LA P R O S A
Hoy es martes, algo pasó
por Vicente Rosales Cuny
Hola otra vez. No te extrañes si te escribo y no te llamo, como de hecho habíamos quedado, pero una vez más -qué raro- he sentido la necesidad de acercarme a ti por medio de las palabras, y, como ya te dije un día, para mí, ellas, las palabras, sólo existen en la lectura o cuando salen directas de tu boca.
Sí, has acertado: hoy estoy triste. Ya me conoces. De todas formas, no debes preocuparte, no es nada grave... no lo es para nosotros. Poco a poco, ya estas situaciones me producen, cada vez más, indiferencia; quizá porque sé, que tú, mi amor, estás ahí, siempre dispuesta a escuchar de mis labios otra de esas historias que yo, infeliz, no comprendo.
Hoy, sin embargo, no he podido aguardar a verte y he decidido inmiscuirme en tu trabajo y en tu oficina, así, de improvisto. Ojalá, quién sabe, llegue esto que te escribo en tanto que lo dicto, y leas con tus ojos aquello al tiempo que los míos; entonces, tus ojos acariciarán mi boca y los míos... los míos rozarán tu cielo.
El caso es que te necesito.
Espero que no tengas mucho trabajo y encuentres un rincón de tu tiempo para escucharme. No te alarmes, ya te he dicho que no es nada grave. Muchos dirán que no es para tanto, que no debiera importunarte. Pero, ya sabes, a mí sólo me importa lo que piensas tú, pues sólo tú entiendes.
De todas formas, no deseo explicarte lo que ha pasado, no; no quiero compartir lo malo y no te haré cómplice de un estrago, de una infamia, de la ignorancia, en fin, de un mal rato, no obstante me refugie en ti, otra vez, mientras se desvanece mi miedo a comprender y todo termina de nuevo... bueno, terminar... no sé, no estoy seguro de que lo haga; aunque, como de costumbre, nada finaliza hasta que te veo y me dices al oído eso de «tranquilo señor mío» con tu voz de cereza y me miras con cariño, como a un niño, con esa mirada tuya de agua limpia que sorbe el hastío al verme sediento.
Y por como me siento te escribo. Simplemente. Ya te he dicho que no era nada del otro mundo, pero... no puedo remediarlo. Al salir del trabajo me he cruzado con un montón de rostros y no he sido capaz siquiera de alzar la vista y mirarles a los ojos, a ninguno de ellos, luego me sentía persona y como tal me sentía ridículo.
Y por esto me he metido en tu oficina a estas horas, si es que he llegado a hacerlo; y por esto apelo, una vez más, a la ternura y a las caricias y a tus cabellos negros, vamos, otra vez a ti entera; y por esto ansío verte hoy y coger tu mano y sentir cómo ésta me lleva de nuevo hacia el pequeño hostal, junto a la oficina, sin preguntar nada, sin decir nada a nadie; y por esto necesito que me poseas hoy más que nunca, para subir las escaleras y acceder a la habitación sin joyas, sin equipaje, sin hora, y enseñar a todo el mundo, muertos y no nacidos, lo que se puede hacer en un rincón cualquiera, tras un arrebato de concesiones, o en la habitación que Sara nos guarda todos los martes, aunque hoy no lo sea.
Y si me estás leyendo ahora... qué tontería, ¡claro que me estás leyendo ahora! ¡Sino cuándo! Pues eso, si me lees, si me oyes sabrás que estoy cerca de ti y que te espero. Sí, estoy abajo: en el bar de los ordenadores, el té de jazmín y la camarera lesbiana. Quizá, en este momento, haya finalizado de redactar mi charla y te esté esperando ya en la puerta, o, tal vez , quién sabe, teclee ahora, en tu ahora, la a de esta última sonrisa: la tuya. En tal caso, si quieres, todavía te quedan unos cuantos minutos para acabar de mirarme en tu pantalla y contemplar mi desconsuelo. Pero tan sólo unos cuantos. No más, te lo ruego. Los justos para decir adiós a tus compañeros, coger tu chaquetilla de piel marrón, ponértela, así, muy bien, salir con tu caminar sensato de exiguos pasos y dirigirte al ascensor ¿lo ves? Ya te escribo más próximo, ya te adoro... Uno, dos, tres pisos y la planta baja ¡qué delicia! Abres la puerta, dices adiós a Luis, adiós, y esbozas una sonrisa, adiós. Pero, antes de cruzar el zaguán, demórate por favor un minuto más en el vestíbulo, sólo uno, el último; el necesario para acabar el té, decir adiós a Penélope y salir a tu encuentro.
De esta manera, podremos coincidir los dos en la escalera. Nuevamente. Como si fuera martes. Como si hubiéramos quedado.
Vicente Rosales Cuny. Hoy es martes, algo pasóa. Febrero 1999.
a r i a d na