el laberintoel laberinto  

    quince primavera

PORTADA :: EL HILO :: EL LABERINTO

 

Todas la claves y el símbolo 

VersO

 

los bisabuelos/salmo 44
por Jesús Urceloy

¤¤¤

de regreso a la tierra
por Osvaldo Navarro

¤¤¤

elevolución
por Ivanovich Torres Figueroa

¤¤¤

pasión del mar
por Norma Quintana Padrón

¤¤¤

kawakami shi
por Rafael Pérez Castells

¤¤¤

ayer hablarte de tristeza...
por Raúl Pozo

¤¤¤

cuba
por Manuel Camacho Higareda

¤¤¤

palabras/cincel/cálido
por Miguel Ángel Ontanaya

¤¤¤

personal
por Anfisa Osinnik

¤¤¤

Nostalgie
por Phally Nguon
(traducción de LOVAT)

¤¤¤

 


 

Los mismos pies, las mismas manos
por Manuel Rodríguez Díaz

¤¤¤

Cambios
por Pilar Salas Tapia

¤¤¤

La vendedora ambulante
por Alfredo Lope
¤¤¤

La firma
por Ivanovich Torres Figueroa

¤¤¤

fotografías de Javier Gomá

 

 


 

TRES TIEMPOS
tres reseñas por LOVAT

¤¤¤

LA BOLSA DE PIPAS
Revista Literaria bimensual.
Marzo de 2002. Nº 31

¤¤¤

Apsley Cherry-Garrard
EL PEOR VIAJE DEL MUNDO
La expedición de Scott al polo Sur

¤¤¤

anónima
Asociación Cultural Poeta de Cabra
Marzo de 2002. Nº 1

¤¤¤

¡ÁNDELE Y ÁNDELE!
por David Torres

¤¤¤

BILLY WILDER In Memoriam
por David Torres

¤¤¤

CARTA acerca de la
VII Edición del Concurso "Todos Somos Diferentes"
por David Lago Gonzalez
¤¤¤

ARTE DE ULTRATUMBA
por David Torres

¤¤¤

RAMON GAYA Y LAS MISIONES PEDAGÓGICAS 1933-1937
por Ignacio Argüelles

¤¤¤


 

m4ñx60·inicio

 

Los mismos pies, las mismas manos
por Manuel Rodríguez Díaz

 


Tenemos los mismos pies, las mismas manos; pensamos diferente, pero todos pensamos; queremos alcanzar cosas, ilustrar la idea de nuestro paso por el mundo. Y toda idea es valiosa, y toda cosa por alcanzar bien merece el intento. Sin embargo, yo miro mi idea dibujada en un cuaderno y después miro la tuya, comparo y si la mía me gusta más, quiero que la tuya sea borrada y que tomes mi idea como ejemplo para tu imagen; si me parece mejor tu visión te señalo hacia un lado para que voltees, para así tomar un segundo que requeriré para calcar tu dibujo. Ves a los lados: aquel parece mas alto que tu, acaso aquella mujer no es del color de tu madre, acaso hablan, aquellos dos de mas allá, de una manera extraña. Tu dices: yo vivo aquí, soy hijo de fulano y zutana, esta es mi tierra, esta es mi familia. Come lo que comemos, viste como vestimos, habla como hablamos, compra como compramos, piensa lo que pensamos y tal vez seas parcialmente adoptado como uno de los nuestros.

Llegamos a tu país, te convencemos. No recojas fruta de esos árboles, no comas esa carne, ese pescado, que consigues así, tan fácil. Labra tu tierra y siembra esta planta que dará tela, véndenos la tela que te pagaremos con dinero con el cual nos comprarás fruta, carne y pescado. No bailes y pienses, solo baila, para poder clasificarte como bailador. Si naciste en Talpatria, pon cara de ser de Talpatria, para poder reconocerte. No bebas vino si no naciste en el país de los vinos. Si eres latino, haz todo lo que puedas para no diferenciarte de otro latino. Si eres español grita ole. Si pasas de los cuarenta apréndete los hábitos de los cuarentones, que podemos enseñarte si no los conoces. Si escribes y eres "joven", escribe como un escritor "joven". Ya sabes, por ese cuento de grupos etarios, segmentos, muestreos. Ya sabes, para clasificarte.

Los mismos pies, las mismas manos. La misma idea redonda del mundo que ronda no sabemos si al derecho o al revés. Pero el miedo al otro sigue tan como si nada. La necedad histórica se hace histérica cíclicamente. La verdad se reirá, tal vez, de sus tantos autoproclamados dueños. Hoy miramos guerras actuales escuchando promesas de guerras futuras que se lanzan como si tal cosa, desandando miserablemente vaya usted a saber cuantos caminos de evolución. Hoy que salvamos distancias en instantes, no damos un paso en firme para ser más dignos, más sabios, más gente, mejores.

Con los mismos pies y las mismas manos, construimos muros, visibles o no, para que no escapen aquellos a los que hemos liberado de algún oprobioso opresor que los tenia encerrados tras un muro. Con los mismos pies y las mismas manos alzamos o derribamos al que pretende crear con sus pies y con sus manos. Declaramos el pasado como historia o falsedad según nos interese hoy. Desviamos la vista ante aquel que reza, si militamos en el Dream Team de la ciencia. Descalificamos los registros sanitarios si somos soldados de la "nueva era". Siempre divididos, siempre dividiendo.

Seguimos enseñando a ahondar las diferencias generación tras generación, negando una y otra vez que viajamos todos en el mismo barco. Los mismos pies y las mismas manos, son los que estamos quebrando.


Manuel Rodríguez Díaz,
escritor, músico, compositor, investigador de crecimiento personal. Nació en Venezuela en 1971. Es habitual colaborador de distintos sitios de internet, como cervantesvirtual.com, ha dado a conocer su trabajo a través de su página personal www.geocities.com/manuelrdiaz2.

 
índice

m4ñx60·fin

 

"Libélula" Javier Gomá

m4ñx61·inicio

 

Cambios
por Pilar Salas Tapia

 

A veces la propia realidad nos puede parecer una pesadilla, pero en aquellas circunstancias por mucho que intentara adentrarme en un mundo de sueños, y salir de esa realidad palpable y latente, no había escapatoria ni forma alguna de cambiar aquella situación, nada podía cambiar el verme postrada en aquella cama, abrazando a quien durante un largo periodo de mi vida había sido mas que un amigo, mas que un hermano; Marcos había formado parte de mí, había sido mi confesor durante años y la única persona que realmente me conocía. Siempre a mi lado, apoyándome en cada momento, siempre haciéndome reír y conservando viva dentro de mi cualquier esperanza que yo siempre daba por perdida, siempre fortaleciéndome en los peores momentos de mi depresiva existencia y siempre pudiendo contar con él para todo...

Marcos había sido siempre una persona fuerte, fumador de ducados empedernido, bebedor de tequila en ocasiones, amante de la tortilla de patata y el buen jamón como yo, enamorado de la música y acérrimo a sus buenas copitas de vino, que recuerdo bebíamos juntos en multitud de ocasiones, acompañados siempre de buena conversación y enorme satisfacción de compartir nuestros problemas y desilusiones, terminando muchas veces borrachos y embriagados de lagrimas y risas, siempre con alegría de estar juntos y de saber que entre nosotros había una amistad especial, algo que ninguno de los dos habíamos sentido antes, nos sentíamos libres entre nosotros, sin miedos a decir o sentir, sin precaución al hablar, pues todo era valido.

"Los inseparables", así nos llamaban en la Facultad, aunque siempre nos querían colocar el "san benito" de que éramos algo mas que amigos, pero tanto Marcos como yo, por experiencias pasadas, huíamos de cualquier tipo de relación amorosa, y desde luego menos entre nosotros, preferíamos una soledad compartida con amistad. Amábamos tanto nuestra amistad, que ninguno la hubiéramos puesto en peligro por una relación sentimental.

No me hacia a la idea que desde aquel día Marcos ya no iba a estar, abrazada a el con fuerza, como si ello fuese a permitir que la muerte no se lo llevara, como si aquellas lagrimas que de mis ojos caían, mojando su oscuro y brillante pelo, fueran a hacer que le devolvieran a la vida.

Hacia un año que Marcos había enfermado, un cáncer de garganta, hizo mella en él, y desde el momento que ambos lo supimos, creo que aun fuimos más inseparables si cabe.

Apenas le quedaban fuerzas para hablar, pero mantenía sus ojos fijos en mi, sus ojos abiertos, siempre le decía lo preciosos que eran sus ojos, negros y grandes, que muchas veces, solo con mirarme me hablaban.

Aquella mañana mostraban una ternura especial, como si en vez de morir, estuvieran naciendo en aquel entonces. Mantenía una pequeña sonrisa en sus delgados labios, mientras me miraba y a la vez, cogía mi mano como si más bien tuviera miedo de dejarme sola, que de saber que era él quien se iba....

No podía dejar de llorar, de mirarle, de abrazarle, de rogarle que no se fuera, de decirle lo mucho que le quería y necesitaba. Pero Marcos me conocía bien y sabia que saldría adelante, sonreía sin cesar, y de repente un pequeño silencio extraño se hizo en la habitación, apretó mas aun mi mano, abrió los ojos enormemente, se me quedo mirando y me dijo:

"Hola pequeña, he llegado al final del camino contigo, deja de llorar, ¡llorona!, que mi cuerpo se va, pero mi corazón y mi alma se quedan contigo preciosa, recuerda lo que siempre te dije amiga mía, la vida cambia, y tienes que estar preparada para los cambios, hoy solo va a cambiar que dejaras de verme, pero nadie cambiara lo que tu y yo hemos pasado juntos, nadie te cambiara a ti, porque tu conviertes la vida en algo especial, porque tu pequeña, convertiste mi vida en especial, y antes de que mis ojos se cierren para siempre, con tu imagen grabada en ellos, recuerda rubita que la vida cambia, recuérdalo siempre y estate preparada para ello, y ahora déjame decirte algo que aunque no creas nunca me atreví a decirte, y es que... te quiero pequeña, y siempre te he querido.. me voy sabiendo que lo sabes, y con la esperanza de que la felicidad nunca se aparte de ti mi amor"....

El silencio termino con el sonido de un beso, ¡qué beso!, agarre su cuello, despacio, mientras su pelo oscuro y largo caía por mis manos, miradas fijas, especiales y cómplices, nuestros labios se besaron, nuestros ojos no dejaron de mirarse, y en aquel enorme abrazo que más que una despedida, parecía el abrazo de un encuentro, del saber que acababa de nacer algo, no pude por mas que gritarle y hacerle saber que siempre siempre le había querido.... Marcos cerrando los ojos despacito, termino diciendo:

"Recuerda que la vida cambia rubita, no lo hagas tu, eres la mejor, te quiero...."

Sus ojos se cerraron para siempre entre mis brazos.... y aquel día comprendí que "la vida cambia" y yo... no me había preparado para aquellos cambios....

 


PILAR SALAS TAPIA
Tiene 27 años y es de Aragon, concretamente de la provincia de Teruel. En la actualidad, está al cargo de un Gabinete Juridico y de Gestion Empresarial como Administrativa, ademas estudia Psicologia mediante la U.N.E.D., es agente de una empresa de Internet que hacen portales para empresas y servicios.Desde principios de este año, colabora con la Revista de Escritura Creativa NITECUENTO, de Barcelona, en la que publican muchas de sus obras, colabora tambien con la pagina "tusrelatos.com" donde hay publicadas algunas de su obras, asi como en la revista ALMIAR, donde publicaron una de sus poesias. Tambien tiene un pequeño "hueco literario" en una pagina aragonesa, concretamente de la provincia de Zaragoza.

 

índice

m4ñx61·fin

"Arboleda" Fotografía de Javier Gomá

m4ñx62·inicio

 

La vendedora ambulante
por Alfredo Lope

 

- Vendo...

Esto fue lo que me dijo aquella mujerona, dejando la palabra en suspense, como pendida del malecón en cuyo bordillo de piedra yo me encontraba sentado, de espaldas a un mar a punto ya de atardecer. La mujer aparentaba generosidad, porque rebosaba unas negras carnes que apenas podía contener su bata estampada en una mezcolanza de colores, y porque su brazo izquierdo servía de sostén al hombre que la acompañaba, un anciano ceniciento en su indumentaria, en su cabello y encrespada barba, en su mirada. Me había estado fijando en que ambos se paraban ante todos los que, como yo, teníamos la pinta inequívoca de pertenecer a otro país. Era evidente por tanto que hacían la improvisada ruta de los foráneos, y que tarde o temprano yo también me constituiría en un punto de su itinerario.

Tras una escueta pausa, la mujer añadió:

- Le vendo, señorito, bonita bisutería, collares, pulseras, anillos y pendientes: un obsequio que seguro que le encantará a su novia, si no es ya su esposa. Porque usted, con esa gallardía, seguro que tiene por ahí una mujercita bien guapa...
- No -le contesté, intentando endulzar con una tímida sonrisa la desilusión que le supondría mi negativa. Y quizá este gesto mío fue lo que le animó a continuar con su ristra de cosas en venta:
- También puedo ofrecerle langostas, y carne de cocodrilo, y un mojito, o ron a secas, del año que usted prefiera, y café y azúcar de caña, y cigarros puros, y el aliño picante y sabroso de la salsa y el merengue, el milagro de una música que descoyunta el cuerpo de alegría...

Se interrumpió para dejar espacio a mi elección, pero por toda respuesta sólo recibió de mí el mutismo, cerrado del todo, sin ni siquiera una tímida sonrisa esta vez. Y el viejito entonces, al ver que ninguno de los dos nos decidíamos a hablar, le acució a su compañera con un par de nerviosos movimientos de codo para que volviese a la carga descargando sobre mí su mercancía estrella, lo supuestamente mejor que llevaba. Ella, sumisa, obedeció:

-Por si fuera poco, tengo habitaciones de hoteles, desde de clase turista hasta de lujo; playas con arenas harinosas, sombras de cocoteros y aguas tibias, transparentes, coralinas; una muchedumbre de guías y taxistas para que le enseñen las maravillas de esta tierra... -Y bajando la voz hasta el grado del susurro al oído, a guisa de una confidencia inconfesable, concluyó-: Y un muestrario de muchachas juguetonas y a cada cual más linda.

La mujer me miró con una expresión de convencimiento de que, ahora sí, todo o al menos algo de lo que acababa de enumerar me había encandilado lo suficiente como para pedírselo sin dudar un solo instante. Yo me dediqué a imaginar que tanto género y en parte tan grande podía tenerlo guardado perfectamente bajo su inmensa bata, de tal manera que, si se lo demandase, me sacaría una botella de ron de un bolsillo interior, o una joven mulata de la manga derecha, o una playa que colgara de la sisa: todo como por arte de birlibirloque. Y luego hice que fuera ella quien fantaseara, siquiera por unos segundos, diciéndole:

-Y si lo comprara todo, ¿qué debería darte yo en pago?
No sólo a la mujer, sino también al viejito, se les ilusionaron los semblantes. Y ella, después de calcular una cuenta que ignoraba que iba a ser la de la lechera, exclamó:
-¡Unos poquitos puñados de dólares! ¡Sólo eso, una ganga!

Yo había actuado con ella como un astuto jugador de ajedrez, llevándomela al terreno que le tenía preparado. Ahora ya sólo me restaba lanzarle el jaque, que consistía en una pregunta capciosa:

-¿Y para qué quieres ese dinero?
A la mujer le pareció que era tan obvia la respuesta, que no se tomó el más mínimo tiempo para pensársela:
-Lo necesito -dijo como de carrerilla- para poder seguir ofreciendo lo mismo a otros a cambio de unos dólares que me permitan seguir ofreciendo lo mismo a otros a cambio de unos dólares que me permitan...

Detuvo su rayado discurso, quedándose alelada, con la boca abierta y los ojos muy grandes y clavados en quién sabe dónde: probablemente en lo absurdo y mísero que, según acababa de darse cuenta, era su trabajo. Si leyó cierta novela, pensé yo, quizá se acordó y se identificó con el personaje que moldeaba pescaditos de oro para luego fundirlos y volverlos a moldear, y luego fundirlos de nuevo, así sucesivamente a lo largo de un siglo de soledad. El viejito entonces comprendió que la vendedora nada iba a obtener de mí salvo, a lo sumo, este tipo de reflexiones que no interesaban en absoluto; y empujándola suavemente con el hombro, la apremió a reanudar la marcha. De modo que se despidieron de mí y enfilaron un camino rumbo al corazón de la capital. Y a los pocos metros de su pausado andar, advertí que algo caía del interior de la bata de la vendedora. Me levanté y fui a recogerlo del asfalto: se trataba de una hermosa flor tropical.

-¡Eh, señora! -la avisé a voz en grito, mostrándole en alto su extravío.

Y la señora tornó su cabeza, limitándose a sonreírme y a guiñarme un ojo cómplice. Yo de inmediato entendí que nada se le había desprendido involuntariamente, y aproveché que aún me miraba para besarla, a su flor del paraíso, con la intención de hacerla sentir que en realidad era ella a quien besaba, a esa mujerona que encarnaba la generosidad, en agradecimiento a tan maravilloso regalo de despedida.


Alfredo Lope (Vitoria)

 

índice

m4ñx62·fin

 

m4ñx63·inicio

 

La firma
por Ivanovich Torres Figueroa

 

Viví la niñez y parte de mi adolescencia en el centro de Guadalajara, por la calle de Venustiano Carranza, a tres cuadras de Avenida Hidalgo. Había tardes completas de fútbol en la calle contra los chavos del barrio de Belén, las 'pintas' que nos dábamos al parque Morelos para echarnos una nieve de Coco y rolar todo el día en San Juan de Dios.

-Ya voy tarde y el tráfico que no avanza nada...

Ese era el barrio que abandoné cuando entré a la Facultad de Derecho. Todo cambio. Dejé de frecuentar a los amigos del barrio por los nuevos que me hacía en la Facultad, era un mundo que despertaba en mis ojos, y me gustaba saberme dentro de él. Mis padres se esforzaron en muchas cosas para que yo sacara la carrera de abogado, pues, como único hijo no contemplaban nada que no fuera el bienestar de su vástago. Cambié de ropa para entrar en onda con los nuevos camaradas de facultad, la greña sucumbió para dar paso al peinado correcto. Me hice parte de ese nuevo modelo de vida mientras dejaba atrás, en el barrio, las pachangas interminables que salen como hongos con la lluvia. Olvidé a mi carnosa Cheli y a su extraordinaria risa, vivía con su mamá en una tiendita en la esquina de San Felipe. También me alejé de mis padres poco a poco mientras cursaba la carrera.

-¡Sí, manda una copia firmada sin falta mañana!, "Clic". No pueden hacer nada si no estoy ahí.

El primer año de carrera conocí a Estela, en un baile, recuerdo el vestido rojo que provocaba mi imaginación. Duramos 3 años de novios, para ese tiempo ya trabajaba en un despacho afamado. No iba al centro a menos que fuera 10 de mayo o los cumpleaños de mis padres. El tiempo estaba entre Estela, la Facultad y el trabajo. Me titulé en el verano del 72, mis padres lloraron de felicidad.

Mi madre murió en el 76, la alcanzó mi Padre dos años después; en la casa que nunca quiso abandonar, sufrió un infarto mientras cenaba. La casa, la vecindad entera fue demolida para construir oficinas, los recuerdos quedaron sepultados y la vida se tornaba más moderna. El mediodía del lunes, el tráfico espantoso por Hidalgo rumbo al centro, el ruido asfixiante que parece surgir de cualquier cosa en movimiento. Me dirigía a la casa de Don Manuel López, ubicada en la calle de Carranza. Después de 6 meses de pláticas y negociaciones, la venta de unos terrenos estaba amarrada; hoy iba a firmar. Cruzaba con enfado la infestada Avenida Alcalde.

-Llegaré a su casa con retraso de 15 minutos.

Para Don Manuel era excesivo, y para mi abominable soportar sus desplantes de senectud.

-¡Ni un maldito lugar!

Había más carros que de costumbre en la calle, durante 6 meses me estacioné afuera de su casa sin ningún problema. Circulé una- cuadra, di vuelta a la manzana, nada. Sin remedio avanzaba sobre Carranza hasta ver un lugar que era vigilado por un "dale-dale", con la prisa me resigné.

-Dele jefe, dele rápido porque viene un camión atrás de usted.

El rostro era familiar, me era conocido el tipo, pensaban mientras maniobraba mi BMW en reversa. Al apagar el motor, se catapultó un rostro del pasado. Lo vi de nuevo y la imagen fue aclarándose, sin duda era Felipe, mi mejor amigo del barrio en aquellos años. Sentí incomodidad, el estómago vacío, dudé un poco en bajar del carro -no sé por qué- y enfrentar una engorrosa charla con mi antiguo camarada. Su mirada era la misma que dejé de ver hace 30 años, sólo que ahora estaba acompañado de una enorme panza, poco pelo y arrugas, pero la sonrisa campechana no cambiaba en él.

-Je-jefe..., se lo lavamos y cuidamos por 10 pesos.

Titubió al verme de frente, profundizando sus ojos en mi cara, yo hice lo mismo. Quedamos en silencio por un par de segundos, en un fugaz movimiento me miró de pies a cabeza. Se agachó para tomar el balde espumoso de jabón y no dijo nada más. Moví la cabeza aceptando el trato, él comenzaba a lavar el carro de manera diestra, ya no me miró. Di la vuelta y perfilé mi retraso a casa de Don Manuel quien me esperaba. Escuchaba el silbido tropicoso de mi viejo amigo a lo lejos; quizá fue mejor así, no teníamos nada que decirnos, su vida y la mía eran tan- diferentes. Me reconoció, yo le recordé, pero ya era tarde para fraternizar algo del pasado.

Cruzaba la calle de Garibaldi, me sentía como extranjero, molesto, pensando en sólo salir del centro cuanto antes. Pasé frente a lo que fue mi vecindad, no reconocí nada. Faltaba dos cuadras para llegar a casa de Don Manuel. Preparaba mi disculpa por el retraso evidente, procurando utilizar todo los pretextos posibles para justificarme. Llegué a la esquina de San Felipe, esperaba el alto en el semáforo para cruzar. Una risa, una que hacía voltear por su belleza, ahí, alegremente, afuera de la tiendita de la esquina, contemple a un repartidor de refrescos platicando animosamente con esa señora sobrada de peso, de cabellos canos. Era Cheli. Me detuve dominado por el baile sonoro de la risa que contrastaba con el furtivo pase de autos. Cheli seguía riendo a sus anchas, su cara era la misma al formarse los arcos primorosos de sus labios.

-Estela no ríe así...

Escapo esa conclusión en voz baja mientras cruzaba lentamente la calle, frente a ellos; Cheli no me miró ni por un instante. De todos los momentos que viví en Carranza, era la risa de Cheli la que predominaba intacta en mi mente. Al alejarme del barrio la despedida con Cheli fue triste, ella se mantenía callada. Nos dimos un beso, entró a la tiendita y ya no la volví a ver. Después supe que se casó, que la tiendita era ya de ella.

Al llegar a casa de Don Manuel reanimé mi corbata y aliste una falsa sonrisa de disculpas. Pero en la puerta, una pareja de ancianos, ataviados de negro, esperaban. Yo alcancé a escuchar:

-Es una pena lo de Don Manuel. Pero, la verdad, fue mejor así... en su sueño.

Me sentía aturdido por la noticia cuando de repente alguien abrió y los invitó con un gesto a pasar. Me quedé al lado de la puerta, dudando en dar un paso adelante. Pensé en entrar, en retirarme cautelosamente y no ser visto. Dar el pésame o retroceder, pensé, pensé.

 


Ivanovich Torres Figueroa

 

índice

m4ñx63·fin

 

 

<|página anterior| ---------- |2 de 3 páginas| --------- |página siguiente|>

 

volver a los inicios

    quince primavera

PORTADA :: EL HILO :: EL LABERINTO