Decía
que el infierno está vacío.
Decía que un traje es en sí una substancia.
Decía haber hablado con su Muerte, y que cada uno sabía
lo que tenía
que hacer.
Decía que la misma pequeñez de la luz adivina los
más lejanos rostros.
Decía retroceder hasta el borde de la piedra, donde termina
con ojos prestados
y solares.
Decía que los abalorios regalados le fortalecían en
su propia miseria.
Decía que una reunión de alegría familiar no
estaría resuelta si la Muerte no
comenzase a querer abrir las ventanas.
Decía que los halcones blancos se reproducen mirándose
sin volver los ojos
hacia atrás.
Decía que el correo se solaza en el olvido de las direcciones.
(¿Qué
haremos, ahora que muere, con las ventanas, con los caracoles de
la santera, con los sombreros de hongo?
¿Qué haremos con los cigarros, con los quince años,
con los nombres mal escritos, con su costumbre de escandir la marea?
¿Qué haremos ahora que rasga su mosquitero con un
filo de pedernal, que contempla en el incendio un solo grano de
granada, que lo come?
¿Qué haremos de aquí en adelante, si no nos
enseñó cómo volver de Lezama Lima?)