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Francisco Ruiz Udiel
La obra se divide en tres partes bastante diferenciadas. Por un lado, el poeta utiliza a Andrés como personaje e hilo conductor de los poemas de la primera; quizá la más brillante. Son piezas, además, que conservan paralelismos y coherencia estética. La angustia parece ser la espina dorsal del libro y de la experiencia de este personaje, el cual se mueve por poemas que tienen un pequeño desarrollo narrativo más que una exploración lírica. Por su lado, el segundo bloque del volumen lo ocupa un poema compuesto por cinco pequeñas piezas de tres versos, con una condensada y poderosa fuerza lírica (“somos luz muerta restregada / con pequeños trozos de cielo / sobre sonámbulos espejos”). La última parte incide en una mayor expresión lírica. Desarrollada en primera persona (frente a la tercera del inicio del poemario), introduce a un interlocutor y también dialoga consigo mismo y se mueve por escenarios sórdidos. Sus imágenes suelen basarse en elementos paradójicos, sinestésicos, pero de gran plasticidad. Resulta perturbador, pues transmite un dulce desasosiego, ya que la ternura es la arcilla de sus imágenes. De hecho, éste es el gran acierto de su propuesta. Es lo que le dota de un tono personal y hace brillar esta obra. Esa pátina es la que amortigua un trasfondo muy amargo y oscuro. De esta manera se produce una reinvención (mágica, poética) de la realidad mediante las metáforas e imágenes. Recoge los rastros y rastrojos que quedan de ella. Pero no es una postura melancólica, sino desoladora, aunque manifiesta una pátina de tristeza (“ni la noche, ni la calle, ni el perro / podrán apaciguar esta ausencia”), que es más intensa en el tramo final del libro, pues no cuenta con el colchón de ternura de la primera parte del volumen. Se trata de un poemario de gran calidad, repleto de excelentes imágenes, mantenido con un tono intimista, de un lirismo contenido de gran potencia, que merece la pena ser leído y atendido. © Alberto García-Teresa |
© Alberto García-Teresa
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