LA P R O S A
Cenando bajo la lluvia
por Ernesto Walfer
Coincidieron sentados a la misma mesa, bajo la carpa hermosamente adornada para el banquete de bodas. Él, después de un rápido examen de los demás comensales, la eligió a ella. Ella, después de idéntico análisis, se conformó con él.
- ¿Tú de quién eres? - le espetó él de pronto, como si estuviesen en un partido de fútbol.
- Soy la amiga del alma de la novia - respondió, y él sintió que deseaba mirarse en aquellos ojos durante toda la cena -. Así que, como puedes imaginar, hace más de diez años que apenas nos vemos y ya no tenemos ningún amigo común. ¿Y tú?.
- Yo soy primo lejano del novio - respondió unos segundos más tarde de lo normal, cautivado por la perfección de sus dientes -. En realidad le he reconocido cuando se puso en el altar al lado de la novia - y sonrió intentando a la vez conquistarla y hacer ver que no hablaba en serio, aunque en realidad así era.
Ella se rió de buena gana y él se lo agradeció, pues empezaba a sentirse cómodo por primera vez en toda la tarde.
- He venido por mis padres - añadió -, los muy sinvergüenzas están en Benidorm y ya se va haciendo costumbre que les sustituya en los acontecimientos familiares: bodas, bautizos, entierros, cuando ellos están fuera; en fin, un coñazo.
Siguieron hablando durante toda la cena. A los postres, Julio se sentía perdidamente enamorado de Elena, y ésta ya no se "conformaba" con él, sino que estaba decidida a no pasar de la copa de cava sin que supiese que la había conquistado. Sin embargo, no fue hasta la segunda copa de cava que ella le dijo:
- ¿Sientes lo mismo que yo?.
Él retiró un poco su silla hacia atrás, miró al suelo y respondió:
- Sí, aquí abajo hay un auténtico río.
Por primera vez en toda la noche miraron más allá de sus respectivos cuerpos y contemplaron con horror el espantoso espectáculo que se estaba desarrollando a su alrededor desde hacía casi una hora. Los camareros chapoteaban en un suelo con casi cinco centímetros de agua cumpliendo con su trabajo con una dedicación y profesionalidad admirable, seguida de cerca por el gerente del restaurante desde un discreto lugar a salvo de las miradas de los novios; suya había sido la idea de celebrar el banquete bajo una "decorada, moderna y elegantísima carpa". El vestido de la novia estaba empapado hasta la cintura, por lo que había adquirido tal peso que, en caso de que lo desease, que no era el caso, no le permitía siquiera moverse. El larguísimo y estrechísimo vestido de la madrina, de algún género con una especial avidez por el agua, la había convertido en una aspirante a miss camiseta mojada. Y el padre de la novia explicaba a quien le quisiera oír, que en aquellos momentos no era nadie, pues todos estaban demasiado cabreados con lo que estaba ocurriendo, que ya les había advertido él que celebrar la boda en una carpa era cosa de las películas americanas.
Julio y Elena se miraron, se encogieron de hombros y se sonrieron: no estaban dispuestos a dejar que aquella pasión recién nacida pereciese en aquel naufragio en tierra firme.
- Julio, ¿cuál es tu horóscopo?.
- Piscis - respondió. Y añadió con un tono ligeramente burlón - ¿Crees en esas cosas?.
- No - respondió ella categóricamente, pero no pudo evitar añadir: - Yo soy acuario.
Ernesto Walfer. Gijón. Junio de 1999
a r i a d na