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Los
mejores
comienzos
de novela
"Al
principio el mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían
de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas
con el dedo..."
Abrir
un libro y quedarse sin respiración ya en la primera página,
es un suceso pocas veces repetido. Si a ello le sumamos una transición
soberbia, tanto que tratamos de dosificar la lectura para no
acabar con la novela en una sola noche, entonces estaremos ante
una obra insuperable, la capolavoro de los italianos.
Varios son los ejemplos en la Literatura hispana que han logrado
alcanzar objetivo tan sublime. NO hay que extrañarse entonces
si el primer ejemplo que traemos a éstas páginas
sea el comienzo de una de las mejores novelas de toda la Literatura
Universal. Don Quijote de la Mancha. [i]
"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme,
no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza
en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón
las más noches, duelos y quebrantos los sábados,
lentejas los viernes, algún palomino de añadidura
los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.
El resto de ella concluían sayo de velarte, calzas de
velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mismo, y los
días de entre semana se honraba con su vellorí
de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba
de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y
un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín
como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con
los cincuenta años; era de complexión recia, seco
de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza."
Son diversos los recursos empleados por los autores para cautivar
la atención del lector. En ocasiones el desenlace ya en
la primera línea, otras veces el episodio que se relata,
el diálogo que se establece o las impresiones que se reflejan
son elementos del futuro que el autor ha adelantado, acaso con
la intención de que el lector pueda saborear anticipadamente
los pormenores de un hecho aún por llegar.
Hay en la Literatura hispana pequeñas joyas condensadas
en cuatro o cinco líneas cuya belleza y perfección
las hacen sencillamente insuperables. Una de las más recientes
y, sin embargo, más fantásticas novelas de este
siglo, Cien años de soledad [ii] escrita por el colombiano
Gabriel García Márquez, posee el comienzo más
espléndido que pueda encontrarse.
"Muchos años después, frente al pelotón
de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había
de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó
a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte
casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de
un río de aguas diáfanas que se precipitaban por
un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.
El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de
nombre, y para mencionarlas había que señalarlas
con el dedo..."
En
realidad éste magnífico comienzo no es tan solo
el principio de la novela, es toda la novela. Pocas veces se
ha podido condensar un libro en tan pocas líneas, líneas
en las que por otra parte se esconde un fantástico mundo
todavía no descrito.
Hay otros ejemplos que encierran tanta belleza como los descritos
anteriormente y el hecho de que no se traten de novelas tampoco
dejan de asombrarnos. En El hacedor[iii] relato que da título
al libro, es destacable la perfección: cada palabra, cada
línea surge, en cambio, de la entropía en la que
nos movemos habitualmente. Este principio, a diferencia del de
García Márquez, no está condensado porque
su principio, magistral y perfecto, es básicamente el
relato completo.
"Nunca se había demorado en los goces de la memoria.
Las impresiones resbalaban sobre él, momentáneas
y vívidas; el bermellón de un alfarero, la bóveda
cargada de estrellas que también eran dioses; la luna,
de la que había caído un león, la lisura
del mármol bajo las lentas yemas sensibles, el sabor de
la carne de jabalí, que le gustaba desgarrar con dentelladas
blancas y bruscas, una palabra fenicia, la sombra negra que una
lanza proyecta en la arena amarilla, la cercanía del mar
o de las mujeres, el pesado vino cuya aspereza mitigaba la miel,
podían abarcar por entero el ámbito de su alma.
Conocía el terror pero también la cólera
y el coraje, y una vez fue el primero en escalar un muro enemigo..."
Sin duda, es más fácil obtener bellos ejemplos
en lengua vernácula, aunque muchos autores hayan sido
traducidos al español fielmente, incluso por autores de
la misma talla. En cualquier caso, el próximo ejemplo,
también otra novela en lengua española, tiene un
comienzo barroco, en la más pura tradición del
realismo mágico. El concierto barroco [iv]
"De plata los delgados cuchillos, los finos tenedores;
de plata los platos donde un árbol de plata labrada en
la concavidad de sus platas recogía el jugo de los asados;
de plata los platos fruteros, de tres bandejas redondas, coronadas
por una granada de plata; de plata los jarros de vino amartillados
por los trabajadores de la plata; de plata los platos pescaderos
con su pargo de plata hinchado sobre un entrelazamiento de algas,
de plata los saleros, de plata las cucharillas con adorno de
iniciales... Y todo esto se iba llevando quedamente, acompasadamente,
cuidando de que la plata no topara con la plata, hacia las sordas
penumbras de cajas de madera, de huacales en espera, de cofres
con fuertes cerrojos, bajo la vigilancia del Amo que, de bata,
sólo hacía sonar la plata, de cuando en cuando,
al orinar magistralmente, con chorro certero, abundoso y percutiente,
en una bacinilla de plata, cuyo fondo se ornaba de un malicioso
ojo de plata, pronto cegado por una espuma que de tanto reflejar
la plata acababa por parecer plateada..."
Para comenzar una novela empleando en el primer parágrafo
veintisiete veces la palabra plata, otras tantas sus derivados
plateados y además lograr adentrarse en la historia con
desenvoltura y decisión, hay que tener un dominio del
lenguaje como el de Carpentier. Del mismo autor vamos a extraer
otro portentoso principio. En esta ocasión la novela El
arpa y la sombra [v] comienza con una descripción tal
como es costumbre en Carpentier. Oraciones largas y elaboradas,
construidas y puntuadas con el objetivo de conseguir un cuadro
uniforme, cargado de imágenes, siempre pero escrito con
tal maestría que parecen como pintados de un solo trazo.
"Atrás quedaron las ochenta y siete lámpara
del Altar de la Confesión, cuyas llamas se habían
estremecido más de una vez, aquella mañana, entre
sus cristalerías puestas a vibrar de concierto con los
triunfales acentos del Tedéum cantado por las fornidas
voces de la cantoría pontificial; levemente fueron cerradas
las monumentales puertas y, en la capilla del Santo Sacramento,
que parecía sumida en penumbras crepusculares para quienes
salían de las esplendorosas luces de la basílica,
la silla gestatoria, pasada de hombros a manos, quedó
a tres palmos del suelo. Los flabelli plantaron las astas de
sus altos abanicos de plumas en el astillero, y empezó
el lento viaje de Su Santidad a través de las innumerables
estancias que aún la separaban de sus apartamentos privados,
al paso de sus apartamentos privados, al paso de los porteadores,
vestidos de encarnado, que flexionaban las rodillas cuando hubiese
de pasarse bajo una puerta de bajo dintel..."
Lejos del barroco de Carpentier se contrapone la sobriedad de
Julio Llamazares. En 1988 el autor de La lentitud de los bueyes
nos muestra en La lluvia amarilla [vi] el monótono barniz
de olvido y silencio que cubren las montañas del Pirineo
de Huesca.
Cuando lleguen al alto del Sobrepuerto, estará, seguramente,
comenzando a anochecer. Sombras espesas avanzarán como
olas por las montañas y el sol, turbio y deshecho, lleno
de sangre, se arrastrará ante ellas agarrándose
ya sin fuerza a las aliagas y al montón de ruinas y escombros
de lo que, en tiempos, fuera (antes de aquel incendio que sorprendió
durmiendo a la familia entera y a todos sus animales) la solitaria
Casa de Sobrepuerto. El que encabece el grupo se detendrá
a su lado. Contemplará las ruinas, la soledad inmensa
y tenebrosa del paraje. Se santiguará en silencio y esperará
a que los demás le den alcance. Vendrán todos esa
noche: José, de Casa Pano, Regino, Chuanorús, Bemito
el Carbonero, Aineto y sus dos hijos, Ramón, de Casa Basa.
Hombres endurecidos todos ellos por los años y el trabajo.
Hombres valientes, acostumbrados desde siempre a la tristeza
y soledad de estas montañas. Pero, a pesar de ello ¾y
de los palos y escopetas de que, sin duda alguna, han de venir
armados¾, una sombra de miedo y de inquietud envolverá
esa noche sus ojos y sus pasos. Contemplarán también
por un instante las paredes caídas del caserón
quemado y, luego, el lugar que alguno de ellos señalará
ya con la mano en la distancia.
Otro ejemplo de síntesis y coherencia lo tenemos en la
novela de Antonio Muñoz Molina Plenilunio [vii.].
De día y de noche iba por la ciudad buscando una mirada.
Así presentaba la editorial el trabajo de Muñoz
Molina: "El inspector y el asesino
, tal cual, sin
nombres, pero inconfundibles por los estragos que el tiempo y
la biografía dibujan en sus miradas: cansina y nerviosa
la del primero, la del que ha visto mucho -demasiado quizá-;
o la tortura del psicópata, un espejo que devuelve el
horror que provoca. Pero no son las únicas miradas de
la novela. También están los ojos de Fátima,
la niña, grandes y rasgados en las fotos infantiles -petrificados
en su agonía-; la mirada fatigada del padre Orduña,
anciano jesuita que se aferra a convicciones y recuerdos; los
ojos que han venido siguiendo al funcionario -como la lluvia,
como sus miedos- desde el norte; y está la mirada miope
de Susana, la maestra, en la que, pese a los desengaños,
brilla un destello de esperanza que se resiste a claudicar".
Aunque podría ser una alucinación en forma de prosa
rítmica, Balada de Caín [viii] de Manuel Vicent,
viene a incorporarse al elenco de las novelas en lengua hispana
con mejores comienzos.
Según tengo entendido mis padres se aparearon muy lejos
ya del edén. Fui engendrado a pleno sol en medio del desierto
y luego nací una noche de luna llena bajo un sicomoro.
Mi llegada a este mundo fue coreada por los gritos y aplausos
de una mona babuina mientras mi madre, a tientas en la oscuridad,
se partía el cordón con los dientes. Ella tuvo
que esperar a que amaneciera para verme el rostro y con la primera
luz del día descubrió que yo traía una marca
sagrada en la frente, un cero grabado entre las cejas. No supo
interpretar esa señal, pero sin dudar nada me impuso el
nombre de Caín, que en la lengua del desierto significa
vida. O también: estoy vivo y soy forjador.
Balada de Caín tiene además la grandeza de contener
un segundo parágrafo con la virtud de llegar a hacer sombra
a un comienzo tan magistral:
Los pechos de mi madre, que unas veces sabían a carne
de lagarto y otras a leche de pitera, me amamantaron a lo largo
de sucesivas sombras del camino. Los recuerdo en el subconsciente
desbridados y cubiertos de polvo, cruzados por unas venas hondas
como ríos azules que venían a dar en mi hocico
crispado. Aquellos manantiales me llenan todavía de humedad
la memoria. Cuando se agotaron, mi madre me destetó untándose
los pezones con una pasta de ceniza y a partir de ese momento
comencé a alimentarme de raíces, de los frutos
que deparaba el azar, de reptiles benignos, de cualquier producto
de la caza o de la imaginación y, sobre todo, de mi propia
hambre. Desde muy niño me nutrió la espiritualidad
de la sequía.
Otro espléndido comienzo lo encontramos en la prosa envolvente
e hipnotizadora que Juan Manuel de Prada nos ofrece en su novela
La tempestad [ix]. Prada apabulla al lector con sus cinco primeros
parágrafos, los cuales no dejan lugar a dudas de que la
muerte no es un acontecimiento súbito y escueto sino todo
lo contrario, y a todas luces irrevocable.
Es difícil y obsceno soslayar la mirada de un hombre
que se desangra hasta morir, pero más difícil aún
es sostenerla e intentar zambullirse en el torbellino de pasiones
confusas y secretos póstumos que se agolpa en sus retinas.
Es difícil y laborioso asistir a la agonía de un
hombre anónimo (pronto sabría que se llamaba Fabio
Valenzin, traficante y falsificador de arte), en una ciudad inexplorada,
cuando la noche ha alcanzado ese grado de premeditación
o alevosía que hace de la muerte un asunto irrevocable.
Es difícil y desazonante contemplar cómo se desangra
un hombre sobre una calle nevada e intentar traducir las blasfemias
extranjeras y quién sabe si embarulladas o reveladoras
que masculla un segundo antes de morir. Es difícil e ingrato
presenciar el derramamiento de una sangre que se escapa del pecho
y no disponer de un algodón para resteñarla, ni
de palabras que sirvan de bálsamo o siquiera de viático,
ni tampoco de ese rapto de decisión que se precisa para
reclamar auxilio o avisar a la policía. Es difícil
y deseperanzador escuchar los estertores de un hombre que va
a expirar en mitad de una calle desierta, mientras el agua de
los canales desfila como un ataúd dormido, o alborotado,
pero obteniendo a cambio un silencio inhóspito que reverbera
en la piedra.
Aunque sabemos que en lengua vernácula jamás se
perderán esos matices que el autor ha querido resaltar,
hay muchas y buenas traducciones que engrandecen una obra.. Un
buen ejemplo de ello lo constituye el magnífico comienzo
de El lobo estepario [x] de Hermann Hesse.
"Érase una vez un individuo, de nombre Harry,
llamado el lobo estepario. Andaba de dos pies, llevaba vestidos
y era un hombre, pero en el fondo era, en verdad, un lobo estepario".
Isak Dinesen comienza su novela más conocida: Memorias
de África [xi] con una increible sencillez. Hay música
(quizá de Mozart) en este comienzo y un aroma a café
que se presupone entre líneas.
"Yo tenía una granja en África, al pie
de las colinas del Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras
altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba
a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te
sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras
horas de la mañana y las tardes eran límpidas y
sosegadas, y las noches frías".
A. Gugliemi de L'Espresso dijo que "Tabuchhi está
convencido de que ha llegado el momento en que debemos pedir
también a la literatura el decir la verdad: no la verdad
metafísica y del corazón sino la verdad de los
hombres, de su condición histórica, de los peligros
que están corriendo, de los asesinatos de los que son
autores y víctimas". Esto lo dijo después
de leer uno de los comienzos más novedosos e imprescindibles
de la literatura de los últimos tiempos: Antonio Tabucchi
en Sostiene Pereira.[xii]
Sostiene Pereira que le conoció un día de verano.
Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y
Lisboa resplandecía. Parece que Pereira se hallaba en
la redacción, si saber qué hacer, el director estaba
de vacaciones, él se encontraba en el aprieto de organizar
la página cultural, y se la habían encomendado
a él. Y él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte.
Günter Grass propone al lector en su Rodaballo un decidido
comienzo, [xii] de esos comienzos tan primigenios en los que
las cosas aún no tenían nombre y para nombrarlas
había que
"Ilsebill rectificó de sal. Antes de procrear, hubo
espaldilla de cordero con guarnición de judías
y peras, porque era principios de octubre. Mientras comíamos
aún, dijo con la boca llena: "¿Nos vamos enseguida
a la cama o quieres contarme antes cómo-cuándo-dónde
empezó nuestra historia?"
Yo, soy siempre yo. Y también Ilsebill estuvo desde el
principio. Recuerdo nuestra primera pelea hacia finales del Neolítico:
unos dos mil años antes de la Encarnación del Señor,
cuando en los mitos se separó lo crudo de lo cocido".
Para hacer una entrada como la del semiótico italiano
Umberto Eco en su novela El péndulo de Foucault [xiii]
no es necesario estar en poder de una cátedra de filosofía
en Bolonia sino de percibir la luz en un mundo tumultuoso, reconocer
la angustia de la infancia y conservar intactas la magia y la
fascinación.
"Fue entonces cuando vi el Péndulo.
La esfera. Móvil en el extremo de un largo hilo sujeto
de la bóveda del coro, describía sus amplias oscilaciones
con isócrona majestad.
Sabía, aunque cualquiera hubiese podido percibirlo en
la magia de aquella plácida respiración, que el
período obedecía a la relación entre la
raíz cuadrada de la longitud del hilo y ese número
pi que, irracional para las mentes sublunares, por divina razón
vincula necesariamente la circunferencia con el diámetro
de todos los círculos posibles, por lo que el compás
de ese vagar de una esfera entre uno y otro polo era el efecto
de una arcana conjura de las más intemporales de las medidas,
la unidad del punto de suspensión, la dualidad de una
dimensión abstracta, la naturaleza ternaria de pi, el
tetrágono secreto de la raíz, la perfección
del círculo".
Hay en ocasiones comienzos tan formidables que se ven abocados
a ser recordados por unos comienzos inciertos o falsos en muchas
ocasiones. Por ejemplo en Moby Dick [xiv] de Hermann Melville,
una frase parece haberse adueñado de su inicio:
Si queréis, llamadme Ismael.
Pero en realidad el comienzo es otro:
Hace varios años -no importa cuántos-, con muy
poco dinero en el bolsillo, y con nada que me interesara en tierra,
decidí embarcarme una temporada y ver los mares del mundo.
Es un sistema infalible contra los malos humores del ánimo.
Siempre que me encuentro con el ceño fruncido, siempre
que mi alma queda envuelta en las brumas del mal humor, cuando
empiezo a comprobar que involuntariamente me detengo ante los
escaparates de las funerarias, o me agrego a los entierros que
se cruzan en mi camino, siempre, digo, que la hipocondría
se apodera de mi ánimo y me inspira un irresistible deseo
de aplastar el sombrero de los transeúntes que se cruzan
conmigo, sé que llegó la hora de embarcarme. Este
es el sucedáneo que yo empleo en lugar del tiro de pistola
o la piedra atada al cuello. Catón, de forma muy filosófica,
se arrojó sobre su espada en una circunstancia semejante.
Yo viajo por mar, sin ruido ni alboroto. No hay nada sorprendente
en esto, y estoy seguro de que si todos los hombres pudieran
darse cuenta de las excelencias del remedio, en alguna u otra
ocasión sentirían lo mismo que yo respecto al mar.
No me cabe la menor duda. ¡Ah! Pueden llamarme Ismael.
Hay
un factor común en la mayor parte de las obras que poseen
comienzos magistrales, y es que suelen ser "también"
obras formidables, como es el caso de El guardián entre
el centeno [xv] de J. D. Salinger. Obra harto conocida por la
inmensa mayoría de lectores de todo el mundo, a pesar
de que su autor no se prodige lo más mínimo por
saraos o tertulias y que éste fuese el libro que llevaba
el autor del asesinato de Jhonn Lennon la tarde en que lo detuvieron.
Si
de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que
querrán saber es dónde nací, cómo
fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis
padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas
estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada
de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis
padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí
a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales,
sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a
quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean
que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales.
Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó
durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil
que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco.
En
El barón rampante [xvi] Italo Calvino hace un alarde de
imaginación al principio que no parece fácil mantener
ese nivel a lo largo de toda la novela, y sin embargo lo consigue:
Fue
el 15 de junio de 1767 cuando Cosimo Piovasco di Rondò,
mi hermano, se sentó por última vez entre nosotros.
Lo recuerdo como si fuera hoy. Estábamos en el comedor
de nuestra villa de Ombrosa, las ventanas enmarcaban las tupidas
ramas del gran acebo del parque. Era mediodía, y nuestra
familia, siguiendo una antigua tradición, se sentaban
a la mesa a esa hora, pese a que ya cundía entre los nobles
la moda, llegada de la poco madrugadora Corte de Francia, de
almorzar a media tarde. Soplaba un viento del mar, recuerdo,
y se movían las hojas. Cosimo dijo:
-¡He
dicho que no quiero y no quiero! -y rechazó el plato de
caracoles. Jamás se había visto desobediencia más
grave.
Kafka,
D.H. Lawrence, M. Yourcenar, Onetti, etc. nos han regalado magnificas
novelas, con sus magníficos comienzos, pero esta selección
que nunca pretendió ser canon, es incompleta como todas
las selecciones. Oí decir hace mucho tiempo que un hombre
es el resultado de lo que come y que un escritor lo es de lo
que lee. Yo he tenido la enorme fortuna de haber tropezado con
estos comienzos o tal vez sin saberlo he sido secuestrado por
ellos, aunque este ensayo bien podría haber contenido
un elenco ciertamente distinto. En realidad de eso mismo se trata:
del principio de una buena amistad.
Y
si hemos hablado de los buenos comienzos, ahora podríamos
poner punto y final con el final de Moby Dick.
Sobre
la sima, aún abierta, revolotearon luego, profiriendo
terribles graznidos, algunas aves menores; una resaca blanca
y sombría ascendió por sus empinadas paredes; luego
se hundió todo, y el gran sudario del mar siguió
ondeando como lo hace desde el principio de la creación.
Sin
embargo, el final más escueto y definitivo, está
en Cuartel de Invierno [xvii] de Álvaro Muñoz Robledano:
Esta
podría ser la última página.
Bibliografía
[i]
Miguel de Cervantes . Don Quijote de la Mancha. Pgna. 17. Cap.I.
de la edición de Gustavo Doré. Madrid 1995.
[ii]
Gabriel García Márquez. Cien años de soledad.
Pgna. 1. Argos Vergara. Barcelona 1980.
[iii]
Jorge Luis Borges. El Hacedor .pp 13-16. Alianza Editorial 407.
Sexta edición Madrid 1984.
[iv]
Alejo Carpentier. El concierto barroco. Pgna. 9. Siglo XXI..
Primera edición. México 1974.
[v]Alejo
Carpentier. El arpa y la sombra. Pgna. 13. Siglo XXI. Novena
edición noviembre de 1980. Madrid.
[vi]
Julio Llamazares. La lluvia amarilla. Pgna. 9. Seix Barral. Biblioteca
Breve. Novena edición abril de 1989. Madrid.
[vii]
Antonio Muñoz Molina. Plenilunio. Pgna. Círculo
de Lectores.
[viii]
Manuel Vicent. La balada de Caín. Pgna. 7. Ediciones Destino.
Col. Áncora y Delfín, nº 603. Barcelona 1987.
[ix]
Juan Manuel de Prada. La tempestad. Pgna. 11. Editorial Planeta.
Col. Autores Españoles e Hispanoamericanos. Barcelona
1997.
[x]
Hermann Hesse. El lobo estepario. Pgna. 27. Alianza Editorial
44. Decimoquinta edición septiembre de 1979. Madrid.
[xi]
Isak Dinesen. Memorias de África. Pgna. 9 . Editorial
RBA. Narrativa actual. 11. Madrid 1992
[xii]
Antonio Tabucchi. Sostiene Pereira. Pgna. 7. Edititorial Anagrama.
Colección Panorama de Narrativas. Barcelona 1995.
[xiii]
Günter Grass. El rodaballo. Pgna. 7. Plaza & Janés.
El ave fénix. 11. Primera edición, octubre de 1982.
[xiv]
Umberto Eco. El péndulo de Foucault. Pgna. 7. Primera
edición diciembre de 1989.
[xv]
Hermann Melville. Moby Dick. Pgna. 11. Biblioteca de Obras Famosas
nº 7. Ediciones Alonso. Adaptador: Juan Alarcón Benito.
Madrid 1975.
[xvi]
J. D. Salinger. El guardián entre el centeno. Pgna. 7.
Alianza editorial nº 689. Sexta edición de 1984.
Traducción: Carmen Criado. Madrid 1984.
[xvii]
Italo Calvino. El barón rampante. Pgna. 5. Traducción:
Esther Benítez. Círculo de Lectores. Barcelona
1995.
[xviii]
Álvaro Muñoz Robledano. Cuartel de Invierno. Pgna.
56. Poeta de Cabra Ediciones. 1ª edición abril de
2000. Madrid. |