50 años de Pasos sin huellas
por Manuel Grandes

Un escritor me comentó en cierta ocasión que a veces, los libros eligen a sus lectores que son esos objetos aparentemente inanimados, aunque llenos de vida, los que nos eligen. Y puedo afirmar que esto es absolutamente cierto. A mí me sucedió con “Pasos sin huellas” de Fernando Bermúdez de Castro, un libro que pasó a ser uno de esos de “nuestra vida” y cuyo recuerdo me va a acompañar el resto de mis días.

En el verano del 85 mi padre se fue a pasar un par de semanas ala playa con mis hermanos. Yo, alegando que tenía que estudiar las dos asignaturas que me quedaban para acabar la carrera me quedé en nuestra casa de la sierra madrileña. Aquella casa, había sido el cuartel general de verano de tres generaciones y estaba llena de todo tipo de objetos y por supuesto de libros.

A lo mejor alguno de vosotros ha estudiado Derecho y recuerda el tremendo “coñazo” que era el Mercantil de 5º y el Civil, también de 5º. A ellos les debo esta satisfacción , pues incapaz de avanzar con aquel par de “ladrillos” una tarde alargué el brazo a una de las estanterías del salón donde había organizado mi cuartel general y cogí el libro “Pasos sin huellas” de F. Bermúdez de Castro. Comencé a leerlo y ¡oh sopresa! , el que hablaba era yo:

“A los pocos días de mi llegada me embriagué como un patricio de las Guerras Civiles, época en la cual según he leído, los patricios romanos bebían desmesuradamente. También he leído que ningún mamífero es tan propenso a la melancolía como el homo sapiens…”

Embriaguez y melancolía, dos situaciones que me eran muy, pero que muy familiares en aquellos entonces y que generaron una corriente de simpatía e identificación con el protagonista casi definitivas. No fueron estas las únicas circunstancias que me resultaron cercanas en esta historia. Martín Canel, el protagonista, está en esa fase que todos hemos pasado en la vida —aunque a algunos como a Martín o a mi mismo, nos dure mas de la cuenta—, en esa etapa de búsqueda de ”no se sabe muy bien qué” y que a menudo termina desembocando en la melancolía, la apatía, y el convencimiento absoluto de que ahí fuera no hay nada y que de haberlo no merece la pena. Vamos, que como cantaban Los Secretos en “Soy como dos”, “…no sé bien que estoy buscando pero me estoy alejando”.

En esas se encuentra en el Londres de los 50 nuestro amigo Martín, rodeado de un círculo de amigos “pre-existencialistas”, algún escéptico y algún cínico, y bebiendo los vientos por una “vikinga” de las que”quitan el sentido” hasta que, como no podía ser de otra manera, el AMOR (CON MAYÚSCULAS) acude al rescate de su anodina y abúlica existencia.

Huguette de Guenard. Es el nombre de la heroína que llenará de sentido la vida de Martín y que con la excusa de escribir juntos un relato irá ganando el corazón de el hasta hacerlo suyo…

Estamos ante una bonita historia de amor , quizás un amor que alguien hoy en día calificaría de “ñoño” o de pacato y que yo personalmente creo que es mucho mas auténtica y original que otras muchas historias de amor más del gusto actual.

A mí personalmente me llegó. Puede que fuese por las afinidades entre Martín y yo , o quizás porque el se enamora de una chica morena de ojos oscuros , delgada, alta y con un cierto aire de distancia que no es mas que una máscara para ocultar su tímidez , y sobre todo de profundos principios y creencias, y yo estaba entonces y estoy hoy enamorado de una chica alta, morena de ojos oscuros …

En fin para los que leen con pasión es fácil alcanzar una simbiosis como la que os relato con un personaje pero en mi caso como entenderéis a continuación esa identificación fue mayor. En el verano del 91 Patricia (mi alta , morena y adorada mujer)organizó un viaje por Asturias junto a María y Jorge matrimonio amigo y también recién casados (desde aquí un abrazo para ambos) y yo mismo. Una noche cenando creo que en Tazones , comenzamos a hablar de libros y lógicamente yo mencioné Pasos sin huellas de Fernando Bermúdez de Castro…

—¿De quién has dicho? —me preguntó María.
—De Fernando Bermúdez de Castro —repetí yo.
—¡El tío Fernando! —exclamó ufana ella.

Resultó que el autor de aquella maravillosa historia era tío suyo, y no sólo eso sino que además cuando al día siguiente llegásemos a Vivero (Lugo) era posible que en la tercera planta de la magnífica casa que la familia de María poseía allí, era posible,repito, que pudiese conocer ¡A FERNANDO EN PERSONA!

Así fue y os aseguro que aquella tarde resultó inolvidable para mí y creo que también para el “tío Fernando”. Imaginad a un escritor que lo primera novela que escribe gana el “Planeta” y no vuelve a publicar nunca más (ofertas no le faltaron, fue una decisión personal suya), imaginad a esa persona, os digo, que está tranquilamente pasando la tarde leyendo en su casa, cuando su sobrina entra a saludarle y a decirle que un amigo suyo quiere conocerle y que además es hermano de Almudena Grandes. Pero imaginad su sorpresa cuando inicia la conversación ponderando y reconociendo la obra de la novel escritora y descubre que el hermano de esta no quiere hablar de ella sino de Pasos sin huellas, de Huguette y de Martin y le dice que es una de las novelas que mas le han gustado. Ese privilegio lo tuve yo. El de conocer a un escritor de los “buenos” que la única novela que quiso publicar fue un “planeta” y que según me confesó esa tarde nunca más tuvo deseo de publicar nada mas.

Recientemente volví a leer la novela y aunque al conocer la historia y sobre todo el desenlace, no es lo mismo. Fue como ver al cabo de 20 años un “peliculón” de los de antes. La misma emoción, aderezada por recuerdos de aquel verano, de Fernando (no volví a verle después de esa tarde), de Patricia que después de aquella tarde decidió leer la novela, y de alguien a quien le acababa de recomendar su lectura y prestar el libro para que lo hiciese.

Por eso cuando los compañeros de Ariadna me comentaron la idea de sacar este número (desde aquí mi enhorabuena a Pedro y Antonio por su gran labor) les pedí que me dejaran reseñar 50 años mas tarde esta novela absolutamente olvidada de los grandes circuitos pero presente en la memoria de muchos de los que la leímos.

Un amigo escritor, Justo Merino; me comentó en una ocasión que si una historia de amor queda escrita esa historia puede “resucitar” tantas veces cuantas una persona abra ese libro y comience a leerla.

Vuestra historia, Huguette y Martín, nunca morirá porque la pluma de ¿uno? de vosotros se encargó de que esa historia ganara la inmortalidad. Yo se lo pregunté a Fernando aquella tarde en Vivero, no lo pude evitar: “¿fue autobiográfica?” Su respuesta no la olvidaré jamás: “hombre todas las historias tienen algo de autobiográfico”… Muy gallego ¿verdad?

 

 

© Manuel Grandes

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