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Dónde/Eterno parque

por Fran Montaraz

 

Dónde

El humano se pierde en las avenidas,
se duerme en la vorágine,
se deja engullir por túneles pútridos
donde sus alas pierden el plumaje,
se recuesta en un Leteo
arropado por la nana de carteles seductores.
Se duerme.
Pero a veces,
esas veces en que despierta solo en mitad de la noche,
cuando despierta a su soledad,
y en la oscuridad se siente abandonado,
cuando se acerca a la ventana
y mira la luz borrosa que rodea a la luna,
cuando mira esa luz,
se detiene.
Y pregunta al miedo, y pregunta a la alcoba
dónde está el lugar exacto
en que no hay rencor ni amenaza, duda ni pasado,
dónde está la espesura, la brisa, la música indefinida.
El lugar delimitado por el azul infinito y la tierra sin nombre.
Dónde.
En medio de la noche pregunta al techo, al reloj, a las sábanas.
Más tarde amanece y el tiempo se acelera:
ropas, café, llaves, saludos, prisas...
Y al mirar por la ventana sucia del autobús,
recuerda vagamente el raro anhelo de anoche:
algo parecido a una luz  tenue sobre olas inquietas,
algo  parecido a un pájaro negro  jugando con la espuma.
Solo fue el sueño que a veces le perturba,
quizá un recuerdo infantil.
Pero su destino es real:
la avenida salvaje, el túnel maloliente
donde alguien pisotea una pluma blanca,
donde él mismo acaba de pisar
una pluma que no era suya.

 

Eterno parque

Vuelvo solitaria a aquel parque.
Escucho el crujir de las hojas secas a nuestro paso.
Ahí está el viejo banco de madera donde nos sentábamos
donde otra vez abres tu libro y lees los poemas con tu voz grave.
Tus  finos dedos que acariciaban la hoja marchita
siguen aquí en esta hoja que yo acaricio ahora.
Tus labios mordidos por bocas adolescentes  me sonríen ahora:
tus labios de hace veinte años
tu carne de hace veinte años.
Carne, labios, manos que ya la tierra devoró
pero que hoy me devuelve este parque.
Porque tú estás aquí, amigo, sentado a mi lado
sonriendo, mirándome, rompiendo el silencio con tu voz.
Eterno parque donde el tiempo se borra
donde esos veinte años son nada
donde tu muerte y mi vida son la misma cosa
porque tú estás en la muerte
como la muerte está en mí
como está en esta hoja marchita que rompo entre mis dedos
como está en ese niño que juega junto al estanque.

 

 


© Fran Montaraz

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