ANTONIO RÓMAR REFLEXIONA, DESDE LA LINDE DE SANTA EUGENIA, ACERCA DEL GÉNESIS DE LAS CIUDADES
No es el miedo a la luz,
no es el miedo a la muerte, ni es el miedo
a las cosas caídas. Cuando un árbol
cualquiera deja de ser sombra,
cuando una brizna de hierba
cruje seca en las manos,
cuando la sombra que nos sigue
sigue para habitar la sombra,
y el que camina deja de pensar,
cesa y ancla
su paso y mira al cielo,
y ve la luz,
ve la muerte, el desahucio,
ve la distancia justa entre una sombra y otra sombra.
No puede ser el miedo,
no puede ser la música,
ni el silencio de un paso que se cruza
con otro paso idéntico,
y otro paso después, definitivo,
y el silencio más tarde.
Donde mi mundo acaba
inicia otro paisaje,
donde el escombro vive
la ciudad ya es memoria.