EL LABERINTO

A R I A D N A - R C . c om      c r e a c i ó n    l i t e r a r i a

 

[número cuarenta y seis edición INVIERNO 2010]

M A R Z O

 

I N V I E R N O

Si la primera complejidad de la nostalgia es el absurdo, se entiende ahora que su majestad el invierno haya decidido diluirse entre los hemisferios y crear la primera avanzada desconocida de desastres. Primero entumeció los cielos de Copenhague, luego amorató humedales al pie de los neveros y ahora nos llama a un convite apresurado de extravagancias que solo parecían residir en la liturgia fabulosa de los libros. Compleja fue entonces la actitud del capitán Ahab obsesionado por Moby Dick, complejo y escalofriante el futuro legado por Pierre Boulle ante un planeta de aventajados simios, compleja especulación la de Hermes Trimegisto al recuperar la certidumbre de la Atlántida, complejo el infierno de Dante, compleja la senectud precipitada del Mar de Aral y complejo el poema que Voltaire dedicó al desastre de Lisboa: “Sólo soy del gran todo una débil parte”. Por eso esperamos que la última complejidad de la nostalgia, sea creer que este invierno solo evoque el capítulo de un libro que todavía tardaremos mucho tiempo en leer.

 

 


i m p r i m i r 


v o l v e r

 


Esa muñeca a la que diste cuerda
por Mari Carmen Moreno

                          

Es inútil que corras
que mitigues tu sed en su regazo,
que le soples mentiras.

Es inútil que persigas
sus ojos de bambú,
en una jalea de tristeza.

Es inútil esa burbuja
que protege la entrada.
Él  sabe   muy bien
cómo seguir adelante.

 

Muchacha  débil
desapareces
tras  cuerpos
cuneiformes
que se  contonean
 y te  solapan
en tablillas de barro
prestas a desaparecer.
El jugo del limón contonea
tu cuerpo
mientras un caracol se pasea por el escenario
sin pronunciar tu nombre.

 

La despedida

Todo ha dejado de tener sentido en el elixir del olvido.

Ya no me veo ser ni existir. Buceé tanto, que si tú me conocieses en ese instante cruel llorarías, como lloré yo, en el cuenco del pasado. La morada de mis sueños está asida grácilmente a ti, aunque quisiera marcharse demasiado deprisa, sin siquiera una súplica.

He sentido tu impotencia al traspasar esa terrible inseguridad que desama mis sentidos.

He renunciado a todo mi sentimiento marchándome  sin miedo y en ese instante se ha crucificado todo mi tedio.

Sé que bajaré a los infiernos de gelatina  donde tantos han caído y allí se apagará mi inmensa inocencia para volver a nacer.

Sé que te besaré por última vez antes del naufragio. Allí, cuando  nadie me vea, cobijaré mi anónimo rostro, impávido en el fluido de otros rostros que se desahogan de la asfixiante soledad de un amor de hielo.

Allí me desintoxicaré de mi triste congoja, esa que habitaba en mí cuando tu ira apagaba mis yagas, porque no amabas ni siquiera la faz de mi inocencia mientras desabrochabas tu silueta en la mía. Pero era un durísimo simulacro de mí,  nunca conocerás ni sabrás de mi tintura.

Tú que desperdiciaste mi risa, tú que sofocaste mis pies y te anclaste para desgarrarme. Todo lo tuyo es un aullido fiero que traspira a mordiscos. El viento era rocío cuando callabas y el sueño tuyo un bálsamo que me embriagaba al saberme sola al fin para llorar inútilmente.

Cuando he huido he descubierto tu alma auténtica. Tú te creías dichoso de tu posesión, apuntillando ¡mía! ¡mía!, pero no lo fui ni lo seré nunca.

Sólo el carbón de mi cuerpo bajo el declive de tus ojos inocuos en el pavor de mis ojos.

Cuánto fuego consumido para  tu pérdida. Lo que palpabas de mí era un espejo deformado que no te amaba.

La casa se ha llenado de luz chispeante. Todo lo hiende mi propia soledad que se ha librado al fin de ti, queridísimo amor, ya no podrás zaherirme ni clavarme a tu nausea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Mari Carmen Moreno. Nací en Torrente (Valencia) en 1968. Licenciada en Hispánicas por la Universidad de Valencia, llevo algunos años dando clases de Lengua Castellana y Literatura, lo que compagino con su labor como Investigadora y escritora. He colaborado con algunas revistas electrónicas como Luke, donde publiqué artículos y reseñas literarias y en Ariadna ( nº 9) También he participado en la revista Atenea  del Ayuntamiento de Torrente, y en programas de cine para adolescentes  realizados por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de  Torrevieja.  Como profesora he realizado algunos trabajos, como la creación de Pruebas de evaluación y actividades de refuerzo en Valenciano para diversas editoriales. Algunos de estos materiales se pueden encontrar en mi propio blog:

http://elarlequindehielo.obolog.com/

http://porelsenderodelacreatividad.obolog.com/

A


Selección de poemas
por Plácido Ramírez Carrillo

 

SOÑAR QUE LA VIDA EMPIEZA

Para Ana Ramírez Rodríguez,
por su recuperación,
que tenemos que ir a Guadalupe

Quién pudiera volver a reír,
Subir por la calle nueva,
Oler a lluvia y verdad.
Soñar que la vida empieza.
Quién pudiera otra vez sentir
La emoción de aquella escuela,
Las palabras del maestro,
Y su mirada sincera.
Quién pudiera en la plaza
Abrazar la primavera
Hacer un brindis vertical
En cada sombra que espera.
Quién pudiera volver a reír,
Pasear por la carretera,
Oler a lluvia y verdad.
 Soñar que la vida empieza

 

ANTE  LA VIEJA PIEDRA      
(Cáceres)

A José Cercas Domínguez

Tú eres Cáceres, luz de primavera.
Tú eres silencio, claridad, ternura,
En este tiempo de tanta locura.
Aquí están mis versos, a mi manera.
Benditos los recuerdos tan sinceros
De aquella adolescencia de alegría,
Por tus calles y plazas, todavía
El ayer y el mañana tan enteros.
Mi corazón desnudo y desolado,
Ante la vieja piedra tan serena
Adivina besos de enamorado.
Porque tu luz, ante tanta historia,
Por la amanecida viene ya sin pena,
Y tus campanas, tocan a gloria.

 

MORIR EN MI PUEBLO

Quiero morir en mi  pueblo
Ser flor de su camposanto,
Y ser coplilla de quintos
En la voz de los muchachos.
Quiero morir en mi pueblo
Y que cante el campanario,
Y que alguna beata amiga
Me dedique algún rosario.
Quiero morir en mi pueblo
Ser la luna en los tejados,
Para acariciar su aliento
Y tirar besos al campo.
Quiero morir en  mi pueblo
Ser espiga en los trigales.
Soñar en mi eterna siesta
Con el sol de media tarde.
Y me dormiré soñando
Con las calles de mi pueblo,
Viendo juagar a los niños
Con caballitos del cielo.
Dejadme dormir, dejadme,
¡Ay¡ golondrinas del tiempo,
Que estaré abrazado siempre
 Al corazón de mi pueblo.
                                                          

 

Del libro “ añoranzas”

 

 

 

 

 

 

 

 

© Plácido Ramírez Carrillo. (Puebla de la Reina, Badajoz, 17 de octubre,1955). Emigró  a Madrid con su familia  a los ochos años, donde les espera en un hospital su padre, obrero emigrante en Alemania, aquejado de una grave enfermedad. Es internado en colegios de auxilio social. A principios de los ochenta funda la casa de Extremadura de Leganés junto a otros paisanos, desempeñando la vocalía de cultura. También acude al taller literario de la universidad  popular, donde participa en la revista. De regreso a Extremadura funda la asociación cultural “Puebla de la jara” en su localidad natal, y dirige la revista “Tamujar”. En la actualidad reside en Badajoz, es vocal de cultura en la Asociación de vecinos de Santa Marina y colabora en la revista El ancla, así como en otras revistas culturales y prensa regional. Presidente de la  A. amigos del Museo de la ciudad “Luis de Morales”, socio del ateneo de Badajoz, coordina la sección de literatura. Miembro de la AExx y coordinador de la revista El espejo. Tiene publicados varios libros de poesía: Vereda ( 1982), Añoranzas( 1991), “ Camino de luz, sombra y silencio ( 1994), “ Escritos al amor de la noche” ( 1997), “ Al sur de la melancolía” ( 2003), “ Ensayo de la metáfora” ( 2006). Ha participado en varios libros colectivos: El vuelo de la palabra. La poesía en Badajoz (1998 al 2009) el vuelo de la palabra. El cuento (1999 al 2009)”. 43 autores de aquí” (1998). Homenaje a San Juan de la Cruz (cuadernos Kylix, 1987). Homenaje a Jesús Delgado Valhondo (cuadernos Kylix, 1994).”Extremadura: tierra de libros” (2008). Tiene varios  libros de poesía  y de cuentos inéditos.

A


Mediodía en el bar
por Mariano Lisa Escaned

 

  Es un lugar real
un punto que se encuentra escrito sobre
el plano con los ejes de concierto
cartesiano entre abscisa y ordenada
como par, a saber, cierto lugar
de Hospitalet de Llobregat.
Es un lugar real,
con grasa y polvo
añosos, que articulan un recinto.

  Es un lugar real,
un bar determinado,
tasca de laborantes sin empleo
y pensionistas achacosos.
Es un lugar real,
que sueña una existencia contra el tiempo.

    Es mediodía.
El cielo canta un septentrión helado.
En medio del local,
un anciano arrugado y de piel lívida
ejerce de cariátide que oscila
cuando un cliente pasa junto a él,
para tornarse efigie inmóvil
tras pasar de la entrada hasta la barra
de tapas revenidas.

   Fuera y arriba, el Sol se baña,
sumergiéndose y saliendo
entre las nubes. Fuera, en el asfalto,
unos munícipes obreros hincan
la tiritera de barrena eléctrica.

   Dentro, los brazos apoyados
sobre el borde de mármol de una mesa,
pálido, como muerto en el velorio,
con tremolor acurrucado, un viejo
remata una colilla entre los labios.
“Tengo setenta y nueve años”, dice.
Observa cómo un cincuentón maneja
los mandos de una máquina de juego,
que no escupe monedas.
“Vago, ve a trabajar”, exclama el viejo.
El jugador atrapa las orejas
del gritón y sacude su testa alba,
para volver, enclenque, al mecanismo
aleatorio de capricho avaro.
“Mi madre trabajó toda la vida.
Toda la vida trabajó mi madre.
Mi padre se murió, cavando el campo.
Encima le cayó una bomba
y de él no se cogió ni tanto un pelo.
La casa nueva de mi pueblo
mi madre la pagó con su trabajo,
que un bombardeo destrozó la vieja.”
La cariátide se aparta,
Porque un repartidor entra en el bar
Con una carretilla bien cargada
de cajas de botellas de cerveza,
que tintinan como ovejas.
“A los ocho años”, prosigue el achacoso
parlador, “me pusieron al trabajo.
Trabajé en una bóbila.
Con la masa de arcilla yo llenaba
unos moldes cuadrados,
para dar forma al tocho. Se secaba
al Sol y se metían en el horno.
Y se hacía ladrillo.
Hoy día ese trabajo es para máquinas.”

  Es mediodía.
Se escuchan las noticias.
Comunican que hoy, viernes,
ha muerto a los setenta
y nueve años un político,
exdirigente comunista,
parlamentario de las Cortes,
padre de la Constitución,
ministro de gobiernos socialistas,
catedrático de Derecho,
con medallas pasadas y futuras.
Un estruendo se escucha de cacharros
justo junto a la puerta
de la cocina. El cocinero exclama:
“¡Un plato menos que fregar!”

  El ladrillero anciano enciende
con mano fluctuante un cigarrillo
y entierra su mirada en lo infinito
de este lugar real.

 

En un bar de L’Hospitalet de Llobregat, después de mediodía del viernes día 4 de diciembre de 2009.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Mariano Lisa Escaned

A


Selección de poemas
por Susana Robles

 

Tengo un solo horizonte
su frente alto y claro,
¿por qué no le alcanzo con el cielo rosado?
con las nubes de ensueño y el amarillo dorado,
que llene de verde  esperanza mi alma,
que empape de rojo la pasión de mi entraña,
que arranque el negro de mi espíritu aburrido,
que bañe de blanco mi acero brío.
¿Por qué el arcoirirs tarda tanto en este asfalto?
si no es en éste, llevádme al marinero,
dónde esté mi puerto anclado  y mi horizonte confiado
espero.


Haikou

Y espresarme
que era tiempo de luz
de carnes y huesos.

Tan solo era eso
sin lluvias ni recesos
de carnes y huesos.

¡maldito refugio!
yugo de tu palabra
que no sea vana.

rota la amistad
la bota de agua clara
de tu gran ego.

Apenas sabes
que quiero forastero
tiempo primero.
   

 

 

 

 

 

 

 

 

© Susana Robles

A


Selección de poemas
por Omar Santos

 

MEDITACION DEL ESBIRRO

 

Me emocionan los árboles de la muchacha,

el globo alegre que cruza los azules,

el grito y el baile que despierta a los puertos

con niños. Me gustan los ancianos

que corrigen sus poemas.

Me gusta el olor de la tabernas

y el pandero de las zorras.

Pero me dieron órdenes,

es fácil el objetivo, es preciso,

tiraré mi piedad, y tendré que arrasar pronto,

ahora no tengo ni Dios ni moral,

y tendré que detonar,

es terrible y absurdo,

pero me dieron órdenes,

ahí está el blanco,

sólo apuntar…

 

LA CASA DISTANTE

 

Llegaste a casa

después de la guerra,

sublime, importante,

henchido, con las nuevas.

Viste la felicidad del gato

bajo los guayabos,

después viste a tu mujer,

saludo extranjero te ofreció.

Después los reclamos y los sollozos,

tus hijos atemorizados,

las noticias incriminatorias.

Ya en casa el día te pareció borrasca,

remordimiento, sin gozo sin nombre,

La casa sin himnos la casa distante.

 

NO EJECUTES EL HACHAZO

 

No ejecutes el hachazo,

antes de lo grave, regresa a tu piedad,

mira que hay tiempo, podrías hurgar

en tu conciencia. No ejecutes el hachazo,

no despedaces, toma sus dedos inofensivos,

vamos, regresa a tu origen, deja que te regale

una bella palabra, deja que se levante.

 

 

 

 

 

 

 

 

©  Omar Alberto Santos Balán. México 1975Certamen Literario Nacional: Juegos Florales Nacionales de Tabasco( Tercer Lugar.  Fecha 1998). Premio Nacional de Cuento “Juan José Arreola” (Mención Honorífica. Fecha: 1999). Premio Nacional de Poesía Juegos Florales Nacionales Universitarios de Campeche (Mención Honorífica.Fecha: 1999). Premio Nacional de Poesía “Juegos Florales Nacionales de San Román  ( Fecha: 2000). Premio Nacional de Poesía, “Juegos Florales Nacionales de Oaxaca” ( 2do. Y 3er. Lugar.  Fecha: 2002). Certamen de Poesía “XIV Concurso Literario Nacional Timón de Oro”  (3er Lugar.  Fecha: 2000).  Mención honorífica en el premio Nacional de Poesía (2006) convocado por la universidad Autónoma de Campeche. Premio Nacional de Poesía “Ignacio Manuel Altamirano” en diciembre de 2006. *Mención de honor en el  V Premio  INTERNACIONAL de poesía Lincoln-Martí *Premio Nacional de Poesía “San Juan del Río Querétaro” en junio de 2007. Premio Nacional de Cuento “Timón de ORO” 2007  en octubre. Ganador del premio internacional de poesía y cuento breve 2008 que organiza la Librería Mediática en Venezuela. Finalista en el VI certamen internacional de poesía “La lectora Impaciente” 2008 (España). Finalista en el Certamen Internacional de  Poesìa erótica “El Buho Rojo”2008 (España). Premio Internacional de  poesía y cuento breve Bonaventuriano de Colombia 2008. Libro de poemas: Juegos Florales Nacionales de San Román (1999). Libro de poemas: “Los desmayos del Verbo” (2003).  Libro de poemas :” Memorial de Espectros” (2006)

A


El hombre frente al espejo
por David Morán

 

El hombre, desnudo, es una especie de homínido racional
que se desarticula en el argot que trascribe la fisionomía de masas.  
El Hombre , en ropa interior, es un primate que inventa el pudor
eufemístico que oculta sus complejos inconsistentes. 
El Hombre, vestido ya, renuncia a su identidad
y vuelca el carácter al estándar que mide la educación mecánica.
Pero con ello gana aceptación y, si es recurrente, adeptos.
El hombre posee una controvertida herencia cultural
que configura su personalidad trasferible, afín a sus deseos
pero bajo la guía mortal de propósitos alienantes.
El hombre es una máquina biológica,
un tempano donde puede brillar la conciencia individual,
tan sólo falta el chispazo de gloria que la encienda y busque,
bajo un ideal como mapa, una noción de verdad.

 

 

 

 

 

 

 

 

© David Morán.  Honduras

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Castigo
por David Lago

 

Luego están los crímenes sutiles.
Esos que nadie toma en cuenta,
los que no puntúan en los baremos de la sangre violenta.
Los jueces y la numerosa legión de funcionarios
comparten la obsesión por la huella física
que llevó a Santo Tomás a meter su dedo
donde antes estuvo un clavo en la palma de una mano.
Pero ¿en qué queda lo demás?
¿La hiel en los labios?
¿La mofa de la soldadesca pinchando el costado?
¿Lo que no se ve?
Ah, qué mente tan soberbia y diabólica
la que oculta la herida que no mata
pero que no deja vivir.
Ante la vulgaridad del golpe,
ante la evidencia que deja la bala,
se convierte en una sangre enferma
que viaja por todo el cuerpo sin hacer ruido,
sólo percibida por aquel que siente el gorgoteo
en cada recodo de sus venas.
Por eso no tienen castigo, ni siquiera comprensión.
Castigo es el que muerto sigue vivo.


(Madrid, 14 de febrero de 2010)


 

 

 

 

 

 

 

© David Lago 2010

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Isla olvidada (Selección 2005-2008)
por Olga Guadalupe

 

 

1

En ti, Haití, en tu isla negra –ni isla siquiera, 
si acaso truncado tercio insular– desparramándose
están todas las astillas del alma,
vidas hechas ruinas, tambaleándose
en cuerpos tensados hasta los confines
de sus bordes, estirados como panteras.
Hay mucha muerte, mucha muerte,
mucha vida truncada en los troncos inclinados
de tus costas, mucho amor, amor mío, mucho amor
caído, sepultado a penas, y si sobrevivimos, Haití,
si sobrevivimos al zarpazo que acecha
escondido tras la palmera,
tras los jirones visibles del espanto,
es porque eres isla dividida o rota
y no puedes doblemente hundirnos:
te conformas con ahogarnos vivos a todos
hasta que el dolor ya no se siente: nos ha dejado sordos.
Y ya no es posible vivir sino cayendo en profundísimas simas,
hasta arrancarle al abismo la insondable raíz del miedo.


 

2

Al llegar a la Place St. Pierre
una mujer nos ofrece orgullosa su mercancía:
un bello animal, una gran tortuga, asida
por sus extremidades, crucificada boca abajo...
Ya la hemos dejado atrás, ya no la veo,
esa visión fugaz, desde el cristal rodante...
No lo odias no más por esto, no más porque sí
pero también por esto...
Das la vuelta y giramos y entre el tumulto
un hombre serpentea a dos manos (no vi sus pies)
con la medida de su mundo a ras de suelo
y hay ya un odio de volcanes.

¿Cómo luego no odiarte, mi amor,
cómo no odiarme?
¿Cómo luego no hacer nada?
¿Cómo hablar sin dar un grito?

Por la avenida Delmas, por el polvo gris,
por el cemento gris de las edificaciones huecas,
con los andamios siempre desnudos,
deshilachando la bajura de sus muros,
cuelgan del tap-tap los pasajeros y una cabra,
boca arriba, colgada, crucificada, su peso abajo,
arriba las extremidades, atada al camión...

¿Cómo sostiene el cuerpo la cólera que quiebra el alma?

 

 

3

Traspasamos la entrada
al cementerio de Port-au-Prince
por el escaso tramo de un puente
elevado sobre un lodazal seco
de inmundicia indescriptible.

Una vez dentro, qué esperar
y sin embargo, qué palabras,
con qué palabras...
un anárquico y abigarrado
promontorio de cemento sin fin,
panteones y tumbas brotando sin cesar,
apiñados por doquier en caóticos montones.

No te caben más muertos, Haití,
no te caben más lápidas.
Ni un intersticio verde, ni un espacio de aire,
ni un soplo para los muertos,
ni un verdor para los vivos.

Inmisericorde, el sol cae calcinándonos
y el polvo y el calor nos va deslizando
el rencor hasta los pies, por la mirada,
mientras nos desplomamos en un remanso
de respeto y solemnidad desconocidos.

Te has detenido a visitar la tumba de tu madre
–por qué me has traído contigo,
qué me quieres decir–
y sobre nuestro amor muerto
yo ruego por su alma,
por mí, por ti, por todos nosotros.

A veces, sí, como hoy, nos hablamos en silencio,
a veces, como aquí, donde moran sin descanso los muertos
y la dignidad no les sobra a sus hijos insepultos.

 

4

La Plain. El miedo.

A nada le temen más los haitianos que a la lluvia.
Aguas torrenciales o diluvio o furia vengativa.
Algún dios colérico en su génesis delirante
se olvidó de llover con menos saña
sobre unas tierras deforestadas,
sobre unos caminos sin aceras y sin desagües.
La erosión desprende los pedruscos de las laderas
que caen como azotes sobre la travesía.
Sentado en el mismo terraplén, el mismo hombre
prematuramente envejecido
picará esas piedras, mismas y eternas,
que levantarán los muros cada vez más altos
de los menos pobres que él.
Oiremos también el ruido exasperante y atroz
que hacen las hojas secas del esclavo doméstico
que barre contra las piedras diariamente,
en la estación de las lluvias, bajo la ventana,
a las cinco de la mañana, diariamente.
Inútil pedirle que emplace esa tarea inútil
para más tarde: nuestra medición del tiempo
es mera ficción. Simplemente.

No, a nada se compara el torrente de las aguas
en tu estación húmeda. Mientras esperamos
sin aliento a que el mundo se acabe,
los haitianos sin chubasquero y sin paraguas
hacen bien en temer esa cólera.
Yo no te olvido, Haití, te olvidaron los dioses,
le dieron la espalda a su más aterradora invención.

La Plain. Me llevas por esa noche que no duerme,
aflojas la marcha, compruebas los seguros del auto,
haz lo imposible, mi amor, por lo que más quieras,
no vayas a salpicar con agua infecta
a esos cuerpos ebrios de ron
desfilando frenéticos al ritmo de rara.
Pánico, odio furtivo en las miradas
de esos hombres…quieres mirarlos…no mires,
necesitáis mantener la calma, salir de la noche
en cuanto antes, no escuches el sonido
de los cuernos de viento, no mires esa danza frenética,
despacio, despacio…


5
C’est ne pas ma faute. Je ne sais pas. Je n’en pas.
Las tres pas haitianas, las tres vejaciones capitales.

O la fatal respuesta, como fatal negación:
¿Por qué no funciona…?
No siempre las cosas tienen que funcionar.

En la memoria otras cantinelas:
Jesus loves youuuuuuuuuuuu

O las de los samaritanos
que, tras la aterradora caída del amor,
recogíanme en el camino
–¿La llevo a alguna parte?–
Se ofrecían todos ellos a remediarme:
¿No tiene usted hijos, madame?

O la misa de trabajo, voz y movimiento,
rapsodia de viento y martillo
entonada por los trabajadores del Hotel Montana…

Y la de aquellas dos pequeñas niñas
en la piscina del Hotel Kinam
que al Frère Jacques en francés
de sus padres adoptivos blancos
respondían en créole
con honda y triste y solemne letanía litúrgica
de hipnótica modulación.

Voces, rumores, respiraciones lentas.

 

 

 

 

 

 

 

 

© Olga Guadalupe.  Madrid
http://olgaguadalupe-poesia.blogspot.com

A


Poemas
por Félix Luis Vieira

 

ORACIÓN POR UN JOVEN POETA DE PROVINCIA

A Arístides Vega Chapú,
Heriberto Hernández Medina,
Joaquín Cabeza de León.


Madre poesía, no permitas
que ese humo de estraza lo disloque,
esos hipocuervos miren por sus ojos,
esos festones de terciopelo
hagan sus colores.

No permitas
que esos loros clandestinos
digan sus palabras, ni dejes
que escuchen las suyas.

Ampáralo de los cancerberos y guardianes
que tienen la celda y las cadenas listas.

Líbralo de los moscardones que esculcan sus papeles.

Escóndelo, Madre, debajo del pétalo que Aquellos desconocen.

(23 de julio de 1989)


 
PERDIDO, ENTERRADO EN LA FURIA

A mi hijo Luis

Se me ha perdido el buen humor
se me ha perdido la paz de la mañana, de las tardes.
Mis dientes aborrecen la sonrisa.
Mis noches son amargas, los duendes me asaltan.
Padezco de la angustia de mañana y de pasado.
No quiero ver a nadie, temo verme a mí mismo.
Estoy agrio como un animal entre espejos convexos.
Aborrezco la yerba, la luz, las margaritas.
Me duele mi pasado y todo el pasado como una llaga
que se abre, que se abre.
Se me ha perdido el buen humor,
estoy ácido como la bilis
soy un charco de bilis, me ahogo en bilis.
Me muero como un perro mordiéndose,
me muero y me muero enterrado en la furia.
Y
quien tiene la culpa
amanece riendo.

(27 de abril de 1991)


MIENTRAS TANTO

A Cintio Vitier

Habrán de morir los buenos poetas.
Habrán de morir los poetas excelentes.
Aun los grandiosos, aun
los fundadores de durables escuelas, tendencias, ismos
habrán de morir.

Habrán de morir también los poetas a secas
y aun los acusados de malos poetas.

Mientras tanto, el polvo espera, teje
la última palabra.

(11 de julio de 1992)


 NO

A Alexis Castañeda

No le pidas que cure tus heridas.
No le enseñes el pie que llevas cojo
el aire que te falta, el metal que no tienes,
los bosques que perdiste.
No vayas a pedirle “por favor… no puedo más… mira… mira
este costado por el que me desangro”
.
No le enseñes tus ojos vacíos y la estela vacía
ni el dolor de cada día y cada año
que gastaste de balde.
No le pidas la sangre que te debe,
clemencia,
tregua,
bandera blanca.
No.

(julio de 1992)


 

 

 

 

 

 

 

©Félix Luis Viera: (Santa Clara, 1945) Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la Uneac, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba), Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba) y La que se fue (2008, Red de los Poetas salvajes, México); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986. ) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003) y la novela corta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2002, 2006 y 2008, Edizoni Il Flogio, Italia.) Su más reciente novela, Un ciervo herido –que aborda el tema de las Umap, eufemísticamente llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción y, en realidad, campos de trabajos forzados establecidos en Cuba en la década de 1960–, ha sido traducida al italiano por la editorial L´Ancora del Mediterráneo. Actualmente es ciudadano mexicano.

A


Días de metro
por Jesús Urceloy


Con la crisis mis padres tuvieron que hacerse pordioseros y pedían en el metro. Lo hacían tan bien que muchas tardes del sábado mi mujer y yo cogíamos a los niños y en vez de irnos al cine nos íbamos a verles. Papá, para dar más lástima, se ponía una barba postiza muy larga y llena de moscas, y mamá se quitaba las alpargatas y mostraba unos pies muy sucios. Cuando se cansaban de estar de rodillas se sentaban en unos cartones, sobre el suelo. Lo hacían muy bien y daban mucha pena, los dos tan viejecitos y tan indecentes, y la gente les daba mucho dinero y mucha solidaridad.

Nosotros nos poníamos enfrente como si no les conociéramos y no nos importasen nada y decíamos en voz alta cosas para que la gente se parase y les echase algunas monedas.

- Pobres, qué sucios están –decía mi mujer.
- Sí, y qué mal huelen –decía yo.
- No hay derecho –decía nuestro hijo.
- Vámonos, vámonos –decía nuestra hija.

La gente entonces se apiadaba mucho y formaba corro.

Mis padres no eran como esos otros pobres que gritan pidiendo pan o lloran enseñando los muñones, o tocan la guitarra e imitan personajes, como un Napoleón con la mano metida en la chaqueta después de ordenar la última carga en Waterloo, o la Cenicienta en actitud de fregar el suelo, que suelen tener mucho éxito. No, mis padres actuaban con la mayor naturalidad y se sentaban los dos sobre los cartones de una lavadora o de un frigorífico de los de marca, siempre vestidos con los mejores harapos que tenían. Y mi padre miraba al infinito con una expresión tan idiota que parecía estar muerto, y mi madre apoyaba la cabeza en su hombro y lloraba, soltando unos hipos desgarradores que a cualquiera le ponían los pelos de punta. Y decía, con la voz calladita, mientras le pasaba con mucha ternura a mi padre una mano por la mejilla: “pobrecito, pobrecito”.

Los guardias del metro, que bajo el uniforme también tienen corazón, recibían órdenes de echar a los pobres y a los cantantes y a los que hacen de estatua, a la calle. Pero con mi padres solían ser condescendientes, y con los ojos cargados de lágrimas hacían la vista gorda y los dejaban un rato más. Y cuando no quedaba más remedio y algún jefe de estación, que son gente que no tiene alma ni sentimientos, les obligaba a echarlos a golpes de porra, los vigilantes lo hacían como sin querer, despacito, evitando los golpes en la cabeza o en las costillas, que son muy molestos.

Mis padres adquirieron al poco tanta fama que les invitaban de otras ciudades cuando inauguraban su metro. Había que ver la expectación que causaban a las entrada de las poblaciones. La aglomeraciones, los gritos, siempre cargados de silenciosa e intensa solidaridad. Las autoridades, muy en su papel, fingían indiferencia y los líderes sindicales tomaban mucho interés.

- ¡Socorredles! –gritaban los de la bandera roja.
- ¡Auxiliadles! –gritaban los de la bandera blanca.
- ¡Compasión! –gritaban los de la bandera verde.
- ¡Qué vergüenza! –gritaban los de la bandera azul.

Y luego se abrazaban unos a otros y lloraban, y para celebrarlo la banda tocaba una marcha muy alegre y todos se iban a tomar el aperitivo, dejando que mis padres entrasen en los pasillos de la estación de metro recién inaugurada sin apreturas innecesarias. Tal era la fama y el respeto que les tenían, que cuando llegaban al pasillo respectivo ya se encontraban los cartones puestos y todo, y los guardias se ponían a silbar haciendo como que miraban a otra parte.

Fue un tiempo muy feliz y muy bonito. En mi empresa era la envidia de mis compañeros, a mi mujer la colaban los dependientes en el mercado y a mis hijos los profesores les ponían en primera fila. Hasta un día en que, mientras veraneábamos en el apartamento de la playa, un apartamento precioso, con mucha luz y tres cuartos de baño, me llamaron al móvil para decirme que se habían muerto. Con la ola de calor se los habían encontrado allí, sobre unos cartones, como dormidos. Los vigilantes se dieron cuenta enseguida, casi al minuto de estar golpeándoles. Me dijeron tambien que, como habían pasado tres días y no me localizaban, por seguir la costumbre los habían echado a la fosa común. Yo me puse muy triste y mi mujer, que es una santa, me dijo que no llorase, que así lo habrían querido ellos.

Cuando volví a casa unas semanas después y de camino al trabajo miraba el lugar del pasillo que habían ocupado mis padres, me sentía muy desgraciado. Sobre todo si veía en su puesto a una pareja que cantaba boleros o a un tipo vestido de payaso leyendo poemas. Entonces me entraba mucha rabia y mucho dolor y no rendía bien en mi trabajo.

-No te preocupes –decía mi mujer- Cuando Dios cierra una puerta es para abrir otra.

Y tenía razón, porque a poco me quitaron de taquillero del metro y me ascendieron a jefe de estación.

Urceloy / diciembre de 2009

 

 

 

 

 

© Jesus Urceloy

A


El reloj de cien agujas
por Álvaro Muñoz Robledano

 

Las indicaciones han resultado exactas, y, sin embargo, en nada se parece la calle a la imagen que de ella se ha hecho durante los últimos tres días; la penumbra del crepúsculo oculta la suciedad del barro en las aceras, la limpieza de las puertas, las contraventanas y los escaparates, la exactitud de los rótulos, la hipocresía de los balcones, a los que ha imaginado civilizados y plagados de macetas. Apenas hay luz ; dos faroles, uno en cada extremo de la calle, dan a la misma aspecto de suburbio, a pesar de estar en el centro de la ciudad; ni siquiera el cabaret se presenta como ha supuesto; su entrada coincide en la pobre iluminación con el resto de los locales; nadie entra en él ni sale de él; tan sólo la brasa del cigarro delata al portero agazapado en un rincón; la cortina que éste aparta, con desgana y frío, muestra los brillos mugrientos del terciopelo; sí, los carteles son nuevos, distintos; no hablan de bailarinas ni de orquestas; no anuncian jazz o can-can, no son comprensibles, ni siquiera hermosos; a él le parecen sencillamente idiotas. Sus proclamas no disimulan la carcoma en mesas y sillas, la mayor parte desocupadas, ni los mil desgarros en el entelado de las paredes, ni el polvo en las botellas, ni la pobreza de la música que despacha un pianista aburrido y sobrio. El cabaret se muestra tal y como es: un local condenado por el tiempo al que un encuentro fortuito ha concedido una prórroga.

Ha reconocido al hombre sin ninguna dificultad; preside un grupo arracimado en una mesa al fondo del cabaret. Sostiene un cigarrillo entre los dedos en una posición desmedida, incómoda; frente a él, una tetera y una taza. Los otros cinco que lo acompañan le escuchan con arrobamiento, entregados a sus palabras, aunque él sabe que tales palabras no tienen ningún sentido, que le estaba esperando y que sólo cuando le ha visto entrar y ha decidido que es el hombre al que ha estado esperando, ha iniciado su discurso, terrible y frío, exacto, como una cuchilla que ya ha iniciado el desollamiento del cadáver; toda esa pretenciosidad, todas sus profecías, todas las palabras en voz demasiado baja para que llegue a escucharlas, van dirigidas a él. Tan sólo la mujer sentada a su izquierda le ha mirado desde el primer instante, le ha seguido en todos sus movimientos, sin temor, sin odio, sin desprecio; por lo que él sabe de ella, su mirada fija pretende hacer patente el poder que está convencida de poseer; poder sobre los cinco hombres de la mesa y sobre cualesquiera otros cinco que a ella pudieran sentarse; poder sobre los carteles del cabaret, sobre su significado; poder sobre el frío que aún le hace tiritar; poder sobre el discurso del hombre al que ha ido a buscar , y al que la mujer ha dirigido una frase breve y dura en un idioma eslavo. Entonces él lo ha mirado y le ha dicho algo en el mismo idioma a uno de sus acompañantes, el cual  inmediatamente se levanta y se dirige hacia él.

-¿Es usted el inglés?

-Sí.

-Venga.

Cuando llega a la mesa, el hombre que le precede no le ofrece asiento, sino que coge una silla cercana y la arroja sin ningún miramiento. Antes de sentarse, ofrece al grupo una leve inclinación de cabeza y un saludo de cortesía, “señora, caballeros”. Nadie lo devuelve. El hombre al que ha ido a buscar apaga el cigarrillo y le habla escupiendo con cada sílaba.

-No pienso mostrarme amable con usted. No tengo por qué hacerlo. Siéntese y hable. Si quiere beber algo, pídalo y páguelo.

El hombre se gira, pide una copa de ginebra al camarero y se sienta. Sabe que cada uno de sus gestos estará a partir e ese momento indefectiblemente tachado por la obediencia que el otro le ha exigido tácitamente. No hay gestos en la mesa, no hay intención en ninguno de los que ahora le rodean. Uno de ellos lía un cigarrillo en un papel amarillento y grosero, que chirría como la cuaderna podrida de un bote de pesca.

La mujer no ha dejado de mirarlo ni un solo segundo.

-Es usted Vladimir Ulanov?

-Lo soy, pero daría lo mismo que no lo fuera; soy la única persona con la que usted va a tratar  lo que ha venido a tratar.

Utilizan el francés para hablar, un francés deficiente en ambos casos. El hombre tiene miedo de no entender a Ulanov, de que sus palabras queden reducidas a un zumbido molesto al que tendrá que responder de todas formas.

--¿No podríamos hablar a solas?

-Estos hombres vendrán en el tren, y usted viene a hablarme del tren; no veo por qué tienen que irse. Aún no sé con quién hablo, y un tipo tan cuidadoso como usted tendría que haber tenido en cuenta ese detalle.

-Me llamo Rui Novais.

Ulanov repite el nombre, convirtiendo la suavidad de la “r” en una “j” desvaída y hastiada: “Juy”.

-Portugués. Un portugués trabajando como espía para el rey de Inglaterra. Una situación incómoda.

-Siempre es incómodo ser portugués. Puede creerme.

Novais bebe su ginebra de un trago, desobedeciéndose. En el momento en que se gira para pedir otra copa siente como Ulanov lo ha vencido. Siente que acabará borracho y que todos los del grupo permanecerán en silencio cuando él desaparezca, esperando el momento de dejar la ciudad, o, simplemente, esperando a otro emisario como él.

-Se me ha encomendado concretar la oferta que nuestros contactos presentaron a su gente.

Ulanov le interrumpe con un gesto, pero tarda un segundo en hablar. Otro cigarrillo se ha consumido en su mano, pero ésta no ha cambiado su postura. No hay mayor desprecio posible que ni siquiera mostrar el anquilosamiento de los músculos al adversario.

-Sus contactos, nuestra gente...habla con la tristeza de un funcionario que rellena formularios sin saber a qué corresponden.

-Pero yo sé que lo que dicen estos formularios señor Ulanov. El gobierno alemán le ha autorizado a atravesar su país en un tren especial, cerrado, hasta llegar a Suecia. Los alemanes han cedido a cambio de la liberación de prisioneros de guerra. El gobierno provisional ruso cree que es tan sólo un retorno de exiliados eminentes, pero su intención, Ullanov, es entrar en Rusia para ponerse al frente de la revuelta contra el gobierno moderado, y uno de sus objetivos es lograr el amotinamiento de los soldados rusos, lo que supondría un duro revés para mi país.

-¿Su país, Juy Novais?

-Lo he elegido No debiera extrañarse porque alguien cambie su patria.

Podría haberse reído, pero Ulanov contrae su rostro en una mueca de ferocidad, como si hubiera recibido un insulto, el más atroz imaginable. Arroja la colilla al suelo y grita, grita en ruso, siete u ocho palabras. Nadie el grupo parece inmutarse. Mientras espera a que ceda la furia, Novais observa que el hombre que liaba su cigarrillo aún lo mantiene entre los dedos, sin cerrar.

-Es usted un lacayo, Juy Novais; sólo los lacayos hablan de patria. Eso es lo que he gritado.

-Podemos matarle Ulanov. Aquí, en Suiza, o en Suecia; incluso en Alemania, pero mi gobierno cree que hay otras alternativas. Le han ofrecido seguridad a cambio de que participe en una reunión con opositores alemanes en Estocolmo. Si su revuelta puede acabar con el gobierno provisional ruso, sus directrices podrán perfectamente debilitar el régimen del Kaiser.

Ulanov se vuelve hacia la mujer y habla en ruso con ella durante unos minutos. El rostro de ella cobra una expresividad tan extraña como efímera. Novais alcanza a entender algunas de las palabras que Ulanov utiliza, y cae en la cuenta de que ella no entiende el francés, que su obstinada vigilancia tiene más que ver con la incomprensión que con el odio o el temor. No ha estado observando al espía, sino a un animal exótico en su jaula del zoo. Sospecha que Ulanov no le está traduciendo lo que han hablado. Cuando Ulanov se dirige de nuevo a él, la mujer vuelve a su hieratismo de labios de cera y ojos vidriosos.

-Su gobierno, su rey, el Kaiser, usted. Todos son unos imbéciles. Siguen jugando obscenas partidas de ajedrez,. Una amenaza, una posición ganada, un movimiento defensivo, sin comprender nada de lo que está sucediendo. No es ésta la guerra que acabará con todas las guerras; jamás escuché excusa tan estúpida para una carnicería. Será la clase obrera la que las termine, la carne de cañón que ahora derrochan con tanta indiferencia. Iré a esa entrevista, no por miedo. Iré porque me resultará divertido pensar dentro de poco como se vuelve contra ustedes, los tiranos y sus sirvientes, lo que ahora consideran un juego magistral. Los trabajadores alemanes se levantarán contra sus opresores, y eso supondrá otra derrota para el rey de Inglaterra. Y eso sucederá hable yo o no hable con sus opositores.. Pero ya que cedo a su juego, supongo que habrán previsto una garantía.

-Yo soy su garantía. Tengo previsto viajar con usted hasta Estocolmo e introducirle en la reunión. Para eso he venido.

-Un portugués por garantía... realmente debe de ser incómoda su vida, Juy Novais.

-Para usted es una buena baza. Si algo sale mal, dispone de un espía británico que entregar a los alemanes.

La mujer ríe. Novais sabe que acaba de declarar su miedo al volver la mirada hacia ella. Conoce el idioma en el que hablan. Lo ha entendido todo. Es ella la que le responde; la fluidez con la que se expresa en francés es mucho mayor que la  de Ulanov o la suya propia.

-No es más que un peón al que sacrifican para darle una salida al juego; ni siquiera eso; usted no es más que un estorbo menor. Cuando bajemos del tren, ni siquiera preguntarán por usted.

-Lleve comida. El viaje durará tres o cuatro días y no nos permitirán relacionarnos con nadie. Yo también he ofrecido garantías, y no me importa, porque cuando juego con ustedes, les estoy engañando. El miércoles a las nueve de la mañana, en la estación.

El hombre que mantenía el cigarrillo a medio hacer lo cierra por fin mojando el borde gomoso con la lengua. A continuación lo enciende. El humo amarillento y maloliente es la única señal que le indica que debe marcharse. Lo hace sin despedirse. En los pocos minutos en que ha permanecido allí, ha ido entrando gente al cabaret, muy distintos a Ulanov y a los suyos; tipos ruidosos y estrafalarios a pesar de sus ropas correctas, que beben aguardientes rancios y bailan danzas sin música.

También Novais se emborracha, pero a solas, en un restaurante en el que ha entrado para cenar un plato de carne guisada y dos botellas de vino. Mientras regresa a su hotel, tambaleándose, contempla un pasquín pegado en una tapia. Es un reclamo del cabaret  en que se ha entrevistado con Ulanov. Un collage en el que cornamentas de cabra, de carnero y de vaca forman círculos concéntricos, bajo los cuales puede leerse una inscripción: El Reloj de Cien Agujas.

 

 

Las ventanillas han sido cerradas con mamparas metálicas horadadas tan sólo por unas pocas rendijas, por las que pasa la luz en placas en las que baila el polvo constantemente. Las pocas aberturas que han dejado son insuficientes para renovar el aire, y aunque ya no sienten el nauseabundo olor de sus cuerpos, de los restos de comida arrojados a los rincones y el humo de tantos tabacos distintos, todos se dejan zarandear en sus asientos, hora tras hora, sonámbulos, frotándose lentamente las manos grasientas, asistiendo al bombeo de la sangre hacia los ojos.

Novais está solo en su compartimiento, en el extremo posterior del vagón. Es el segundo del convoy; en el primero y el tercero viajan soldados que descienden y los rodean cada vez que el tren se detiene, vigilando el interior, las armas dispuestas, las bayonetas caladas. Ha podido observar como, instintivamente, todos, también el, buscan el centro el vagón y restringen sus movimientos; nadie deja ocasión a la sospecha de sus vigilantes.

Intenta leer, desentrañar lo que quiere decir quien escribió el libro, alguien del que nada sabe, pero a quien ya ha clasificado como un bárbaro avergonzado de sí mismo, del ridículo que siente cada vez que piensa. Ha leído la última frase cinco veces, pero el dolor de cabeza, el sabor acre de su saliva resecada en la lengua, le impide continuar :

 

 

Es un deber absoluto del gobierno del pueblo, al fin establecido, darle un sólido fundamento a la sublevación nacional por la confirmación legal de la alianza indisoluble entre la sangre y la tierra, tal como la ha perpetuado la costumbre, a través de una legislación adecuada de la propiedad rural hereditaria.

 

 

Novais recuerda el momento en que William Fragonard, su superior, le entregó el libro, recomendándole su lectura con pasión. “Es quizás nuestra única esperanza, entenderlo y aceptar la creación de la fuerza que propone. Todos los días, en este despacho, siento como Europa y Gran Bretaña se me escapan entre los dedos con cada uno de estos papeles. Ahora va a comprobarlo usted. Léalo. Quizás contenga nuestro futuro”. Quisiera sonreír, pero está demasiado nervioso, le duelen las articulaciones, siente náuseas. Le gusta trabajar para Fragonard, un hombre inflexible, pero leal para con los suyos, quizás más que para con Inglaterra; un hombre cuyo mundo termina en los cigarros indios y el vino de Madeira que atesora en su despacho, y del que se permite una copa cada hora en punto.

-No lleve ningún arma, ni suponga que puede resistirse o escapar si algo va mal. Necesito un testigo de que el viaje ocurre realmente, de que realmente Ulanov existe. Por eso va usted allí. Hemos recibido despachos de la embajada en Rusia, no le comunicaré lo que en ellos se dice, pero mi agente de confianza ha decidido que lo único que podemos hacer es procurar la salida de cuantos rusos opuestos al nuevo gobierno podamos. De hecho, está trabajando en  la formación de un gobierno en el exilio en París, un gobierno zarista.

Novais es también lo que Fragornard llama un agente de su confianza: agentes independientes, al margen de las redes habituales, de los que espera una última muestra de entrega llegado el caso, a sabiendas de que no sienten más patriotismo que el miedo al vacío.

La puerta del vagón se abre violentamente. La voz de Platten escucha llamando a todos.

-¡Camaradas! ¡camarada Lenin!

Platten es el hombre. Él ha organizado el viaje. Es alemán, y es el único al que le está permitido salir del vagón o entrar en él. Ulanov se asoma al pasillo y le espera, sin dirigirse a él. Novais también sale de su compartimiento; prefiere no ser observado, pero piensa que no atender a la excitación de Platten podría resultar sospechoso, aunque no sepa quién de los que viajan sabe de él y quién lo ignora todo sobre él.

-He convencido al oficial al mando para que nos autorice a bajar del tren en la próxima parada. Será en un apeadero donde la locomotora cargará agua y se ha comprometido a extender la extraterritorialidad al andén. Podremos caminar por él durante una hora y dejar las puertas abiertas para que se ventile el vagón. Por supuesto, ninguno de nosotros intentará hablar con quien pudiera estar cerca, aunque no creo que veamos a nadie.

-¿Y qué ganamos con eso, camarada?

-Aire fresco, camarada Lenin, y consideración. Dejaremos de ser transportados como ganado. El ejército del Kaiser reconoce nuestra dignidad de seres humanos.

-Camarada Platten, no debe preocuparse por la consideración que el ejército alemán nos tenga; en ningún caso será menor que la que ellos nos merecen. Pero sí que nos vendrá bien airearnos un poco y pisar suelo firme. Nadie nos acusará de burgueses por desearlo.

Ulanov sonríe, pero Novais ha creído percibir que su sonrisa comenzó en el momento en que comenzó a hablar con Platten. Vuelve a su compartimiento dejando detrás frases en ruso que no entiende, aunque por el tono con que las gritan, las toma por chanzas.

 

 

El aire está cargado de humedad grisácea y corrompida, como si acabara de llover; como si fuera a llover en cualquier momento. El frío duele en la nariz y todos se limpian en las mangas y en los guantes las gotas que caen de las fosas. Todos caminan de un lado a otro, con paso lento, cada uno por su cuenta, acaso alguna pareja se une brevemente par cambiar algunas palabras susurradas. Novais  observa que todos miran al suelo, quizás para no ver el cordón de soldados que los encierra, sólido y perfecto, con las bayonetas caladas y los fusiles dispuestos, pues el oficial, en un gesto perfectamente medido, ha dado la orden de cargar en el momento en que las puertas se abrían; al unísono, cincuenta cerrojos chasquearon para alojar cincuenta balas en las recámaras, simulando el primer tiempo de un fusilamiento que durante una décima de segundo, más allá de la lógica, Novais tuvo por cierto. Quizás también Platten, que de inmediato alzó su voz clamando al oficial, exigiendo una explicación, sin recibir ninguna, salvo la orden por la que todos los soldados, con total sincronización, cruzaron las armas delante de su pecho, pasando a ser cada uno el barrote de la jaula por la que ahora se mueven como animales exhibidos a nadie, a los terrones de los campos baldíos y negruzcos que los rodean.

Novais observa a los oficiales más allá del cercado de carne y metal; el de mayor rango es un capitán, alguien relacionado con el servicio de inteligencia, sin duda; intenta recordar su rostro y su figura a la perfección, cualquier rasgo que permita identificarlo, sus condecoraciones, cuyas divisas campean por la guerrera, o su rostro afilado y limpio de cicatrices, aunque lo único destacable es la soberbia con que ha preferido llevar la daga de gala en lugar de la reglamentaria pistola. De los soldados apenas puede descubrir su miedo. Difícilmente sabrán de la trascendencia del transporte que custodian. Saben que tienen suerte, que podrían estar en las trincheras de Ypres o de Tarnopol, y que terminarán allí si no cumplen su cometido. El miedo que aflora en la rigidez de sus músculos y de sus labios les dará la determinación suficiente para ensartarlos a todos sin miramiento, tan sólo al escuchar el gañido preciso de sus mandos.

-Usted es el inglés.

El hombre se ha dirigido a él con un cigarrillo en la mano, haciendo coincidir sus palabras con el gesto con el que le ha solicitado fuego. Novais busca por los bolsillos las cerillas, se retrasa, se confunde, todo para dar tiempo al hombre a hablar.

-No se preocupe, no tengo ningún interés en que se conozca su identidad. No le diré mi nombre, pero yo fui el que entró  en contacto con su embajada en Suiza para ponerles al día de esta historia. Yo fui el que les dijo a quién tendría que ver Lenin en Estocolmo. Yo fui el que les facilitó  la información con la que presionar a los bolcheviques para que acepten este trato.

Novais  saca las cerillas y pide un cigarrillo al hombre, tiempo añadido al tiempo falso que están construyendo alrededor del humo.

-Y si quiere saber por qué, le diré que porque deseo que la revolución llegue a Alemania. Una Alemania socialista puede desequilibrar la balanza del poder burgués en el mundo. El esfuerzo de los camaradas rusos será vano si el proletariado alemán fracasa.

-¿No es eso lo que quiere también Platten?

-Platten. Platten... Platten es algo peor que un espía; es un pactista. Le aterroriza imaginar sus adorados bosques y sus cervecerías invadidas por el caos. Pero la revolución  es caos, inglés. No nos conformamos con suprimir la propiedad. Debemos destruir al hombre. De nada sirve el individuo mezquino que ahora somos cada uno de nosotros. Platten confía en que esta treta será recompensada por un Kaiser victorioso con la graciosa concesión de ciertos derechos a la clase trabajadora. Cree que puede construirse el socialismo bajo el manto protector del Imperio.

-¿Y a usted no le asusta el caos?

-Un hombre u otro, inglés. Platten o yo, Lenin o Kerenski, usted o ese capitán que escupe cada vez que nos mira. Ya ve que poca es la diferencia entre una y otra situación. Ya estamos en el caos. El revolucionario no es más que el hombre consciente de ello. Yo lo soy. Lenin también, no me cabe duda. Pero puede que haya sido yo el que haya dado el paso definitivo.

-Y eso le convierte en un héroe.

-No deseo ser un héroe, inglés. La historia no puede avanzar sin terror. Los que se enfrentan al terror y lo vencen no hacen más que perpetuar la esclavitud. Los héroes, inglés, son los peores traidores.

 

 

Llega tarde al restaurante. Ha ido cien veces a él, el dueño es amigo suyo, pero esta vez no logra encontrar el camino, y ha de subir por la loma de un cerro cuajado de arbustos espinosos en la casi total oscuridad. Cada paso es una nueva herida en las piernas; siente como su ropa se rasga , como el barro que salta le mancha la cara y las manos. Cuando llega, la puerta está cerrada. Da la vuelta al edificio; por una ventana ve su mesa dispuesta, elegante, fastuosa, con las primeras viandas servidas y un vino extraordinariamente granate en las copas. A la mesa están sentados Fragonnard y Ulanov. Quiere forzar la ventana, pero está sólidamente clausurada. Busca otra, una que da a una sala vacía, una sala de la que ya se han ido los comensales, en la que las mesas están vestidas con manteles sucios y vajillas usadas. Entra en ella. Un camarero le impide acercarse a la sala contigua, en la que está su mesa.

-Ya sé que tiene que ir allí, pero ahora es imposible. siéntese aquí y le traeré algo de beber.

Pasa el tiempo y nadie acude a avisarle; bebe los restos de diez bebidas distintas en copas manchadas de grasa. De repente, la luz de su sala se apaga. Desde la penumbra, ve a Fragonnard levantarse de la mesa y abandonar el restaurante. Ahora está solo. También se han ido los camareros, y su amigo el dueño, y Ulanov. Las puertas y ventanas han sido cerradas. Es algo peor. De repente, no hay puertas ni ventanas en ningún muro.

 

 

Al despertar se encuentra con Platten sentado frente a él, embozado en un abrigo insuficiente para el frío de esa latitud y de esa hora de la madrugada, tiritando, no sólo por el frío sino también por la brutal borrachera que arrastra. El olor de su sudor alcohólico ocupa ahora el compartimiento, un olor aún más acre y nauseabundo que el de las mil escorias distintas acumuladas.

-No conozco a muchos de los que viajan aquí; a usted tampoco. Pero no soy tan estúpido como para no saber que es usted un extraño. Los demás se apiñan en los asientos mientras usted viaja solo; apenas ha cruzado palabra con dos personas, siempre en voz baja, y siempre con odio en los rostros. He analizado cien conjeturas sobre su identidad, y no sé cuál resulta más terrible. Sólo quería decirle que mañana atravesará usted la frontera sin problemas; no pienso denunciarle. Espero que lo tenga en cuenta en el futuro, cuando quien quiera que sea decida mi asesinato.

 

 

El hombre de la embajada le esperaba en el andén. Inmediatamente ha facilitado a Novais un pasaporte diplomático, con el que ha pasado el control sin mayor problema. Ulanov y los suyos han tenido que esperar a que los aduaneros confronten la lista que el comité bolchevique ha enviado. Platten vuelve al tren, con los soldados. Quizás haga el viaje de vuelta en el vagón vacío.

Ulanov es conducido hacia un pequeño edificio anejo a la estación. Lo escoltan cuatro hombres de la embajada inglesa y varios policías de paisano que no se preocupan por ocultar sus armas. Antes de entrar, se detiene un momento ante Novais.

-Nosotros somos los hacedores, Juy Novais. El rumor que escucha es el de hombres que defienden un templo que sus dioses no salvarán.

Al quedarse sólo, Novais toma conciencia de su suciedad, de su  desaliño, de su cansancio, de su sed. Ha de buscar otro hotel. No ve, sentado en un café al otro lado de la calle, a Fragonnard.

 

 

 

 

 

©Álvaro Muñoz Robledano.

A


Los suicidados
por Alejandro Maciel

 

 

La noche estaba vigilante como los perros, los dos sabíamos que estábamos encerrados en ella.

 

"Venimos a este mundo sin quererlo, nos vamos sin saberlo", decía madrina liando las chalas de tabaco, haciendo sus cigarros arrugados y oscuros como dedos que han escarbado la tierra mucho tiempo por eso cuando te conocí creí que venías hecho para mí, que no había otra esperanza que no fuera la de verte llegar. "Te esperaba", tu voz me arrullaba cantos dulces no como ese lastimero arranque del acordeón en la fiesta de San Juan con los fuegos crepitando allá, clavados en el cielo sobre las altas tacuaras para asustar el aire de junio. No necesito que me digan las adivinanzas, no necesito las pruebas ni las rondas. "El agua no miente", dice Adelaida y echa en la palangana los papelitos plegados con los nombres que flotan y se crispan en las ondas iluminadas por las fogatas, ella espera que se junten por milagro del santo los nombres que se quieren en la vigilia de San Juan. "El agua también engaña a veces", ya me decía la Sacristana esa mujer que todos dicen que nació siendo séptima hija y se hizo bruja. No sé si miente el agua, sé que mirándome en tus ojos veía claramente el cielo despejándose después de una tormenta. Tus ojos me aquietaban todos los gusanos que se revuelven en medio del pecho cuando viene la noche pero no trae el sueño con ella, esas noches muy largas de luna turbia.

"Estoy aquí, no me voy, siempre estoy", me decías para desagitar mi pecho.

 

Yo le desconfío a palabras como 'siempre' que se dicen aquí y allá y uno nunca ve algo que esté siempre en el mismo sitio, uno busca algo que dejó ayer y en su lugar encuentra un vacío, una ausencia que después se hace larga como las sombras del atardecer hasta deshilacharse en las noches.

Así de largas, interminables.

Las luminarias temblaban esa noche de San Juan con el canto hondo de esos pájaros invisibles que gritan en la oscuridad.

"Una amasa hijos en esta tierra dejada, una llena las horas vacías con sueños, una ve creciendo esos hijos que nos van a salvar después cuando crezcan. Esos hijos son toda la esperanza pero un día una mala enfermedad se lleva ese único tesoro, esa promesa. Una se queda huérfana de sus hijos y en vez de llorar con desesperación nos obligan a bailar y bailar por el angelito cuando una lo que quiere es agarrarse la garganta hasta sofocarse y morir, pero no, hay que bailar porque si una llora cada lágrima pesa en las alas del inocente y no deja subir al cielo", decía la Sacristana explicándose su dolor a cada madre que perdía un hijito, una y otra vez les recomendaba que bailaran, que salieran a la pista en el velatorio y bailaran al compás de esos lamentos del chamamé "eso también es una forma de llorar", les decía.

"Yo soy Antonio", me dijiste el día en que nos conocimos.

¿Hijo de quién?

 

Padre no tengo, nunca tuve. Herminio Gaúna es mi patrón, mi padre y mi respetado. Pero él nunca dice nada solamente me mira con esos ojos negros que siempre andan perdidos entre las cosas, sigue mascando su naco. Mi madre ya es vieja, pura piel quebrantada por el sol, cuando está en la chacra revolviendo los terrones sin descanso, cuando no está curando los vientos debajo del paraíso. Todavía debe de estar acunándose en el aire violeta de octubre lleno de la dulzura de las flores del paraíso y mamá cebándose el mate muy despacito como pensando en sus adentros repitiendo historias que se contaban desde el pasado. Cuando algún hijito se moría de esas cosas que existen aquí sin que nadie sepa qué es, la Sacristana repetía su cuento y después se lo traían a mi madre; era un sufrimiento ver ese cuerpito seco, envuelto en los pañales que mamá usaba para la mortajita blanca, después recortaba papel para armar las alitas y la Sacristana no dejaba de recomendar que sujeten el llanto, que las alas se mojan y no pueden subir los inocentes hasta el trono de Dios con las alas mojadas con el dolor de las lágrimas.

 

¿Si vive todavía mi madre? No sé si se puede vivir allá en las lomas donde está nuestra casa, más allá del camino de arena, cruzando esos potreros que dicen que son de don Gaúna, más allá, pasando el cruce de colonia Tabaí, ladeando el estero, está más lejos que ninguna casa, ahí solamente crecen cardos y espinillos y las vacas ni el agua amarga de ese estero pueden tomar, las espigas del maíz nacen como esos muertitos secas desde el vientre, uno ya sabe que no van a vivir mucho.

 

¿Conocés ese árbol que le dicen aromito? Mamá hacía ramilletes con las flores amarillas y colocaba el ramito entre los dedos de los inocentes fallecidos. Eso me acuerdo. El paraíso encerraba el viento, las hojas de abajo se sacudían con suavidad como si estuviesen rezando el padrenuestro sin despertar a los angelitos dormidos y los ojos de mamá tenían el mismo color que la madera, no sé por qué también en esos ojos yo buscaba la tranquilidad mientras jugaba en la tierra haciendo que araba y sembraba semillas de aromito. Si ella ya murió estará enterrada debajo del paraíso y los ojos ya serán del mismo color que la tierra.

Padre nunca tuve, solamente Herminio Gaúna, mi patrón desde siempre. Hoy me estuvo mirando mientras fumaba, nunca se sabe lo que está pensando pero siempre recela, eso se nota porque los ojos están inquietos yéndose de una cosa a otra sin descansar nunca.

Las lumbreras de San Juan se alzan alto, en las puntas de las tacuaras más altas, porque ese fuego no es para nosotros, es para el santo que anda por allí y no sabe lo que pasa en este pueblo. No quiero que llores más, Antonio. Acordate de lo que decía la Sacristana, que nuestros llantos no dejan subir las almas hasta la paz de Dios. Iba rezando esa noche desesperada, me pareció que la lumbre de los refucilos aparecía cada vez que me sosegaba, mi ánimo y la tormenta no me decían otra cosa, vi la muerte de los dos cuando te acercaste, supe que se terminaría todo, ya me habías dicho que si no era en esta vida, sería en otra pero que nadie te iba a separar de mí, cuando vi el machete tuve miedo, no tus ojos más oscuros que la noche me asustaron más, ahí no había paz ni siquiera para pensar. Vi las lumbreras quemando esos atardeceres que nunca llegaban para sofocar los temporales, ahora sé que el agua, el fuego y el viento pueden mentir, únicamente el dolor dicie siempre lo mismo, yo no dije nada sino que me acosté sabiendo que era la última vez, vi cuando pusiste el machete debajo del catre, después empezó a retumbar esa grieta que destrozaba el cielo y ahí se apagaba todo, hasta la tormenta.

San Juan habrá bajado en ese momento y sin llorar sobre nuestros cuerpos se habrá puesto a bailar, habrá bailado de tristeza hasta que amaneció, y no lloró porque no quería humedecer nuestras alas de papel, quería que subiésemos hasta Dios en medio de tanta miseria.

 

 

 

 

 

© Alejandro Maciel. Médico psiquiatra (egresado de la Univ. De Bs. As.) y escritor nacido en la ciudad de Corrientes, Argentina, en 1956.  Vive actualmente en Buenos Aires, en el barrio de Almagro. Publicó:“La salvación después de Noé”, edit. Oxucraves, Bs. As. 1992.“El trueno entre las páginas” (Diálogos con Augusto Roa Bastos), Edit. Intercontinental, Asunción, 2000.“Los conjurados del Quilombo del Gran Chaco”, edit. Alfaguara, 2001. Novela escrita por cuatro autores, uno por cada nación de las que participaron en la Guerra de la Triple Alianza: por Paraguay, Augusto Roa Bastos; por Brasil, Eric Nepomuceno; por Uruguay, Omar Prego Gadea: por Argentina, Alejandro Maciel. La novela se tradujo al portugués y se publicó en Río de Janeiro con el título de “O livro da Guerra Grande” (Edit. Record, 2002)“Polisapo” cuento infantil escrito en colaboración con Augusto Roa Bastos, se publicó en Paraguay (Edit. Servilibro), en Ecuador (edit. Libresa), en EEUU (Edit. LibresaUsa) y España (Edit. Laberintos, Madrid). “La Bruja de oro” nouvele  infanto-juvenil, Edit. Servilibro, Paraguay. “La gallina y el Dragón”, nouvele infanto/juvenil, Edit. Servilibro, Paraguay. “Diários de um rei exiliado”, novela de ficción histórica acerca del viaje que realizó la Corte portuguesa en 1808 cuando Napoleón hizo invadir Lisboa. Publicada en portugués, Edit. Landmak, Sao Paulo, 2005. “El señor es contigo”, trabajo de investigación realizado con Gloria Rubín (actual Ministra de Asuntos de la Mujer en Paraguay) sobre feminicidio, 22 casos de mujeres asesinadas por sus parejas en Paraguay. Edit. Arco Iris, Asunción, 2005. “20 poemas de humor y una canción disparatada”, en co-autoría con Pepa Kostianovsky, Servilibro, Asunción, 2005. “Prostibularias-1” en colaboración con Luis Hernáez, Amanda Pedrozo, Pilar Muñoz Romano. Servilibro, Asunción, 2004.   “Culpa de los muertos”, novela sobre la Dictadura militar del 76, ediciones Rubeo, Barcelona, 2007. “Palabras Escritas” (Director) Revista-libro (240 páginas) semestral editada por Servilibro, “Diálogo cultural entre Brasil e Hispanoamérica”, va por el Nº 6.  Alejandro Maciel es Miembro a título principal de SAL-REDAL, institución de altos estudios de Literatura y Cultura, de la Universidad de la Sorbona, de París IV desde 1999 Es socio de la SEA (Sociedad de Escritores y Escritoras de Argentina) Hizo programas de radio y TV en Paraguay. Ha sido catedrático de la carrera de posgrado de la UNA (Univ. Nac. De Asunción) en la asignatura: Patriarcado, historia y filosofía, en 2005 y 2006.  Catedrático de Psicofisiología y Psicopatología en la UCSA (Universidad del Cono Sur de las Américas).

A


In memoriam
por Germán Gorraiz

 

                                                              

Fuera esperaba el amanecer...

Una vida enterrada entre sábanas recelaba de iniciar la aventura de vivir.(Su cuerpo recordaba bien otros amaneceres en soledad). Últimamente sus días acababan al mediodía; el tiempo de colgarse de un cigarrillo y fumarse toda la niebla de unas pocas horas en que podría deslizar su fantasma por entre las cosas.

No recordaba de seguro su edad; el espejo le traicionaba y sólo lereflejaba la mitad que nunca sospechó ser. Sin embargo, la nieve que cubría sus sienes le recordaba su estancia ya antigua entre los hombres y que pronto daría por terminada. Todas sus vivencias nacían de los sueños; incluso había días enteros en que la estela de su recuerdo no lograba desertar de sus neuronas. Nada de especial en su cara ni en sus gestos, sólo un ser apartado por la vida y encumbrado después en gustosa aceptación hasta su total olvido.

Decidió no afeitarse la cara: los seres que poblaban su mundo solamente le exigirían que les mostrara el verde su alma; desayunó mecánicamente, tanteó el estado de su ilusión y ya totalmente decidido, inició la huida por la puerta trasera de la vida, la que conduce al silencio del corazón.

Sus primeros pasos en la escarcha deshojaron la armonía del arcoiris concentrado en la hierba (la mañana se rompería después en mil luces). Sabía que todo eran espejismos preparados para cegar sus pupilas y que todo el trayecto estaría lleno de alucinaciones de nubes en charcos nunca creados para impedirle el ascenso del mediodía e ignoró el saludo de mudas manos que entre ramas intentaron cercarle ( no necesitaba aliento para saberse solo).

Pronto una nube taparía su horizonte y le rememoraría su inútil obsesión de atrapar nieblas entre los dedos (otro día más sin hojas que crecieran en sus manos).Nada importaba; nadie le detendría en su invisible trepar por escalas de silencio hasta las más altas horas del mediodía.

Supo que hoy llovería: la certeza le venía del halo que robó la tarde anterior en un descuido del sol, mas no le preocupaba en exceso no tener paraguas en las manos pues siempre le quedaba el recurso de hundirse en las aguas del río.

Sería un día de claros y sombras para sus ojos; una lucha desigual de sus retinas para captar todos los espíritus que brotaban por doquier de las huellas de la noche. Sin duda tal esfuerzo le desgastaba sobremanera y le impediría conocer el final de su viaje como más tarde veremos, mas todavía se sabía fuerte y los latidos le empujaban hacia su destino.

SEGUNDA PARTE

Procuró no pisar las huellas de otras vidas ajenas a la suya; cada paso debía ser invisible en las arrugas de su secreto camino. Nadie venía tras él, sólo estaba consigo mismo y cada movimiento innecesario le recordaba los tumbos que diera en el pasado.

En un momento dado, las botas y sus pies dejaron de ser sincrónicos en el caminar y presintió que algo dentro de él había quedado atrás , dormido entre las mudas paredes que vigilaron los sueños de su infancia. Era ( ahora lo podía ver con claridad), un niño que nunca despertó a la vida y que siguió soñando rostros de estrellas inexistentes.

Más adelante tropezó con sus pies y estuvo a punto de caer, no pudiendo impedir que se le desprendiera una capa de piel, la más gastada por el viento y que además llevara cicatrizada en sangre los estigmas de su amarga juventud. Ya no podía mirar atrás; ya no habría más auroras de rosicler ni tardes en arrebol: sólo el mediodía le esperaba.

El saberlo le alivió de la sensación de orfandad que oprimió su pecho y le impidió caminar; detuvo su marcha y descubrió al palparse un hueco en el corazón nunca antes intuido y que debió rellenar apresuradamente con flores marchitas y nubes desganadas que recogió de un charco y se notó un poco más ligero de alma al saberse solo en la mañana, libre ya de recuerdos y huido de esperanzas, mas el viaje ya no sería lo que pensó en un principio: mucho de su primitivo ser no conseguiría llegar hasta el nuevo yo que le esperaba.

TERCERA PARTE

Su marcha se tornó vuelo por minutos oscilante en la inseguridad de su nuevo ser que le instaba a desamarrarse de sus lugares tan queridos, ya raíces en su pecho pero sintió el sobresalto de un rayo de sol fugado que le indicó el camino por donde treparía más tarde, cuando todo él estuviera disuelto en cenizas.

No obstante las emociones se fueran amontonando en su cerebro,había ya intuido que su despedida de los hombres no sería tal y como se soñó ser: algo se lo impedía: una conciencia exacerbada le alejaba por momentos de lo inalcanzable para un ser humano...

¡Fue en ese momento...! Hasta él llegaron las notas de una música que volaba desnuda en una brisa no definitiva: ¡Esa era la voz...! ¡La que tantas veces lograra descifrar a las noches de invierno, confiadas en su oscuridad!.

Imperceptiblemente iba ganado notas a la altura. La presión de los cielos sería pronto aprisionante y el resplandor conocido estaba cegando la miope mirada que únicamente podían esbozar sus ojos mas le irritaba enormemente su conciencia vigilante: el cerebro se resistiría a aceptar el choque inevitable con el azul deseado.¡Tenía que disolverse pronto en el viento escondido tras los montes nevados!

Por momentos, todo fueron certezas de su hundimiento irremediable en la dimensión de la que intentara huir durante sustreinta años. ¡Su destino estaba suspendido en las horas pues el atavismo de su herencia le impelía a hundir sus amputadas raíces en suelos ya hollados de los que nunca podría brotar ya verde, por lo que necesitó de mucho valor para sustraerse a la ayuda de los últimos montes conocidos y aprovechando el choque de dos estratos todavía semidormidos, impactó con fuerza en su popa, quedando desgajado de su existencia corporal.

Todo atisbo de conciencia humana le fue negada a partir de esa hora: por minutos desaparecía de su alma el vértigo del azul; tan sólo le restaba ya deshojarse rápidamente y con los primeros brotes de la lluvia desatada, deshacerse en cenizas. Culminada la operación y como vestigio, sólo jirones del alma desvestida quedarían entre nubes bajas y lentamente fueron las horas llevando un espacio de la nada hacia el retorno.

Luego, toda la hora se inundó de lluvia con los primeros bostezos de un viento desvelado, hundiendo en tierra postreras cenizas que disolviera el espíritu: ¡Al fin emergía como lirio en sombra su alma ya verde, definitivamente voz sin nombre prendada del azul...!

Todo era silencio el mediodía...

 

 

 

 

 

 

© Germán Gorraiz

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