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MARATÓN
por David Torres
En algún momento, en algún momento debió de haber extraviado el camino, si es que era un camino, si es que esa lengua de barro seco que se deslizaba bajo sus pies, batido por el rítmico golpeteo de las suelas, era un camino, porque podía ver rastros de neumáticos, coches y bicicletas, pero no huellas recientes ni señales, así que era posible que, después del avituallamiento, se equivocara al tomar uno de los ramales, cuando partió en dos la carrera como hacía siempre, sacando de repente su larga zancada, marcando el ritmo implacable que lo alejaba irremediablemente de sus perseguidores, el ritmo que él llevaba grabado en el recuerdo de las palabras de su padre, corre, corre, Owu, una voz demasiado vieja como para seguir viva pero cuyo fantasma animaba el tam tam de las zapatillas, el largo golpear de los pies que le había alejado de los tambores y la miseria del poblado africano, y podía recordar, mientras corría, las palabras de su anciano padre mientras le miraba con una mezcla de tristeza y de rabioso orgullo, los ojos brillando en medio del negro y torturado rostro mientras le cogía de los hombros y le repetía que iba a ser el primer hombre que saliera del poblado, el primero después de siglos, después de los esclavos que fueron arrastrados desde la costa hasta una isla lejana llamada Zanzíbar y luego a otras islas inconcebiblemente lejanas cuya existencia ni siquiera alcanzaban a imaginar, pero él no iría encadenado con grilletes en los pies, no, él no iría en una larga fila de hombres que se empujaban unos a otros y que andaban tropezando unos con otros, entorpecidos por el tiro de la cadena mientras morían extenuados, mientras cruzaban selvas y desiertos y ríos para acabar amontonados en vientres de madera malolientes y húmedos que ni siquiera sabían que eran las bodegas de los barcos que los transportaban al otro lado del mundo, convertidos no en esclavos ni en animales ni en cosas, en menos que animales, en menos que cosas, no, él no llevaría cadenas en los pies ni las manos atadas con una cuerda, decía su padre, él no andaría con los pasitos cortos de los esclavos sino que correría con un número pegado a la camiseta por calles desconocidas, atravesaría las entrañas de piedra del nuevo mundo con un número pegado en el pecho y en la espalda igual que había atravesado las largas praderas de África con el torso desnudo, una aleación de viento y huesos y sudor entrenándose en la distancia de una antigua carrera llamada maratón, llamada así en recuerdo de una batalla griega, en honor de un soldado que murió reventado sólo por llevar la noticia de una victoria, igual que él había corrido desde la miseria hasta su primera victoria, corre, corre, Owu, estaba oyendo la voz de su padre la primera vez que entró en un estadio y cruzó la meta y alzó los brazos desgarbados y escuálidos entre el estruendo de los aplausos, corre, Owu, corre y no vuelvas jamás, había dicho su padre, y él le había obedecido, había puesto mares y años de distancia entre su pequeña aldea abrasada por el sol y sus pies incansables, el dorsal a la espalda y la cinta de la meta al fondo, las habitaciones de hoteles equipadas con aire acondicionado, las mujeres blancas que le pedían autógrafos, todo, todo, la comida, el dinero, las mujeres, condensado en la voz de su padre y en el ritmo implacable de las zapatillas, ese tam tam que lo alejaba cada vez más de su pasado, el golpe de ese corazón que resonaba en el interior de su pecho, cómo se llamaba ese soldado, cómo se llamaba ese soldado, resonando también ahora mientras caía en la cuenta de que se había equivocado, en algún momento, en algún momento se había confundido de camino, era el problema de llevar tanta ventaja a sus rivales y de no conocer bien el terreno, pero él no podía dejar de obedecer el mandato de la sangre, corre, corre, Owu, el corazón que llevaba en el pecho marcaba la cadencia a los pies y el tranco de la sangre, pero la sangre sólo tiene un camino, del pecho hasta los brazos, del corazón hasta los pies y luego vuelta, otra vez arriba, igual que la maratón sólo tenía un camino, hacia delante, hacia la meta donde le aguardaban los fotógrafos y los masajistas y los ojos de una mujer blanca a la luz de las velas y el agua, el agua que le faltaba ahora en la boca mientras no dejaba de correr, un negro sudoroso con un dorsal a la espalda cruzando un yermo solitario, muy semejante al yermo que había cruzado ese soldado griego cargado con sus armas antes de dar la noticia de la victoria y caer reventado a los pies de su gente, a él también le habría gustado volver ante su gente y llevarle noticia de sus victorias, pero su padre le había dicho que no volviera, que no se le ocurriera volver, y por eso él seguía corriendo aunque era evidente que la carrera habría terminado hacía un buen rato en otro lugar, la cinta cortada por otro y los aplausos y los fogonazos de los fotógrafos para otro, aunque él seguía corriendo acatando la orden de la sangre, los decretos imperiales de la sangre, un mandato ancestral que empujaba sus tobillos renqueantes y sus rodillas trémulas más allá del cansancio, más allá de la meta, corre, corre, Owu, aunque los pies parecían ya parte de la tierra de la que intentaba alejarse a cada paso, la misma tierra que se quedaba pegada a sus zapatillas y la luz que caía desmayaba sobre la tierra señalaba el comienzo del anochecer, la hora del crepúsculo que en otro lugar hubiera significado la ducha y el masaje, pero que ahora sólo era tierra y oscuridad y fatiga y una ciega inercia por seguir hacia delante, mientras una vaca, perdida en mitad del campo, le miraba con una lenta y milenaria indiferencia ramoneando un fantasma de hierba, una imagen que le golpeó en algún fragmento de la memoria, junto a las palabras de su padre, aunque era evidente que ya no podía ganar, que su entrenador le estaría buscando en la línea de llegada, preguntando a los jueces y a las cámaras de televisión si habían visto al hombre negro que seguía corriendo solo, intentando no pisar los desperdicios y los trozos de loza amontonados en la penumbra del anochecer, en la cuneta del camino, si es que era un camino, si es que esa lengua de tierra seca perdida en los arrabales de la ciudad era un camino, intentando no cortarse con las latas oxidadas que se habían descolgado del vertedero, ignorando el mal olor que emanaba de unas chabolas cuya precaria construcción le trajo otro recuerdo recién desenterrado, y fue entonces cuando el corazón dijo basta y el cansancio pudo más que esa voz vieja que le gritaba que corriera, dio todavía unos últimos extenuados pasos y levantó una inútil nube de polvo mientras la gente de las chabolas salía a ver qué pasaba, un grupo de negros flacos y de mujeres negras con niños en los brazos que preguntaban qué hacía aquí, quién era ese otro negro que se llevaba las manos a las rodillas y abría la boca para tomar aire, no para hablar, no para darles ninguna noticia, porque no sabía qué noticia darles, de qué victoria hablarles, y le pareció reconocer al niño que se agachaba junto a la bomba para llenar un cubo de agua, corre, corre, Owu, y supo, jadeante y chorreante de sudor, con un escalofrío de pánico y de añoranza irremediable, que había vuelto a África.
David Torres. "Maratón" forma parte del libro colectivo "Lavapiés",
publicado en 2001 por la editorial Ópera Prima
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"Algo harían..."
por Antonio Polo29/11/00
São Paulo (Brasil)
Avenida del Brasil. 29°C y 93% de Humedad Relativa. 8:10 p.m. Un coche patrulla se detiene sobre la acera ruidosamente. Un policía con gafas de sol y uniforme impoluto desciende del coche y pistola en mano detiene a dos niñas que no habrían cumplido aún los trece años. "Algo harían..." es lo que parecen pensar la mayor parte de los transeúntes, pero ¡qué? me preguntaba yo. El policía apuntaba hacia el suelo un revólver de cachas negras mientras las meninhas no se inmutaron en ningún momento. Si no fuera porque el agente estaba uniformado, o por ese sórdido detalle del revólver, cualquiera hubiera pensado que aquellos proyectos de mujer eran conducidas a alguna fiesta de rancio abolengo, tan famosas en la sociedad criolla, o tal vez que aquel individuo cuya espalda contenía toda la humedad de la onerosa São Paulo, las llevaba de vuelta a casa después de una encantadora jornada de silva lección. Pero aquellas niñas no portaban libros, ni su indumentaria las hubiera delatado como alumnas del "Colegio Nª Sª de María Jesús". Sin embargo, "algo harían". Quizá envidiar aquel traje de novia inmaculado del escaparate. Y es que cuando no se tiene siquiera derecho a soñar, mientras se soportan malamente los 29ºC con 93% de humedad relativa a las 8:10 de la noche, y el ambiente se empapa en la camisa azul de cualquier agente en São Paulo no hay excusa posible. "Algo harían..." Y esa respuesta que en silencio pronunciaban a un metro de distancia los parroquianos de un restaurante mexicano, harto poblado a esas horas por hombres que apuran una descomunal cerveza, hizo que me petrificara sobre aquella asquerosa acera. "Algo harían..." parecían también decir el viento que arreciaba y la tormenta que se descargaba sobre la miserable Avenida del Brasil. Pero qué. ¿Qué delito habían cometido sino contemplar ese fabuloso escaparate? "Ninguno. Nada habían hecho aquellas mujercitas" sino tener doce años y soñar con príncipes y castillos una noche de noviembre en São Paulo.
Antonio Polo
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Janchis Jori Torre Wasi
por Eric Carvajal
En cierto pueblo, en lo alto de la puna, tan alejado de las ciudades como del campo, vivía un hombre con su madre en la casa que había heredado después de la muerte del respetado señor Antonio Cruz Zambrano, su padre. Cuando Sara Julia Castellano Rojas, su madre, decidió desposarse con el señor Antonio, muchos años atrás, ella podía imaginar claramente el desastre que iba a ser su matrimonio; pues el amor que se tenían no era más que una resignación que ambos se habían hecho para no quedar solos. Lo que Sara Julia nunca imaginó fue que su casi desconocido prometido había de morir, doce años después, en sus brazos habiéndole dado más amor y más felicidad que cualquier dios en cualquier paraíso.
Sara Julia había de recordar su alegre vida conyugal mientras sus años que pasaban lentamente, haciendo un peculiar contraste con el pasado, iban entristeciendo el resto de sus días. Ella aún podía recordar, detalladamente, el día en que los padres de ambos los presentaron y les sugirieron, como si fuese el menú del día, que se casaran. Fue así como al cabo de unas semanas, ellos se hicieron novios sin haber tenido una conversación a solas.
Recordaba, ella, la mirada de sus padres y el estorbo que tenía en la garganta por el sentimiento que le causaba aquella despedida.
-¿Y para qué? ¡Para casarme con un hombre que desconozco! -se decía a sí misma.
Fue el día en que lo tuvo a su lado derecho en la capilla del pueblo cuando recién cambió su actitud. Sara Julia vio en él a un hombre serio que por dentro se estaba muriendo de nervios. Se dio cuenta de que su propósito era despreocuparla y hacerla sentir tranquila pero, en el acto, sólo lograba inquietar sus nervios y mostrar su incomodidad. La conmovió tanto la sensibilidad de aquel novio que fue ella la que entonces se dio a la tarea de calmarlo. Le agarró la mano y le dio la sonrisa que dan las mujeres a sus enamorados después del poema romántico o de la serenata inesperada. Así comenzó una muy hermosa y envidiable historia de amor. Todo era: "sí, mi amor"; "está bien, amor", con unas imaginarias notas musicales en el aire que lograban embellecer la verdadera armonía hogareña.
Un año después del matrimonio nació el primero de sus hijos y éste había de traer el resto de amor que les hacía falta para ser completamente felices. Mientras el chico fue creciendo, los niños del pueblo lo empezaron a llamar "Choche" porque era muy amigable y, además, muy noble. También era tan honesto e ingenuo en su niñez que las travesuras, que él veía como cosas de rateros, las terminaba protagonizando por engaños de sus amiguitos.
El señor Antonio se dedicaba a trabajar las tierras heredadas de la familia Cruz, como lo habían hecho su padre y su abuelo, y pensaba que su hijo iba a seguir con la costumbre de aquella estirpe. Con el tiempo se dio cuenta que el Choche era un niño muy ingenuo y que su inteligencia -porque era excelente en las matemáticas y hábil para el aprendizaje- no le iba a servir de nada a menos que cambie su forma de ser. Decidió enseñarle todo lo necesario para saber mantener sus tierras fértiles y para ser un hombre digno del respeto que había adquirido su apellido.
De lunes a jueves, lo llevaba a la escuela y lo recogía después para llevarlo a almorzar. Una vez alimentado, lo subía de vuelta al caballo y lo llevaba a sus tierras para hacerle ver lo que él había hecho en aquel día. De viernes a domingo, pasaban el día entero en el campo. El señor Antonio hablaba y el Choche escuchaba. Nunca lo hacía trabajar ni nada, sólo le decía:
"Mira cómo cargan esos sacos. Mira cómo van ha echar el estiércol. Choche, mira cómo obedecen esos perritos. Mira cómo... etcétera, etcétera, etc."
Los años pasaron muy rápido después de eso. Se podía ver increíblemente cómo el Choche iba creciendo, veloz, como esperando con ansias algo que él en sí no sabía lo que era. Trágico había de ser el esperado acontecimiento, pues el día que el Choche inconscientemente anhelaba arribar había de culminar con la muerte de su padre.
El señor Antonio había ido vendiendo sus tierras para pagar unas deudas que aparecían cada vez más constantes mientras eran pagadas. Una de las más grandes que tenía era con una compañía extranjera que en un tiempo parecía ser una empresa ideal pero después terminó siendo dueña de la mayoría de las tierras de la familia Cruz, una estafa genial. Cuando el Choche tenía ya once años, el señor Antonio había terminado de pagar sus deudas perdiendo todas sus propiedades excepto la casa donde vivían. Muy alegre y esperanzado con nuevas ideas despertó al último día de su vida. Al entrar a la cocina, vio al Choche tomando desayuno y le dijo:
"¿Sabes que voy a hacer hoy Choche?"
-No, ¿qué? -respondió y preguntó a su vez.
-Voy a domar a la yegua Rocío. Creo que ya es tiempo, ¿no lo crees tú? -.
-Si, ¿pero no me vas a llevar contigo? -preguntó el Choche.
-Claro que sí pero tienes que ir a la escuela primero. A las doce te recojo, almorzamos y nos vamos, ¿está bien? -.
-Está bien -dijo el Choche entusiasmado."¿Y a mí?", se preguntó la linda Alicia.
-Tú eres muy chiquita todavía, Alicia -le dijo su padre, como adivinando lo que ella pensaba.
Ese era el día esperado. El Choche iba a aprender a domesticar a un caballo. Se sentía feliz y ansiaba tanto que ese momento llegara. Mientras que su padre, ansioso también, no pudo resistir la espera y empezó con la divertida tarea que era preparar a la yegua. Continuó con la ceremonia montándola y después sufriendo la heroica y tétrica caída que en el aire logró encontrar la pata izquierda de ésta, la arisca, y la sien de éste, el respetado señor Antonio Cruz Zambrano. Un ayudante que lo estaba viendo todo desde lejos, en vez de ayudarlo, corrió a avisar a Sara Julia que tendía la ropa recién lavada para que se secaran.
-¡Señora, la yegua le ha pateao la cabeza al don Antonio! -dijo asustado el criado.
Al escucharlo, Sara Julia corrió al campo en auxilio de su marido. Cuando llegó, encontró el cadáver tirado en el suelo con los ojos cubiertos de sangre. Empezó el llanto después del grito desesperado. Le cogió la cabeza sin saber qué hacer, cumpliendo con la clásica escena de tragedia, cuando vio que sus párpados se movían. Se llenó de alivio y alegría ignorando que su esposo sólo quería ver por última vez a la mujer de su vida; "su amada sin mirada". Sin pronunciar una palabra, se despidió con una sonrisa parecida a esa que ella le dio en la capilla del pueblo el día de su matrimonio y con un "te amo" escrito al rededor de sus meridianas pupilas.
Horas más tarde, después de esperar tanto a su padre, el Choche decidió ir de vuelta a su casa, solo. Cuando se halló cerca, vio que había mucha gente en la puerta.
"¿Qué raro? ¿Quién habrá llegado?", se preguntó.
Cuando llegó, notó la cinta negra en la puerta y sin preguntar a nadie, sin escuchar una explicación, comprendió lo que había ocurrido.
Siete años después, otra tragedia había de ocurrir de forma similar en esa misma casa. Alicia, la segunda hija, que entonces tenía once años, paseaba en caballo con su hermano. Ella montaba y hacía preguntas mientras el Choche llevaba la rienda y le contestaba como era de costumbre. Qué triste e injusto fue el destino al permitir que una tragedia sea tan parecida a otra, ¡y en la misma familia! Alicia resbaló y cayó al suelo golpeándose la cabeza en una roca. Esta vez no hubo despedida, pues ella murió al instante.
Ese mismo día, destrozado por dentro, el Choche fue a buscar consuelo con su amada, Soledad. Pero el destino se burló otra vez de él porque al llegar encontró a Soledad Sánchez con su prometido, Germán Alcides que había llegado de la capital después de terminar su carrera en Mercadotecnia. Derrotado, se metió a una cantina en el centro del pueblo y pidió una botella de anisado. Él sabía que la gente trataba de evadir e intentaba olvidar sus problemas con la ayuda del alcohol, pero nunca se imaginó que él llegaría a ese extremo. Tomaba cada copa de sorbo en sorbo como si fuera un remedio contra la realidad. Con la tercera copa, ya se encontraba reflexionando sobre su vida.
Vio entrar, después, a un hombre elegante vistiendo un elegante traje de lienzo gris, zapatos negros, y una gorra gris también. Llevaba con él un maletín y un saco que al llegar lo puso al lado izquierdo, detrás de la puerta.
-Este imbécil sí debe de tener una vida perfecta -se dijo.
El hombre pidió un trago, se le acercó con mirada fija y le dijo:
"Muchacho, ¿me puedo sentar a acompañarte?"
Después de unos instantes de mirarlo sin decir nada lo invitó a sentarse y a ser parte de sus penas.
-¿Qué podría causarte tanta tristeza, muchacho? -.
El Choche empezó a narrarle los sucesos de su mala fortuna. Le contó acerca de la yegua que le quitó la vida a su padre cuando en su casa la alegría no daba para más. Le expresó la desesperación que sentían él y su madre al no tener a veces qué comer.
"Mi hermanita acaba de fallecer hace sólo unas horas. Y hace un rato, me entero que la mujer a la que amo ya está comprometida a casarse con un infeliz que ha llegado de la capital".
-Yo creo que necesitas estar lejos de aquí. Estos tragos no te ayudan en nada -hizo una breve pausa y luego le propuso: "Yo te voy a dar trabajo."
-¿Qué? ¿Quién es usted? ¡Ni siquiera sé su nombre! ¿Y me quiere dar trabajo? -replicó el Choche.
-Me llamo Roberto de los Ángeles. ¡Hazme caso muchacho! Trabajarás en mi casa y te pagaré por adelantado para que puedas ayudar a tu madre -
Acto seguido, sacó de su maletín un montón de monedas envueltas en un pañuelo que era más dinero de lo que el difunto don Antonio había visto en toda su vida. El Choche, intrigado y después convencido, aceptó el dinero y preguntó:
"¿Cómo voy a ir a su casa? ¿Usted me va a llevar?".-No, yo te diré cómo llegar -aclaró don Roberto.
No tan meticulosamente, le explicó cada paso de su largo itinerario. Le dijo que debería llevar consigo una porción del dinero recibido para sus gastos diarios.
-¿Y está muy lejos su casa, don Roberto? -preguntó el Choche.
-Sí muchacho, tendrás que caminar mucho -Luego se puso de pie para entregarle el costal que había dejado en la puerta y le explicó que dentro había seis pares de zapatos.
-Cinco de estos pares los usarás hasta llegar a las Llanuras de Alejandría. Pero por ningún motivo pares en este lugar. Sigue caminando y al salir, te pones estos otros zapatos (unos de cuero y metal) y sigues derecho por la única carretera que verás. Al final de esta ruta encontrarás mi casa. Yo vivo en 'Janchis Jori Torre Wasi -.
Continuaron con la agradable conversación por unos minutos más, como si estuviesen en una cena de lujo y no en una cantina de mal a muerte, hasta que se despidieron deseándose suerte el uno al otro.
Meses después de haber gastado cuatro de los pares de zapato caminando, el Choche llegó al puerto de Ushuaia. Aquí embarcó un velero llamado "Clavel de un día" que lo llevaría hasta el puerto de La Bahía de los Ánsares. Cada noche en su camarote, recordaba a su hermanita, vagamente, el rostro de su padre, y la mirada de confusión que su madre dio cuando él le entregó el dinero y le habló de, ese, su viaje. Recordaba también a Soledad, su amor perdido, y por supuesto: a su prometido, Germán. En una de esas tantas noches de zozobrar los recuerdos, se dio cuenta por primera vez en su vida que él, en realidad, nunca estuvo enamorado de Soledad aunque en ese momento no lo quiso admitir. Pasó mucho tiempo en ese barco, y se hizo amigo de casi todos los tripulantes. Sólo gastó un par de calzados y un par de monedas.
En un soleado día de Abril, el clavel efímero desembarcó en La Bahía de los Ánsares haciendo, esa, la travesía del muchacho más corta pues se encontraba a unas cuantas leguas de las Llanuras de Alejandría. Inmediatamente, emprendió de nuevo su viaje caminando por tierras desconocidas aun por sus propios moradores. Al cabo de cuatro días de comer legumbres y de saciar su sed con el agua de los manantiales, no pudo ignorar más que sus zapatos de cuero y metal estaban partidos, rajados, estropeados, y que además ya no le dejaban caminar.
"Pero esto no es Alejandría. ¿Cuánto faltará, Dios?", preocupado se dijo.
Se sentó a las orillas de un río turbio para sacarse los zapatos cuando, al instante, el cansancio lo obligó a recostarse en la grama como un muerto en su última noche, en su lecho de paz.
Al despertar, lo primero que hizo fue mirar al cielo nublado y empezó a recordar lo que había soñado. Recordó a la mujer de su sueño, una princesa. Ella, la que le conversaba y, a la vez, se despedía dándole la mano; y él que se aferraba a su dedo meñique como no queriendo perder la vida porque esto era lo que ella parecía ser, su vida. Intentaba recobrar más detalles de ese sueño cuando lo interrumpió una visión. Vio que se encontraba en las orillas del lago más brillante y diáfano de todos los que se podría imaginar. Yacía sobre un manto verde de pasto que parecía estar recién cortado y diseñado para ser la perfección y causar júbilo en sus habitantes por toda una eternidad. Se puso de pie y comenzó a buscar gente al rededor porque no se imaginaba que un lugar como ese esté deshabitado. No encontró a nadie. Sólo, al borde de una carretera, cerca del paraje, encontró un letrero pequeño, de madera, que decía: "Llanuras de Alejandría".
Momentáneamente, tuvo presente otra vez las palabras exactas de don Roberto: "...por ningún motivo pares en este lugar..." Se llenó de incomprensión y desespero, pues no entendía cómo iba a ser capaz de dejar un lugar tan celestial como ese. Si hasta tenía ganas de mostrar su cariño, de alguna manera, a través de abrazos y besos, quizá. Fue en ese instante que cayó en la cuenta de que ese paraíso era, en realidad, la descripción exacta de la mujer que había soñado la noche anterior. Ese lago de aguas claras y, tal vez, benditas sólo podría compararse a sus ojos. Esos, los de la retina que expresando su cándida dulzura del color del alma que, con su adorable belleza, en su sencillez perduran. Con su sonrisa escondida en la alegría que nace con sólo presenciarla o tal vez sentirla; pues aquellos, sus labios, resultarían muy difíciles de creer.
"¿Dónde estoy, amor mío?", preguntó alarmado. Comenzó a correr, por causa del susto, por la carretera hasta alejarse lo necesario para poder mirar atrás. Cuando lo hizo, lo vio ahí, intacto. Seguía allí el oasis que se había convertido en una pampa árida con un río casi seco y una carretera de tierra en sus costados. Descalzo y asustado, el Choche, seguía con su interminable viaje después de dos días. Asustado se sentía porque, durante esos dos días, no había comido ni había bebido nada. Aunque sonara increíble, no era esto lo que lo tenía así. Era que él había descubierto, en algún momento de esos dos días, que ya no sentía el hambre, ni la sed, ni las ganas de defecar, ni de orinar. Además, como para confundirlo más, la carretera que lo llevaría hasta la puerta de su patrón ya no existía. Como consuelo sarcástico, tenía aún al cansancio (su amigo inseparable) como compañero de expedición.
Trataba de no hacerle caso a, ese, su hallazgo a través o con la ayuda del recuerdo de la mujer de su sueño. Su incentivo vino a ser la idea de encontrarla al final de su travesía, la cual, cada vez se hacía más imposible de acabar. Se sentía agotado. ¿Y cómo no? En ese ardiente y sofocante desierto con inverosímiles vientos helados que en lugar de refrescarlo, lo enfermaban.
Si el desierto parecía estar muerto, ¿cómo podía, él, seguir? Bueno, por fin, se dio cuenta de que era inútil continuar. Harapiento y exhausto, se tiró al suelo viéndose caer a sí mismo lentamente. Pero también, divisando a lo lejos a una silueta negra; ¿sería ésta la muerte? Con la fuerza que no tenía, se levantó del suelo para pedir ayuda al hombre que caminaba a lo lejos con la paciencia de un conejo y la parsimonia de un caracol. Al oírlo, el hombre no respondió pero comenzó a trotar. El Choche, enojado, con el demonio dentro, empezó a correr para alcanzarlo. El hombre, que, por cierto, era un cura, huía y el Choche lo perseguía como para matarlo. Lo alcanzó y se le arrojó encima cayendo los dos al suelo simultáneamente.
-No se asuste, que sólo tengo una pregunta. Ayúdeme por favor -advirtió el Choche y añadió: "Estoy yendo a 'Janchis Jori Torre Wasi. ¿No sabe dónde está?"
El fraile le informó que nunca había escuchado ese nombre.
-¿Y a don Roberto de los Ángeles? -.
-Tampoco lo conozco, muchacho. Lo siento -le dijo.Le ofreció llevarlo a su capilla donde al día siguiente, durante la primera misa, preguntarían por el desconocido lugar. El Choche se lo agradeció y aceptó.
Por la mañana siguiente, el cura, mientras pensaba en su porvenir, fue a despertarlo al pequeño cuarto donde lo había dejado descansando la noche anterior.
¾Muchacho, la misa va a comenzar. Ven para poder consultarles ¾dijo el cura.
Al entrar, el muchacho se quedó pasmado. Veía en esa sala, sobre cada una de las bancas, a unas aves distintas en variedades. No podía creerlo; ¿y quién pudiera? Aquella ornitológica muchedumbre incluía garzas, halcones, colibríes, un búho que tocaba el órgano, algunos jilgueros silbando, gorriones; en fin, muchas, muchas aves. Parlaban entre ellas y comentaban de cuánto se tardaba el padre. La más bullera era un cóndor que estaba en la primera fila.
"Siempre tenemos que estar esperando. Como si no tuviéramos nada que hacer" decía la doña cóndor mientras el Choche y el cura entraban.
Al escuchar a la enorme señora del iris rojo, el cura la ignoró y el Choche atónito, y sin poder pronunciar una palabra correcta se quedó. El cura le señaló que se sentara detrás de él. Lo hizo, el muchacho, balbuceando las palabras: "está bien" para quedarse después mudo y con los ojos bien abiertos durante toda la misa. Al culminar la ceremonia litúrgica, el eclesiástico llamó a la atención de todas las aves antes de su salida.
-Este pobre hombre ha viajado mucho, ha venido desde lejos y se encuentra confuso; pues no sabe como llegar a su destino. Quiere ir a 'Janchis Jori Torre Wasi -dijo el poco elocuente cura.
Se miraron, los pájaros, entre ellos sin saber de lo que hablaba cuando:
-¡Repito! ¿Alguien conoce 'Janchis Jori Torre Wasi? -dijo en voz más alta el cura.
"Yo", respondió, desde la parte de atrás, un águila inmenso que se acerco hasta adelante abriendo sus alas de enorme envergadura, volando por el pasillo central de la parroquia.
-Justo vengo de allí pero si lo desea, yo lo puedo llevar -ofreció y después:
"Me llamo Águila Coja", agregó el servicial águila.
Fue así como, montado en su espalda, llegó hasta ese lugar gracias a Águila Coja. No fue fácil para él superar la desconfianza y el miedo que le causaba ese gentil águila. En la última noche de viaje, soñó que le decía que tenía hambre y que no podía seguir viajando si no comía algo.
-Entonces cómete mis piernas -le decía él; pero sólo por compromiso y suponiendo que el águila se reiría.
Águila Coja no lo comprendía así y proseguía con el ofrecido y agradecido alimento. El Choche despertó asustado al escuchar:
-¡Tengo hambre! Muchacho, sujétate bien que voy a descender. Es que ya llegamos -le informó el águila para hacerlo sentir aliviado después de dos largos años.
Al pisar suelo, sacó una jubilosa sonrisa que había tenido guardada por muchos meses. Se preparaba para agradecer el favor que le había hecho ese nuevo amigo cuando éste se le adelantó y le dijo:
"Oye, pareciera que hubieses llegado al paraíso".
-Es que viajé mucho, por mucho tiempo y me alegra haber llegado por fin -explicó el Choche.
-¿Cómo puedes estar alegre de llegar a un lugar como éste? -le reclamó Águila Coja.
-No te entiendo. ¿Es que conoces al señor Roberto de los Ángeles? ¿Es muy estricto acaso? -preguntó un ingenuo Choche.
-Veo que no tienes ni idea de qué tipo de lugar es este, al que has llegado -le dijo como reprochándole alguna traición -. 'Janchis Jori Torre Wasi no es una casa de bien. Sus siete torres de oro son las riquezas del mal. Si piensas que eso que ves allí parece ser un crepúsculo que está en medio de su patio, estás equivocado. Eso no es un crepúsculo; es la belleza del padecimiento. Son las luces y los colores de la desgracia. Al rededor, caminan, como roedores, seres malditos y condenados a una eternidad de castigos e infelicidad. ¡Ni te imaginas las adversidades y la desdicha que se te presentarán adentro!El muchacho otra vez se quedaba sin palabras. Se decía a sí mismo que no era verdad, que todo era falso, que nada existía. Todo era sólo una mezcla de sueños y pesadillas, uno sobre otro. ¿Cómo podía ser cierto? ¿De qué había valido ser honesto, honrado y noble? Miraba a Águila Coja sin poder hablar, con el corazón temblando, palpitando de horror y asco. Detrás de él, su desafortunado destino. ¿Podría ser capaz de aceptarlo? Sí, lo fue. Miró hacia atrás para poder enfrentarlo y vio su realidad:
Raúl Cruz Castellano había llegado al infierno.
Cuando nos llegan los infortunios, las adversidades, los malos ratos, nosotros empezamos a reflexionar. Recordamos nuestras faltas, nuestros errores y pecados para poder entender la razón de esa mala suerte. Raúl no lo podía hacer. Pensaba que su mayor defecto era el ser incauto, pero no podía parir la idea o el hecho de que la ingenuidad venga a ser un pecado.
-Se ve que no deberías de estar aquí tampoco -le dijo Águila Coja cuando, mojado y resfriado con el frío sudor y exasperante estupor, se decidía a entrar.
"¿A qué te refieres?", le preguntó el Choche con una mirada.
-Si estás aquí por error, yo creo que llegaste bajo las mismas circunstancias que yo. Pero hay una manera de salir, si eso es lo que deseas. A mí me lo dijo un ángel cuando llegué. Un amigo que después me dio el secreto de cómo hacerles pagar por todo lo que me hicieron pasar -.
-Sí, dímelo por favor -dijo el Choche con cierto aire de venganza.
-Deberás ser muy paciente y estar muy convencido en salir. Al entrar no sé qué te digan o a qué te obliguen hacer, pero te van a ofrecer dos objetos. Uno de madera y otro de oro. Tú no más que el de madera deberás recibir. Eso será tu espada, tu defensa de lo que querrán hacer contigo. Nunca lo sueltes, ni se lo des a nadie. Si se cansan de ti, te botarán. Pero si no, serás un esclavo más de la eterna miseria-
-¿Y cómo puedo estar seguro de que lo que me dices es cierto?
-Eso lo comprobarás cuando entres y tampoco creo que tengas otra opción. Créeme, que soy tu amigo -dijo y para despedirse añadió:
"Te deseo suerte muchacho, y quizá nos volvamos a ver."
Raúl, después de la despedida, se propuso entrar. Tocó a la puerta y lo recibió un hombre de más o menos cuarenta años.
-Tú debes de ser Raúl, "el Choche", ¿no? Don Roberto me informó de tu llegada -.
-Sí, yo soy Raúl Cruz Castellano, mucho gusto -dijo él esperando que el hombre le dijera su nombre también pero éste no se presentó.
-Vas a estar encargado de darle la comida a los animales le dijo aceleradamente -. Y también tendrás que ayudar con la limpieza de la casa. Toma estas dos escobas y guárdalas bien porque estas serán tuyas -agregó el hombre.Al ver las dos escobas, una de oro y otra de madera, Raúl le explicó que necesitaría la de madera nada más. El hombre insistió, argumentando la importancia de la escoba de oro.
"¡No Gracias!", Raúl, con un tono despectivo, le respondió.
Gracias habrían de ser sus relatos que, en la embriaguez de la dicha y el licor, les contaba a sus amigos y familiares años más tarde. Los cuentos de borracho hablaban del cielo, el infierno y sus condenados, y de un buen amigo que él apodaba, "Águila Coja". Sólo con su ayuda pudo culminar de una vez esa travesía que parecía más una maldición. Raúl, "el Choche", logró salir de 'Janchis Jori Torre Wasi después de sólo dos días.
El mismo hombre que lo recibió fue quien le dijo, por orden de don Roberto, que era mejor que volviera a su tierra.
-Pero me tendrá que devolver la escoba (el garrote que le había servido como arma) -le advirtió el hombre.
Cuando lo comprendió así Raúl, lo amenazó levantando el garrote al aire y el hombre, asustado, reaccionó, impetuosamente, sólo a cubrirse la cara como lo haría un perro acostumbrado a ser golpeado con frecuencia.
Después de reírse y de burlarse de aquel hombre, se dirigió hacia la puerta de entrada y salió, a ritmo de vals, como cualquier persona lo haría de su casa.
Lo primero que hizo, al salir, fue arrojar el palo al suelo. Acto seguido, empezó a reír a carcajadas hasta casi desternillarse de risa. Recordaba a los cerdos con sus cuernos rotos y reía. Reía mucho más cuando recordaba a las llamas con sus patas de gallina torcidas y a los otros condenados con sus cuerpos torcidos. "¡Pobres desgraciados!" Reía y reía, silbando a ratos la "Oda a la alegría" en camino de vuelta a casa, y reía.
Suponía, él, que tenía otro largo viaje que seguir pero pensaba también que resultaría más fácil encontrar un lugar muy conocido que haber llegado a un lugar desconocido con sólo unas cuantas direcciones. Miraba al cielo esperando que su amigo se asomara, pero jamás lo volvió a ver. Ni menos encontró la parroquia, ni un lugar que le pareciera conocido. Al cabo de dos días de viaje, recobró el hambre y horas más tarde llegó a un poblado que estaba a sólo unas horas de su casa, o por lo menos así le parecía. En este, "Pueblo Nuevo", se ofreció a ayudar a una señora en su tienda, por unas horas, pidiendo como pago sólo un plato de comida. La señora, al reconocer al muchacho por su apellido, lo invitó a almorzar y a ponerse la ropa limpia de su difunto marido. Después de hacer todo esto, de conversar un momento con los hijos de la señora, y después de agradecérselo todo, Raúl partió para su casa a la cual llegaría después de sólo dos horas de caminata.
Se encontraba cerca de su casa, ansioso, con los nervios y la impasibilidad ya detrás de él, viendo otra vez a mucha gente reunida en la puerta de su casa. Pensó por un breve instante en su padre y después en su madre y se asustó, pero después se dio cuenta de que había una orquesta musical y que la gente bailaba mientras tomaban copitas de anisado.
"Las Fiestas de Agosto", se dijo a sí mismo con una sonrisa que lo hizo apresurarse.
Llegó hasta la puerta y algunas personas, al reconocerlo, lo empezaron a saludar con abrazos, ósculos, "¡qué bien te ves!", "¡cuánto has cambiado!", etc...
Él, en medio de ese cálido ámbito, veía a gente desconocida al rededor. Todos ellos lo miraban también excepto una. Precisamente, la que más le llamó la atención. La que más se merecía un trato como ese que a él le daban. La única mujer capaz de inspirar un millón de hipérboles en los poetas; y en los pintores, la alegría. La que debería llamarse "Melodía" y tener dos trovadores siempre a su lado para cantarle dulces romanzas a cualquier hora del día. Era ella, la mujer de su sueño.
-Tienes que entrar a saludar a tu madre -le decían los presentes, jubilosos.
Después de saludar a su madre, de brindar con sus familiares y amigos, de que pasaran
dos horas, y de rehusarse a descansar, salió al patio para ver si estaba ella ahí.
Allí estaba, blanca y luminosa. Tan simple y elegante como un velo de tul en el día de una boda. Sin saber lo que hacía, comenzó a acercarse hacia ella.
-Tú eres Raúl, ¿verdad? -le dijo al verlo tan cerca.
-Sí, soy yo -respondió con un tono melancólico pero con orgullo.
-Dicen que has caminado por todo el mundo por más de dos años para llegar a un trabajo, ¿es eso verdad?
"Sí, y lo haría diez veces más por ti, pero sólo por ti", pensó y quiso decirlo pero a las justas atinó a decir:
"Fue sólo un detalle".
-¿Un detalle? -dijo ella, la que desde entonces embellecería su vida más cual en una canción o un final de novela.Se llamaba Ángela, y de esta manera llamaron los dioses a sus servidores quienes con ímpetu, elegancia e hidalguía, cerraron el telón.
Eric Carvajal
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En un oscuro garito
por Camino MiguélezEs un garito oscuro, apenas iluminado por cuatro focos situados cerca de la barra, de paredes ennegrecidas por el humo del tabaco, el cual forma una neblina persistente en el local que dificulta aún más la visibilidad y crea un ambiente ciertamente agobiante. Apoyado en la barra, el Camarero seca con una bayeta mugrienta las copas conforme las va sacando del fregadero y las da brillo con su aliento. En el escenario, las notas rasgadas de una Guitarra rompen el silencio. Toca por bulerías pero tan pausadamente que parece como si la música se negara a salir de las cuerdas. Es una melodía triste, apesadumbrada que contribuye a cargar aún más el ambiente con una especie de sórdida melancolía. Bajo uno de los focos, cansinamente, una Gitana baila vestida de lunares, el negro cabello apenas recogido por un rojo clavel. En una de las mesas, un Cliente bebe pausadamente un vaso de vino tinto con los ojos fijos en la bebida. El Camarero se percata de que el vaso está nuevamente vacío y sin romper el silencio se limita a rellenarlo. El Cliente siquiera alza la mirada. Pero el movimiento apenas perceptible del Camarero es suficiente para que la Gitana salga de su baile por un momento y note la presencia solitaria del Cliente. Con dos vaivenes de sus caderas se planta en la mesa y, dejando el clavel encima de la mesa, susurra coqueta, ávida quizás de una copa gratis: ¿Qué te cuentas, mi alma?. Sin dejar de mirar el vaso, más hablándose a si mismo, el Cliente contesta: me duelen unos labios rojos y mentirosos como este vino. Y se rompe el vaso en la mano crispada dejando que el licor se derrame por la mesa. Una gota ha saltado a la cara del Cliente y por ella resbala como si de una lágrima de sangre se tratara. El Camarero, que ha observado la escena desde la barra, sin decir nada limpia con la misma bayeta de las copas el vino derramado, con un gesto espanta a la Gitana y coloca un nuevo vaso de tinto en la mano aún crispada del Cliente. En el escenario, una Guitarra deja escapar melancolías, una Gitana baila para sí misma bajo un foco de luz trémula, y un rojo clavel ya no sujeta sus negros cabellos sino que yace desmayada en una mesa mugrienta donde Alguien bebe en silencio sus propias lágrimas.
Camino Miguélez
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Adriático
por Álex BadíaMe pregunto cuánto hace que el mar está tan rojo. Esta mañana me levanté y me vestí y luego me desnudé y volví a la cama. Y cuando me he vuelto a despertar todavía era por la mañana, pero todo parecía estar mal puesto. No quiero decir cambiado de sitio: como si de repente me diese cuenta que el lugar donde siempre había estado cada cosa no era el que realmente le correspondía. Así que me he puesto a organizar todo. He cambiado de sitio los cuadros, he movido el sofá y la mesa de la cocina. Incluso, he colgado el espejo del lavabo en mi cuarto, para poderme ver cada vez que me despierte. Pero cuando estaba poniendo la cama al lado de la ventana, he mirado a través y ya no he podido apartar la vista. Y entonces (ahora) veo que el mara está tan rojo y tan profundo que casi me enciende los ojos; como si ese color me irritara las córneas y al tiempo me impidiese bajar los párpados. Y está tan bien definido, tan perfilado, que es como si se hubiese maquillado solamente para mí, para seducirme y acerme ir a encontrar su fría caricia salada y fría, ondulante Así estoy: de pies a cabeza sumergida en este hueco rojo y mucoso, absorbente, cálido. Así, pero al revés, me sentía al nacer. O quizás es así como ahora supongo que me debía de sentir, y la suposición se disfraza de recuerdo.
Álex Badia. nacido en Valencia (españa) el 2/9/81. estudiante de psicología por la Univ. de Valencia. Dos relatos publicados ('Tres adéus' y 'Els millors moments' publicados por la Fundación de Cultura del Ayuntamiento de Manises (Valencia), con motivo del premio 'Solstici' de narrativa (segundo premio de la categoría juvenil en 1998, mención especial en la misma categoría en 1999).
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