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l á p i d a s    0 4

 

PACO RABAL
Saeta (Agosto 2001)

 

Antes que nada era su voz, una voz ronca y profunda que no nacía de la garganta, sino de las cavernas de la raza, de las minas donde generaciones de hombres descendieron para buscar el oro o la plata antes de dar con el bronce en bruto de su voz prodigiosa; voz de cantaor exhausto tras tres noches de juerga; voz sexual y viril como pocas, de ciervo en celo en medio de la berrenda; voz de bronca y de cazalla proletaria, tanto que en sus primeras películas el pacato cine español de la época decidió ocultarla, doblarla, como si se tratara de un actor extranjero cualquiera, taparla detrás del mimbre cursi y almibarado de un galán oficial, para que esa voz de macho no desmintiera el traje y la corbata con que la habían encorsetado, no sacara de pronto al proletario que llevaba dentro.

Luego venía la cara, una cara de guapo con un algo de inquietud y de peligro dibujándose tras las facciones, una cara que, al contrario que la voz, que vino hecha de golpe, fue cambiando a lo largo de los años, mientras el actor que llevaba dentro se adaptaba a las metamorfosis de la vejez y los accidentes de tráfico, dejaba que la calvicie, las cicatrices y la gordura irremediable fueran incorporándose a esa fábrica de hacer cine que llevaba su nombre, y si en su juventud la belleza de su físico permitió que Luis Buñuel (a quien quería como un padre) le transformara en un nuevo Cristo, las canas y los michelines de la vejez lo dejaron encarnar a Goya, mientras que él aprovechaba el menor descuido de su cara para vendérsela a un personaje: por ejemplo, cuando, vestido con el traje blanco de un mataor fracasado, señalaba la raja que partió en dos su nariz y decía que había sido por obra y gracia de un toro.

Paco Rabal estaba hecho de una pieza, aunque pareciera construido a retales, con la cara llena de navajazos y costurones pero los ojos intactos, y la personalidad rebosante de los espectros que lo habían habitado. Paco Rabal era de verdad, aunque pareciera mentira, tan de verdad como ese personaje entrañable que paseaba con un limpiabotas por los aledaños de la Maestranza y hasta tenía un pasodoble, tan de verdad que hacía que las mentiras dejaran de serlo, para transformarse en embustes, en mentirijillas. Igual que el gitano de Antonio Machado, podía mentirte pero nunca engañarte. Nunca fue cantaor, pero nadie tuvo nunca una voz más flamenca que la suya. Nunca fue torero, pero ¿quién ha hablado con un toro como Juncal sabía hacerlo? ¿Quién quiso nunca a un pájaro como lo quería el pobre Azarías, tonto sin malicia como un niño grande y, como un niño, mortífero?

En toda la galería de sus grandes personajes, desde el cura bueno de Nazarín hasta el atribulado Goya de los últimos años, desde el canalla sentimental de Viridiana hasta el embaucador estrafalario de Juncal, Paco Rabal ha convivido con los epítomes de esa raza de las cavernas de la que también nacimos, la carne y la sangre de una generación que vivió la guerra y la posguerra, los espíritus muertos de este pueblo orgulloso y traicionado cuyo mejor emblema es un tonto de pueblo que acaricia boquiabierto de gozo un pájaro entre las manos.

 

David Torres
Yog.Soggoth@ariadna-rc.com