El edén imperfecto
por Vicente Rodríguez Lázaro
El mundo se transforma
en una esfera primordial
donde el Creador inicia
su ciclo interminable
de experiencias renovadas.
La materia elige el cristal
como frágil instrumento,
moldeable y frívolo,
para dibujar en cada era
la precisa evolución
de los seres en renovación constante.
El lago primordial,
con sus aguas serenas y fértiles,
riega con fervor el nuevo Paraíso.
Un soberbio producto
de la Alquimia Divina
donde el huevo primordial
ocupa el centro del caudal
haciendo florecer
las insinuaciones creadoras
del Dios Omnipotente.
El Pecado Original
muestra sus perfiles
sobre las inocentes praderas
desconocedoras de agravios
y se acaba esbozando
un paraíso irreal
apoyado en las falsas doctrinas,
en el gusano de la hipocresía,
en las ensoñaciones informes
de las desviaciones ocultas.
Con el despliegue de la sabiduría
el amor humano alcanza la maduración
deseada y trasciende
a los sentimientos, a las sensaciones,
al puro acto amatorio.
El caos del Infierno
se expande al margen
de los paisajes celestes.
Conforma parajes sombríos
en los que el fuego eterno
consume las pasiones de los condenados
nacidas de los bajos instintos
del lado más oscuro del espíritu.
Allí la música es solo algarabía
disonante y continua.
Los instrumentos sagrados,
en aquellos espacios obscenos,
emiten notas discordantes y depravadas,
inframelodías deprimentes
para resaltar el horrible suplicio
de los infames condenados.
Solo el pozo del olvido eterno
acoge en su negrura
a aquellos infelices
cuyas vidas materiales
dirigieron hacia el abismo infernal
construido por la triste reiteración
en el pecado.
Solo paisajes surgidos de la locura
se contemplan en aquel cosmos
de fragmentados delirios.
El hombre alquímico,
la muerte espiritual del ego,
la estupidez en formas incontables,
el incendio permanente
de la ciudad sombría,
la taberna imposible
del ser asfixiado por la alquimia inconsecuente,
los pactos diabólicos
sellados por malvados secretarios.
La deformación de la sabiduría
en herejía transformada
cuando se adentra en el fragor
de una imprudencia ciega
hacen del Infierno
la tierra del Mal sublimado.
El Jardín de las Delicias
no es más que un vergel de la ilusión.
La fuente de la juventud
resulta incapaz
de frenar el camino
hacia el frágil sendero
de la ancianidad.
El centro del paisaje,
ombligo de un mundo inconsistente,
renueva de continuo
a sus bañistas indolentes,
mientras la lujuria
mantiene sus intensas cabalgadas
en torno al estanque del origen.
En la fuente del engaño
se venera el adulterio,
la infidelidad, la ignominia,
así, el Paraíso perdido
da lugar a un Edén imperfecto
donde las pasiones desbocadas
dirigen a los hombres
al reino de la locura,
al averno inclemente
que el Ángel Caído
con su afán de venganza ha confirmado
para frustrar la obra divina,
para dirigir al hombre
hacia el agujero negro de la Nada.