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Poemas



 Poemas
Página Personal de Antonio Polo
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Testamento

   

2º Premio en el 18º Premio Nacikonal de Poesía El Yantar de Pedraza. Fallado en Pedraza (Segovia) el 3 de Noviembre de 2002).

 

Hoy a tantos de tantos, en plenas facultades mentales y gobernando sobre lo que se podría denominar mi propia vida, he decidido legar todos y cada uno de los bienes que constituyen –sin paliativos– la mayor fortuna a la medida de los hombres.

Por tanto, hoy a la tierra quemada, primera estación de todos los desiertos, dejo el eco de las alondras.

A la niña del Pulitzer 94, a quién doblegó la miseria, le dejo la desbocada lluvia del arroz y los pies de una gacela para huir del hambre y la sabana.

A los meninhos da rua les dejo el estallido de mis riñones y una sonrisa.

A Francisco Montes, en usufructo permanente, le dejo la paz entre los círculos concéntricos de las carpas.

A los soldados y a los Poetas, cuyas espadas están manchadas de sangre y de hexámetros, la primera galerada del Libro de los Menesterosos.

A mis amigos les dejo un atardecer en Mantova mientras el sol se adentra en las aguas del lago.

Al vigía de la torre, la luz reveladora del mediodía y los caballos azules que anuncian precipitadamente las olas.

A mi padre, condestable de la Armada, que me dejó grabado en el iris el viento de una tarde en la bahía de Norfolk, un timón en el puente.

A los que cruzaron el mar en un cayuco creyendo que los paraísos empiezan justo al borde de la otra orilla, una casa de cristal para que puedan vendarse los pies y la memoria. 

A las musas de Aristóteles, que no lo abandonaron por soñar con una esclava del mercado de Estagira, le dejo el crujiente rollo del papiro.

A la guerra, el horizonte definido de los armisticios.

Al edecán de un aljibe de Alejandría que se ahogó en mitad del sueño, le dejo el rumor del agua en un patio de Córdoba.

A Mohamed VI, el inquietante sueño de los niños saharauis.

Y a mi mujer, con la que estoy permanentemente en deuda, le dejo diez minutos de todas las primaveras.

Para que así conste cuando llegue mi último día, dejo por adelantado éstos bienes que constituyen –sin paliativos– la mayor fortuna a la medida de los hombres.

Hoy, a tantos de tantos.

 

 

 

 

 

 





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