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Lumbreras
en
el Metro
(Publicado
en el diario "El País" el 15 de agosto de 2000)
Madrid
12 de agosto de 2000
Hace unos días pasó por Madrid un amigo mexicano
que me preguntó con interés si el transporte público
en esta ciudad era de calidad. Yo no dudé ni por un instante
la respuesta, es más incluso me extendí orgullosamente
aportando algunos detalles destacables como la limpieza y la
seguridad. Aunque mi amigo pareció quedar convencido con
la respuesta, de nuevo volvió a la carga. Entonces preguntó
con sorna si aquí la gente llenaba los transportes públicos
hasta rebosarlos, si los viajeros se descolgaban de las ventanas
de los autobuses, o si ocupaban los espacios entre los vagones
del Metro y subían al techo de los autocares como era
habitual en otros países subdesarrollados. Yo volví
a responderle que eso dejó de suceder en España
hace muchos años, que ahora todo ha cambiando y que al
estudio y aplicación de la frecuencia de paso de los transportes
públicos ya se ocupan "las lumbreras" con las
mismas herramientas que en su tiempo ensalzara el mismísimo
Friedman y su Escuela de Chicago.
Pero he aquí que esa conversación la mantuvimos
mi amigo y yo en julio, e inocente de mí -con la guardia
bajada tras las vacaciones- tomé el Metro ya entrado el
mes de agosto. Lunes. Tres de la tarde. 42 grados en el exterior.
Una marea humana que sale del vagón y otro huracán
que entra; una chica estupenda que junto a mí sube en
Av. de América se pierde y no encuentro su rastro hasta
pasado Alfonso XIII, y mientras tanto, un tipo bajito con bigote
insiste en hacer valer su espacio vital clavándome el
codo en el costado durante cinco estaciones. Y entonces recuerdo
en qué mes estamos y que para estas fechas alguna "lumbrera"
ha decidido disminuir la frecuencia de paso de los trenes con
el fin de que los viajeros del Metro estrechemos relaciones y
superemos por fin ese atávico "temor a ser tocados"
del que tanto nos hablara Elías Canetti en su inefable
ensayo "Masa y poder". Pero a mí que me quedaban
todavía cinco estaciones para salir, que la espléndida
chica de Av. de América se esfumó sin que pudiera
evitarlo, y que aquel tipo bajito, -sospechosamente tan parecido
a Mario Bross- casi me rompe dos costillas; a mí -insisto-
me ha venido a la memoria la conversación mantenida con
mi amigo mexicano, me han venido también "las lumbreras"
con sus recortes, por eso el único acto de rebeldía
que me pude permitir en aquellas circunstancias fue el de dejar
caer mi portátil sobre el pie de aquel inocente tipo al
grito de ¡Viva Zapata! ¿Se hacen cargo, verdad?.