LA P R O S A


 

Te acordás de cuando éramos felices?
por Adriano Perticone



Esa mañana había terminado de repartir las gacetillas temprano y como el día estaba lindo decidí seguir caminando un rato.

Ahora, ya no como trabajo, sino como placer, la caminata tomaba otro sentido. Me detenía a mirar el paisaje por el que había pasado una y mil veces, intentaba sentir los aromas de los arboles florecidos y de paso trataba de que mi cabeza volara un poco lejos de todo. Fui derecho por la diagonal y llegué sin darme cuenta a la plaza.

Desde su pedestal San Martín seguía mirando el mar. Su abrigo me había parecido siempre una joroba y esto contribuyó para que desde chico le tuviera cierta lástima al hombre de piedra. En ese momento pensé que la vista perdida en el horizonte que le habían impreso a la oscura estatua se asemejaba bastante a la que yo tenía desde hacía un tiempo, lo difícil era asumir que a diferencia mía, el pobre monumento no podía cambiar el destino que el escultor le había dado. Como siempre, me tomó un rato adivinar porqué habían elegido mostrar al padre de la patria en su época más triste, ya viejo, desterrado y enfermo. Aún así, ahí estaba él, firme a pesar de lluvias y tormentas, pero también melancólico y resignado, mirando el inmenso océano que lo separaba de su tierra desde el remoto Boulogne Sur Mer.

Una marcha de maestros que venía desde lejos haciendo sonar bombos y cantando casi a los gritos me hizo volver al presente. Tenía previsto seguir derecho por la avenida, pero los docentes seguro que terminarían su periplo en la municipalidad y no quise tener que tropezarme con ellos. Así que crucé Luro y pasé por la puerta de la catedral, justo en el nacimiento de la peatonal que lleva el nombre del triste tipo del monumento que había dejado atrás. Apuré el paso sin poder dejar de pensar en San Martín mientras cada tanto me detenía para saltar algún pozo de la vereda y de paso, aprovechaba la pausa para insultar copiosamente al intendente y a su séquito por no taparlo, incluso se me pasó por la mente volverme unas cuadras y unirme a la protesta de los maestros para descargar un poco de bronca, pero no me convenció la idea de gastar energías en algo que no iba a tener efecto. Seguí derecho, tarareando algo que ni siquiera yo reconocía y desemboqué en la plaza Mitre. El llamado a la decisión me trajo de vuelta al mundo. Podía cruzar la plaza por el medio, doblar por Colon hacia la costa o sino volverme por la avenida hasta llegar a la parada del colectivo y regresar a casa. Era temprano para regresar así que me incliné por ver un poco de verde para despejar aún más la cabeza. Esquivando pibes en bicicleta inicié la aventura de salir ileso de mi excursión e imaginé que era San Martín cruzando los andes y sorteando los peligros del camino. Pero no el San Martín real, que a punto de morir hizo la hazaña en una camilla, sino que me imaginé como el San Martín que me habían mostrado en la escuela, el del caballo blanco con el sable lustroso en su diestra amenazante apuntando al enemigo. Un carrito de pochoclo me saco de la fantasía y caí nuevamente en el vicio del maíz azucarado. La imagen del prócer terminó de desaparecer cuando me vi reflejado en el agua del estanque con el paquete de pochoclos en una mano. No me gustó lo que vi, así que preferí convencerme de que el agua deformaba la foto y seguí en ruta a ninguna parte. Se me terminaba la plazoleta y pensé mil rumbos sin que ninguno llegara a tentarme. Un obeso que llevaba con una correa a un pobre perro rengo me hizo recordar que estaba solo a unas cuadras de la casa de mi amigo el gordo Gomez. El pobre andaba mal desde hacía varios meses porque la novia lo había dejado, así que pensé que saludarlo y prestarle el oído para escuchar un poco sus penas de amor no era una mala idea. Tiré el paquete que había comprado en un contenedor lleno de escombros y me intenté concentrar en algo para evitar escuchar del ruido del zapato cuando dejaba caer mi peso sobre el pié izquierdo.

Ya con rumbo fijado me olvidé de los próceres y las plazas y me vi invadido por recuerdos de las muchas cosas que habíamos vivido junto al inmenso Gomez. La escuela secundaria nos permitió conocernos y el tiempo que pasó desde ese entonces nunca nos pudo alejar demasiado. Siempre nos hablábamos por teléfono y cada tanto nos juntábamos a recordar vivencias, y a construir historias que nunca habían ocurrido, pero que ninguno de los dos nos animábamos a desmentir por temor a que, si tenían algo de certeza, el otro se sintiera mal por la falta de importancia que le habíamos dado.

Con la mente puesta en el pasado y sin casi darme cuenta llegué rápidamente a la puerta de la casa de mi amigo. Toqué timbre y mientras esperaba que me contestaran noté que el jardín estaba bastante descuidado. El césped había crecido hasta tapar las pocas flores que quedaban en los canteros y el arbolito del medio del parque estaba bastante seco. Nadie respondió, así que me alejé del porche caminando hacia atrás, mientras intentaba ver algo por la ventana de arriba que estaba abierta. Iba a dar todo por perdido cuando me pareció que algo se había movido. Puse todos mis sentidos en la abertura y otra vez se noté que había alguien mirándome desde adentro. Grité el nombre de mi amigo pero nada pasó. Recuerdo que me preocupé un poco porque hubiera jurado que había visto un movimiento. No estaba dispuesto a quedarme con la duda, así que me fijé si alguien estaba atento a mis movimientos y cuando estuve seguro de que me amparaba el anonimato, me dispuse a llegar hasta la ventana.

No sin esfuerzo, me agarre del caño de la luz y levanté la pierna lo más alto que pude para intentar alcanzar el paredón de la cochera. A medio camino en mi trepada sentí que el pantalón nunca volvería a ser el mismo. El ruido de la tela desgarrada me anunció que mi aventura como escalador ya no tendría final feliz. A pesar del incidente, seguí haciendo fuerza con el brazo hasta que me pude parar arriba de la pared. Desde ahí mire de nuevo el panorama y me detuvieron un instante los gritos de los chicos que jugaban al fútbol en el patio de la iglesia de enfrente. Salté hasta el techo del garaje y con cuidado me deslicé sobre las tejas francesas hasta llegar al marco lustroso que había tomado como objetivo. La ventana estaba abierta, pero habían corrido la cortina y no podía ver bien para adentro. Empujé el vidrio con cuidado y en la penumbra pude observar como alguien pasaba corriendo y se metía en el baño. Convencido ahora si, que no eran visiones lo que me acuciaba, entré decidido a agarrar al intruso y con una agilidad que creía perdida salté por arriba de la cama y llegué a la entrada del sanitario en un segundo. Le di una patada al picaporte mientras gritaba para darme coraje y la puerta se abrió estrellándose ruidosamente contra el inodoro.

Cuando entré decidido a matar o morir me atacó una imagen que nunca hubiera querido contemplar. Con la mirada aterrorizada y petrificado por mi entrada cinematográfica, el dueño de casa me observaba desde un rincón. Estaba vestido de mujer e intentaba cubrirse con la cortina de la bañadera para que no lo viera. Creo que al reconocerlo debo haber quedado más petrificado que él, pero mi vista no mentía y bajo la peluca rubia, el vestido largo y la cara pintada como una puerta, estaba mi amigo. Ninguno pudo emitir siquiera un sonido en ese momento. Me sentí avergonzado, así que pedí disculpas y bajé rápidamente la escalera que conducía al living. Elegí el sillón que se me hizo más cómodo y me desplomé sobre él.

Quedé un rato pensando en que decir, pero nada se me ocurrió. Entonces analicé la posibilidad de abrir la puerta y salir corriendo, pero no le encontraba demasiado sentido a irme e tratar de olvidar todo lo que había visto. Intenté la mejor cara de disimulo y me acomodé de espaldas a la escalera caracol.

Dos minutos más tarde los escalones de madera sonaron y giré sobre mi mismo para sacarme la duda de cómo vestiría en su aparición triunfal. A pesar de que toda la vida lo había visto vestir de hombre, el solo recuerdo de ese segundo en el baño hizo que me sorprendiera verlo vestido como un tipo común. Un jean y una camisa horriblemente floreada me daban la pauta de que la normalidad había ganado terreno otra vez en el vestuario de mi ahora ambiguo amigo.

-Café? –preguntó mientras se dirigía a la cocina.

-Si, dos de azucar -contesté siguiendo con la actuación de hacer cómo si nada hubiera sucedido. Iba a pedirle también aguja e hilo para intentar remendar el pantalón, pero la situación de quedarme en calzones delante de él no me convenció demasiado.

Escuché el ruido del microondas que recalentaba el café y un instante después del pitido que anunció que la bebida estaba lista, apareció el gordo con una bandeja en la que pude ver un plato con galletitas y dos pocillos.

Apoyó todo sobre la mesita ratona y me alcanzó mi taza. Agarró la que le correspondía a él y se ubicó en el sillón que estaba frente a mí.

-Tiene las dos de azucar.

-Perdoname, pensé que habían entrado chorros –busqué así explicar mi aparatosa irrupción, pero más que nada fue un intento por disculparme de haber descubierto su secreto.

Me miró como buscando la palabra para empezar su descargo y se quedó revolviendo con la cucharita sin que le salga nada por un rato. En ese instante me arrepentí de haber hablado y busqué la excusa para hacerle notar que no me había dado cuenta de nada. Pero la cara de resignación del gordo, delataba la culpa que sentía y me cerraba el camino del olvido piadoso.

-Tampoco sive –rompió el silencio él.

-Qué cosa no sirve?

-Eso, lo que viste arriba.

-Está bien, si a vos te parece, no hay problema. Nosotros igual de amigos que siempre. –busqué apoyarlo en su decisión pero sin demasiada convicción.

-No entendés. No soy travesti. Ni siquiera soy eso.

-No entiendo nada.

-Yo tampoco. Desde que me dejó la flaca estoy perdido, voy para un lado después para el otro y no termino de encontrar el camino. Probé de todo y nada me llena, hasta intenté vestirme con ropa de mina a ver que sentía, pero la única sensación que comprobé fue la de ridiculez. No soy para eso tampoco, lo que me preocupa es que creo que no soy para nada.

Después de haberse sincerado el gordo parecía haberse desinflado. La angustia había ganado terreno en sus facciones y no pudo evitar que una lagrima rebelde rodara por su mejilla. Me invadió la pena y sentí ganas de darle un abrazo, pero no podía sacarme la imagen de verlo travestido solo unos minutos atrás, así que me contuve y volví a acomodarme en el sillón.

Sorbí el primer trago de café comprobando que estaba tan horrible como siempre, solo que esa vez encima estaba frío. Igual, me aguanté y lo terminé de un tirón. El gordo seguía sumergido en quien sabe que, mientras tenía la taza enfriándose más y más entre sus manos.

-Te acordás de cuando éramos felices? –soltó al aire mientras miraba por la ventana a los chicos que jugaban enfrente.

-Cuando?

-Antes, cuando no teníamos preocupaciones y nos divertíamos con cualquier cosa. Cuando íbamos a la secundaria y nos pasábamos el día entero haciendo nada y hablando de minas. Cuando nos juntábamos todos los días para practicar el vals del baile de egresados. Ahí si que éramos felices.

Ante el bombardeo de verdades, me intimidé y solo atiné a contestar con un balanceo de cabeza que no notó porque seguía mirando por la ventana. Los recuerdos me hicieron su presa otra vez y una sonrisa ganó al adusto gesto de circunstancia que había elegido para la ocasión.

-Y si volvemos al pasado? –dijo mientras volvía la mirada hacia mí.

-Como haríamos eso? El pasado es pasado justamente porque pasó.

-Pero si intentamos revivir lo que pasamos?

Me pareció una locura, pero en el ánimo de seguir con su fantasía asentí mientras me paraba para ir al baño. No sé a que, pero me retiré por unos instantes en dirección al sanitario de la planta baja. Abrí la canilla del lavatorio y mientras el agua corría miré al espejo del botiquín y me vi bastante descuidado. Mis últimos tiempos no habían sido de los más felices y la cara que veía así lo reflejaba. Pensé un instante en despedirme y volver a mi vida de fracasado, pero no tenía mucho para perder y además no pude dejar de asumir que el incidente en lo del gordo Gomez era lo más excitante que me pasaba desde la secundaria. Puse mis manos bajo el agua, después las sacudí un poco en el piso y como preparándome para un ritual de iniciación de un nuevo camino salí con la decisión irrevocable de emprender la búsqueda de la felicidad perdida.

Adriano Perticone. Mar del Plata. Argentina

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