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Tokio, ida y vuelta/Dios saltó por una ventana

por Tomás Sánchez Hidalgo

 


Tokio, ida y vuelta

En Navidad hace frío y tiempo:
en un oscuro callejón, cerca de Shinjuku,
apostando mis últimos yenes
entre intérpretes de la ruleta rusa,
desafiantes ante el teatro del infinito,
interrogantes todos
por una milésima de segundo:
desafío también ante toda lógica,
ante toda probabilidad,
versus toda matemática,
a la que por esta vez se derrota
(excluyente moneda, ruleta de suicidios:
cinco caras para una sola cruz
en singular poesía aleatoria).
Salgo indemne
y tras la suerte
queda sellado mi beneficio,
que rápidamente habré de finiquitar
en forma de sucesivos desacatos:
a la diosa Fortuna
(seguiremos tentándola),
al metabolismo propio
(¿por qué está el bar del hotel
repleto de Godzillas?),
y a las buenas costumbres,
cadalso, perdición y deseo
en barrios de prepago,
pasando de pasar de sol a secundario
(deseo de ser Tim Duncan).      
Por Ginza, Roppongi Hills y Omotesando
rompo a llover en mil pedazos,
y por calles de dolor
en Metrópolis gastada,
circulan estos mis ojos vendados,
de no poder verla,
de más nunca posarse en ellos reflejo
de sus ojos, sus labios,
su culito, su alma:
lágrimas hechas trizas.   
De vuelta a casa,
me exhala Madrid
con su hálito imperecedero,
intrusivo, afín,
el recuerdo de un pasado,
ella y yo, ambos,
en común,
la vida como sumatorio acotado
de experiencias en presente continuo:
entre otras
un verano follando en Harvard,
felices como bestias,
felices como fiestas,
tante auguri a te,
también hubo momentos
hard discount
(esto es,
admiramos el cine de Fassbinder
–Rainer Wender-
en paralelo y en continuo;
compartiendo sudor y caracolas
vivimos champán y calambres,
y otras veces dejamos fluir el tiempo
como quien admira a Fassbinder).
Todo se rompe…
…excepción hecha, claro está, de la eternidad:
nuestro último cuarto de hora juntos,
una escasa porción de ser humano:
un hospital en pretérito pluscuamperfecto
(o sea, un koljós en Venecia). 
Después pregunté
a un cónclave gremial de filósofos
acerca del sentido de la vida
y ellos me remitieron a Wall Street
visiblemente consternados,
casi muertos de risa.

 

Dios saltó por una ventana
(sedici anni fa)

antes del último giro;
antes del último giro
tuvo que acotar vía exprés, y sin preaviso,
el largo salto que va del coño al cielo:
vuelo en el aire sin motor;
al frente el Hudson,
antes del útimo giro;
traje de Cerruti, gorra de los Yankees
(¿a modo de paracaídas en estéreo?,
quizá),
antes del último giro;
fumata negra,
antes del último giro;
aerolíneas al escondite inglés,
antes del último giro;
think big,
antes del último giro:
nueve ocho metros por segundo al cuadrado,
un nueve del once,
antes del último giro,
como si se reafirmase, in crescendo,
en su propia huida de la barbarie,
o en un alternativo y delirante
concepto de libertad
(hubo incluso quien habló de un cuadro de Magritte);
barras y estrellas,
antes del último giro;
en el último giro
ni siquiera es un cadáver ambulante,
sino el vestigio de un naufragio.

 

 


© Tomás Sánchez Hidalgo 2017

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