LA P R O S A
Devil's Garden
por Mónica Angeli
-A la vera del camino te sentaste a contemplar mi jardín. En tu incredulidad no había lugar para mis flores, sé que no las creíste posibles. Pensaste que mis árboles eran estériles, simples alucinaciones de manzanos brillantes y tan falsos.
Yo ya estaba en tí cuando ni siquiera me pensabas. Esperaba paciente el momento para mostrarte mi cara, la que tantos temen, la que muchos niegan, sin saber que al hablar de mí y querer alejarme, me acerco cada vez más al corazón.
Contigo fue distinto, sentías una fascinación por mí a pesar de tu educación piadosa y encarrilada. Tu razón tan fría te permitió buscarme en los huecos de mi guarida caliente. Yo también te busqué en tu bosque verde y aprendí cosas del mundo, experimenté la vida exterior en ese viaje.
Ahora que me has visto, puedes describir mi apariencia y mis modos. Leo en tu mente las palabras que dirás de mí. En la intensidad de mi rojo te perdiste, adoraste la seda brillante de mis ropas ligeras, te envolviste en ellas. De a poco tomaste mi color, jugaste con las gamas del fuego, formaste sus lenguas y aprendiste a no quemarte con ellas. La única luz de esta guarida que me encierra fueron las llamas que enciendo con mis ojos y la furia que contengo. Es mi esencia, es lo que me mantiene con vida.
Con paciencia cultivé mi jardín, el que conociste. Lo formé estrujando piedras, y luego las ahogué con agua salada y fría, esmerilé los últimos detalle de mis plantas con mi aliento hirviente. Me gusta el anaranjado que sale de mi rojo, ese cambio de intensidades en el material expuesto. Sigo cuidando mi jardín todos los días, pero nadie lo vio como tus ojos, porque ellos me encontraron entre los arbustos. Me vieron en la lejanía pensando bajo las ramas de mis árboles terracota, y no se asustaron. Creyeron esa visión como una manifestación auténtica de mí, y a través de ese pensamiento tuyo, yo pude ver otro exterior.
Buscaste en mí una salida, una respuesta a tus inconclusos. Al no poder alcanzar el cielo, te diste vuelta y miraste a la tierra que estaba bajo tus pies. Obviaste las leyendas, las historias sobre mis desdichas. No escuchaste las acusaciones, no creíste en los crímenes que cometí sobre otros hombres. No me juzgaste, solo me viste, allí, en ese jardín que adoro y supiste que te ayudaría.
No eras tú aquella noche, sobre esa cama cuando enrojecida de hastío y valentía tomaste la decisión final de irte. Yo estaba ahí sosteniendo tu mano, aliviando tu culpa, mostrándote otro camino.
Algunos me llaman en la desesperación de su dolor y luego se arrepienten. Pero tu voz no se diluyó en mis cavernas, tu voz cantó para mí, para reconfortarme en mi vacío.
No te importó mi apariencia, no temiste mis ojos punzantes, ni las pupilas como embudos negros sin fin, invitándote a tirarte. Escuchaste mi voz profunda y alarmada y le diste sensualidad y libertad de inventar sonidos. No miraste sobre mi cabeza, no te importaron mis deformaciones, ni mis labios filosos y ennegrecidos. Te acurrucaste en mis brazos y sonreíste con la mirada fija y transparente. Sé que te acordaste del comienzo. Del día que me invocaste por primera vez. Te reíste fuerte y segura, no estabas dispuesta a caminar por la recta que te habían marcado. Desde entonces, te vigilo sin que lo sepas. Descubriste mi ardid, el que nunca intentó hacerte daño, y durante ese encuentro en mi Paraíso supe que seríamos aliados.
Yo, que creo el dolor y lo alimento con mentiras. Yo, que elaboro los desengaños, las pérdidas, las desilusiones y las traiciones en los lúgubres laboratorios de mi mente. Yo, que soy impenetrable y que sobrevivo inmutable en mis enquistados y retorcidos aposentos. Todo eso que viste y de lo que no te espantaste. Acompañé tu transformación y tu adaptación a mi oscuridad. Aprendiste con rapidez a moverte ágil en mis pasillos sin salida. No hice nada para detenerte porque tus ojos cegaron la raíz de mis maquinaciones perversas.
Ahora paso más tiempo caminando entre los monumentos de mi paraíso, esperando sentir otra vez a tu deseo que me llama. Te regalé ese día la pasión más fuerte, la sensibilidad más pura y esencial; para que puedas gozar a pleno la historia que elijas vivir, para que no te castigues con los látigos de la ética, y no te enfríes en los hornos gélidos de la moral. Como nadie tomaste mi presente y entonces no pude abandonarte.
Te admiro desde mi sillón, por tu desapego a lo que conociste bueno. Sin titubear fuiste la más sincera; pensando que hacías mal, te liberaste y yo te dejé volar hacia abajo y elevarte al no-cielo. Te armaste de valor y odiaste las lágrimas de la debilidad, las desterraste de tu cuerpo.
No puedo dejarte ir ahora, lo que hiciste te condenó a mi compañía, la que aceptaste hasta diría con alegría.
No te preocupes, no voy a lastimarte. Recuerda que entre nosotros no existe la traición ahora y que todo lo que me hace un monstruo para los demás, es el lazo que nos une.
Visita mi jardín una vez más, con tu tierna presencia descuidada; aunque sea en tus sueños o en tu memoria despierta. Búscame entre mis flores negras y entre mis pasillos ventosos. Llámame en tus horas desesperadas y yo acudiré porque sé que no te arrepientes. Piérdete en mis rojos, mézclate en mis túnicas ardientes. Juega con mi luz sin quemarte. Anda! Que yo te invito a mi jardín, a mi paraíso a mi mansión de piedra colorada.
Has alertado mis sentidos y he logrado que mi vista aguda pueda descubrir otras intensidades, las tuyas que caminan sin dudas por el hilo de la vida con acrobáticos movimientos.
Ya sabes que me tienes, soy tuyo desde la profundidad roja de mi infierno.
MPA-VI-99
Mónica Angeli. Lugar de residencia: New York, Estados Unidos
Nacionalidad: Argentina
Profesión: Lic. En Relaciones Internacionales.
E-mail: Mangeli123@aol.com
a r i a d na