| Días de metro
Nosotros nos poníamos enfrente como si no les conociéramos y no nos importasen nada y decíamos en voz alta cosas para que la gente se parase y les echase algunas monedas. - Pobres, qué sucios están –decía mi mujer. La gente entonces se apiadaba mucho y formaba corro. Mis padres no eran como esos otros pobres que gritan pidiendo pan o lloran enseñando los muñones, o tocan la guitarra e imitan personajes, como un Napoleón con la mano metida en la chaqueta después de ordenar la última carga en Waterloo, o la Cenicienta en actitud de fregar el suelo, que suelen tener mucho éxito. No, mis padres actuaban con la mayor naturalidad y se sentaban los dos sobre los cartones de una lavadora o de un frigorífico de los de marca, siempre vestidos con los mejores harapos que tenían. Y mi padre miraba al infinito con una expresión tan idiota que parecía estar muerto, y mi madre apoyaba la cabeza en su hombro y lloraba, soltando unos hipos desgarradores que a cualquiera le ponían los pelos de punta. Y decía, con la voz calladita, mientras le pasaba con mucha ternura a mi padre una mano por la mejilla: “pobrecito, pobrecito”. Los guardias del metro, que bajo el uniforme también tienen corazón, recibían órdenes de echar a los pobres y a los cantantes y a los que hacen de estatua, a la calle. Pero con mi padres solían ser condescendientes, y con los ojos cargados de lágrimas hacían la vista gorda y los dejaban un rato más. Y cuando no quedaba más remedio y algún jefe de estación, que son gente que no tiene alma ni sentimientos, les obligaba a echarlos a golpes de porra, los vigilantes lo hacían como sin querer, despacito, evitando los golpes en la cabeza o en las costillas, que son muy molestos. Mis padres adquirieron al poco tanta fama que les invitaban de otras ciudades cuando inauguraban su metro. Había que ver la expectación que causaban a las entrada de las poblaciones. La aglomeraciones, los gritos, siempre cargados de silenciosa e intensa solidaridad. Las autoridades, muy en su papel, fingían indiferencia y los líderes sindicales tomaban mucho interés. - ¡Socorredles! –gritaban los de la bandera roja. Y luego se abrazaban unos a otros y lloraban, y para celebrarlo la banda tocaba una marcha muy alegre y todos se iban a tomar el aperitivo, dejando que mis padres entrasen en los pasillos de la estación de metro recién inaugurada sin apreturas innecesarias. Tal era la fama y el respeto que les tenían, que cuando llegaban al pasillo respectivo ya se encontraban los cartones puestos y todo, y los guardias se ponían a silbar haciendo como que miraban a otra parte. Fue un tiempo muy feliz y muy bonito. En mi empresa era la envidia de mis compañeros, a mi mujer la colaban los dependientes en el mercado y a mis hijos los profesores les ponían en primera fila. Hasta un día en que, mientras veraneábamos en el apartamento de la playa, un apartamento precioso, con mucha luz y tres cuartos de baño, me llamaron al móvil para decirme que se habían muerto. Con la ola de calor se los habían encontrado allí, sobre unos cartones, como dormidos. Los vigilantes se dieron cuenta enseguida, casi al minuto de estar golpeándoles. Me dijeron tambien que, como habían pasado tres días y no me localizaban, por seguir la costumbre los habían echado a la fosa común. Yo me puse muy triste y mi mujer, que es una santa, me dijo que no llorase, que así lo habrían querido ellos. Cuando volví a casa unas semanas después y de camino al trabajo miraba el lugar del pasillo que habían ocupado mis padres, me sentía muy desgraciado. Sobre todo si veía en su puesto a una pareja que cantaba boleros o a un tipo vestido de payaso leyendo poemas. Entonces me entraba mucha rabia y mucho dolor y no rendía bien en mi trabajo. -No te preocupes –decía mi mujer- Cuando Dios cierra una puerta es para abrir otra. Y tenía razón, porque a poco me quitaron de taquillero del metro y me ascendieron a jefe de estación. Urceloy / diciembre de 2009
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© Jesus Urceloy |