LA P R O S A
El hombre del chorrillo
por Antonio Meroño Campillo
Variaciones en torno a un tema de La Unión
Erase una vez, como en todos los cuentos de verdad, los de antes, los de toda la vida, un albañil, digamos que un hombre como cualquiera, con los problemas, horizontes y angustias de cualquiera, un héroe popular, si se le quiere llamar así. Tenía la costumbre y el oficio de subirse todos los días del año, hiciera sol o frío, estuviera despejado o nublado, a un andamio y construir casas de todo tipo para que los demás vivieran alejados de ese frío o calor o niebla, con el sacrificio y la abnegación, ya digo, de los héroes populares, que son los que nunca pasan a las Enciclopedias y nadie (o casi nadie) recuerda, y su nombre queda entonces en el olvido, o casi. Tenía construidas muchas casas, tantas como su salud, ya quebrada, maltrecha, le iba permitiendo. Comenzó un buen día a sentirse raro, a percibirse un habitante extraño de ese pueblo, de esas casas que hacía, a soñar que no podía habitar ninguna de esas casas, que en todas había algo; en unas, hogueras, en otras, bichos, en algunas, una señal de Prohibido el Paso dirigida a él. Tenía entonces que esconderse, o hacer algo, tomar alguna iniciativa, alguna resolución, que se dice ahora en un argot que él desconoce, como casi todos los héroes anónimos desconocen, que ese lenguaje queda para los políticos, ministros, banqueros y demás personajes que viven al abrigo y cobijo de esas casas construidas por esos Héroes Anónimos que no entienden su lenguaje, ni puñetera falta que les hace. Pensó que pensar debía, digo, en hacer algo, y lo hizo. Dejó de tomar el camino que tomaba todos los días y cambió de recorrido.
- Ahora, se dijo, voy a cruzar la vía del Tren y voy a construir algo a la medida de mí mismo, algo para mí, que ya estoy harto de construir cosas y casas para los demás sin que den fruto para mí. Y, ni corto ni perezoso, y sin más compañía que su perro y sus fuerzas, comenzó, al otro lado de la vía, a mano derecha según se cruza el sendero que separa la razón de la vida y la vida de la razón, y a impulsos, a levantar un abrevadero de agua. No necesitaba saber ingeniería ni haber pasado por la Universidad para trazar canales y vías de agua hasta conseguir que el agua de la Sierra bajara y comenzara a brotar y a caer por donde él quería. Y un día era el agua canalizada, y el día siguiente era un nuevo chorro o fuente, y el otro una Virgen y un rosario...., el caso es que todo fue tomando la forma de una especie de Ermita, un sitio donde nuestro amigo, digamos que se llama Pencho, un nombre no muy extraño para esa zona, ya decimos que es un hombre como cualquiera, iba a poder guarecerse los días de lluvia y beber agua para colmar su sed los días de sol y estar así en paz consigo mismo y con los demás. El caso es que la gente del pueblo nunca lo ha entendido, que siempre han dicho que está mal de los nervios, que le dió de niño un mal aire o que pasó la meningitis, yo qué sé. Dicen que perdió la razón, que perdió el seso, y eso nadie sabe muy bien por qué ocurre: si por el mucho discurrir o el discurrir cosas extrañas, o por el mal comer o el mal dormir, que cualquiera sabe. Pero el caso es que él es feliz, a su manera, como todos acertamos tarde o temprano a serlo, siempre dentro de un orden y teniendo en cuenta lo rara que es la vida. Cada día, un montón de niños, y de adultos, suben a ese chorro o Chorrillo a beber de ese agua y a visitar a la Virgen y a corretear y a guarecerse del frío y del sol, y los novios a besarse y a tocarse y todo eso. Pencho sigue día tras día subiendo al otro lado de la vía, y se le ve con su perro, su bocadillo, sus útiles de albañilería, así, entre la gente, haciendo sus labores, su labor, callada, sorda, construyendo, no ya casas para otros sino esa casa, su casa, donde habita él, donde ha encontrado su sitio, que también es el de todos.
Antonio Meroño Campillo. 32 años. Aprendiz de historiador. Ensayista y periodista
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