LA P R O S A


 

Lágrima habitada/Plato olvidado
por Marcelo Juan Valenti



La pantalla mostraba los habitantes posibles de una lágrima. Una lágrima como un río salado, que avanza anegando el surco de una arruga, rebotando contra barrancas ínfimas.

En un plato olvidado sobre la mesa del comedor se abre un ojo. Irene mira la televisión, mira la lágrima ampliada miles de veces. le gustaría arrojarse a aquellas aguas, dejarse arrastrar por las anfractuosidades de un rostro. se acaricia el pecho, juega con guantes rojos, inicia un gesto que se pierde. espía por un instante el teléfono, también rojo, que hace tanto tiempo que no suena.

En el plato los ojos son dos, tal vez tres.

Irene trata de recuperar el gesto perdido. Busca en su mente en blanco. Estira los labios cuando cree que casi lo tiene. Pero el gesto se diluye.

Sí, ahora los ojos son tres.

El pensamiento se puebla de lunares. Irene forma una o con la boca. Y luego otra. Y otra. Y otra más. Se trata de una o que quiere ser palabra... ¿qué es palabra? E Irene se vuelve a perder en una solemne seriedad.

SOn tres los ojos en el plato.

El sillón dónde se ha estirado Irene para ver televisión es cálido, manso, tierno como una flor, como un útero. es rojo y aterciopelado. va a ser difícil abandonarlo, si es que Irene se decide a abandonarlo. Que sí, que lo va a hacer, porque alguna vez la lágrima que la televisión muestra se va a escurrir, se va a secar. Un pañuelo lo podría embeberse de habitantes ¿moribundos? de una lágrima. ¿Muere lo que vive en el agua si lo arrebata la tela?

Los ojos cada vez son más. Se abren, se cierran, se multiplican en el blanco plato olvidado.

Irene se contempla los pies enfundados en zapatos de taco alto, color rojo. Estira las piernas y hace bicicleta, que no la lleva a ninguna parte. Parece que estuviera a punto de reir por algo que ha recordado. Pero a la risa y al recuerdo se los lleva una ráfaga blanca.

Los ojos son ya muchísimos. Se estiran hacia la luz del televisor, hacia las luces coquetas y difusas que florecen en la casa, hacia ambiguos fulgores que entran por el ventanal.

En el televisor aparece un nombre que habla sobre la lágrima y dice "fin". Se terminó, piensa Irene. El esfuerzo de encontrar el control y apagar el televisor le parece imposible. Y prefiere que lo bañen imágenes y palabras que apenas comprende.

Los ojos chupan los colores. Liban, investigan, objetan, interrogan.

Irene se va a levantar. Tiene sed. Quisiera ser más fuerte que la sed y quedarse en el sillón acogedor. Quisiera... pero la sed es más fuerte que su inercia. Irene se va a levantar, se está levantando.

Los ojos parpadean.

Irene se siente aturdida. Casi se olvida de la sed que la obligó a levantarse. se cierra al respaldo del sillón. E l mundo se estabiliza un poco. Agua, piensa. Y cruza el comedor hacia la cocina.

Los ojos...PARPADEAN...

Entonces lo ve. El plato que ha olvidado sobre la mesa tan sólida y oscura, tan agradable al tacto. Y quiere tomar el plato y acariciar la madera. pero mira más aún. El plato. El plato está lleno de...

...los ojos...parp...

...el plato está lleno de algo que ella no sabe qué es. Lo toma y lo acerca a su rostro. Los ojos parpadean. Irene grita y estrella el plato contra el piso, los ojos ruedan, se esparcen por el comedor. Irene grita una vez más y huye. El espejo que está junto a la puerta retiene su mueca de espanto.

Ya afuera, corre. Ha olvidado su sombrero enorme, rojo, en el comedor donde aún los ojos ruedan.

No se deja aplastar por ese macizo helado que es Ciudad-estación. Corre por el perímetro de muros blancos. No hay sosiego para ella. Ni siquiera el aroma de los azulados bosques circundantes podría calmarla. No hay paz en este momento para Irene, que pasa frente a una ventana a la que un nombre y una mujer apenas conversan.

¿Y los ojos? ¿Y el plato hecho trizas que había sido aolvidado?

Ahora Irene llora. Y sus lágrimas avanzan entre los riscos que horadan su rostro. Irene imagina sus lágrimas densamente pobladas.

Y se detiene bruscamente. Un nuevo grito opaca a los anteriores. Irene ha descubierto que está ciega.

Marcelo Juan Valenti. Rosario. Argentina

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