Isla olvidada (Selección 2005-2008)
por Olga Guadalupe

 

 

1

En ti, Haití, en tu isla negra –ni isla siquiera, 
si acaso truncado tercio insular– desparramándose
están todas las astillas del alma,
vidas hechas ruinas, tambaleándose
en cuerpos tensados hasta los confines
de sus bordes, estirados como panteras.
Hay mucha muerte, mucha muerte,
mucha vida truncada en los troncos inclinados
de tus costas, mucho amor, amor mío, mucho amor
caído, sepultado a penas, y si sobrevivimos, Haití,
si sobrevivimos al zarpazo que acecha
escondido tras la palmera,
tras los jirones visibles del espanto,
es porque eres isla dividida o rota
y no puedes doblemente hundirnos:
te conformas con ahogarnos vivos a todos
hasta que el dolor ya no se siente: nos ha dejado sordos.
Y ya no es posible vivir sino cayendo en profundísimas simas,
hasta arrancarle al abismo la insondable raíz del miedo.


 

2

Al llegar a la Place St. Pierre
una mujer nos ofrece orgullosa su mercancía:
un bello animal, una gran tortuga, asida
por sus extremidades, crucificada boca abajo...
Ya la hemos dejado atrás, ya no la veo,
esa visión fugaz, desde el cristal rodante...
No lo odias no más por esto, no más porque sí
pero también por esto...
Das la vuelta y giramos y entre el tumulto
un hombre serpentea a dos manos (no vi sus pies)
con la medida de su mundo a ras de suelo
y hay ya un odio de volcanes.

¿Cómo luego no odiarte, mi amor,
cómo no odiarme?
¿Cómo luego no hacer nada?
¿Cómo hablar sin dar un grito?

Por la avenida Delmas, por el polvo gris,
por el cemento gris de las edificaciones huecas,
con los andamios siempre desnudos,
deshilachando la bajura de sus muros,
cuelgan del tap-tap los pasajeros y una cabra,
boca arriba, colgada, crucificada, su peso abajo,
arriba las extremidades, atada al camión...

¿Cómo sostiene el cuerpo la cólera que quiebra el alma?

 

 

3

Traspasamos la entrada
al cementerio de Port-au-Prince
por el escaso tramo de un puente
elevado sobre un lodazal seco
de inmundicia indescriptible.

Una vez dentro, qué esperar
y sin embargo, qué palabras,
con qué palabras...
un anárquico y abigarrado
promontorio de cemento sin fin,
panteones y tumbas brotando sin cesar,
apiñados por doquier en caóticos montones.

No te caben más muertos, Haití,
no te caben más lápidas.
Ni un intersticio verde, ni un espacio de aire,
ni un soplo para los muertos,
ni un verdor para los vivos.

Inmisericorde, el sol cae calcinándonos
y el polvo y el calor nos va deslizando
el rencor hasta los pies, por la mirada,
mientras nos desplomamos en un remanso
de respeto y solemnidad desconocidos.

Te has detenido a visitar la tumba de tu madre
–por qué me has traído contigo,
qué me quieres decir–
y sobre nuestro amor muerto
yo ruego por su alma,
por mí, por ti, por todos nosotros.

A veces, sí, como hoy, nos hablamos en silencio,
a veces, como aquí, donde moran sin descanso los muertos
y la dignidad no les sobra a sus hijos insepultos.

 

4

La Plain. El miedo.

A nada le temen más los haitianos que a la lluvia.
Aguas torrenciales o diluvio o furia vengativa.
Algún dios colérico en su génesis delirante
se olvidó de llover con menos saña
sobre unas tierras deforestadas,
sobre unos caminos sin aceras y sin desagües.
La erosión desprende los pedruscos de las laderas
que caen como azotes sobre la travesía.
Sentado en el mismo terraplén, el mismo hombre
prematuramente envejecido
picará esas piedras, mismas y eternas,
que levantarán los muros cada vez más altos
de los menos pobres que él.
Oiremos también el ruido exasperante y atroz
que hacen las hojas secas del esclavo doméstico
que barre contra las piedras diariamente,
en la estación de las lluvias, bajo la ventana,
a las cinco de la mañana, diariamente.
Inútil pedirle que emplace esa tarea inútil
para más tarde: nuestra medición del tiempo
es mera ficción. Simplemente.

No, a nada se compara el torrente de las aguas
en tu estación húmeda. Mientras esperamos
sin aliento a que el mundo se acabe,
los haitianos sin chubasquero y sin paraguas
hacen bien en temer esa cólera.
Yo no te olvido, Haití, te olvidaron los dioses,
le dieron la espalda a su más aterradora invención.

La Plain. Me llevas por esa noche que no duerme,
aflojas la marcha, compruebas los seguros del auto,
haz lo imposible, mi amor, por lo que más quieras,
no vayas a salpicar con agua infecta
a esos cuerpos ebrios de ron
desfilando frenéticos al ritmo de rara.
Pánico, odio furtivo en las miradas
de esos hombres…quieres mirarlos…no mires,
necesitáis mantener la calma, salir de la noche
en cuanto antes, no escuches el sonido
de los cuernos de viento, no mires esa danza frenética,
despacio, despacio…


5
C’est ne pas ma faute. Je ne sais pas. Je n’en pas.
Las tres pas haitianas, las tres vejaciones capitales.

O la fatal respuesta, como fatal negación:
¿Por qué no funciona…?
No siempre las cosas tienen que funcionar.

En la memoria otras cantinelas:
Jesus loves youuuuuuuuuuuu

O las de los samaritanos
que, tras la aterradora caída del amor,
recogíanme en el camino
–¿La llevo a alguna parte?–
Se ofrecían todos ellos a remediarme:
¿No tiene usted hijos, madame?

O la misa de trabajo, voz y movimiento,
rapsodia de viento y martillo
entonada por los trabajadores del Hotel Montana…

Y la de aquellas dos pequeñas niñas
en la piscina del Hotel Kinam
que al Frère Jacques en francés
de sus padres adoptivos blancos
respondían en créole
con honda y triste y solemne letanía litúrgica
de hipnótica modulación.

Voces, rumores, respiraciones lentas.

 

 

 

 

 

 

 

 

© Olga Guadalupe.  Madrid
http://olgaguadalupe-poesia.blogspot.com

 

v e r s i ó n   p a r a  i m p r i m i r