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Viaje de vuelta en la Nao Ariadna (1)

por Jesús Urceloy

 


“A mí me parece —lo digo sin reservas— que la llamada Ciencia Ficción como forma literaria debiera incluirse —que ya es hora— dentro del género de la LITERATURA con MAYÚSCULAS, y aún si cabe (¡Claro que cabe!), en el grupo de la NOVELA sin más aditivos; grupo que ha llegado con este magní­fico género a engrandecerse y a mejorar indiscutiblemente. (Aparte) Por su­puesto que ha sido siempre relegada —la Ciencia Ficción— a género menor, tipo “B” que dicen los críticos, sobre todo porque ha sustentado entre sus páginas miles y miles de textos de ínfima calidad. Pero pregunto... ¿Qué gé­nero literario no? La POESÍA cuenta con infinitos poetastros, la DRAMATURGIA con insoportables autores, y la NOVELÍS­TICA, así sin más, con insufribles mamotretos de toda época, tratamiento, índole y condi­ción. Por lo tanto...”

—Jefe Pérez...
—¿Sí, Polo?
—Aquí tiene su café, señor.
—Gracias Antonio. Por cierto, haz el favor de apearme el trato según salga­mos.
—Como ordenes, camarada. Perdón, señor.
—Y dile a Pedrito que venga, que le tengo que decir un par de cosas.

“(Continúo) Por lo tanto exijo, y no sólo eso, sino que exijo encarecidamente una nueva situación más acorde con la realidad para con este género tan popular y sin em­bargo tan despreciado, sobre todo por esa caterva de críticos de los mal llamados “cultos”. Y que la Ciencia Ficción sea inscrita con moldes de oro...”

—¿Permites que pase?
—(¡Cagoendiez!). ¡Hombre, Pedrito, tú por aquí!
—Noto un cierto matiz irónico...
—Irónico no, puñetas. Pedrito, has estado tocando la base de datos.
—No Rafael, mira, Urceloy...
—No he preguntado. Afirmo. La mano de Urceloy es más sutil que la tuya y tú dejas un rastro inconfundible entre los bites. Además Urceloy está en pleno derecho, que para eso es el encargado del ordenador.
—Bueno, no es para tanto: tan sólo un pequeño arreglo en el balance de cuen­tas.
—¿Un pequeño arreglo meterte 300 millones que no has vendido, y lo peor, que no te­níamos en material? Anda, por esta vez calla y desaparece.
—Como digas, jefe. Adiós.
—Adiós. Y que no te vea hasta que lleguemos.

“(¡¡Uf!!) Con moldes de oro y honores necesarios, previa publicación en to­dos los ma­nuales, enciclopedias, periódicos y revistas, bien se dediquen es­trictamente o no al su­ceso literario, y en todo material susceptible de ser colocado en una estantería o ven­dido en un quiosco. (¡Sí, señor!)”

—Ejem. Jefe Pérez.
—Dime, Urceloy.
—Ya estamos, señor.
—Vale, Urceloy. Oye, trátame de tú, ¿quieres?.
—Bueno, tío.
—Eso está mejor. ¿Qué decías?
—Que ya hemos salido.
—¿Qué ya hemos salido? ¡Vale!, ¡Cojonudo!, ¿Quién ha dado la orden?
—Tú, Rafa.
—¿Yo?
—Bueno, eso dijo Antoniopolo.
—Antoñitopolo puede decir misa. Ya está el señorito dándoselas de listo. Mira, Jesús, esto pasa por enchufar a las amistades como tripulación.
—Bueno, tío: pero eso díselo a Antoñete.
—¿Ah, sí?, ¿Con que esas tenemos?... pues dile que venga. Adiós.
—Taluego.

“(Dios, Dios) Y la categoría donde debe ser incluida debe ser la única, la indiscutible: la literatura con dos cojones. (Nota 1: Revisar bien el texto an­tes de enviarlo. El cabreo personal no debe interferir lingüísticamente en los originales.)“

—Me ha dicho Urceloy que querías verme.
—Sí, Polo. Que sea la última vez que salimos sin dar yo el visto bueno.
—Pero si me lo diste…
—¿Que yo te lo di? ¿Y cuándo?
—Anda, pues antes, cuando te traje el café.
—¿Seguro?
—Oye, a mí no me vengas con gaitas, que me da lo mismo. Si quieres le digo a Pedro que eche para atrás y comenzamos de nuevo.
—¿Tú te crees que eso es solución? Seríamos el hazmerreír de todo el puerto: “Mira, ahí vuelven, se habrán dejado la cabeza en el almacén”. Me lo decía Marga: “Rafa, no te los lle­ves, que los amigos son para el bar y las fiestas, que luego todo son broncas y al final ya se sabe”. Y yo: “Que no. Corren malos tiempos y todos tenemos que ayudarnos.” Y ahora venís a pagarme con esta mo­neda.
—Bueno Rafa, disculpa.

“Mierda. (Nota 2: ver Nota 1). A la literatura con todo su nombre. (Punto y aparte. Con decisión) Pero aún hay un argumento que consolida esta postura —sobre todo haciendo referencia a la novela que les voy a comentar—, un ar­gumento poderoso, que abarca con sus brazos ineludibles la Historia, la Geografía, la Música, la Náutica, en fin, el saber humano al completo. Y este argumento es la inteligencia. (Un respiro. Uno, dos.) Por­que el modo más frecuente de hallar la suma maestría en un escrito radica en la inteli­gencia supuesta al autor, ya que éste en un 90% de los casos lo que hace es urdir, es­conder, enmascarar... ¡Cuántos libros parecen contarnos aventuras, hechos triviales, circunstancias sin miga y en el fondo...”

—Bzzzz... Bzzzz... Bzzzz...
—¿Sí?
—Viajero Pérez, aquí Pedro.
—¿Qué quieres, guaperas de cine?
—Atención, pregunta: ¿Cómo llamaremos a la ventosidad que, expelida por el ano, queda atrapada como entre un halo gravitacional en torno nuestro, y no nos suelta, y nos persigue allí donde vamos?
—No sé, dime.
—¡Pedo policía!
—Ja, ja, ja, ja... Eres la hostia... Ja, ja, ja... Menos mal que te tenemos a ti... Ja, ja...
—Es bueno ¿eh?
—Ja, ja... Sí, muy bueno. Por cierto, ¿Algún problema por ahí?
—No, poca cosa, lo de siempre. Bueno, corto. Adiós Viajero Pérez.
—Adiós, melón con asas. Y baja la música, que no se te entiende.

“Y en el fondo... (¿Por dónde iba?), (Nota 3: Hay que procurar no ponerse a escribir hasta un par de horas después de haber iniciado el viaje. Revisar todo lo grabado.)”

—Eso va a ser jodido.
—¡Pero qué susto! ¿Y tú que haces aquí?
—Tenías la puerta abierta.
—Ya... ¿Qué va a ser jodido?
—Revisar lo que has grabado. No lo has grabado.
—No me vengas con leches: tú lo sabes mejor que yo: el programa nuevo que ha insta­lado la empresa tiene memoria continua y revisión de voces.
—Sí, pero no prioridad. No la has tenido, ni la tienes desde hace doce minutos.
—¿Cómo?
—Sí, Rafa: el programa se puso a funcionar solo. Al principio no te dije nada, no me gusta meterme en cuestiones privadas. En fin, que el orde­nador ha decidido cambiar la ruta.
—¿Y Pedro?
—Pedro no está conduciendo. Antes de salir puso el automático.
—¡Me cago en la puta!, ¡A eso venía lo del chiste, a marearme! Mira, Urceloy, es que hoy todo me sale mal: Primero que o partíamos hoy o que tendríamos que es­perar a que pasara la tormenta, y las tormentas esas duran semanas. Imagínate que he tenido que dejarle toda la carga extra al inepto ese del nuevo comercial, Akihito. Sí, no me mires con esa cara de gilipollas: nos podemos dar con una piedra en el cielo del paladar si saca un beneficio del 2%. Se­gundo, que Antoniopolo y tú, Urcelete, pasáis de mí como de comer mierda. Tercero, que Pedro no pilota y tiene puesto el automático —¡Qué estará haciendo!, ¡Qué estará ha­ciendo!—. Y ahora resulta que el ordenador ha decidido cambiar el rumbo, probablemente a causa de una tontería, de una memez, de una estúpida contraorden sin la cual no podríamos seguir el viaje.
—Efectivamente, Rafa: has olvidado los regalos para tus hijas. Volvemos a Ganímedes.

 

@ Jesús Urceloy / Agosto de 1996

 

(1) Con total afecto se dedica esta tontería a los señores Rafael Pérez Castells, Antonio R. Polo, y Pedro Díaz del Castillo, esperando su conmiseración para que no me manden, vía Saturno, a la galaxia M-36.

 

Imagen a cargo de pedro díaz del castillo


© Jesús Urceloy


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