Solar de eternidades (La sombra de Tólstoi)
porManuel Quiroga
En Yasnaya Poliana la vida sabe a bosque
y hay latidos de besos en todo el paraíso
en medio de una estepa de húmedas antorchas.
El espacio de luces donde viven los sueños
es un barbecho de oro de adolescentes campos.
Bajo cielos callados de orillas imprecisas
van circulando pólenes y astros transparentes
desde la limpia aurora al tiempo de luciérnagas,
las mismas que algún día recibirán regalos
de ilusión imborrable, ternuras y cometas.
Apacibles llanuras, laderas de cerezos,
los rincones de selva o prados siempre verdes
(que no son otra cosa que elegantes hipódromos)
conforman un entorno de primavera y cuento
siempre abierto al abrazo o a la concupiscencia.
Desde el momento mismo en que pisas la entrada
de solar tan grandioso orlado de misterio
los relojes de azahar permanecen en ruïnas,
se detienen las horas y los siglos se apagan
y hay sonidos de mares invadiendo la lluvia.
Las edades del viento ya son sólo quimeras
ante tal espectáculo de magia efervescente
donde todo es posible, desde el amor al verso,
esa especie de don que nace de la espiga
y que va recorriendo el alma de las gentes..
En esquinas de parques floridos, tan cercanos,
en que abunda el silencio, los arbustos, las aves
hallarás el descanso en bancos recoletos
con color de canela y de afable murmullo
a orillas de lagos de hechizos nenúfares.
Nada es igual a nada, como un vino a otro vino.
como un pecho a otro pecho y de miel manantiales.
Si te fijas un poco irán apareciendo
algas como diamantes, ranitas diminutas,
los peces invisibles, algún sol tiritando,
dibujos de alegría, espectros de la infancia.
Es el momento inédito de afilar oídos,
escuchar a los hados y a los niños alegres.
Comienzas a vivir solsticios imposibles,
largos itinerarios de sagrada intemperie,
perdurables delirios para cualquier momento
igual que al regresar de edenes fulgurantes.
Nunca dejes atrás las hierbas del camino
residuo incalculable de antigua sementera,
esas torres lejanas cementadas en labios
o los claros motivos del trigo y de la avena.
Par cruzar arroyos de escarcha y terciopelo,
habitados a veces por libélulas libres,
no hay mejor deleite que detenerse a solas
en los fornidos puentes de vetusta madera
colocados sin prisa por algún hada honrada
entre dos disonantes territorios de chopos..
Respirarás los brezos, los maduros frutales
y, si acaso es de noche, te asaltarán estrellas
desde el sitio asombrado de mundos siderales
aquellos que algún día alguien nos descubriera.
En el claro del bosque luminoso y perfecto
verás el caserón que invade eternidades,
refugio amanecido de la Historia de Rusia,
panal de enredaderas disciplinadas, libres,
el bastión permanente que rompe la pereza..
Entras en los recintos de mística factura
desde orígenes cautos y viejas sensaciones;
enseguida descubres fantasías de fuego,
un portón de milagros inusitados siempre
estandarte que impone respiro de lavanda,
allí donde viviera el escritor, el prócer,
el mentor de tantas libertades y leyendas,
absoluto inventor de futuros inmensos;
el hombre resoluto, rebelde, apasionado
con esa biografía de gloria y lontananza.
Podrás tocar los libros, mirarte en sus espejos,
aquellos, milenarios, de azogue desgastado
que escucharon un día su semblante profético
y acaso enternecieron su faz de enamorado;
acariciar su mesa, metódica, ordenada;
mirar por sus ventanas hacia los horizontes
de Tula, ríos, surcos, violines o arcángeles.
difíciles veredas de vodka o de tristeza..
En Yasnaya Polaina se encierra el universo,
las tardes predispuestas a los vuelos de águila,
guirnaldas habitadas por brisas y epidermis.
relamidas palabras para inventar la nada.
En cualquier alborada hay melodías suaves
el pacífico ritmo de todas las nostalgias;
los lugares de invierno, primavera y verano,
el templo codicioso del otoño y su savia.
Si sales al oasis poblado de poetas,
de los duendes amables de la pluma y la rima
encontrarás, seguro, la asamblea magnífica
de esos inventores de las nubes de plata
y, allí, entre las sombras de los más altos árboles
hallarás, de repente, algún suspiro hondo
de aquel hombre infinito con destellos de bruma
que, en la atardecida, se destaca en las nubes
o se exilia de pronto en los líquenes mágicos
mientras reaparece la nieve de algodón
y, de manera dulce, hay un mirlo cantando.
Aún nos queda en el viento su herencia nostálgica.
Madrid, 14 de mayo de 2013.
Manuel Quiroga Clérigo.
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