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Relatos

 
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Página Personal de Antonio Polo

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De cuando no había la fraude, el engaño y la malicia.

“Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron el nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de “tuyo” y “mío”           Dicurso de D. Quijote a los cabreros

ALEJANDRO CASTELVECCHIO.  Desde El Toboso.

En algún lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Aquella madrugada el autor volvería a leer varias veces los primeros capítulos del libro que estaba acometiendo. Dicha lectura tenía por objeto enhebrar la personalidad de Don Quijote con la perorata que éste, en el que se conocería más tarde como el undécimo capítulo, pretende soltar a los cabreros. Y esa tarea cada vez le resulta más difícil y no porque el viaje al Toboso, viaje que ya había pospuesto más de lo considerado prudente, lo hubiera extenuado sobremanera sino porque entreveía en el horizonte negros nubarrones. Por eso lo releía a la luz de las velas en esta calurosa noche de julio.

Pero algo ocurre. ¿Sí? Estudios centrales, ¿me recibís? Parece que hay alguna interferencia. ¿Me oís? Repito, me encuentro en los aposentos privados de Don Miguel de Cervantes Saavedra.  Ahora son las diez de la noche del día 6 de julio de 1605, y aquí en Alcalá de Henares el aire se ha ido llenando con el pesado dulzor de los limoneros del patio. Don Miguel pasea de arriba a abajo, y de cuando en cuando descansa pensativo en el alféizar de la ventana. Desde aquí puede contemplarse con amplitud toda la vega mientras los alcalaínos parecen concentrados en que la cigarra no extienda mucho más esta noche su canto. Lo que desean sin duda es que el sueño los venza entre el sopor del jazmín y el efluvio de los viejos limoneros de la plaza, acaso que la calma que solícita va agotando el furor de la cigarra se apodere de la noche, y que finalmente, esa leve brisa que asciende desde el río no se demore ni un minuto más. Entre tanto, el escritor  no deja de pasear inquieto por la habitación. En realidad acordamos que la entrevista no se demorara mucho tiempo, pero también es cierto que pactamos acabarla antes de medianoche. Sin embargo, visto lo visto, entre tanta inquietud y tanto paseo no parece que vaya a producirse por el momento

Que Cervantes tiene mal genio, eso ya me lo habían dicho en la redacción: “Esto no es para un plumilla, Alejandro” me había comentado el Jefe de Nacional mientras me daba vaselina. “Si no fuera porque tengo apalabrado un apartamento en Denia te juro que iba yo mismo, fíjate bien lo que te digo”, aseguraba con asombrosa desfachatez la misma tarde de autos.

Pero, atención estudios centrales, Miguel de Cervantes acaba de hacer un gesto para que me acerque hasta la ventana. Lo hago sigilosamente, y una vez allí, casi en un susurro, oigo lo que dice: “Huela señor reportero, huela. No lo creerá pero fue el aroma a jazmín de los naranjos lo que me ayudó a sobrellevar aquellos aciagos días de Argel”. Y mientras aspira una bocanada del aire dulzón que llega desde el patio, el escritor deja sobre la mesa el mazo de papeles que sostenía en las manos. Papeles que ya desde la lectura de las primeras líneas, se puede concluir que el discurso de Don Quijote a los cabreros va más lejos de lo que supone una animosa y simple perorata en un alto del camino, y menos aún cuando los tasajos de cabra y los cuernos de vino corren con tal desmesura. Pero es ese discurso, por mucho que pretenda barnizarlo con el tinte de locura de la que hace gala Don Quijote, la razón última de la inquietud que lo consume esta noche. Y es que no hay más que ver cómo mira de soslayo ora al patio de naranjos ora al mazo de papeles que tras mi lectura descansan revueltos sobre la mesa.

ALEJANDRO CASTELVECCHIO ¿Es cierto Sr. Cervantes que el libro que está escribiendo es ya objeto de interés por parte de la propia Inquisición?

MIGUEL DE CERVANTES. Eso es una falacia. ¿Cómo cree que perdí mi brazo izquierdo? ¿Y los cinco años que pasé en una infesta prisión de Argel? ¿Y mis servicios a la patria en Portugal y Orán? ¿Es que todavía tengo la necesidad de seguir demostrando mi lealtad y mi fe? Lo que ocurre amigo mío es que, entre nuestros gobernantes, los hay que tienen muy poca imaginación y están empeñados en que el nuestro sea, a toda costa, un país serio.

A. C.  Entonces ese es el motivo de la locura de Don Quijote, ¿no es cierto?

M. C. Evidentemente. ¿De qué otra manera podría destruirse a la injusticia?

A. C. Dígame, entonces qué hay en ese capítulo que le inquieta tanto. Al fin y al cabo, todo él podría considerarse como resultado de los desvaríos de un visionario.

M. C. Precisamente porque no son desvaríos. Bien mirado, en realidad se trata de toda una declaración contra la injusticia: la utopía, la abolición de las clases, la Justicia. Por eso necesito enajenar la mente de Don Quijote todo lo que me sea posible, y tengo que  hacerlo pasar por loco para así poder expresar con toda libertad mi decidida repulsa ante las guerras, la injusticia y la abyección. Escuche señor reportero, yo no sé cómo serán las guerras en el futuro. Quizá entonces los hombres hayan aprendido lo suficiente como para que éstas se diriman en un Consejo de Príncipes, sin más campo de batalla que una mesa sobre la que reposen los códices y las leyes, haciendo valer por encima de todo los distintos fueros de los contendientes, y por supuesto sin que la sangre de ningún inocente tenga que derramarse. En cambio, hoy la guerra está tan cerca de nosotros que incluso convive en nuestras casas, y es tan  cercana y absurda que no sería de extrañar si un día de éstos, nuestros propios vecinos nos declarasen la guerra para apoderarse del estiércol de paloma con el que adobamos los cueros salmantinos.

Y mientras el hombre no alcanza corduras venideras, quisiera señor reportero dejarle estas sencillas palabras: “En aquel tiempo no había la fraude, el engaño y la malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La Justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen”.

A. C. “Estudios centrales. Devuelvo la conexión”.
Desde algún lugar del Toboso.

ALEJANDRO CASTELVECCHIO. Enviado especial.

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Del libro "Crónicas desde la Historia"
©Antonio Polo González
Madrid 2005

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