MUSICA PARA AEROPUERTOS

Recuerdos del que viaja con los cinco sentidos: (III) el tacto.

El tacto de otros lugares
por Dámaso

 

El tacto se practica sobre todo en la cama, y siempre con una piel de por medio, pero aparte de este hecho exquisito ¿qué otras cosas tocamos, que permanezcan en la memoria? Porque tocar, lo hacemos continuamente; la ropa es roce constante que rápidamente se olvida, y si hay alguna prenda que se nos hace presente durante la jornada, pasa a las perchas del fondo del armario, o a un contenedor al uso. Desde que nos levantamos, andamos tocándolo todo: el cepillo de dientes, el jabón, el billete de metro, el filtro de un primer cigarrillo, siempre tenemos algo entre manos, pero pocas veces memorizamos su tacto, simplemente sostenemos las cosas, sólo a veces las acariciamos, y la caricia es la base de la memoria del tacto. Alejémonos de la piel para este experimento, porque una piel que se recuerda, hace olvidar otros tactos útiles al viajero. Imaginémosle virginal, llegando al aeropuerto de ...

...Kimpo en Seúl. Se acuerdan que olía a ajo, pero el viajero ya está acostumbrado a ese olor, ahora le preocupa recordar lo que tocaran sus dedos en otros viajes, para adaptarse al cambio. Este es un truco común entre los que viven de hotel en hotel, recordar sensaciones anteriores para ponerse en situación lo más rápidamente posible, y nuestro viajero es un ser ordenado, que almacena sus recuerdos en las carpetas de un disco imaginario con los nombres de los sentidos. Y allí estaba el eslabón que le faltaba: el tacto de lencería de los teléfonos. En todas las casas, despachos y bares con clase de Corea, se viste a los teléfonos con algo así como unas braguitas o un traje de bautizo. En el país del plástico, su tacto parece procaz, y el gesto de coger un teléfono adquiere cierto erotismo.

En México el tacto de la piedra es árido, pero atrae el ensueño de civilizaciones perdidas, y esa aridez siempre la puede matar el viajero, tomándose un trago de pulque antes de iniciar la escalada de una pirámide. Allí, en la cima de una de ellas, el viajero puede conocer a un maestro que cuenta la historia de los dioses aztecas a un grupo de niños, y verá sus caras de asombro al oír cómo nació Tehotihucán, pero probablemente gracias al pulque, también se imaginará a otros niños no muy diferentes, nacidos en aquellos días en que los estucos de la Avenida de los Muertos tenían vivos colores. La piedra en las catedrales españolas oculta por los altares , la piedra en los pedestales áridos de los gobernantes, la piedra en el suelo de los zócalos donde se extienden las mantas multicolores con cualquier cosa que la mano pueda hacer con el metal, la madera o las plumas de un pájaro. El tacto de la piedra es árido en otros sitios, pero para nuestro viajero la piedra es más árida en Méjico, o por lo menos eso es lo que recuerda.

Mi tierra también es seca, y su tacto cuartea las manos, pero en otros lugares de mi país, el verdor es insultante, y la humedad te recibe entre las sábanas. La memoria táctil debe ser como una lengua invisible de camaleón, que va tocando y guardando la esencia de lo que toca, pues bien, la lengua invisible del viajero reconocerá España por la dura hoja de las encinas, o las acículas quebradizas de los pinos al cruzar un bosque, por la fría superficie de una botella de vino, y la suavidad de una mesa de pino añoso sobre la que echar un órdago a pares, y perderlo. También por el pan, pero sin tocarlo con la lengua camaleónica, el pan entre las manos puede ser una lujuria aún mayor: la harina blanca sobre algunas hogazas, la vítrea superficie de una barra bien tostada…las tierras de España, están llenas de tahonas o boutiques del pan, que ahora las llaman.

El viajero que viene del sur, probablemente pensará en los tallos de césped acariciando las yemas de sus dedos, tumbado bajo los castaños de High Park. La antigua Albión debió de ser suave y húmeda, como una joven vikinga, aunque ahora se encuentre asediada de construcciones. Pero en Inglaterra hay otros tactos, quizá el más familiar sea el del mango de un paraguas, o el de las solapas de su gabardina, y es que el viajero tiene muy mala suerte y siempre que llega por estas latitudes, el tiempo está de perros, y lo que queda en su memoria es el continuo quitar y poner de las prendas y su tacto húmedo.

En Japón todo se hace a ras del suelo, se come sentado en él, se duerme sobre él, es cama y mesa, pero también es suelo por donde se pasa. Esa presencia absoluta del suelo, lo hace símbolo de intimidad, y así el suelo merece todas las atenciones y limpiezas. El viajero olvidará otros tactos del Japón la primera vez que duerma sobre el suelo de una casa tradicional. La piel de ese suelo es el tatami. Es piel de cañas de arroz, suave, acolchada, y hace que la superficie de un dormitorio, sea una cama sin fronteras con muchas posibilidades para las parejas imaginativas. Esa primera noche, quizá de forma accidental, la mano del viajero resbalará del futó hasta el suelo, posándose sobre el tatami, y casi seguro que pasará un buen rato recorriendo pensativo los trenzados de caña.

El tacto ha sido el tercer sentido de este manual para viajeros, y aunque suele estar dormido cuando andamos despiertos, y se despierta cuando nos vamos a la cama, si el viajero es avezado prestará atención a este durmiente y promiscuo sentido, del que extraerá enseñanzas inesperadas sobre la naturaleza y las costumbres de otros lugares.

 

Damaso 1999
[damaso@arrakis.es]

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