| El reloj de cien agujas
Las indicaciones han resultado exactas, y, sin embargo, en nada se parece la calle a la imagen que de ella se ha hecho durante los últimos tres días; la penumbra del crepúsculo oculta la suciedad del barro en las aceras, la limpieza de las puertas, las contraventanas y los escaparates, la exactitud de los rótulos, la hipocresía de los balcones, a los que ha imaginado civilizados y plagados de macetas. Apenas hay luz ; dos faroles, uno en cada extremo de la calle, dan a la misma aspecto de suburbio, a pesar de estar en el centro de la ciudad; ni siquiera el cabaret se presenta como ha supuesto; su entrada coincide en la pobre iluminación con el resto de los locales; nadie entra en él ni sale de él; tan sólo la brasa del cigarro delata al portero agazapado en un rincón; la cortina que éste aparta, con desgana y frío, muestra los brillos mugrientos del terciopelo; sí, los carteles son nuevos, distintos; no hablan de bailarinas ni de orquestas; no anuncian jazz o can-can, no son comprensibles, ni siquiera hermosos; a él le parecen sencillamente idiotas. Sus proclamas no disimulan la carcoma en mesas y sillas, la mayor parte desocupadas, ni los mil desgarros en el entelado de las paredes, ni el polvo en las botellas, ni la pobreza de la música que despacha un pianista aburrido y sobrio. El cabaret se muestra tal y como es: un local condenado por el tiempo al que un encuentro fortuito ha concedido una prórroga. Ha reconocido al hombre sin ninguna dificultad; preside un grupo arracimado en una mesa al fondo del cabaret. Sostiene un cigarrillo entre los dedos en una posición desmedida, incómoda; frente a él, una tetera y una taza. Los otros cinco que lo acompañan le escuchan con arrobamiento, entregados a sus palabras, aunque él sabe que tales palabras no tienen ningún sentido, que le estaba esperando y que sólo cuando le ha visto entrar y ha decidido que es el hombre al que ha estado esperando, ha iniciado su discurso, terrible y frío, exacto, como una cuchilla que ya ha iniciado el desollamiento del cadáver; toda esa pretenciosidad, todas sus profecías, todas las palabras en voz demasiado baja para que llegue a escucharlas, van dirigidas a él. Tan sólo la mujer sentada a su izquierda le ha mirado desde el primer instante, le ha seguido en todos sus movimientos, sin temor, sin odio, sin desprecio; por lo que él sabe de ella, su mirada fija pretende hacer patente el poder que está convencida de poseer; poder sobre los cinco hombres de la mesa y sobre cualesquiera otros cinco que a ella pudieran sentarse; poder sobre los carteles del cabaret, sobre su significado; poder sobre el frío que aún le hace tiritar; poder sobre el discurso del hombre al que ha ido a buscar , y al que la mujer ha dirigido una frase breve y dura en un idioma eslavo. Entonces él lo ha mirado y le ha dicho algo en el mismo idioma a uno de sus acompañantes, el cual inmediatamente se levanta y se dirige hacia él. -¿Es usted el inglés? -Sí. -Venga. Cuando llega a la mesa, el hombre que le precede no le ofrece asiento, sino que coge una silla cercana y la arroja sin ningún miramiento. Antes de sentarse, ofrece al grupo una leve inclinación de cabeza y un saludo de cortesía, “señora, caballeros”. Nadie lo devuelve. El hombre al que ha ido a buscar apaga el cigarrillo y le habla escupiendo con cada sílaba. -No pienso mostrarme amable con usted. No tengo por qué hacerlo. Siéntese y hable. Si quiere beber algo, pídalo y páguelo. El hombre se gira, pide una copa de ginebra al camarero y se sienta. Sabe que cada uno de sus gestos estará a partir e ese momento indefectiblemente tachado por la obediencia que el otro le ha exigido tácitamente. No hay gestos en la mesa, no hay intención en ninguno de los que ahora le rodean. Uno de ellos lía un cigarrillo en un papel amarillento y grosero, que chirría como la cuaderna podrida de un bote de pesca. La mujer no ha dejado de mirarlo ni un solo segundo. -Es usted Vladimir Ulanov? -Lo soy, pero daría lo mismo que no lo fuera; soy la única persona con la que usted va a tratar lo que ha venido a tratar. Utilizan el francés para hablar, un francés deficiente en ambos casos. El hombre tiene miedo de no entender a Ulanov, de que sus palabras queden reducidas a un zumbido molesto al que tendrá que responder de todas formas. --¿No podríamos hablar a solas? -Estos hombres vendrán en el tren, y usted viene a hablarme del tren; no veo por qué tienen que irse. Aún no sé con quién hablo, y un tipo tan cuidadoso como usted tendría que haber tenido en cuenta ese detalle. -Me llamo Rui Novais. Ulanov repite el nombre, convirtiendo la suavidad de la “r” en una “j” desvaída y hastiada: “Juy”. -Portugués. Un portugués trabajando como espía para el rey de Inglaterra. Una situación incómoda. -Siempre es incómodo ser portugués. Puede creerme. Novais bebe su ginebra de un trago, desobedeciéndose. En el momento en que se gira para pedir otra copa siente como Ulanov lo ha vencido. Siente que acabará borracho y que todos los del grupo permanecerán en silencio cuando él desaparezca, esperando el momento de dejar la ciudad, o, simplemente, esperando a otro emisario como él. -Se me ha encomendado concretar la oferta que nuestros contactos presentaron a su gente. Ulanov le interrumpe con un gesto, pero tarda un segundo en hablar. Otro cigarrillo se ha consumido en su mano, pero ésta no ha cambiado su postura. No hay mayor desprecio posible que ni siquiera mostrar el anquilosamiento de los músculos al adversario. -Sus contactos, nuestra gente...habla con la tristeza de un funcionario que rellena formularios sin saber a qué corresponden. -Pero yo sé que lo que dicen estos formularios señor Ulanov. El gobierno alemán le ha autorizado a atravesar su país en un tren especial, cerrado, hasta llegar a Suecia. Los alemanes han cedido a cambio de la liberación de prisioneros de guerra. El gobierno provisional ruso cree que es tan sólo un retorno de exiliados eminentes, pero su intención, Ullanov, es entrar en Rusia para ponerse al frente de la revuelta contra el gobierno moderado, y uno de sus objetivos es lograr el amotinamiento de los soldados rusos, lo que supondría un duro revés para mi país. -¿Su país, Juy Novais? -Lo he elegido No debiera extrañarse porque alguien cambie su patria. Podría haberse reído, pero Ulanov contrae su rostro en una mueca de ferocidad, como si hubiera recibido un insulto, el más atroz imaginable. Arroja la colilla al suelo y grita, grita en ruso, siete u ocho palabras. Nadie el grupo parece inmutarse. Mientras espera a que ceda la furia, Novais observa que el hombre que liaba su cigarrillo aún lo mantiene entre los dedos, sin cerrar. -Es usted un lacayo, Juy Novais; sólo los lacayos hablan de patria. Eso es lo que he gritado. -Podemos matarle Ulanov. Aquí, en Suiza, o en Suecia; incluso en Alemania, pero mi gobierno cree que hay otras alternativas. Le han ofrecido seguridad a cambio de que participe en una reunión con opositores alemanes en Estocolmo. Si su revuelta puede acabar con el gobierno provisional ruso, sus directrices podrán perfectamente debilitar el régimen del Kaiser. Ulanov se vuelve hacia la mujer y habla en ruso con ella durante unos minutos. El rostro de ella cobra una expresividad tan extraña como efímera. Novais alcanza a entender algunas de las palabras que Ulanov utiliza, y cae en la cuenta de que ella no entiende el francés, que su obstinada vigilancia tiene más que ver con la incomprensión que con el odio o el temor. No ha estado observando al espía, sino a un animal exótico en su jaula del zoo. Sospecha que Ulanov no le está traduciendo lo que han hablado. Cuando Ulanov se dirige de nuevo a él, la mujer vuelve a su hieratismo de labios de cera y ojos vidriosos. -Su gobierno, su rey, el Kaiser, usted. Todos son unos imbéciles. Siguen jugando obscenas partidas de ajedrez,. Una amenaza, una posición ganada, un movimiento defensivo, sin comprender nada de lo que está sucediendo. No es ésta la guerra que acabará con todas las guerras; jamás escuché excusa tan estúpida para una carnicería. Será la clase obrera la que las termine, la carne de cañón que ahora derrochan con tanta indiferencia. Iré a esa entrevista, no por miedo. Iré porque me resultará divertido pensar dentro de poco como se vuelve contra ustedes, los tiranos y sus sirvientes, lo que ahora consideran un juego magistral. Los trabajadores alemanes se levantarán contra sus opresores, y eso supondrá otra derrota para el rey de Inglaterra. Y eso sucederá hable yo o no hable con sus opositores.. Pero ya que cedo a su juego, supongo que habrán previsto una garantía. -Yo soy su garantía. Tengo previsto viajar con usted hasta Estocolmo e introducirle en la reunión. Para eso he venido. -Un portugués por garantía... realmente debe de ser incómoda su vida, Juy Novais. -Para usted es una buena baza. Si algo sale mal, dispone de un espía británico que entregar a los alemanes. La mujer ríe. Novais sabe que acaba de declarar su miedo al volver la mirada hacia ella. Conoce el idioma en el que hablan. Lo ha entendido todo. Es ella la que le responde; la fluidez con la que se expresa en francés es mucho mayor que la de Ulanov o la suya propia. -No es más que un peón al que sacrifican para darle una salida al juego; ni siquiera eso; usted no es más que un estorbo menor. Cuando bajemos del tren, ni siquiera preguntarán por usted. -Lleve comida. El viaje durará tres o cuatro días y no nos permitirán relacionarnos con nadie. Yo también he ofrecido garantías, y no me importa, porque cuando juego con ustedes, les estoy engañando. El miércoles a las nueve de la mañana, en la estación. El hombre que mantenía el cigarrillo a medio hacer lo cierra por fin mojando el borde gomoso con la lengua. A continuación lo enciende. El humo amarillento y maloliente es la única señal que le indica que debe marcharse. Lo hace sin despedirse. En los pocos minutos en que ha permanecido allí, ha ido entrando gente al cabaret, muy distintos a Ulanov y a los suyos; tipos ruidosos y estrafalarios a pesar de sus ropas correctas, que beben aguardientes rancios y bailan danzas sin música. También Novais se emborracha, pero a solas, en un restaurante en el que ha entrado para cenar un plato de carne guisada y dos botellas de vino. Mientras regresa a su hotel, tambaleándose, contempla un pasquín pegado en una tapia. Es un reclamo del cabaret en que se ha entrevistado con Ulanov. Un collage en el que cornamentas de cabra, de carnero y de vaca forman círculos concéntricos, bajo los cuales puede leerse una inscripción: El Reloj de Cien Agujas.
Las ventanillas han sido cerradas con mamparas metálicas horadadas tan sólo por unas pocas rendijas, por las que pasa la luz en placas en las que baila el polvo constantemente. Las pocas aberturas que han dejado son insuficientes para renovar el aire, y aunque ya no sienten el nauseabundo olor de sus cuerpos, de los restos de comida arrojados a los rincones y el humo de tantos tabacos distintos, todos se dejan zarandear en sus asientos, hora tras hora, sonámbulos, frotándose lentamente las manos grasientas, asistiendo al bombeo de la sangre hacia los ojos. Novais está solo en su compartimiento, en el extremo posterior del vagón. Es el segundo del convoy; en el primero y el tercero viajan soldados que descienden y los rodean cada vez que el tren se detiene, vigilando el interior, las armas dispuestas, las bayonetas caladas. Ha podido observar como, instintivamente, todos, también el, buscan el centro el vagón y restringen sus movimientos; nadie deja ocasión a la sospecha de sus vigilantes. Intenta leer, desentrañar lo que quiere decir quien escribió el libro, alguien del que nada sabe, pero a quien ya ha clasificado como un bárbaro avergonzado de sí mismo, del ridículo que siente cada vez que piensa. Ha leído la última frase cinco veces, pero el dolor de cabeza, el sabor acre de su saliva resecada en la lengua, le impide continuar :
Es un deber absoluto del gobierno del pueblo, al fin establecido, darle un sólido fundamento a la sublevación nacional por la confirmación legal de la alianza indisoluble entre la sangre y la tierra, tal como la ha perpetuado la costumbre, a través de una legislación adecuada de la propiedad rural hereditaria.
Novais recuerda el momento en que William Fragonard, su superior, le entregó el libro, recomendándole su lectura con pasión. “Es quizás nuestra única esperanza, entenderlo y aceptar la creación de la fuerza que propone. Todos los días, en este despacho, siento como Europa y Gran Bretaña se me escapan entre los dedos con cada uno de estos papeles. Ahora va a comprobarlo usted. Léalo. Quizás contenga nuestro futuro”. Quisiera sonreír, pero está demasiado nervioso, le duelen las articulaciones, siente náuseas. Le gusta trabajar para Fragonard, un hombre inflexible, pero leal para con los suyos, quizás más que para con Inglaterra; un hombre cuyo mundo termina en los cigarros indios y el vino de Madeira que atesora en su despacho, y del que se permite una copa cada hora en punto. -No lleve ningún arma, ni suponga que puede resistirse o escapar si algo va mal. Necesito un testigo de que el viaje ocurre realmente, de que realmente Ulanov existe. Por eso va usted allí. Hemos recibido despachos de la embajada en Rusia, no le comunicaré lo que en ellos se dice, pero mi agente de confianza ha decidido que lo único que podemos hacer es procurar la salida de cuantos rusos opuestos al nuevo gobierno podamos. De hecho, está trabajando en la formación de un gobierno en el exilio en París, un gobierno zarista. Novais es también lo que Fragornard llama un agente de su confianza: agentes independientes, al margen de las redes habituales, de los que espera una última muestra de entrega llegado el caso, a sabiendas de que no sienten más patriotismo que el miedo al vacío. La puerta del vagón se abre violentamente. La voz de Platten escucha llamando a todos. -¡Camaradas! ¡camarada Lenin! Platten es el hombre. Él ha organizado el viaje. Es alemán, y es el único al que le está permitido salir del vagón o entrar en él. Ulanov se asoma al pasillo y le espera, sin dirigirse a él. Novais también sale de su compartimiento; prefiere no ser observado, pero piensa que no atender a la excitación de Platten podría resultar sospechoso, aunque no sepa quién de los que viajan sabe de él y quién lo ignora todo sobre él. -He convencido al oficial al mando para que nos autorice a bajar del tren en la próxima parada. Será en un apeadero donde la locomotora cargará agua y se ha comprometido a extender la extraterritorialidad al andén. Podremos caminar por él durante una hora y dejar las puertas abiertas para que se ventile el vagón. Por supuesto, ninguno de nosotros intentará hablar con quien pudiera estar cerca, aunque no creo que veamos a nadie. -¿Y qué ganamos con eso, camarada? -Aire fresco, camarada Lenin, y consideración. Dejaremos de ser transportados como ganado. El ejército del Kaiser reconoce nuestra dignidad de seres humanos. -Camarada Platten, no debe preocuparse por la consideración que el ejército alemán nos tenga; en ningún caso será menor que la que ellos nos merecen. Pero sí que nos vendrá bien airearnos un poco y pisar suelo firme. Nadie nos acusará de burgueses por desearlo. Ulanov sonríe, pero Novais ha creído percibir que su sonrisa comenzó en el momento en que comenzó a hablar con Platten. Vuelve a su compartimiento dejando detrás frases en ruso que no entiende, aunque por el tono con que las gritan, las toma por chanzas.
El aire está cargado de humedad grisácea y corrompida, como si acabara de llover; como si fuera a llover en cualquier momento. El frío duele en la nariz y todos se limpian en las mangas y en los guantes las gotas que caen de las fosas. Todos caminan de un lado a otro, con paso lento, cada uno por su cuenta, acaso alguna pareja se une brevemente par cambiar algunas palabras susurradas. Novais observa que todos miran al suelo, quizás para no ver el cordón de soldados que los encierra, sólido y perfecto, con las bayonetas caladas y los fusiles dispuestos, pues el oficial, en un gesto perfectamente medido, ha dado la orden de cargar en el momento en que las puertas se abrían; al unísono, cincuenta cerrojos chasquearon para alojar cincuenta balas en las recámaras, simulando el primer tiempo de un fusilamiento que durante una décima de segundo, más allá de la lógica, Novais tuvo por cierto. Quizás también Platten, que de inmediato alzó su voz clamando al oficial, exigiendo una explicación, sin recibir ninguna, salvo la orden por la que todos los soldados, con total sincronización, cruzaron las armas delante de su pecho, pasando a ser cada uno el barrote de la jaula por la que ahora se mueven como animales exhibidos a nadie, a los terrones de los campos baldíos y negruzcos que los rodean. Novais observa a los oficiales más allá del cercado de carne y metal; el de mayor rango es un capitán, alguien relacionado con el servicio de inteligencia, sin duda; intenta recordar su rostro y su figura a la perfección, cualquier rasgo que permita identificarlo, sus condecoraciones, cuyas divisas campean por la guerrera, o su rostro afilado y limpio de cicatrices, aunque lo único destacable es la soberbia con que ha preferido llevar la daga de gala en lugar de la reglamentaria pistola. De los soldados apenas puede descubrir su miedo. Difícilmente sabrán de la trascendencia del transporte que custodian. Saben que tienen suerte, que podrían estar en las trincheras de Ypres o de Tarnopol, y que terminarán allí si no cumplen su cometido. El miedo que aflora en la rigidez de sus músculos y de sus labios les dará la determinación suficiente para ensartarlos a todos sin miramiento, tan sólo al escuchar el gañido preciso de sus mandos. -Usted es el inglés. El hombre se ha dirigido a él con un cigarrillo en la mano, haciendo coincidir sus palabras con el gesto con el que le ha solicitado fuego. Novais busca por los bolsillos las cerillas, se retrasa, se confunde, todo para dar tiempo al hombre a hablar. -No se preocupe, no tengo ningún interés en que se conozca su identidad. No le diré mi nombre, pero yo fui el que entró en contacto con su embajada en Suiza para ponerles al día de esta historia. Yo fui el que les dijo a quién tendría que ver Lenin en Estocolmo. Yo fui el que les facilitó la información con la que presionar a los bolcheviques para que acepten este trato. Novais saca las cerillas y pide un cigarrillo al hombre, tiempo añadido al tiempo falso que están construyendo alrededor del humo. -Y si quiere saber por qué, le diré que porque deseo que la revolución llegue a Alemania. Una Alemania socialista puede desequilibrar la balanza del poder burgués en el mundo. El esfuerzo de los camaradas rusos será vano si el proletariado alemán fracasa. -¿No es eso lo que quiere también Platten? -Platten. Platten... Platten es algo peor que un espía; es un pactista. Le aterroriza imaginar sus adorados bosques y sus cervecerías invadidas por el caos. Pero la revolución es caos, inglés. No nos conformamos con suprimir la propiedad. Debemos destruir al hombre. De nada sirve el individuo mezquino que ahora somos cada uno de nosotros. Platten confía en que esta treta será recompensada por un Kaiser victorioso con la graciosa concesión de ciertos derechos a la clase trabajadora. Cree que puede construirse el socialismo bajo el manto protector del Imperio. -¿Y a usted no le asusta el caos? -Un hombre u otro, inglés. Platten o yo, Lenin o Kerenski, usted o ese capitán que escupe cada vez que nos mira. Ya ve que poca es la diferencia entre una y otra situación. Ya estamos en el caos. El revolucionario no es más que el hombre consciente de ello. Yo lo soy. Lenin también, no me cabe duda. Pero puede que haya sido yo el que haya dado el paso definitivo. -Y eso le convierte en un héroe. -No deseo ser un héroe, inglés. La historia no puede avanzar sin terror. Los que se enfrentan al terror y lo vencen no hacen más que perpetuar la esclavitud. Los héroes, inglés, son los peores traidores.
Llega tarde al restaurante. Ha ido cien veces a él, el dueño es amigo suyo, pero esta vez no logra encontrar el camino, y ha de subir por la loma de un cerro cuajado de arbustos espinosos en la casi total oscuridad. Cada paso es una nueva herida en las piernas; siente como su ropa se rasga , como el barro que salta le mancha la cara y las manos. Cuando llega, la puerta está cerrada. Da la vuelta al edificio; por una ventana ve su mesa dispuesta, elegante, fastuosa, con las primeras viandas servidas y un vino extraordinariamente granate en las copas. A la mesa están sentados Fragonnard y Ulanov. Quiere forzar la ventana, pero está sólidamente clausurada. Busca otra, una que da a una sala vacía, una sala de la que ya se han ido los comensales, en la que las mesas están vestidas con manteles sucios y vajillas usadas. Entra en ella. Un camarero le impide acercarse a la sala contigua, en la que está su mesa. -Ya sé que tiene que ir allí, pero ahora es imposible. siéntese aquí y le traeré algo de beber. Pasa el tiempo y nadie acude a avisarle; bebe los restos de diez bebidas distintas en copas manchadas de grasa. De repente, la luz de su sala se apaga. Desde la penumbra, ve a Fragonnard levantarse de la mesa y abandonar el restaurante. Ahora está solo. También se han ido los camareros, y su amigo el dueño, y Ulanov. Las puertas y ventanas han sido cerradas. Es algo peor. De repente, no hay puertas ni ventanas en ningún muro.
Al despertar se encuentra con Platten sentado frente a él, embozado en un abrigo insuficiente para el frío de esa latitud y de esa hora de la madrugada, tiritando, no sólo por el frío sino también por la brutal borrachera que arrastra. El olor de su sudor alcohólico ocupa ahora el compartimiento, un olor aún más acre y nauseabundo que el de las mil escorias distintas acumuladas. -No conozco a muchos de los que viajan aquí; a usted tampoco. Pero no soy tan estúpido como para no saber que es usted un extraño. Los demás se apiñan en los asientos mientras usted viaja solo; apenas ha cruzado palabra con dos personas, siempre en voz baja, y siempre con odio en los rostros. He analizado cien conjeturas sobre su identidad, y no sé cuál resulta más terrible. Sólo quería decirle que mañana atravesará usted la frontera sin problemas; no pienso denunciarle. Espero que lo tenga en cuenta en el futuro, cuando quien quiera que sea decida mi asesinato.
El hombre de la embajada le esperaba en el andén. Inmediatamente ha facilitado a Novais un pasaporte diplomático, con el que ha pasado el control sin mayor problema. Ulanov y los suyos han tenido que esperar a que los aduaneros confronten la lista que el comité bolchevique ha enviado. Platten vuelve al tren, con los soldados. Quizás haga el viaje de vuelta en el vagón vacío. Ulanov es conducido hacia un pequeño edificio anejo a la estación. Lo escoltan cuatro hombres de la embajada inglesa y varios policías de paisano que no se preocupan por ocultar sus armas. Antes de entrar, se detiene un momento ante Novais. -Nosotros somos los hacedores, Juy Novais. El rumor que escucha es el de hombres que defienden un templo que sus dioses no salvarán. Al quedarse sólo, Novais toma conciencia de su suciedad, de su desaliño, de su cansancio, de su sed. Ha de buscar otro hotel. No ve, sentado en un café al otro lado de la calle, a Fragonnard.
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©Álvaro Muñoz Robledano. |