión.
Hoy podría llover.
He recorrido el pasillo en silencio.

 

***

 

Puedo contemplar cuanto no tengo como si observara una fotografía al
                trasluz.
Ver como se disgrega el callejón de cada momento,
el callejón de armarios y tazas, de relojes y cromos cuarteados.
El día llega por este lado y envejece en unos minutos, anhelante de
                sombras.
Hay algo de océano en la ventana a pesar de la lejanía.
A veces creo que puedo contemplar la marea, su danza.

 

***

 

No se despide quien volverá luego.
Quien sube al coche y se incorpora a la carretera entre autobuses y
             pronombres,
entre bostezos y noviazgos indelebles.
Quien descubre cuarenta minutos incomprensibles en sus manos
             y finge.
Finge su cigarrillo y su reloj.
Finge una almoneda de cucharas y vajillas cenicientas,
de tiras de cuero y cuchillos insípidos.
El trayecto que ante él se extiende y la duración del día.
No se despide quien regresará tras haber fingido.
Nada he dicho yo al salir.

 

***

Mientras ella dibuja sobre su vestido el vestido que debe llevar hoy.
Mientras siente aún el sabor salado de las sábanas,
el bastidor de sus brazos enmarcando su cuerpo como si lo delatase.
Y mientras cada labio azota al otro.
Mientras crecen las uñas.
El pelo alborotado como páginas arrancadas.
Mientras imperceptiblemente se vencen las alcayatas que sujetan el espejo.

 

***

 

(W.C.W.)

Nunca se sale indemne de una llamada por teléfono,
ni de una pieza de fruta en la comida,
ni de una avispa observada a través del cristal.
Nunca se deja de escuchar una conversación ajena;
no hay aguja que no duela en un análisis,
ni queda ningún televisor por encender.

 

Álvaro Muñoz Robledano (Madrid, 1965)

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m2gh35·fin

 

m2gh34·inicio

 

delirio del nonato
por Pablo Sánchez Herrero


I

Fue un plenilunio nuestra fe en nosotros,
abreviada forma de esperanza: fe.
Incompleta forma de felicidad. Ahora
ha de llegar el no creer en ninguna de las dos fortalezas
que están construidas de muros adentro,
en ninguna de las vísceras que nos unen.

Mi corazón te imita. No te asustes,
pues despertaré; duerme, que yo velaré tu paz.
Y nunca lo creeremos.

II

Qué hacer si cada mañana es una idea destruida.
Si el norte gira silencioso bajo unos pies, los míos.
Sí tus pies vuelven a un principio reconstruido para el despiste,
para la desesperanza, para este forzado ateísmo
que odio como al barranco.

Un deslunado, patio interior de cal fresca,
fue la realidad de nuestro descrédito. Ahora
no hay dios a quien ladrar ni paraíso
en como ser hecho cierto.

Valgan las válvulas de exceso, válgannos de analgésico.
Yo no deseo escribirte, Pablo, yo no deseo apretar la mano
para que todo el brazo se llene de arañas diminutas.
Yo no deseo, Pablo, soñar con un niño al que le quitan los zapatos,
le crucifican y se los vuelven a poner.
No deseo ver como es mostrado ante sus padres.

No veo rostro en pena, solo fingidores.
No veo piedad en ti, Pablo.

Durante un tiempo he visto hombres y mujeres cojear
al instante que hay en nuestro encuentro.
Después yo daba la vuelta y corrían riendo.
Sobre todas las cosas inertes, yo no deseo
que la poesía sea un diario. No quiero convertir el arte
en oración indeterminada.

Sobre todos los vivos, yo lo siento.

Mi corazón será cierto a mediodía,
pronto formaré parte de vosotros. Pronto balbucearé:
- men - ti - ra -


 

Pablo Sánchez Herrero (Salamanca, 1977) Se licenció en B.B.A.A. y ganó el segundo premio en el concurso de cuentos "Espacio Joven" 2001 del Ayuntamiento. de Salamanca. Es un parado más adicto a los trabajos basura y a la poesía.

 

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m2gh35·fin

 

m2gh34·inicio

surge mi luna
por Ignacio Argüelles

 

 

Moras blancas como larvas rojean entre las hojas.
Saldré afuera y me sentaré de blanco como ellas,
sin hacer nada. El verano rodea sus botones.

Este parque es carnoso de pétalos idiotas.
Flores blancas de la mar se elevan, se vuelcan,
proyectan una redonda sombra al morir:
una plataforma se dirige hacia abajo,
su cola en forma de abanico,
es blanca.

Vocación suficiente:abrir,cerrar
pétalos blancos,
colas blancas en forma de abanico,
diez dedos
blancos.

Es suficiente para las uñas de la mano imprimir medias lunas
rojas en palmos blancos que ningún esfuerzo vuelve rojos.
El blanco avanza como una contusión hacia el color,
y el otro colapsa...

Las moras enrojecen. Un cuerpo de blancura
se pudre, y huele a podrido bajo su lápida,
aunque el cuerpo camine fuera envuelto en linos limpios.

Huelo aquella blancura aquí, bajo las piedras,
donde pequeñas hormigas hacen rodar sus huevos,
donde
se engordan las larvas:
la muerte puede blanquear el sol y perderlo...

La muerte blanquea en el huevo y fuera de él.
No puedo ver color alguno para esta blancura.
Blanco:es una idea de la imagen.

Me canso imaginando mares blancos
elevarse desde una raíz de roca
como las fuentes que se construyen
contra la pesada imagen de su caída.

Andrea, madre huesuda, esforzándose
entre las estrella blancas encajadas,
tu cara de candor
corta carne blanca hasta el hueso blanco:
tú que arrastras pegado a tus talones a nuestro antiguo padre,
con la barba blanca.

Las moras purpurean
y sangran. El blanco vientre aún debe madurar...

 

 

 

Ignacio Argüelles

 

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