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No terminó el mundo, para desgracia de todos
los fanáticos de la mentira y amantes de la venda en los ojos. De nada sirvió su terror,
tan semejante a la estupidez; muchos, no sólo los parisinos, aprovechamos la penumbra del
eclipse para brindar con el mejor alcohol que pudimos encontrar. Cuando se retiró la luna
y volvió la luz, tan sólo un leve oleaje de marea a deshoras y la sonrisa avergonzada de
los ignorantes. Los péndulos continuaron su movimiento , el de Foucault y todos los
demás, los que demuestran la rotación de la Tierra y los que se adentran en el tiempo,
los escondidos y los contemplados, los que surgen por azar y los regulados por un
mecanismo de precisión; incluso la piedra al extremo de un cordel que un niño balancea
para encerrarse en su aburrimiento.
Ariadna quiere ahora contemplar el péndulo,
ponerlo en marcha tal y como es: inagotable, caótico, intenso, como lo son las palabras y
los trazos con que lo hemos intuído. El sexo, la memoria, la sombra, el ritmo, el humo,
las manos, los espejos. Tan sólo la superstición permanece quieta.
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